Monthly Archives: junio 2008

Arranca Linux-GUAI

Fin de semana movidito este, con motivo de la celebración de la asamblea anual (la novena, ya) de la Asociación de Internautas. Una asamblea muy provechosa, si no la que más de las que ya he conocido, sí, al menos, de las primeras en la clasificación, con un planteamiento de nuevos retos y una adopción de nuevos métodos, a veces sustitutivos, a veces acumulativos, con respecto a los actuales. Que nadie se equivoque: hablo de métodos, nada más. Aquí no se abandona ningún frente, al contrario, se intensifican todos los que ya estaban abiertos y se abren nuevos.

Precisamente uno de los nuevos me concierne a mí en mayor medida que los demás, porque yo voy a ser el responsable de su promoción y desarrollo: la Asociación de Internautas, a través del proyecto Linux-GUAI entra de frente en el mundo del software libre, de los estándares libres y, muy especialmente, en el esencial objetivo de ponerles rigurosa y atentísima vigilancia a las administraciones públicas. Se acabaron las aguas tranquilas en este ámbito. La enormidad cometida por el Ayuntamiento de Barcelona cuando hace un año le regaló a Micro$oft más de medio millón de nuestros euros, así, por las buenas, será la última de estas que se cometa sin que haya una potente bronca, al menos mientras nosotros lleguemos a enterarnos (que nos enteraremos).

Como decimos en el escrito de presentación, dentro de un año y medio -fecha por fecha- las principales administraciones públicas deberán estar en condiciones de comunicarse digitalmente con el ciudadano, tal como dispuso hace un año la Ley 11/2007, de 22 de junio, de acceso electrónico de los ciudadanos a los servicios públicos, conocida por las enrevesadas siglas LAECSP (al cambiar «administraciones públicas», como decía el proyecto, por «servicios públicos», el ágil acrónimo LAECAP se desmoronó, qué le vamos a hacer).

Esto representa muchas cosas: la primera, que va a haber mucho dinero público en circulación, porque eso tiene un coste evidente (que hay que asumir, eso nadie lo discute); la segunda, que el apropiacionismo -con el abominable a la cabeza- va a poner toda la carne en el asador; y la tercera, que la Ley ordena que habrá que funcionar siempre con formatos libres, aunque permite que además (no en vez de) pueda hacerse con otros formatos cuyo uso esté muy extendido (no vaya a ser que en Micro$oft se abran las venas, por Dios).

Por tanto, habrá que estar (y juro que estaremos) muy atentos a cuñados y a tresporcientos, a maniobras de empresas privadas (cenas, yates… esas cosas que hacen cuando quieren imponer patentes o formatos apropiativos) y a todo el resto del cenagal, aunque tenga que perder treinta dioptrías leyendo convocatorias de concursos-subasta licitando servicios y suministros. Soy consciente de que no llegaremos a todo: tenemos el potencial que tenemos y, por tanto, habrá que establecer prioridades, aunque, de hecho, las prioridades las establecerá nuestra capacidad para informarnos y ser informados porque, desde luego, a poco que podamos, no dejaremos gramo de mierda sin ventilar.

Pero, siendo las administraciones públicas un objetivo prioritario en la tarea que nos hemos propuesto, no pensamos dejar en segundo plano los derechos de los usuarios de software libre, frecuente y casi constantemente pateados no solamente en el mundo de las administraciones públicas sino también en el propio mercado, al que se somete a distorsiones torticeras para poner palos en las ruedas del software libre y de sus usuarios.

No pretendemos, en absoluto, desdeñar a los usuarios de aplicaciones y sistemas operativos apropiativos; no debemos olvidar que la Asociación de Internautas está al servicio de todos los usuarios, con independencia del software que, en el ejercicio de su libre opción, use cada cual y que Linux-GUAI es un proyecto totalmente incardinado en la propia AI, no una guerrilla aparte. Pero es más que evidente que no todos los usuarios de software pueden optar libremente: la gran industria -tanto del software como de la maquinaria- interpone barreras artificiales y fraudulentas a la libre opción. Para los usuarios de software libre, comprar un ordenador sin sistema operativo cargado o con un sistema operativo Linux, por ejemplo, no es algo que pueda hacerse en la primera tienda que aparezca; hay que buscar, buscar muchísimo, y muchas veces entablar una dura batalla -no siempre victoriosa- para hacer valer unos derechos que, existiendo sobre el papel -sobre el papel de la ley, que no habría de ser un papel cualquiera-, son sistemáticamente conculcados por las grandes superficies y por un pequeño comercio obligado por las grandes estructuras de producción y de distribución al ominoso lo tomas o lo dejas que ha de trasladar, a su vez, a sus propios clientes.

Queremos, pues, meter mano con toda la potencia que podamos -si será mucha o será poca, el tiempo lo dirá- a ese mercado fraudulento y falsificado, denunciando públicamente con nombres, apellidos y razones sociales a los tramposos, pero también poniendo en manos de la Oficina del Defensor del Internauta los casos que veamos más flagrantes o más susceptibles de ejemplo y escarmiento. Porque la situación en que se halla el mercado no está para buen rollito: hay que repartir leña. Es cierto que se atisba alguna luz al fondo del túnel -confiamos que vaya in crescendo– pero no nos quedaremos de brazos cruzados esperando que vaya incrementándose a su aire: la oscuridad es aún impresionante y las piedras con las que se puede tropezar hasta llegar a su salida so muchísimas y muy afiladas.

Formamos un pequeño equipo, en estos primeros momentos iniciales. Dentro de la Asociación, aparte de este que suscribe, contamos con José Ramón Esteban, nuestro vice, webmaster de la AI, que va a cuidar también del apoyo técnico de Linux-GUAI; y, como colaboradores externos, dos fichajes de altura, dos luchadores de primera magnitud y dos verdaderos cerebrones técnicos: Alberto Barrionuevo, presidente de la Foundation for a Free Information Infrastructure, y Fernando Acero, un verdadero especialista -entre otras muchas cosas- en seguridad digital y, al igual que Alberto, un gran guerrero de las libertades cívicas en red. Poca gente, cuatro personas, pero muchísimo megatonaje intelectual y activista.

Por supuesto, estamos abiertos (¡¡necesitamos!!) a una mayor participación, y cualquiera que comparta con nosotros estos objetivos tiene un puesto aquí, aunque no le podemos prometer otra cosa que mucho trabajo (y no importa lo mucho o poco que sepas ni el mucho o poco tiempo que tengas: hay tarea para todas las medidas, de verdad). Tampoco tenemos un especial interés en hacer pasar a nadie por taquilla. Hombre, claro que nos gustaría que todos fuéseis socios de la Asociación -para eso se creó- pero no vamos a rechazar a nadie ni a torcerle el gesto porque no quiera firmar al pie del formulario. Cuando le apetezca, libre y espontáneamente, ya lo hará. Si lo hace.

De modo que, como queda dicho, empezamos.

Jueces, moros y broncas

Creo que no es la primera vez que lo digo: no oculto mi admiración -mi profunda admiración- por Juan José Cortés, padre de la pobre Mari Luz, asesinada por Santiago del Valle cuando éste hubiera debido estar en prisión por otros delitos y, todavía inexplicablemente, estaba en libertad y, como quien dice, fumándose un puro. Admiración extensible a toda la familia de la niña, pero no quiero dejar de recalcarlo a él, quizá porque ha destacado como portavoz en todas las acciones que ha llevado a cabo.

Este hombre podía haberse dedicado a amenazar con las penas del infierno a todo bicho viviente, a tramar fieras venganzas… pero no: ha asumido una actitud cívica y ejemplar y ha llevado a cabo sus reclamaciones y sus reivindicaciones dentro de la más estricta legalidad. En esa legalidad, se le rechazó una petición imposible -no obstante lo cual, fue apoyado en ella por centenares de miles de ciudadanos- para que los asesinos de menores fueran condenados a cadena perpetua. Era constitucionalmente imposible y, como corresponde, se le denegó.

Don Juan José siguió sin perder la calma y continuó por la vía cívica.

Paralelamente a esa reivindicación de mayor dureza penal, la familia Cortés, se dirigió contra el juez, culpable, cuando menos y más allá de toda duda, de una muy grave desidia con relación directísima de causa-efecto en la muerte de Mari Luz, para que fuera duramente sancionado. Esperaba -esperábamos- que ese juez, Rafael Tirado, viera su carrera de magistrado en el cubo de la basura.

No ha sido así. El Consejo General del Poder Judicial, ese órgano que parece interesado en seguir la carrera de la $GAE en cuanto a imagen y favor ciudadano, ha reaccionado con un corporativismo tan indignante como poco sorprendente y ha zanjado la cuestión con una sanción por falta leve que, en el más espantoso de los casos, puede llegar a una multa de 6.000 euros. Y aquí paz y luego gloria.

Es un decir: ni paz, ni gloria, ni una mierda pinchada en un palo. Pero… ¿qué cojones es esto? ¿Qué se supone que tenemos que hacer los ciudadanos cuando somos víctimas de tal concatenación de desafueros? Primero le matan a la hija de una manera espantosa; después, resulta que el asesino debiera haber estado en prisión y no estaba porque a su señoría todo se la traía al pairo; y, para terminar, al juez causante del desaguisado le cae una pequeña colleja y, hala, a la calle y que no te volvamos a ver por aquí.

Este ha sido el premio por el comportamiento cívico de don Juan José.

¿Qué hubiera ocurrido si en vez de tanto civismo hubiera inflamado a las masas -cosa fácil, porque las masas eran, en aquellos días y quizá todavía ahora, yesca pura-, hubiera ardido el barrio entero y tras las llamas hubieran aparecido los cadáveres carbonizados de media familia del culpable? ¿No hubieran clamado entonces nuestros infinitamente necios políticos por el civismo, por la confianza en la ley y en los jueces, por la democracia y por toda la cagarela inherente? ¿Qué le van a decir ahora ¡idiotas! a Juan José Cortés?

¿Qué conclusión debemos extraer los ciudadanos de todo esto? Un nuevo frente de puteo. La negligencia judicial sale barata: asesínesenos a mansalva, que aquí no pasa nada. Además, hablando de negligencia judicial debo ser una especie de provocador, de desestabilizador: para ese zoológico de coliflores que ronda la Moncloa, lo que ha ocurrido ha debido ser, propiamente, una desaceleración del rigor procesal que, como podemos ver, ha sido correg‏ida con prontituz y con la legalidaz.

El día que a los españoles se nos hinchen de verdad los cojones y decidamos enviar a la mierda de verdad a esa tropa… ¡ay, el día que a los españoles se nos hinchen los cojones y decidamos enviar a la mierda de verdad a esa tropa!

Somos una ciudadanía muy cabestra, muy capona, pero que piensen que, cuando un toro manso se rebota, en la enfermería corren a extender el hule. Que nos vayan calentando.

Porque acabará habiendo hule.

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Resulta que la ministra miembra anduvo estos días hablando del trapo ese que llevan en la azotea la mayoría de las musulmanas y reprochó ese rasgo de desigualdad, de discriminación y, en fin, de oprobio (lo de oprobio lo digo yo, que doña Bibi no llega a tanto). Parece que el asesor tenía el santo de cara ese día y logró lo inaudito: que la ministra dijera cosas que hasta podrían parecer razonables.

No voy, pues, a hablar de la señora Aído que, por esta vez, ha cumplido. Lo divertido de la batallita procede de una llamada Junta Islámica, cuyo presidente, un tal Mansur Escudero, cabreado con las afirmaciones de doña Bibi, sostiene, así, con dos cojones y sin despeinarse, que la violencia de género (por «violencia familiar» o «conyugal», colijo) en España es mayor que en los países islámicos.

A ver… ¿por dónde empiezo?

En primer lugar, me cisco en la mayor. Que no, que no me lo trago. Lo que ocurre en los países islámicos es que el número de denuncias por malos tratos en el ámbito familiar es muy inferior -quizá incluso nulo- que el que puede haber en España. Imagínate a una señora saudí, o iraní, o afgana yendo a la poli a denunciar que su marido la pega: lo más probable es que en comisaría reciba una jartá de hostias de aquí te espero; y si no las recibe, no será por respeto hacia ella sino por respeto al marido. ¿Pero qué petardeces viene a explicar aquí el Mansur este?

En segundo lugar, me cisco en la menor. Porque, por más que diga el Escudero, todo el mundo islámico es una inmensa bolsa de violencia de género contra la mujer. Todo el mundo islámico, su entorno, sus costumbres y sus creencias. A ver si no va a ser violencia de género ejecutar a las adúlteras (supuesto que lo sean, porque esos tribunales de curas son menos fiables que un sistema operativo de Micro$oft) y encima con un método tan brutal como la lapidación, negarles el acceso a determinadas profesiones (incluso, en algunos países, negarles el acceso a cualquier profesión) o llegarles a negar incluso el acceso a los estudios, más allá de cuatro nociones coránicas. Eso no es violencia de género, no: eso es buen rollo, alegría de la huerta. También es la mar de civil imponer matrimonios acordados cuando las niñas son menores (y, a veces, muy menores), o entregar niñas adolescentes de 14 o 16 años a viejos cabrones de 70. Eso no es violencia de género.

Otras afirmaciones no menos divertidas del señor este: por ejemplo, que las mujeres musulmanas llevan pañuelo porque les da la gana, no porque estén obligadas. La afirmación es admisible si pensamos en las negras (¡ups, perdón! subsaharianas: el día menos pensado, un negro me llama a mí sobrebatueco y, encima, no me podré cabrear), que no suelen llevar trapos si no llueve; es cierto que los musulmanes del África negra llevan el asunto de otra manera (como también llevan de otra manera el cristianismo, cuando es el caso). Pero en lo referente a las mujeres árabes e indostánicas, ni voluntariedad ni leches: la que se niegue a llevarlo, recibe la correspondiente y reglamentaria somanta (que, por supuesto, no constituye violencia de género). Lo sabemos por lo que explican las niñas musulmanas cuando se refieren a lo que sucede en casa cuando intentan ser -en realidad, parecer- iguales que sus amiguitas europeas.

Lo que sí es violencia, en definitiva, es lo del trapo. En mi cultura occidental, toda esta historia no es más que una declaración de desprecio, de desprecio por nuestras costumbres y de nuestro modo de ver la vida, para ellos decadente. Manda narices que en las universidades y en los centros educativos europeos no pueda prohibirse lo que sí se prohibe en la propia Turquía: el uso de trapos.

Lo del trapo no es un símbolo religioso sino un mensaje: al contrario que los demás inmigrantes, deseosos de adoptar nuestro modo de vida y nuestro modo de ver la vida, ellos no; y no solamente rechazan la integración sino lo que pretenden es imponernos a nosotros su propio modo de vivir, su propia filosofía vital.

La filosofía vital de la caverna, del feudalismo y del más negro medievo.

Nos estará bien merecido.

ActualizaciónLa vicepresidenta ha desautorizado a doña Bibi. Si es que no hay nada que hacer con esta peña, de verdad…

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Impresionante bronca (a la que llego vía Menéame) la que, en seis casi exactos minutos, le propina Rosa Díez a Zap II El Prorrogao. Cargada de razón hasta arriba. Por una vez, y sin que siente precedente, va a ser un tercero el que va a hablar por su propia voz en una paella:

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Una rara paella, sólo mía en sus dos terceras partes y audiovisual el tercio restante. Creo que lo vale; en otro caso, mis bravos me abroncarán debidamente y, en tal caso, a lo mejor no lo hago más (no es una promesa: es una posibilidad).

La edito mientras cierro la liviana mochila urbana que constituirá mi equipaje: mañana salgo para Valencia donde el sábado celebraremos la asamblea anual de la Asociación de Internautas.

O sea que, muy probablemente, habrá «Incordio» durante estos días. A ver qué noticias puedo daros que os llamen la atención… aunque sospecho que, por lo menos, habrá una.

No me despido: este fin de semana será internauta y, por tanto, de un modo u otro estaré con vosotros.

Hasta el próximo jueves, que lo será ya del mes de julio. Quizá algunos leáis la próxima paella estando de vacaciones. Si es así, que descanséis y volváis (que volváis ¿eh? ojo en la carretera) con renovadas fuerzas. La guerra va a serguir tras el verano y será dura.

Nos vamos viendo…

La crisis crónica

Aunque temporibus illis estudié algo de Economía política (una única asignatura al principio de la carrera que no llevaría mucho más allá de treinta horas… cincuenta, a todo estirar), evidentemente con eso apenas lleva uno encima los fundamentos más rudimentarios de la cosa. Podemos, en todo caso y a lo sumo, añadir a eso dos o tres centímetros cúbicos de ciencia infusa procedente de mis destinos como funcionario en los que se toca la cuestión, y arreando. Estoy, por tanto, a años luz de ser, ya no un gurú, sino un simple entendido en la materia.

Pero, dicho esto, hay cosas que cantan y de las que debería poder percatarse no el más lerdo -ése está en el gobierno- sino el ciudadano común y corriente, sobre todo si estudió el Bachillerato en 1980, por todo lo más tarde.

Estamos ahora mismo con una crisis encima. A sus puertas, en su plenitud o -mucho más dudosamente- saliendo de ella; casi ni sé por qué admito esta posibilidad siquiera como hipótesis. Pero la temible y con encaje de bolillos evitada palabra «crisis» está ahí, omnipresente en las portadas de los periódicos, incluso de los periódicos afines al partido en el poder (pero no antes, por supuesto, de celebradas las últimas elecciones, cuando incluso la palabra desaceleración -tan cara a algunos- estaba prohibida como una blasfemia).

Es hora, pues, de reflexión, de una reflexión que, en cierto modo, sí que se hace, pero se queda en lo enunciativo, porque nunca llega a recordarse cuando las aguas económicas llevan a su cauce. Nuestras bonanzas económicas viajan únicamente en dos vehículos: el ladrillo y el turismo. En ambos casos, la actividad se caracteriza por que, de hecho, su único interés general está en el chorro fiscal que, a pesar de los grandes caudales de dinero negro y de multitud de tipologías de economía sumergida que se practican por doquier, genera una dinámica económica importante. Por lo demás, unos de esos dos sectores, el del turismo, se caracteriza por el mal reparto de los beneficios -peor aún que en cualquier otro sector- que genera. La especulación inmobiliaria que lleva a un incremento de la actividad en el sector de la construcción, por lo menos genera un volumen creciente en muchísimos otros sectores industriales. De todos modos, en ambos casos se trata de sectores sucios que no generan una estructura estable de producción y de creación tecnológica. En el caso del turismo, además, estamos ante un verdadero cáncer mediambiental que se ha cargado todas las costas españolas -y eso que tenemos 5.000 kilómetros de literal- y que ahora está poniendo sus puercas manazas en la montaña, un entorno muchísimo más escaso (aunque igual de delicado). Antes podía temerse por la montaña proyectando con la imaginación lo sucedido en la costa; ahora, por poner sólo un ejemplo especialmente doloroso para mí, basta ir a ver la montaña asturiana, la zona de los Picos de Europa, no hace falta proyectar nada.

Sin embargo, se trata de los prácticamente únicos modelos de inversión en este país.

Vemos ahora lo que nos sucede con la construcción derrumbada -nunca mejor dicho- y veremos qué le pasa al turismo porque, aunque la trayectoria española en esta materia es larga, nunca deja de ser una cuestión de pura moda, caprichosa, por tanto; y, además, de moda actualmente asociada al low cost y eso sí que es peligroso, porque hay países con bellezas paisajísticas comparables a las nuestras -y con cuotas razonables de monumentalidad antigua y de calidad gastronómica- que están dispuestos a encabezar la clasificación del bajo coste, porque están necesitados de divisas fuertes y están recién salidos de crisis sociales tremebundas (tan tremebundas como la guerra misma). Los países de lo que fue Yugoeslavia, que ya apuntaban maneras en tiempos de Tito y se habían constituido en destinos con mucho glamour al alcance de cualquier bolsillo occidental, han visto en el turismo una industria rápida y productiva. Eso quiere decir competencia. Ni siquiera, después de tantos años, se ha creado aquí un sistema turístico de calidad, y se ha arrasado con todo en un modelo intensivo de turismo barato contra el que cualquier tercermundista avispado puede plantear una competencia eficaz.

¿Y qué hay al lado de esto?

Basta con leer, como muestra puramente sintomática, las entradas que están en portada la página web de la Asociación de Internautas en este preciso instante: un sistema astronómico de última generación se ve frenado por una conexión a Internet ineficiente, mediante módem de 54 Kbps; la mayoría de las comunidades autónomas españolas hace un uso deficiente o, simplemente, no hace uso de la red como sistema eficaz de información al ciudadano; Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información sobre el año 2007: esto no va nada bien.

El capitalismo hispánico -casposo, salchichero y maloliente- necesita un importante reciclaje, necesita un profundo cambio de cultura. Siempre se ha dicho que el dinero es cobarde, pero no es tolerable que estemos tan atrasados en importantes -¡cruciales!- ámbitos tecnológicos mientras unos cuantos están haciendo fortunas inmensas sin siquiera aportar, a cambio de sus ingentes pelotazos, una estructura productiva moderna que nos permita mirar al futuro con confianza, afrontar crisis cada vez más bestias con algún arma de potencia aceptable.

Tenemos ahora una crisis causada por la especulación inmobiliaria; más o menos saldremos, a trancas y barrancas, aunque pagaremos una factura probablemente enorme en forma de una crisis social causada por un desempleo que afectará fundamentalmente a la inmigración de baja cualificación laboral (lo que equivale a decir casi toda ella), que se cargará las reservas de la Tesorería de la Seguridad Social; una crisis que nos pilla casi sin patrimonio estatal, que fue dilapidado para enjuagar la deuda y poder ingresar en la zona euro. Si esta crisis -o una de estas- llegara a coincidir con una crisis turística, lo que le pasaría a este país sería espantoso. Verdaderamente espantoso, no quiero imaginarme a qué clase de pozo podríamos llegar a caer.

Que los amos de la pasta jueguen al pelotazo es algo que puede comprenderse; pero lo que no puede comprenderse es que los políticos jueguen el papel de la cigarra. Esos impresentables que hay en el gobierno se han dedicado a rascarse miserablemente la barriga en estos cuatro años de bonanza (de bonanza para los especuladores, pero en fin); esa bonanza ha servido, además, para que la ciudadanía no viera con meridiana claridad -como tiene ocasión de ver ahora y como verá el miércoles que viene contemplando a ese presidente patético, ignorante y renta baja, balbucear estupideces escritas por otros, que ni él mismo entiende, abarrotadas de lugares comunes y de eufemismos ridículos- que el Gobierno socialista en la actualidad es incapaz, pero incapaz de verdad. Hasta en sus propias mierdas de igualitarismo gilipollesco, se ve impotente para alcanzar una mínima altura, como ha demostrado claramente la ministra de la cosa y no precisamente -o no solamente- por lo de sus lamentables miembras. Por supuesto que tanta negligencia, aparte de lo congénito, tiene explicaciones adicionales, como por ejemplo el hecho alucinante de que una oposición con más de un centenar de diputados de haya entregado durante un año a la labor de pura perrera azuzada por dos o tres medios de comunicación rabiosos por la pérdida inesperada de un poder (¿qué poder esperaban exactamente, por cierto?) que ya saboreaban y que perdieron, simplemente, porque los españoles no toleramos las mentiras -claras y evidentes- de un dirigente nefasto cuya única habilidad fue la de largarse para que el puntapié que le dedicamos lo recibiera el trasero de un tercero.

Pudieron aprovecharse estos cuatro años de viento en popa para calafatear la nave y para adaptarle sistemas modernos de navegación y de propulsión que ayudaran a aprovechar mejor los vientos y a seguir adelante a falta de ellos. Pero prefirieron apoltronarse y escuchar a los negociantes adictos que tenían mucho que ganar con el mantenimiento de estructuras antiguas. Lo malo es que la factura no la pagarán ellos, sino nosotros.

Nuestros capitalistas viven al día, nuestros gobernantes viven al día… y es que los ciudadanos también viven al día. Parece que la raza no tiene en su genética la capacidad para la previsión a medio y largo plazo. Somos el país de los sobrados y toda esa crisis -en la que la falta de liquidez familiar no es pequeño determinante- no impide que, puente tras puente, Semana Santa tras Semana Santa, agosto tras agosto, las agencias de viajes cuelguen el letrero de «no hay billetes». Las agencias de unificación de deudas -peligrosísimos bandoleros en un porcentaje demasiado importante de ellas- están haciendo su agosto, sentándoles la mano a ciudadanos que amontonan todas sus deudas en una… para volver a empezar la pelota (VISA limpia: ¡esto es Jauja!).

Y, encima, leo hoy esto. ¿Una exageración típica del pescador en río revuelto? Muy probablemente. Pero con la misma probabilidad, algo de cierto habrá. Y si algo de cierto hay en esta noticia, no hacía ninguna falta exagerarla: es conceptual e intrínsecamente alarmante. Muy alarmante.

Y daos cuenta de que ni siquiera he mentado el canon…

¿Tocomocho? ¡Tururú!

Vaya, vaya, vaya…

Resulta que en el comité de empresa de Transports Metropolitans de Barcelona, faltaban por cubrir dos delegados y en las elecciones realizadas para cubrir estos puestos, han ganado de calle (pero que de calle ¿eh?) CGT y ACTUB, que se llevan un delegado cada uno.

Estos dos sindicatos fueron los que sostuvieron la huelga de los conductores de autobús contra la empresa (o sea, el achuntamén, aunque la mona se vista de TMB) y ahora, vaya por Dios, resulta que junto con un delegado independiente que también apoyó la huelga, son mayoría en el comité de empresa, con lo que se desgañitaron los de la gomina municipal diciendo que la huelga la estaban empujando sindicatos minoritarios (ya ves lo minoritarios que eran).

Lo más bonito es que la huelga terminó ante el compromiso municipal de incluir en el nuevo convenio que se va a negociar a finales de este año -creo recordar- las reivindicaciones de los conductores. Imagino que los de la gomina ya estarían tramando con los sindicatos pesebriles cómo darles el timo del tocomocho a los conductores, pero estas mini elecciones les han chafado la guitarra bien chafada. A negociar con CNT (¡Ups! ¿En qué estaría yo pensando? 🙂 ) CGT y ACTUB, a meterse el tocomocho por el tras y, hala, acróbatas del manachemen, a ponerle un cirio a san Joderse.

Otros que me dan penita, madre…

Polvo y moho

Recibo por correo electrónico algunas publicaciones de Eroski. Aunque la calidad de la cadena no acaba de convencerme (han encutrecido Caprabo hasta convertirlo en un discount de los más salchicheros), la verdad es que sus publicaciones sí que están bien.

La que me ha llegado hoy, que es la generalista -otros días son temáticas-, contiene una entrevista con un tal José Manuel Tourné, director general de la Federación para la Protección de la Propiedad Intelectual (FAP). Puede imaginarse el contenido: sandez sobre sandez y, de postre, sandeces. Ahí os dejo el enlace y que os aproveche.

No voy a entrar, por supuesto, en el contenido concreto de la entrevista, es perder el tiempo porque, encima, ni siquiera en el plano de la pura y simple majadería aporta nada nuevo. Simplemente es que me hace reflexionar, me provoca un asombro que no acaba de colmarse nunca. ¿Tan necios son? ¿Tan poco imaginativos? ¿Son -como parece- absolutamente incapaces de conseguir una dimensión nueva para su negocio que revitalice a éste, que aporte un valor por el que alguien esté dispuesto a pagar?

Esta reflexión, ya digo, me saca de la agresividad -pese a que hoy no es día precisamente de templanza- y me sume en una enorme perplejidad. ¿No ven que lo que parece un simple cambio tecnológico es, en realidad, un cambio social muy profundo y tanto más profundo cuanto más se acerca al objeto de sus negocios?

Hombre, yo comprendo la falta de resignación ante el hundimiento de un negocio que, hasta no hace mucho, calificar de «pingüe» era pura moderación verbal. Al propio ingeniero del «Titanic» le costó aceptar la evidencia de la catástrofe que, ya irremediable, se avecinaba; sin embargo, fue el primero, no sólo en preverla, sino en anunciarla. Puedo comprender hasta la cólera que lleva a acusar de ladrones y de salteadores de caminos a los únicos dueños del valor que puede volver a poner en marcha ese negocio y elevarlo a lo nunca visto; porque son incapaces de ver en esas personas otra cosa que dinero y esas personas no están ya dispuestas a soltar más dinero por su producto.

Pero me cuesta mucho comprender que no quieran ver que el fenómeno es irreversible, que por más que liquidaran definitivamente la piratería, que por más que eliminaran completamente el intercambio de archivos (cosas ambas, por cierto, absolutamente ilusorias) jamás volverán a producirse -ni de lejos- aquellas cifras de ventas, jamás volverán a tener el control de los contenidos, jamás volverán a decidir qué se escucha y que no, qué producto -a su simple designio- va a ser abundante y cuál estará restringido.

Se acabó ¿no lo comprenden? ¿Quosque tandem habremos de decirles que no estamos dispuestos a pagar por contenidos en lata? ¿Cómo hacerles comprender -más allá de una evidencia que tienen ante sus propias narices- que sí estamos dispuestos a pagar por un valor añadido, que sí pagaríamos -y pagamos- por la emoción, la sensación, de la música en directo, compartida con otros que experimentan simultáneamente y a nuestro lado las mismas sensaciones, o por el cine en una tecnología espectacular, absolutamente irreproducible en nuestra casa, por panorámicas que sean nuestras pantallas, pero que ni caro ni barato vamos a soltar un duro más por un producto típico del siglo XX y tan pretérito como éste? No estamos dispuestos a pagar en euros lo que en otros tiempos pagamos en pesetas, métanse esto en la cabeza.

¿Es posible que no comprendan datos evidentes? Fíjense: en un país tan futbolero como el nuestro, a la perfecta altura -en cuanto a pasión y afición- de Italia o de Argentina, hay gente (y gente normal, corriente, no supermillonarios) que son capaces de cometer la locura de gastarse en la reventa setecientos euros por una localidad para un partido de futbol (de acuerdo, un partido puntero, algo único en la temporada, pero un partido de fútbol, en definitiva) y, sin embargo, jamás se gastarían los no sé si siete o diez eurillos que costaría pagar por un partido en televisión por satélite. Señores: el pay per view no avanza en España ¿no lo ven?. Hay cultura de ir al fútbol, pero no de pagarlo en forma de retransmisión televisiva, al menos como comportamiento habitual. Y con el cine igual. Si hay interés por una película, no importa -se difiere-, ya la darán en abierto en cualquiera de los canales generalistas y gratuitos que, en número creciente, invaden las frecuencias de la televisión digital terrestre. Pero no se paga.

¿No les parece suficiente, el dato?

Pues les cuento una anécdota, una anecdota retrechera, familiar, pero real y cierta en mi entorno y -lo que la hace realmente interesante- en miles y miles de entornos.

Mis padres, de solteros, iban mucho al cine. Empiecen entendiendo la cuestión: la propuesta no era «¿vamos esta tarde a ver tal película?» sino «¿vamos esta tarde al cine, a ver qué “echan”?». El asunto no era ir a ver una película sino asistir a un espectáculo que, ese día, podía estar mejor o estar peor. Mis padres -y la práctica totalidad de sus coetáneos- iban al cine como hubieran podido ir al circo. Y esa mentalidad era la de toda su generación: el cine era una evasión y punto.

Se casaron, tuvieron hijos y, por obvias razones de logística familiar, frecuentaron muchísimo menos el cine. Hasta que llegó la televisión. Para ellos fue un milagro: todos esos contenidos… gratis. Concursos, reportajes, Franco inaugurando pantanos y… ¡cine! Pero un cine que nunca pudieron elegir. ¿Y qué? Cuando pagaban, tampoco. Así que les pasaron una película a domicilio y gratis una o dos veces por semana y ellos vivieron en el séptimo cielo y se tragaron todo lo que les pusieron, cómodamente sentados en el sofá de casa, abrazaditos como tórtolos en plan Tigo & Migo.

¿Y saben qué? Jamás, hasta hoy, han vuelto a poner los pies en una sala de cine. ¿Para qué? Echan películas por televisión, una cadena por otra, casi cada día, o sin casi, y muchos días, más de una y más de dos; y son películas recientes, en color y que ven en un televisor panorámico (porque en un buen televisor que se gastan gustosos el dinero).

Una anécdota tonta, ya digo, pero que constituye un comportamiento universal y atemporal: sus nietos funcionan bajo el mismo principio. No pagarán por lo que pueden obtener gratis.

¿Y cual es el juego imbécil de ustedes? En vez de darles aquello por lo que están dispuestos a pagar, mueven Roma con Santiago, compran voluntades, de políticos, de jueces, no importa hasta dónde haya que llegar, para cerrarles el acceso gratuito al contenido. ¿No se dan cuenta de que jamás volverán a llenar salas como antes -cada día más pequeñas, cada día menos-, de que jamás volverán a vender películas o música en lata como antes? Si cierran el acceso a contenidos gratuitos los ciudadanos buscaremos aquellos a los que ustedes no pueden cerrar. Y los hay: se llaman copyleft.

Ustedes desprecian el copyleft, claro: cosa de pringados, de radicales, de muertos de hambre. Lo mismo -y por lo mismo- que hizo Micro$oft con Linux hace algunos años. Y pese a tan evidente y claro precedente, siguen ustedes sin querer ver. En realidad, ustedes son el único problema que tienen los autores libres; no sólo por sus trabas burocráticas a los que se apartan del régimen sino porque no tienen más arma que su propia calidad, no pueden competir con los oropeles que se gastan ustedes, con su tremenda publicidad, con su enorme ruido. ¿Ustedes creen que, de otra forma, un petardo como el niñato ese de los rizos tendría la menor posibilidad frente a la enorme abundancia de contenidos de calidad que se encuentran sin necesidad de rascar demasiado? ¡No me hagan reir, almas de cántaro!

¿De verdad, pues, van a cometer la solemne tontería de derribar la única barrera que se interpone entre excelentes y numerosísimos contenidos libres y millones de jóvenes -y de no tan jóvenes- que van a pedir más y más cuanto más conozcan? ¿Sí? ¿De verdad van a ser tan necios, tan negligentes, tan idiotas?

¡Adelante, pues! Por mí, ni se detengan ni se entretengan. Cierren, acerrojen, encarcelen, persigan, masacren, arruinen… ¡tierra quemada! Veremos cuánto tardan en darse cuenta de que se han metido en un pozo de mierda -ojo, que están ya en él ¿eh?- y veremos las caras que pondrán cuando otros (no faltarán, se lo aseguro; y no serán pocos) mucho más despiertos que ustedes, cabalguen en millones de dólares sin haber descubierto otra sopa de ajo que dar a la gente aquello que quiere al precio que quiera. Incluso a precio cero. Otros pagarán lo que unos no estén dispuestos a abonar ¿O es que nadie paga las películas que mis padres llevan casi cincuenta años disfrutando por su muy legítimo morro? Si es que, so necios, tienen la alternativa -perfectamente contrastada, larga y antiguamente acreditada como viable y rentable- delante de sus propias narices y no la ven. Por supuesto que el modelo acusa también su envejecimiento pero, claro, no pretenderán hacerse -o seguir- ricos por las buenas: hay que esforzarse, hay que inventar, hay que desarrollar… un modelo de negocio, en su caso.

Les gusta decir a ustedes que la cultura no puede ser gratis. Bueno -admitiendo lo de cultura, que ya es mucho admitir-, ya lo creo que puede ser gratis. No sólo puede serlo: debe serlo; simplemente porque así lo exigimos los consumidores, que somos los que mandamos ¿se enteran de una puta vez? Y los millones en serio los hará -ya los está haciendo- quien suministre gratis más y mejor cultura.

Mientras la realidad y los negociazos les adelantan a ustedes como un Lamborghini a un Biscúter, ustedes se quedarán ahí, envueltos en sus andrajos y amargados por su soberbia, berreando como plañideras por los CD y DVD que yacen, polvorientos y mohosos, en los oxidados anaqueles de sus almacenes con la orden de desahucio clavada en la puerta.

Uy, qué penita me dan…

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