El imperio de la gomina

Llega mi mujer a casa (es enfermera trabajando -como es ya proverbial- en un establecimiento público funcionando bajo régimen privado, uno de los más clásicos, generalizados y sangrantes delitos sociales impunes cometidos con dinero público): «No veas cómo está el hospital; no encuentran médicos ni enfermeras; no hay manera de encontrar personal para suplencias. No saben cómo abrir la nueva planta de paliativos porque no se encuentra personal ni siquiera con contratos fijos desde el primer minuto. Si no fuera porque la ley les obliga a darnos vacaciones, hasta eso nos suprimirían, porque no hay con quien suplirnos».

Tuerzo el gesto.

Lista de socios Hispalinux. Se discuten ofertas de trabajo que hay por ahí -sobre algunas concretas, reales, que se han propuesto en la propia lista- y la cosa está tan tensa que se acerca al flame, al tono de bronca. Cada vez hay menos profesionales informáticos: la gente se va con la música a otras profesiones.

«El Periódico» de ayer: no hay jueces en Barcelona, vacantes por un tubo.

Editorial de «El Periódico» de hoy: faltan ingenieros.

Mi hija mayor quiere estudiar ingeniería agrícola para acceder a uno de sus segundos ciclos académicos, enología. Pues ya puedes apretar en el Bachillerato -le digo- porque las ingenierías son cosa dura. «No te creas, papá -me responde-, la nota de corte en la selectividad está sólo un poco por encima del cinco».

Mi grueso, abundante y barroco libro de juramentos, imprecaciones, injurias, blasfemias, maldiciones y cagamentos resulta insuficiente para mi cólera. Me falta léxico y me falta mierda para cubrir debidamente a tantísimo cabrón y a tantísimo hijo de puta.

¿En qué se parecen un juez y un médico? En que, además de estar mal pagados -en el primer caso, hay mileuristas a puñados y en el segundo tampoco da la cosa precisamente para todo terreno negro si no se asume con algunas privaciones-, además, digo, hacen guardias. Torpedo directo bajo la línea de flotación de la ludomanía imperante: ¿trabajar en fin de semana? ¡Una mierda! (y menos por dos duros, claro). Y, para colmo, da igual que sea domingo o martes: hay que trabajar duro y ¡madre de Dios! hay que asumir graves responsabilidades. Nada menos, tú: responsabilidades…

¿En qué se parece un ingeniero a los otros dos? En que, además de la poca pasta -mileurismo también por un tubo- y de la grave responsabilidad, hay que darle duro a esas cosas tan antipáticas de la física, la química y ¡Dios mío! las matemáticas. Si la ingeniería es de algo informático, además, la recomendación de redirigir la vocación hacia cualquier cosa más rentable, la recogida de basuras o el mantenimiento de urinarios públicos, por ejemplo, es urgente e inapelable.

Estoy haciendo algunas reformas en mi casa, entre las que figura el cambio de parte del mobiliario. La habitación de las niñas, que ha quedado insuficiente porque han crecido, pero que está en excelentes condiciones, la donamos a un grupo asistencial de confesión cristiana evangélica y vienen tres operarios a desmontar los muebles y llevárselos. Todos voluntarios. Uno de ellos es un empresario autónomo de origen argentino que, tras diversas visicitudes, va consiguiendo levantar cabeza (lo cual tiene su mérito: reforma pisos y ejecuta construcciones enteras de pequeños edificios; y, sí, en este preciso momento le va muy bien; otro día explicaré por qué, que tiene su gracia). Me cuenta que hace poco le ofrecieron trabajar como encargado en todo el tinglado de escenarios, decorados, de la tramoya, en fin, de un estudio en Tele 5. Le ofrecían 1.500 euros mensuales. Y el hombre me decía: «¡Pero si yo les estoy pagando a mis peones (¡peones!) 1.200! ¿Qué clase de encargado esperan encontrar?». Le respondí que por muy poco más (o ni eso) de lo que él paga a sus peones, puede aspirar a tener ingenieros informáticos -y de los otros- poniendo ladrillos uno encima del otro. ¡Eh! Y nada de cosas raras: con DNI en regla y título de una universidad española expedido por el vigente monarca y, en su nombre, el ministro de la cosa. No me creyó, pero yo cogí el breviario al que antes he hecho referencia y entoné una larga letanía de esas palabras que mis amigos y familiares bien intencionados me recomiendan desterrar. «Escribes muy bien -me dicen en su infinita benevolencia- pero, chico, ese lenguaje…» Pues a ver qué vida.

Aquí, el único empleo que da pasta -aparte del de directivo de la $GAE- es el de empresario. No, ojo, no pienso en el empresario de casta, en el hombre del proyecto de empresa, no: pienso en el empresario… profesional, en ese elemento mercenario cuya especialidad es reducir gastos a base de despedir a la señora de la limpieza y para cuando los accionistas se dan cuenta de la mierda que hay bajo la alfombra, él ya está lejos y ha vendido las acciones con que le han incentivado la ingeniería financiera (osan llamarle «ingeniería», los muy hijos de la gran puta) antes de que se derrumbe su cotización. He dicho mercenario y he dicho bien: un cabronazo especializado en disparar sobre gente desarmada -o sobre trabajadores o sobre clientes- y cuando las cosas vienen duras se da el piro, a buscar otra guerra y los gilipollas de los accionistas (¿ves? en eso tiene razón) que se busquen la vida.

Mercenarios de empresa, especuladores ladrilleros, especuladores del guiri… Ésos son los que ganan dinero aquí. Y los mindundis del gremio, que ni siquiera son capaces de circular por la empresa privada, pues nada, a la empresa pública, a ahorrar capítulo 1 (el de las plantillas y los sueldos) mientras reducen a escombros la calidad de los servicios públicos. He aquí toda su sabiduría empresarial adquirida en mil masters; he aquí todo lo que ellos saben de lo que tan hueca y pomposamente denominan «eficiencia».

En fin, este es nuestro modelo de sociedad: unos perfectos botarates dedicándose a hacer trampa financiera y cometer sistemático delito social o a especular con el ladrillo haciendo trampa fiscal o a especular con el guiri reventando hábitats naturales y urbanos. Esta es, hoy día, la gente de éxito, los envidiados, los que hacen mear colonia a los pusilánimes. Nombres los hay por un tubo: basta con abrir cualquier ejemplar de la prensa llamada económica.

Mientras tanto, jueces, médicos, ingenieros, arquitectos, maestros, en fin, los tradicionales cuadros sociales, proletarizados a la trágala, cada vez más abundantes en mujeres (pero no como una estupenda plasmación de igualdad sino como un peldaño más en la discriminación y en la explotación) a la espera de que la próxima generación permita que estas profesiones se vean ocupadas por inmigrantes para poder pagarlas todavía peor.

Esto es lo que quisimos y esto es lo que tenemos.

Aire.

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Comentarios

  • Jordi  On 19/05/2008 at .

    La verdad jode pero curte, que decía el filósofo.

  • Ryouga  On 19/05/2008 at .

    Cuanta verdad en tan pocas lineas!, quiza podríamos añadir que ademas de mal pagados ,en muchos puestos en los que supuestamente se necesita una titulación o conocimientos específicos acaban ocupados por conocidos a los que se les debía un favor en detrimento de profesionales adecuados.
    Y las oportunidades de negocio bien repartidas entre los amiguetes, por aqui hubo un cachondeo con las concesiones de parques eolicos, hubo quien se llevo explotaciones valoradas en muchos millones de euros, presentandose a concurso con una empresa creada un par de meses antes y con un capital de tres o cuatro mil euros (el mínimo exigido para crear una sociedad), en fin ,nada que nos sorprenda aqui en la tierra de la “ciudad de la cultura”.

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