El timbre de alarma

Es lo que tiene la red en general y Google en particular: buscas una cosa y te encuentras con otra. Pasa con cierta frecuencia, pero lo de esta mañana me ha impresionado. He ido a dar, inopinadamente, con la noticia -ya antigua, del 2002- de que un miembro de una familia a la que conocí hace muchos años y a la que traté durante muchos otros de una manera próxima y habitual, una familia buena gente, trabajadora, fue pillado con pruebas abrumadoras, concluyentes, de producción y tráfico de pornografía infantil. No daré más detalles porque no interesan, a estos efectos; a estas horas la justicia ya habrá hecho su trabajo -lo contrario sería alucinante- y todo aquello susceptible de ser reintegrado a su lugar ya lo habrá sido.

Cambio de caso, pero no de lamentable tema.

En otro entorno cotidiano mío, hace unos meses, fue pillada in fraganti una persona con pornografía infantil, en este caso no para tráfico sino para consumo propio. Una persona con una consideración social alta. Ya sé, es lo que se dice: «Siempre lo es quien menos lo parece». Pero cuando ese que es se materializa súbitamente en una cara, en un nombre y unos apellidos que forman parte de tu propio ámbito vital, se te cae el alma a los pies… cuando consigues que te circule de nuevo la sangre.

Y pensaba, aún con la luctuosa noticia en la pantalla, que si en mi entorno cercano -en términos actuales uno, históricos otro- que yo siempre había tenido -y, en fin, sigo teniendo- por normal, corriente y moliente, han caído dos petardazos, dos, esto es que se hunde el mundo y le dan a uno ganas de mirar debajo de la mesa y de hurgar por los cajones porque llega un momento en que la paranoia es tal que hasta se llega a sospechar de uno mismo. En fin, restablecido el flujo intelectual a sus circuitos normales, la paranoia se va, pero la necesidad de reflexión se queda. Démosle, pues, libre curso…

La red ha multiplicado, no, elevado exponencialmente, los flujos de información. Para lo bueno y para lo malo. Rechazo esa imagen de que la red es un nido de pornografía de todo tipo, infantil y de la otra; yo creo que la proporción de pornografía de todo tipo en relación al volumen de información que circula es, aproximadamente, el mismo de cuando la red no existía. También sabemos que la disponibilidad de la información extiende el uso de la misma. Pongamos un ejemplo: los que antes leíamos periódicos, leíamos, habitualmente, sólo uno -el nuestro favorito-, a no ser que una obligación profesional impusiera mayor lectura; ocasionalmente, podíamos alcanzar otro (en la peluquería, el de un compañero de trabajo, etc.) pero habitualmente era uno. Hoy, el lector de periódicos conectado a Internet lee más de uno y fácilmente tres; a lo largo del día, por supuesto, no de una sola sentada. Para lo negativo, sucede lo mismo. El consumidor de pornografía tenía circuitos muy restringidos, incluso siendo legal; era fácil de adquirir -y cara- pero no abundaba, no se la topaba por las buenas en cualquier esquina: tenía que acudir a una sex-shop o a determinados kioskos; o a cualquier kiosko, si era porno light, pero con el inconveniente de que la compra en un kiosko es, en cierto modo, pública. Hoy, en red, una simple búsqueda arroja un volumen imposible de manejar por una sola persona en un lapso de tiempo razonable; y dentro de ese volumen hay muestras gratuitas como para satisfacer al más exigente.

La pornografía infantil, perseguida con ahínco en el mundo occidental y musulmán, no se encuentra fácilmente. O no tan fácilmente. Yo no he hecho búsquedas, aparte de por el riesgo que conlleva el que quede un log en los servidores de mi ISP con un enlace a eso, porque la posibilidad de encontrar, efectivamente, algo, me revuelve las tripas y lo que no son las tripas, pero deduzco que no será tan fácil porque mientras que navegando normalmente he tropezado de forma casual con material pornográfico común -ahora ya no sucede tanto, pero antes había mucha gente con páginas web de contenidos perfectamente normales, que sacaba unas pesetillas metiendo en ella publicidad porno-, jamás he dado, afortunadamente, con porno infantil. Es decir, que el consumidor de porno infantil tiene que buscarlo de una manera más laboriosa que el de porno común u otros contenidos perfectamente lícitos.

No cabe negar, sin embargo y sin que ello suponga tampoco afirmar una intrínseca perversión de Internet, que la red facilita mucho el acceso a tan execrables contenidos.

Pero para que el volumen de esos contenidos se multiplique, también tiene que multiplicarse el número de consumidores. Incluso admitiendo que la disponibilidad de los contenidos pueda crear adictos donde antes no los había (¿somos todos pederastas en potencia?), la afloración de gente que adolece de ese transtorno de la conducta sexual (y de la otra; y sin perjuicio de que les sean aplicables calificativos y epítetos mucho más gruesos) es alarmante. A mí me alarma. Coge uno el periódico -papelero o digital- y, amarillismos tecnofóbicos aparte, no hay día que no traiga noticia de la detención de un cabrón de esos. Quizá mi alarma venga de lo imposible que me resulta proyectar sobre mí mismo esa figura; puedo conseguir verme atracando un banco, incluso matando, pero mi fuero interno rechaza frontalmente la visión de mí mismo trasteando sexualmente a un niño. ¿Porque soy padre? No será esa la razón o la única razón: muchos padres han sido pillados en ese asunto, y no pocos violando a sus propios hijos. No lo sé. El caso es que esa conducta me resulta inconcebible.

¿Es que la decadencia moral de la sociedad occidental -para mí, fuera de toda duda- está alcanzando a los individuos, a las propias personas? Alguien dirá -seguramente con alguna razón- que una sociedad moralmente decadente sólo puede existir cuando está formada por individuos éticamente tarados. Pero, para mí, un individuo éticamente tarado, a estos efectos de decadencia social, es aquel que no ve más allá de su hedonismo, de una apetencia exacerbada y ciega de bienestar material, de posesión, de diversión, de consumo, en suma. Claro, también el sexo es, o puede ser, un elemento de consumo y en él -quizá sea esta la explicación- se tiende a más, como se tiende a más en el exotismo de los viajes, en la cilindrada y tamaño de los coches o en el lujo de la vivienda. Quizá por ahí puedan venir los tiros. De igual forma que un deporte de aventura adquiere características de verdadero riesgo si se va más allá del control que se diseñó para que fuera razonablemente seguro, el ir más allá en la búsqueda de emociones nuevas en materia sexual -o en otros instintos que se quiera llevar a su extremo- puede conducir a aberraciones que, además, son dañinas para terceros inocentes (niños, en el caso que nos ocupa, pero también adultos en las películas llamadas snuff, en las que se tortura y asesina de verdad a un ser humano).

No sé a dónde vamos a parar. Bueno, quizá es que hoy -ya he explicado por qué- estoy especialmente impresionado, pero verdaderamente, tengo una sensación de alarma que no consigo quitarme de encima.

Y ahora, me apetecería cerrar esta entrada con un categórico y lapidario «mañana será otro día», pero no. No lo será y se trata de que no debe serlo. Las sensaciones extremas tienden a descender hasta alcanzar un punto, mucho más moderado, de estabilidad, pero en este tipo de temas habría que mantener -no yo: todos- una cierta tensión y, desde luego, habría que proceder a un seria reflexión colectiva en la que nos preguntáramos a dónde estamos yendo con ese desenfreno material y su antecedente o consecuente desviacionismo ético. Porque, sin la menor intención apocalíptica o catastrofista, solamente como consecuencia del mero uso de la razón -de mi razón, cuando menos-, creo firmemente que nos estamos yendo a la mierda, que un día estallará esa burbuja de absurdo y demente lujo mal llamado asiático cuando, en realidad, es típica y originalmente euroamericano, y veremos entonces en qué nos quedamos, quién nos pasará la factura por nuestras atrocidades y cuál será el importe que tendremos que pagar.

Y me temo que va a ser muy, muy caro.

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Comentarios

  • Ryouga  On 30/05/2008 at .

    De nuevo parece como si me estuviera leyendo la mente, en el caso de que yo pudiera expresarme tan bien,claro 😉

    La verdad es que es una verguenza y coincido con su analisis, esta sociedad esta tremendamente obsesionada con el sexo, luego es normal que aumenten las patologias relacionadas con el.No hay mas que encender la tv o coger una revista,series,peliculas, anuncios el sexo no es vendido y publicitado a todas horas,se diria que es el unico impulso y placer que mueve al hombre.

    No se si es por culpa de la imagen que nos dan los medios de la mujer o es parte de la esencia del hombre, pero siempre son hombres los que se ven metidos en esas perversiones, tal vez su habitual capacidad para practicaer el sexo sin ningun tipo de apego emocional favorece esas actitudes.

    La habitual falta de empatia de los hombres en el sexo hace que florezca la prostitucion,la mayoria forzada o que sea habitual escuchar a individuos sus aventuras sexuales en Cuba o Tailandia, incluso con menores.Eso si en ambientes reducidos y masculinos, luego a la vista del gran publico, se sorprenden e indignan con las noticias de pederastas,llamemosle hipocresia,conducta politicamente moral o doble moral pero no se sorprenda tanto, es muy habitual sr. Cuchi

  • Tetecita  On 31/05/2008 at .

    Enhorabuena de nuevo. Creo que coincidimos mucho en nuestra forma de pensar. Más allá de la lógica libertad de la que todos deberíamos disfrutar viviendo en democracia, hay una serie de límites morales que no se deberían traspasar sino puede que a la larga la sociedad se pervierta y entonces, como tu dices, las consecuencias pueden ser demasiado duras. La imagen que se nos da alas mujeres en la publicidad, la proliferación de pornografía infantil, el auge del turismo sexual y la prostitución, la conducta sexual de los adolescentes…eso no tiene nada que ver con las libertades, eso es perder el norte y parece que la gente, en general, no se da cuenta. Estamos aquí para vivir y es es lo que debemos hacer, disfrutar y desinhibirnos…podemos morder, pero estamos arrancando y a este paso acabaremos matando.

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