Bichos

Me llaman mucho la atención -y me indignan- las reacciones administrativas -léase «políticas», en la mayoría de los casos- ante lo desconocido: casi siempre se inclinan hacia la prohibición; y la prohibición sólo puede ser soslayada mediante una declaración de guerra judicial por parte del ciudadano. Guerra judicial cansina, costosa y agobiante durante la cual no pocas veces hay que luchar también contra la propia ignorancia de los jueces. Los internautas sabemos mucho, por experiencia propia, de esa estúpida reacción político-administrativa y de la endémica esclerosis pública para adaptarse a los nuevos tiempos sociales, tecnológicos… o alimentarios.

Sí, porque hoy no voy a hablar de la red. Como hoy es Día de Internet (ya le vale al inventor) voy a hacer fiesta, igual que el 1 de mayo, Día del Trabajo, no fui a trabajar. Hoy voy a hablar de gusanitos, hormiguitas y otros insectos a los que habitualmente no les otorgamos otro papel que el de dejarlos vivir -ejem, más o menos- para que vayan cumpliendo su función en la naturaleza. Pero hay quien se los come.

Parece que en zonas de África y de América la ingesta de bichejos es común y forman parte de la dieta habitual de muchos pueblos. Incluso desde pequeño vengo oyendo que los americanos -o sea, los norteamericanos- tienen como exquisitez gastronómica las hormigas tostadas, pero no sé si será una leyenda urbana porque nunca he oído tal cosa en boca de nadie que haya vivido allí un tiempo relativamente largo. Quizá, si es que es cierto, y constituya una exquisitez tan costosa que las pocas personas que conozco en esas circunstancias, que son de clase muy media, no hayan podido acceder a tan caro manjar; entre mis amistades no está precisamente Bill Gates, no sólo por las razones que son notorias para mis lectores, sino por una obvia cuestión de encuadramiento socioeconómico.

Pero resulta que en Barcelona hubo un avispado -y, en este caso, simpático- mercader que, con base en el mercado de la Boquería, una especie de «ciudad prohibida» para los barceloneses por estar permanentemente abarrotado por la tocinada guiri, se puso a comerciar con invertebrados a título alimentario, como diversificación de su actividad de vendedor de delicias micológicas, vulgo setas. Y el hombre se lo montó tan bien y de forma tan original, que empezó a salir por la tele y a aparecer en las guías turísticas. De esto hace cuatro años.

La Administración, sin embargo, ni lee guías ni ve la televisión, por lo que, oficialmente, no se cayó del guindo hasta hace un año, cuando unos inspectores del achuntamén, adscritos a la cosa de la seguridad alimentaria, aparecieron por allí y se percataron del original comercio de nuestro héroe. Catapultados que fueron sobre la normativa en materia de consumo -y seguro que, por si las moscas, sobre las ordenanzas fiscales- se encontraron con el silencio normativo más absoluto. Consultaron, como es de ver, a la Agencia Española de Seguridad Alimentariia y Nutrición, que aseguró hallarse en la misma inopia legal, pero aclaró -ojo al dato- que tan peculiares productos no suponían peligro alguno para la salud del consumidor. Los organismos europeos también fueron debidamente pillados en bragas normativas ante la cuestión.

¿Qué hacemos?

Racionalmente, se me ocurre que podían hacerse dos cosas. La primera: nada. Si el comercio de este señor no está prohibido, se supone que no hay nada que hacer, porque hay un principio general de nuestro derecho que viene a decir que todo aquello que no está específicamente prohibido, está permitido (salvo en lo que se refiere al propio funcionamiento de la administración pública, y ésa es la principal razón para no hacer nada: al no estarle permitido al organismo público hacer algo concreto, no hay nada que pudiera hacer). La segunda, si a alguien le daba dentera dejar las cosas tal cual, hubiera sido pactar con el comerciante (que no imponerle) la pública exhibición de un letrero que dijera algo así como «La venta de insectos para su consumo alimentario no está prevista en la legislación española ni en la europea, por lo que no puede considerarse prohibida. No hay constancia alguna, por otra parte, de que su consumo sea perjudicial para la salud. Ello no obstante, el consumidor, una vez advertido de ese vacío legal, debe saber que adquiere y consume esos productos bajo su estricta y exclusiva responsabilidad, con total indemnidad de la Administración pública actuante en materia de salud e higiene alimentaria».

¿Verdad que algo así hubiera resultado chulo, informativo, buen rollo y todos contentos?

Pues no. Algún celoso guardia de la porra criado a los pechos de la maquinaria del partido y convencido de que el ciudadano común es un perfecto imbécil, debió pensar que leña al mono y que, en la duda, la más cruda: «ea, dejarsus de mariconás, y notifical-le al interfesto con toda formalidá y rigor y a todo membrete munisipá que si no deja de vender sus guarrás que se atenga a las consecuensia». «Pero… ¿qué consecuencias?», debió preguntarle algún funcionario conocedor de su oficio y con la mosca tras la oreja. Las que sean, qué coño…

Y así ha sido. Nuestro avispado -y simpático- mercader se ha envainado su proyecto para seguir, exclusivamente, en lo de antes: vender setas. Podría reivindicar su derecho en los tribunales, pero el largo tiempo de la acción contenciosoadministrativa, el coste del asunto y la siniestra imagen de unos jueces preguntándose por qué se empeña tanto alguien en vender piruletas de escorpión, le habrán hecho desistir.

Es como cuando Machado reprobaba a la Castilla que desprecia lo que ignora.

Y aún seguimos -Castilla y los que no son Castilla- así.

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Comentarios

  • Jordi  On 17/05/2008 at .

    Una de las supuestas delicias culinarias de las comarcas de Lleida son los caracoles. En Lleida ciudad, cada año se celebra l’Aplec del Cargol donde el vulgo da cuenta de toneladas de estos babosos animalillos. ¿Prohibimos también el consumo de caracoles? ¿Qué diferencia hay entre comer cargols a la llauna y grillos u hormigas? En fin.

  • Ángel Bacaicoa  On 17/05/2008 at .

    Me acaban de quitar de la tecla el ejemplo de los caracoles (qué, junto a otros gasterópodos, me resultan algo repugnantitos) pero me ha gustado mucho como explica usted el transfondo del asunto (¿Sólo lo expresamente autorizado es inocuo o benéfico?)

  • Laertes  On 18/05/2008 at .

    El verano pasado comí una especie de escarabajos en Cantón, que según nos dijo la camarera son considerados un manjar, y la verdad es que estaban muy buenos. Y, al menos hasta ahora, mi salud no se ha resentido.

  • Jorge Delgado  On 19/05/2008 at .

    Por aquí por el Sur también tenemos como costumbre de temporada los caracoles y Cabrillas (que son como los escargots franceses).
    ¿No son acaso más asquerosos unos bichos babosos que las hormigas? ¿Y sin embargo consideramos una delicia los primeros y una guarrada las segundas?
    Aparte de diferencias culturales, a lo mejor el secreto es que hoy día los caracoles son un gran negocio (se crían específicamente en criaderos) y el resto de bichos todavía no lo son.
    País….

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