Los de allá y los de acá

El problema es que siempre acaban pagando pobres por hijoputas. Porque la raíz del problema está en el origen, pero el origen pasa, se va y no vuelve y el problema se queda, y el problema hay que solucionarlo hoy o mañana, cuando se quiera o se pueda, pero aunque nos volvamos locos dando saltos mortales, el problema, hoy, no podemos solucionarlo ayer.

Me refiero, claro está a la inmigración. A la clandestina; la legal queda fuera del pequeño análisis que voy a hacer ahora, aunque también tiene su miga y un día habrá que hablar de ella también.

O sea que viene un boom inmobiliario y los especuladores claman para vengan inmigrantes a saco, que les falta carne humana barata a la que reventar, porque la local, aunque también rentable y no precisamente costosa, anda jodiendo con sus pretensiones de Seguridad Social, de cobrar las horas extra (que empiezan al exacto minuto siguiente de cumplida la octava hora), de disponer de todos los elementos de seguridad en el trabajo y, encima, a la mínima, se chivan al sindicato y ya tenemos un conflicto. Y vienen inmigrantes a saco. A demasiado saco, ese es el problema. Vienen inmigrantes legales, quizá demasiados, porque la necesidad de trabajadores poco cualificados es coyuntural -como ahora sabemos- pero, sobre todo, llega una marabunta de ilegales tremenda.

Y esos inmigrantes ilegales causan problemas enormes y no precisamente porque se dediquen al top manta -eso sería lo de menos- sino porque, faltos de documentación, están excluidos de muchos servicios sociales -ni se les puede incluir: la vaca no da para tanto- y no pueden ejercer sus pocos derechos por miedo a que salga a relucir su sinpapelismo y la broma les cueste la expulsión. Mientras tanto, son reventados por gentuza sin escrúpulos -en grado de mafioso, en grado de empresario, o en grado de ambas cosas, que no infrecuentemente van unidas- con lo que se produce una lumpenización de esa gente, que vive en condiciones infrahumanas y que llega un momento en que no tiene nada que perder y, digan lo que digan los buenoides de las ONG, acaban echándose al monte que hay al otro lado del código penal (el civil, el administrativo y el fiscal ni siquiera les fueron jamás presentados) y quien no putonea, mangonea, y quien no, navajea. Total, para cuatro días que vivimos (y mal)…

Por más compasión que se le eche al asunto, esto no es plan. Aquí hay -o debería haber- un orden y un concierto. Las políticas urbanas -que, obviamente, realizan técnicos porque los políticos… bueno, dejémoslo- son complejísimas. Que en un momento dado lleguen 25.000 inmigrantes inesperados -y no solicitados- a una ciudad, representa que se necesita vivienda para toda esta gente, que hay que incrementar los servicios sanitarios, escolares y sociales -lo que puede ser complicadísimo si se concentran en un solo barrio-, que hay que incrementar los servicios urbanos y, en definitiva, otros servicios públicos. Es una cuestión de dinero, pero sólo en principio; teniendo dinero, simplemente, no se resuelve el problema, que pide estudio y planificación, cosas que exigen justamente lo que realmente no se tiene: tiempo.

Vamos a poner un ejemplo concreto.

El Pocero, tan intelectual él, cree que el alcalde de Seseña le tiene manía y por eso no le da licencias para construir las nueve o diez mil viviendas que le quedan hasta coronar su plan de trece mil. Desde luego, a un alcalde de izquierdas no puede caerle simpático un pájaro como ese, pero es que la cuestión es mucho más compleja de si el especulador en cuestión cae simpático o cae gordo. Seseña tiene al presente poco más de diez mil habitantes. Trece mil viviendas, a un conservador promedio de tres personas por vivienda, representa cerca de cuarenta mil personas, lo que significaría quintuplicar la población del municipio. Quintuplicar la recogida de basuras, quintuplicar el mantenimiento de calzadas, ceras, alumbrado, todo ese alcantarillado, la gestión de los residuos, romperse los puños golpeando puertas para que las compañías suministradoras llevaran hasta allí electricidad, gas y, sobre todo, telecomunicaciones. ¡Oh! ¿Y el agua? Porque el agua no sólo es cuestión de una compañía que la suministre -que también- sino de que ha de haberla o ha de venir de alguna parte, lo que siempre es un problema al sur del Ebro (y en no pocos lugares al norte también). Escuelas, transporte público, centros de asistencia primaria, la propia plantilla municipal, que habría de incrementarse (con el quíntuplo de población, el incremento no habría de ser inferior, gestionando exquisitamente los recursos humanos, con una dotación informática refinadísima y licitando servicios municipales por un tubo a empresas privadas, a entre un 40 y un 60 por 100 de la actual; fácilmente mucha más, podría llegar al doble o al triple).

Por más que Barcelona sea Barcelona y Madrid sea Madrid, cuando caen de golpe recién llegados por centenares de miles y muchos de esos recién llegados están en precario desde todo punto de vista, el problema que se presenta es enorme desde cualquier perspectiva.

Existe una idea buenrollítica consistente en que la migración es un derecho, y esa idea resulta que forma parte del entramado de lo políticamente correcto. Y no. Un señor tiene perfecto derecho a entrar y salir de su país cuando le dé la gana; pero ese derecho no equivale a entrar en el del vecino por las buenas. Puede parecer feo (a mí, por cierto, no) pero es así. Un país -y que no me vengan con hostias de que las fronteras son un artificio- es la casa de unos señores que son sus nativos, sus nacionales y estos señores, como cualquiera en su casa, deciden quién entra y en qué condiciones, y quién no. Aquí hemos decidido que para venir aquí hace falta un pasaporte y un visado, traerse el billete de vuelta, la reserva de un hotel y una pasta. Si al señor Lula no le gusta, que le den por el culo, así de claro. Si el señor Lula quiere aplicar ese mismo trato a los españoles que vayan a Brasil, está en su perfecto derecho -no seré yo quien se lo discuta-: el mismo derecho que asiste a un español que no quiera pasar por ese aro a no ir a Brasil y/o a llevarse de allí su negocio o su viaje de vacaciones a otra parte.

Quien no entra en las debidas condiciones, sólo debe esperar que le enseñen la puerta de salida con un puntapié en el trasero. No importa que no sea un delincuente, no importa que sea un hombre honrado -en términos generales: después de todo, ha entrado en mi casa sin mi permiso-, no importa nada: de vuelta al remitente. Tanto que les gusta comparar la inmigración que tenemos ahora con nuestra propia emigración, habrá que recordarle a más de uno que de aquí no salió ni un solo trabajador ilegal y que, por lo demás, cuando vino la crisis del 73, los centroeuropeos nos facturaron de vuelta a un millón de legalísimos españolitos que, entre otras gracias, crearon una bolsa de paro estructural y enquistado de aquí te espero.

Berlusconi ha metido la inmigración clandestina en el código penal. Podrá argumentarse que la medida es de una dureza excesiva: hombre, tanto como meterlos en la cárcel sólo por entrada o permanencia ilegal… Pero lo que no se le podrá negar es el derecho y el deber que tiene todo gobernante de imponer el imperio de la ley. Lo que pasa es que hay modos y modos.

La Unión Europea, pese a las reticencias del Parlamento -bah, el parlamento ese representa a los ciudadanos de mierda, nada importante- ha aprobado una normativa que homogeniza las medidas contra la inmigración ilegal, lo que viene a querer decir que la patada en el culo la propinarán todos los países de la UE con un calzado del mismo número. Tenía que llegarse a eso -quizá la medida de Berlusconi, por lo demás, cantada, lo haya precipitado- porque la tolerancia con la inmigración ha traído muchos problemas y ahora que vienen tiempos duros va a traer muchos más. Era lógico que la represión también se endureciera.

Si se hubiera sido más duro antes en la puerta de entrada, no habría que ensanchar ahora la puerta de salida. Lástima de esfuerzos que podrían haberse desplegado en dar oportunidades de desarrollo a sus países de origen, haciendo innecesaria la emigración, tanto legal, como ilegal. Pero la trata de seres humanos -llámalos esclavos, llámalos emigrantes, todo es puro negrerismo- ha sido tradicionalmente muy rentable: el más típico caso, junto con el ladrillo y la droga, de cómo se privatizan las ventajas y se socializan los inconvenientes.

¿A que ya no quedan ganas de explicar chistes de pateras?

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Vaya, una buena noticia (si se confirma, porque parece algo confusa). Vía «Menéame» me entero de que la productora Dreamworkers está preparando el formato de un programa de escepticismo –bajo el título, aún provisional, de «Mentes abiertas»– que pondría a disposición de cualquier cadena española que quisiera comprárselo.

Los nombres que se barajan como colaboradores del programa son Javier Armentia, fisico, director del Planetario de Pamplona y autor del blog «Por la boca muere el pez»; Mauricio-José Schwarz, periodista especializado en divulgación científica, autor del blog «El retorno de los charlatanes»; Fernando Frías, abogado, presidente de Círculo Escéptico y autor del blog «Bajo el volcán»; e Inés Rodríguez Hidalgo, astrofísica, directora del Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife y miembro de ARP-Sociedad Española para el Avance del Pensamiento Crítico. Entre otros.

Algunos de estos blogs o de estas entidades tienen un enlace permanente en esta bitácora desde hace tiempo.

Es muy de celebrar. En este país abarrotado de colipoterras de la superstición, de vividores del cuento, de magufos estúpidos, de homeópatas, de acupuntores, de digitopuntores, de reflexoterapeutas podales (manda cojones), de aromaterapeutas, de naturópatas, de adivinadores, de brujos, de marcianos, de abducidos, de iluminados, de curas, de imanes, de rabinos, de monjes budistas, de hare krishna, de telepredicadores y de toda una fauna que no mueve sino a risa, de no ser por el negociazo que hace jugando con la salud, con el equilibrio mental o con la candidez y y pura y simple credulidad de tantísimo ignorante, empezaba a hacer falta que alguien le diera un puntapié en las posaderas al Iker Jiménez en su mismo medio.

Este país, tan refractario a la ciencia, tan lerdo y tan analfabeto, es campo abonado para una colección de parásitos cagamandurrias que se dedican a vender fantasmas, espíritus, extraterrestres, caras en las paredes al sulfuro de plata del laboratorio fotográfico del pueblo, supuestos astronautas soviéticos perdidos en el espacio, como Ivan Istochnikov (una de las más celebradas cagadas del Iker, que metió el remo hasta el corvejón tragándose el serial hasta las heces) y cualquier historia inverosimil que pueda dar lugar a una audiencia de algunos centenares de miles de analfabetos funcionales o de algunos pocos miles de lectores (¡lectores! ¡milagro!) de revistas y libros escritos por cuentistas y editados por astutos mercaderes, este país, digo, necesita que se escuche, alta y clara, la voz de la razón en su propio formato.

Estoy impaciente por ver este programa que ojalá sea contratado por una cadena de las potentes -preferiblemente pública, porque ese sí es dinero bien invertido- y ojalá sea emitido en horario decente, al contrario de lo que suelen hacer con la divulgación científica.

Además, echaremos unas risas, porque Armentia y compañía son verdaderos especialistas en descojonarse de los magufos y en levantarles la camisa descubriendo sus trucos de ilusionista de festa mayor, sus trampas, sus montajes de mercadillo de rebajas y sus tonterías. Que venga Uri Geller a doblarle cucharillas a Fernando Frías. ¿A que no hay?

Permanezcan atentos a sus pantallas.

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Bueno, pues hasta aquí este jueves que ha resultado ya viernes, otra paella de resopón, qué vida. Pido disculpas, pero he tenido un día abarrotadísimo.

El próximo jueves será 29, último del mes de mayo, qué barbaridad, ayer Nochevieja y hoy con el verano encima. Ya sé que lo digo siempre pero, de jueves en jueves, se te van los años a cien por hora. Por lo demás, salvo catástrofe doméstica, creo que la próxima paella será puntual. Las obras de reforma de mi casa me han obligado a pedirme una semana de vacaciones -la próxima- para hacer esgrima con pintores, electricistas, carpinteros y la Biblia en pasta. No: albañiles, no. Por eso creo que lograré salir vivo de esta; si no hay albañilería, las posibilidades de supervivencia se incrementan muchísimo. Pero sigue siendo un palo. Todo será que no tenga que escribir la próxima paella sentado en lo alto de una escalera y con el portátil sobre las rodillas.

Orate frates y que no sea nada.

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 23/05/2008 at .

    Absolutamente de acuerdo con usted, jefe, en el asunto ese de la inmigración. Salvo en un pequeño detalle. Aquí no le ha importado a nadie lo de la avalancha al mogollón. Más bien al contrario, y no sólo en el sector constructivo-edificatorio. Tengo a mano algunas fotos aereas de los cultivos invernados del Ejido (aquél triste lugar hoy jungla de Mercedes y BMWs) en donde la subasta de carne al por mayor ha permitido uno de los mayores milagros económicos de la historia mundial. Solo decirle que desde el aire a 3000 pies en una Cessna 172 (ya sé que sabe de lo que hablo) no se ve mas que un horizonte de invernaderos. Vomito cada vez que veo a un político hablar de integración, y al mismo tiempo mirar para otro lado ante nuestras modernas formas de esclavismo. ¿Cómo es posible que no haya habido ni una sonora inspección de trabajo y un par de negreros enchironados?????? Vergüenza.

  • Monsignore  On 23/05/2008 at .

    No te dejes en el tintero, caro figlio, que una serie de grupos – y no sólo partidos – políticos empiezan a abogar por permitir votar a los inmigrantes, con y sin papeles.

    ¿Cantera de votos agradecidos?

  • lolo  On 23/05/2008 at .

    Te refieres al payaso de Javier Armentia que aparecía vestido de Drácula en El Castillo de Las Mentes Prodigiosas con Aramis Fuster. ¿ A ese mismo director del planetario de Pamplona?

    Eso es rigor si señor.

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