Un roto por un imbécil

Hay actos o acontecimientos que en apariencia son totalmente intrascendentes pero que acaban determinando importantes consecuencias. En mi último artículo hablaba de que la reclamación que la $GAE llevó adelante contra Ana María Méndez, en lo que imagino un procedimiento automático, la simple ejecución de un protocolo que no necesita reflexión específica puesto que fue reflexionado de manera global cuando se estableció, una hormiga en medio de una marabunta, para entendernos, le ha supuesto a la entidad de gestión perjuicios importantes -el último de los cuales puede ser gravísimo- que, de haber sido previsibles -o de haber sido previstos-, hubieran llevado a la suspensión de la acción, con lo que Ana María seguiría vendiendo tranquila y pacíficamente su mercancía en «Traxtore» y, hoy, la lucha anticanon estaría unos cuantos pasos más atrás de lo que está.

Un señor con pinta de señor cualquiera va al aeropuerto y en la dichosa cola de seguridad, indica a los pasajeros que tiene delante que, si no llevan en ellos elementos metálicos, no tienen por qué quitarse los zapatos (a eso y a más se llega en los aeropuertos). Cuando le llega el turno, el tío al que le han regalado la gorra de plato de la autoridad suprema, el segurata, el individuo que considera que todo el Derecho desde Hammurabi se ha producido con el específico propósito de que a él le laman la chapa, ve llegada la hora de la venganza fiera: «Ahora vas a ser tú el que se quita los zapatos, por listo». El hombre se niega porque, conocedor de que sus zapatos no tienen componente metálico alguno, no tiene por qué someterse a esa práctica tan humillante (sí, señores: quitarse los zapatos porque alguien lo manda, así, porque le sale de los cojones, es absolutamente humillante), pero la máquina policial privada ya está en marcha y no hay quien la detenga, de modo que el segurata insiste, así aprenderá el ciudadano de mierda este a hacerse el chulo. El ciudadano se identifica como diputado europeo, pero nada, a Porfirio Calasparras (nombre supuesto), el sheriff más rápido del aeropuerto, no se le sube a las barbas ni el Papa. El diputado exige la presencia del guardia civil responsable y éste sentencia en pro del segurata; parece que tiene una idea muy heterodoxa del principio de autoridad y de las circunstancias en que debe ser aplicado, pero en fin… Como el guardia civil ya es una autoridad de verdad, el diputado cede, se descalza y pasa el control. Una vez hecho lo cual, pretende (en vano, como veremos) ejercer otro derecho y exige al segurata que se identifique; el otro -es costumbre y mor en el gremio- se pone hecho un basilisco hasta el punto de que tiene que ser sosegado por sus compañeros para que la cosa no pase a mayores. El diputado, acto seguido, va a la comisaría de Mossos d’Esquadra a denunciar al segurata y al guardia civil. Pero la cosa no queda ahí, ahora lo veremos.

Aeropuerto de Viena, septiembre de 2005. Gottfried Heinrich, un señor con pinta de señor cualquiera y que, además, es un señor cualquiera, sin otra particularidad que la de ser aficionado a la práctica del tenis, pierde un avión porque la tripulación le obliga a desembarcar, al considerar que sus raquetas de tenis -que, por costosas, ha llevado consigo en el equipaje de mano- constituyen un peligro para la seguridad de la aeronave. Pierde el avión.

Aeropuerto de Tempelhof, Berlín, noviembre de 2006. David Raya, un señor que es un señor cualquiera, pero que no tiene pinta de señor cualquiera porque, adoleciendo de fibrosis quística y de diabetes -cuidadosamente documentadas en español, inglés y alemán- lleva consigo un maletín que contiene diversos tipos de comprimidos, aerosoles, jeringuillas y otros medicamentos -algunos líquidos, claro, como los inyectables- y no puede separarse de dicho maletín porque le va en ello la vida, además de que no puede correr el riesgo de que se pierda; y la nada desdeñable razón de que su contenido vale 5.000 euros. La policía -o seguridad privada, averigua- de Tempelhof pretende que facture el maletín; él se niega: le va el pellejo. Después de un registro largo, interminable, público y humillante y casi (o sin casi) un ataque de nervios, consigue subir al avión con el maletín.

El diputado europeo, que no es otro que Ignasi Guardans, de CiU, empieza una campaña contra los excesos de la seguridad en los aeropuertos y, sobre todo, contra el hecho de que la normativa sea secreta, lo cual, a su juicio -y al de cualquiera que tenga dos dedos de algo encima de las cejas- es un despropósito, campaña casi personal que lleva a cabo mediante varias preguntas parlamentarias que son sistemáticamente saboteadas por los sociatas y por los populares europeos, pero que suscitan todo un entorno de reacción entre varios diputados, unidos en su lucha contra la aberración paranoica de los aeropuertos europeos.

Mientras tanto, Herr Heinrich ha acudido a los tribunales de su país, los cuales, en determinado punto de las actuaciones, proceden como la Audiencia Provincial de Barcelona con Ana María Méndez o como, posiblemente, proceda el Tribunal Supremo en el litigio interpuesto por la $GAE contra la Asociación de Internautas: consultando al Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Y la abogada del Tribunal, Eleanor Sharpson, es devastadora: la no publicación de la lista de artículos y elementos prohibidos en un equipaje de mano «es un vicio de tal gravedad que no puede ser tolerado por el ordenamiento jurídico comunitario».

David Raya, aunque consiguió embarcar, agarró un globo de aquí te espero y, cuando llegó a casa, se puso en campaña. Se puso en contacto con el Defensor del Pueblo de la Unión Europea y éste, a su vez, lo remitió a Macin Libick, presidente de la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo, el cual contestó admitiendo a trámite la queja de David, que, en definitiva, comparecerá mañana ante la Comisión para fundamentar su queja, de lo que podría resultar una propuesta al Parlamento para cambiar la norma.

Así las cosas, Jacques Barrot, vicepresidente de Transportes, el impulsor y defensor de toda esta atrocidad aeroportuaria, le ha visto las orejas al lobo -al parecer, la futura y prácticamente segura sentencia del Tribunal desactivándole todo el tinglado le ha llevado al pánico- y se cura en salud ofreciendo una rendición con condiciones, aceptando una flexibilización de la norma y, sobre todo, su transparencia.

Todo por un segurata en El Prat, unos tripulantes de cabina de pasajeros en Viena y unos polis -o también seguratas– en Tempelhof, que no supieron ser flexibles y envainársela cuando fue necesario -y razonable- hacerlo. ¿Cuál sería el calibre de los clavos de las botas que usaría Barrot para patearles los huevos?

Hay un cuentecito ejemplar, casi un refrán, que explica que por un clavo se perdió una herradura, por una herradura un caballo, por un caballo un caballero… y así sucesivamente hasta llegar al desastre total de perder la guerra.

Tres clavos, han sido en este caso.

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Comentarios

  • Luis  On 27/05/2008 at .

    Pues yo extraigo una moraleja. Hay que quejarse siempre que haya motivo. No hay que conformarse. Luego prosperará o no. Como no va a prosperar es callándose.

    Es muy alentador el que sea posible que las cosas cambien porque determinados individuos, en ejercicio de la reclamación de sus derechos básicos, se empeñen en llevar la contraria a “los poderosos”

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