El río que hoy nos baja

Hice alusión no hace muchos días a las acusaciones que Santi Santamaria volcó sobre sus colegas en relación al dudoso uso de sustancias químicas cuyo lugar parecería más adecuado en un almacén de pinturas que en una cocina. Bueno, del fondo de la cuestión ya hablé en su momento. Lo que me rompe de risa es la reacción iracunda no de los colegas aludidos -esa era natural, humana y de esperar- sino de algunos medios de comunicación y hasta de instancias gubernamentales, como la vicepresidenta del Gobierno o el conseller de Agricultura catalán.

Por partes.

El folklore nacionalista diseñó hace ya muchos años la marca virtual catalans universals a modo de escaparate de las bondades de la raza. Bueno, con ser conceptualmente ridículo, no es algo exclusivo del nacionalismo catalán: ahí tenemos al gremio del toro coñaquero que hace lo propio y el fenómeno, en definitiva, es habitual en todas las naciones estructuralmente procedentes del romanticismo decimonónico.

Catalans universals lo fueron, por ejemplo, Pau Casals, Salvador Dalí, Josep Trueta y tantos otros perfectamente acreedores a esa consideración testimonial; testimonial porque, en realidad, no es sino un producto mediático o, más bien, redondamente propagandístico. No hay ningún organismo que decida quién es universal y quién no y menos aún un sistema popular o democrático que lo designe: simplemente, es obra de la carraca mediática afecta al régimen.

Pero el signo de los tiempos es inexorable y, a medida que fueron desapareciendo los universals de fuste, hubo que ir bajando el listón para mantener la nómina de glorias nacionales. Y muchas veces, el descenso del listón no es solamente debido a la falta de intelectuales de alto nivel -que alguno habría si se busca bien, con un farol- sino a la poca disposición del personal de este país de aliento ajocazallero y olor a pies por reconocerse en personajes de espíritu elevado. Así, un prototipo de español universal actual puede perfectamente serlo Fernando Alonso y el de català universal, Ferran Adrià. Y ahí quería yo llegar.

Cuando Santi Santamaria pone a parir a la tropa cocinillas megatecno, lo que está haciendo no es montar una bronca entre profesionales sino impugnar la esencia misma de los símbolos nacionales. Casi casi es como si pateara una bandera catalana en el centro mismo de la plaza de Sant Jaume. Y de ahí que haya sufrido una carga de caballería de las buenas por parte de la papelería local: ha osado atacar la base misma de la mitología de la que viven periódicos, televisiones, radios y demás media. El universal es, por su misma esencia, incontestable, como la patria misma.

Pero es que eso no es todo.

Precisamente en el justo momento en el que uno de los dos pilares del PIB de este desdichado país, el ladrillo, las está pasando putas, Santi Santamaria le arrima un barreno a una de las vigas del otro, el turismo. Porque, aunque evidentemente la aportación al PIB de los cocineros agredidos es, en relación al conjunto, ridícula, su aportación a la marca turística Spain es enorme. La tocinada alpargatesca nunca pondrá sus sucias patas en «El Bulli» (el kiosko de Ferran Adrià), como tampoco acudirá a un campo de golf. Pero todo ese conjunto, gastronomía, sol, golf, playa, picadero y demás hostias pijas, configuran una marca de turismo de calidad que tiene un evidente efecto llamada en el turismo de asquito, que también se deja una pasta, más que nada porque muchos pocos hacen un mucho. Las estrellas Michelin de Ferran Adrià, de la Ruscalleda, de Arzak y de algún otro, no venden, en realidad, gastronomía refinada sino millones de paellas tóxicas y de sangrías venenosas perpetradas, más que cocinadas, en multitud de sucios figones repelentes a los que el salero nacional otorga, muy ilustrativamente, la denominación de origen «chiringuito».

Lo que faltaba para el duro: un tío jodiéndonos el chiringuito, y nunca mejor dicho.

De ahí la intervención de la vice del Gobierno (¿dónde coño está Zap, por cierto?): había que detener tamaño tocamiento de cojones al grandísimo negocio nacional que sustenta todo el tinglado y que fía todas las desgracias de nuestra estadística económica a la palingenesia estival de la invasión de germánicos, anglosajones y asiáticos (éstos últimos en versión renta alta, es decir, japoneses).

Santi Santamaria ha pasado, por voluntad propia y, desde luego, con 60.000 euros de fondo de garantía, a la larga y antigua relación de heterodoxos españoles que cantara Marcelino Menéndez Pelayo.

Eso sí: en un modesto rinconcito.

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Estoy de vacaciones laborales esta semana, obligado por las obras de casa, lo que quiere decir que estoy prácticamente confinado en ella, rodeado de electricistas, pintores y otros probos operarios, y unas veces trasteando cajas y enseres de un lado para otro y, otras veces, metiéndome en el estudio (única pieza de casa que no se toca, en esta ocasión, aunque no se ha librado de la invasión de trastos y está atestado), a modo de refugium pecatorum, aprovechando para hacer algunas cosas que tengo pendientes (pocas, porque en estas condiciones no se trabaja bien), leer e, incluso, pudiéndome permitir, a ratos, matar moscas con el rabo. Las jornadas, en este plan, se hacen larguísimas y cansan un montón, porque no hacer nada cansa mucho más y mucho peor que trabajar duro. Redescubro el chateo, tantos años olvidado -aunque, como antaño, me hastía pronto- y hasta participo comentando noticias en «Menéame», que es una forma tan buena como cualquier otra de hacer el ganso.

Ayer me metí en un debate sobre la pena de muerte a raíz de una noticia sobre una ejecución de hace más de ochenta años y que tuvo lugar en Australia en la que, según se ha sabido ahora, se ahorcó a un inocente.

Yo creo que ya está fuera de lugar debatir sobre la pena de muerte; no porque quiera hacer callar a nadie sino porque la pena de muerte, como la tortura legal, son cosas que habrían de estar perfectamente erradicadas como lo que son, un arcaísmo jurídico. Pero el regreso de la tortura como práctica legal a un país occidental (léase Estados Unidos) después del regreso de la propia pena de muerte tras ser abolida en ese mismo país, hace que nunca pueda estarse seguro de que una abolición es definitiva, así baile sevillanas la Constitución, y, por tanto, hay que entrar al trapo. Al menos cuando se dispone de tiempo, humor y ganas.

He vuelto a sostener mi personal leit motiv al respecto, que es el hecho -para mí, fuera de toda duda- de que la pena de muerte no es un problema de dignidad del reo sino de dignidad de la sociedad misma. Cuando se ejecuta a una persona, aparte de la barbaridad humanística, se produce una barbaridad social, que es la de todo un colectivo nacional que confiesa a voz en grito su impotencia ante la capacidad de causar daño de una sola persona. Me fastidia (utilicemos el prudente verbo fastidiar) que se use la clásica y lacrimógena eventualidad del reo inocente, entre otras cosas porque a ella se puede oponer la clara culpabilidad de tantos otros muchos declarados culpables y ejecutados; el error, el penado inocente, es un problema que debe cuestionar la tipología técnica del procedimiento judicial, no la tipología técnica de la pena, cuya crítica debe obedecer a otros parámetros.

Por otra parte, los sistemas garantistas suelen funcionar. Los errores son posibles y, de hecho, acontecen, porque ninguna obra humana es perfecta, pero los procedimientos de los sistemas judiciales occidentales, en general, son eficaces. Es más, la mayoría de los errores suele incidir en el menos indeseable caso de la absolución de culpables -o de la excesiva benignidad en su calificación y pena- que en lo contrario, seguramente por la duda razonable que, como exige la ley, debe beneficiar al reo. Es decir, que no se trata tanto de errores como de evitar cometerlos.

Ocurre, además, que en los casos especialmente luctuosos, la comprensible oleada de sentimientos vindicativos lleva a la enervación de un cierto clamor por la pena de muerte que siempre subyace en la sociedad. En España, por ejemplo, cuando las aguas bajan tranquilas, el sentimiento social generalizado, detectado en muchísimas encuestas, es de oposición muy sensiblemente mayoritaria a la pena de muerte. Sin embargo, si esas encuestas se hicieran en el entorno temporal de casos como el de la pequeña Mari Luz, la niña onubense asesinada por un hombre que, debiendo estar en prisión, estaba libre precisamente por un error judicial (entendiendo como tal no necesariamente de un juez -pese a que hay uno puesto en entredicho y quizá sancionado- sino más bien de un sistema), seguramente los resultados serían inversos y permitirían quizá afirmar que la sociedad española está mayoritariamente a favor de la pena de muerte.

¿Cómo preconizar que de ninguna manera puede ejecutarse una pena de muerte sobre un asesino tan repugnante? Pues, precisamente, por la vía dialéctica a la que siempre acudo yo: ¿es que la sociedad española se considera tan mierda y tan poca cosa que no puede absorber el daño producido por una sola persona, por bestia que ésta sea? Y cuidado: cuando digo «absorber» no hablo de «dejar impune» o de no proteger a los ciudadanos del peligro de ser víctimas de crímenes tan execrables; me estoy refiriendo a algo puramente intelectual, como puramente intelectual sería el placer -vamos a llamarlo así- que se supone que experimenta una sociedad cuando se aplica una pena de muerte, según parecen proclamar sus partidarios.

Por lo demás, todas las estadísticas demuestran que la pena de muerte ni le pone ni le quita al índice de criminalidad, que suele tener su base en circunstancias sociales o psicológicas mucho más complejas. Sobre esto de la disuasión de la pena de muerte, su efecto preventivo, hay una ya clásica paradoja, y es que si la pena de muerte disuadiera al criminal, no habría problema con ella porque ya no existiría de hecho, ya que, ante esa eficacia disuasoria, no existiría tampoco el crimen al que la pena de muerte castiga. Como toda paradoja, lleva en sí misma su propia contradicción y, sin embargo, los partidarios de la pena de muerte de agarran a los efectos disuasorios del patíbulo como si fueran un axioma.

Es el problema -no exclusivo de la sociedad española, por cierto- que se padece cuando el ansia de vindicación se impone a la razón. Casi siempre son las pasiones -aunque algunas raras veces puedan tener efectos positivos- las que ponen cuesta arriba el progreso humano. Las pasiones y los sinvergüenzas.

Pero los sinvergüenzas son ya otra historia.

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Vino la sequía sobre la conurbación barcelonesa, que fue un problema serio. Hubo que afrontarla, y no se hizo con seriedad, lo que derivó en un vodevil. Ahora han venido las lluvias, han caído en buena cantidad, de buenas maneras (en general) y en los lugares precisos (esto es, en todos) y, encima, los pronósticos meteorológicos a corto y medio plazo mantienen altas las posibilidades de que las lluvias sigan. Y entonces es cuando el vodevil se convierte en un sainete de fiesta mayor de pueblo.

Empezaron, recordemos, con lo de los barcos pero, casi inmediatamente, derivaron hacia aquel trasvase que no era un trasvase sino sólo agua que iba de un sitio a otro o viceversa (porque lo de los barcos no era turísticamente elegante, dijeron los hoteleros, que son los que mandan aquí, con permiso de la $GAE). Personalmente siempre he sostenido que, por encima de la estupidez de los dirigentes (y de algunos pueblos), el agua pertenece a los territorios, no a las divisorias políticas, y que cada cual ha de aprender a vivir y a ir hacia adelante con lo que tiene y sin lo que no tiene, es así de fácil. Donde no hay agua se siembra secano o se buscan alternativas: hay quien monta un circuito automovilístico o quien sueña con un macrocasino; y eso, dejando aparte viabilidades o inviabilidades que hay que estudiar en cada caso, está bien, es buscarse la vida. Y el que tiene agua, puede soñar con centros turísticos, balnearios, campos de golf y miles de hectáreas sembradas de pimientos. Lo que no puede ser es que el que no tiene agua se lance a hacer balnearios y ciudades de vacaciones y, encima, pretenda que el agua se la dé el vecino (el territorio vecino) y aún arguya derechos sacrosantos a ello. Los trasvases son mediambientalmente insostenibles y, además, el sediento tiende a tener más sed cuanta más agua se le da (o sea, construye más balnearios y más ciudades de vacaciones). Hasta que el río dice «basta» y entonces ya no hay agua para nadie: todos jodidos; igualdad constitucional en la tierra reseca y agrietada y hambre y mierda para todos. Para todos por igual, eso sí. El síndrome «Seseña» a nivel peninsular.

El intento de trasvase, que no fue trasvase sino otra cosa que no trasvasa ni deja de trasvasar, constituyó un error por muchos conceptos, pero el más garrafal -lo dije aquí mismo-, fue el de romper la política de rechazo total a los trasvases que se instauró como norma urbi et orbi cuando se le dio el puntapié al Plan Hidrológico Nacional de Aznar. De ahí el encabronamiento de los aragoneses -principales opositores al PHN- y el entusiasmo valenciano y murciano que se plasmó en el muy comprensible «o jugamos todos o rompemos la baraja». Encima, la excepción (odiosa para los aragoneses) a la regla (odiosa para valencianos y murcianos) se hace para beneficiar a los catalanes (odiosos para todos).

Ahora que la climatología parece que arregla el problema y nos da el respiro suficiente como para que se ponga en marcha la famosa desalinizadora (anda que no tiene narices tampoco la desalinizadora, ya hablaremos de ella otro día), lo que se queda como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, es el tubo para trasvasar agua no trasvasada y en el Govern deshojan la margarita -sin olvidar tirarse los trastos a la cabeza- sobre suspender su obra o continuarla… teóricamente para nada, pero con los maños sabiendo que esa es una espada de Damocles sobre el Ebro, que lo haría trasvasable -o viceversa o al contrario, según- con un simple decreto pergeñado en un día y publicado en el BOE apenas dos después. Eso, claro, si para entonces la fastuosa obra no ha quedado hecha un residuo putrefacto por el paso del tiempo y hay que volverla a reemprender en su práctica totalidad. Total, la pela del ciudadano de mierda es larga, así que a pagar y a callar (más el tresporciento, eso está claro como el IVA). Si la obra se suspende, amigo, mal rollo: ya está adjudicada. Y eso, aparte de las quejas de los tresporcientistas, supone que, de acuerdo con la ley, con cualquier ley que quieras arrimarle al asunto, la adjudicación ha generado unas expectativas legítimas que contituyen un derecho cuya eliminación constituye un hecho indemnizable. Lo que, en román paladino, quiere decir que los beneficios que AGBAR y demás compinches han dejado de generar -evaluados y estimados como vete a saber qué dios dé a entender en beneficio del ciudadano de mierda- habría que pagárselos igualmente a la joint venture constituida por AGBAR y el resto de la banda. IVA y tresporciento incluido, claro está.

Por si esto fuera poco, el efecto político es igualmente demoledor: el trasvase (o sexo de los ángeles, o coño incorrupto de la Monja Alférez, o como quieras llamarle) estaba decidido y prácticamente en marcha; y sólo los elementos, y no una voluntad política cierta, acabaron con él. Atentos, pues, a las próximas sequías, porque los afectados, arguyento -con toda la razón del mundo- el precedente, se van a ceñir como locos a él, lo que quiere decir que, a la vuelta de menos de un lustro, España estará llena de trasvases que no son trasvases sino vermús con tapa, o de protestas a bragueta abierta quejándose de que en este país el que no es un catalán es un pringado.

Éramos pocos y se cagaron en la barretina.

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Como el que no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo, tal como me he ejemplarizado yo mismo en la segunda entradilla de esta paella, resulta que BNG (los nacionalistas gallegos) e IU (estos no podían faltar) exigieron que en las tomas de posesión -y correspondiente jura y promesa del cargo- se suprimieran el crucifijo y la Biblia habitualmente presentes. No es una propuesta que a mí me cause ninguna especial angustia, pero tampoco -a mi personal, exclusiva e intransferible manera de ver- merece andar perdiendo mucho tiempo, un tiempo absolutamente necesario para ser empleado -como no hacen BNG e IU con especial énfasis- en pararle los pies a la Conferencia Episcopal y a su abominable campaña para cargarse el sistema público de cuidados paliativos (una disciplina médica joven en la que, vaya, resulta que la sanidad pública española no está, ni mucho menos, en los puestos de cola). Por lo demás, ya se sabe que el crucifijo es un eficaz antídoto para los vampiros en la yugular y para los moros en la costa. Por eso mis hijas van a un colegio religioso católico.

Pero si la iniciativa era -no vamos a decir estúpida– poco prioritaria, la respuesta del sociata a cargo de dar las excusas de mal pagador, Ramón Jáuregui, contiene elementos cómicos de primer orden. Empieza por poner de relieve que acceder a la propuesta sería -la madre que me parió- aprobar una norma prohibicionista. Como imbecilidad es de las buenas, porque toda norma o bien prohíbe algo o bien lo impone, pero imponer una cosa es prohibir todas las demás. Si supieran gramática, les diría que es como conjugar en activa o en pasiva, pero como no tienen ni puta idea -entre tantísimas otras cosas- de gramática, no lo digo y prefiero limitarme a decir que esa es una gilipollez más grande que un portaaviones americano. Por lo demás, si me pongo a escribir la cantidad de normas prohibicionistas que esos pencos han promulgado sin el menor reparo buenrollítico, me fundo la memoria del servidor que sustenta esta bitácora. No jodamos.

Sigue el cachondo este: «[El crucifijo] está de más […] Un Estado aconfesional no tiene por qué tener símbolos ni signos religiosos cuando el ministro se compromete con la Constitución y los ciudadanos […] [Pero el PSOE no promoverá] una ley para prohibirlo». Lo he pillado tan cual de «Público» cuyo enlace tenéis por ahí arriba. Si alguien se inventa algo, es la gente de Escolar, no yo. Pero la parida de Jáuregui se comenta sola sin que yo vaya a macular con mi pobre verbo estupidez tan químicamente pura.

Pero espera, espera, que aún hay más.

Va y larga el tío que «[España tiene unas] relaciones especiales [con la Iglesia Católica]». Nos consta, sí. Y de eso, precisamente, nos quejamos muchos españoles. Pero hasta ahí se puede aguantar porque, en definitiva, no es más que la constatación, lamentable pero cierta, de una realidad. Lo divertido viene ahora: «[El PSOE] no puede desoir la creencia religiosa que forma parte de la cultura de muchos ciudadanos» ¡Coño! ¿Y sí puede desoir la no creencia religiosa que da lugar a la cultura -mucho mejor así expresada, en este caso- de no pocos otros ciudadanos? (ciudadanos que, mayoritariamente, so memos, forman parte de vuestro electorado y no precisamente del electorado del PP… ¿o es que la teoría del asunto es putear a aquellos cuyos votos dais por seguros a beneficio de aquellos otros que jamás serán vuestros?).

Sigue, sigue, el cachondo este…

«Hay funerales de Estado y el país lo asume completamente con naturalidad, como asume que el 15 de agosto en media España la Virgen recorre las calles». Nos ha jodido. Y para el 24 de septiembre un montón de ciudadanos barceloneses recorre las calles barcelonesas en calzoncillos. ¿Cree Jáuregui que es en homenaje y regalo a San Sóstenes, promocionable como santo patrón de la ropa interior?

Y termina diciendo: «no queremos establecer una política laicista exagerada«. Eso: no se vaya a enfadar Rouco y deje de perfumaros con el botafumeiro.

Id votando a estos, id…

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Larga paella esta que quizá compense otras menos variadas y menos largas. Larga y puntual, que ya hacía falta, porque las últimas llevaban una anarquía cronológica de mucho cuidado.

Así están las cosas hoy, último jueves de mayo. El próximo será 5 de junio, el mes que inaugura el verano, terror de estudiantes y alegría de los playeros, que suelen estrenar temporada en ese mes. Claro que, por lo menos en el Mediterráneo, ya son ganas, sumergir las pelotas en esa sucia e infecta sopa de mierda de guiri recién salida del colector, con tropezones de metales pesados a tutiplén.

La semana que viene, más.

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Comentarios

  • Lobo  On 29/05/2008 at .

    ¡¡Como!! ¿Dice usted, que el “chateo” le cansa?
    A mí me encanta (aunque me incluya entre los del “toro coñaquero), y lo sigo practicando todos los domingos y fiestas de guardar, después de misa, por supuesto.
    ¿O se refería usted, a eso de decir tonterias a través de internet?

  • Rogelio Carballo  On 29/05/2008 at .

    Jefe, a mí que se ventilen la biblia y la cruz me la trae al pairo. Ahora bien, lo menos que se puede exigir a un cargo público es que JURE su cargo, su lealtad como mi representante y su voluntad de cumplir y hacer cumplir la ley. JURANDO, digo. Si quieren prometer, que le prometan fidelidad a la parienta…..

  • Ryouga  On 29/05/2008 at .

    Pues yo creo que la biblia y el crucifijo,sobran que como bien dice el compañero de ahi arriba nos tiene que dar su lealtad a los ciudadanos y la ley ,pero la que esta escrita en la constitucion no la catolica.

    Respecto al argumento de no perder el tiempo, no creo que puedan perder el tiempo quienes no hacen nada, que estamos hablando de politicos.
    Bien es cierto que hay objetivos mas importantes pero si no son capaces ni de eso.

    Y a los vampiros se les mata con estacas de madera en el corazon ;-), para los moros inventamos las fronteras, que no dependen ya de ninguna confesion religiosa.

  • Jordi  On 29/05/2008 at .

    Para juramento, una hipoteca.

  • Ángel Bacaicoa  On 29/05/2008 at .

    Y yo que creía (inocente de mí) que era todo un programa de humor. Y resulta que los padres de la Patria justifican el sueldo con esas cosas. ¡Con la que está cayendo!
    Además gran programa doble: La sequia húmeda y el transvase inmovil. De verdad que algunos días preferiría no haber mirado las noticias.

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