Derechos de risa

Han pasado esta noche una película muy interesante en televisión. No importa cuál, para el caso, porque lo que voy a contar sucede prácticamente con todas las películas y con todas las cadenas.

Interesado en conocer algunos detalles de la realización de la película, a su final he esperado a los títulos de crédito… en vano, porque al segundo y medio de que empezaran a aparecer, se han cortado para dar paso a la publicidad y a un nuevo programa.

El detalle -y la circunstancia de la que he hecho mención: que es generalizado- me ha hecho reflexionar: ¿y los derechos de autor? Porque en una película interviene mucha gente y muchos de esos intervinientes tienen derechos como autores. Recuerdo al lector que uno de los derechos del autor es al de reconocimiento de su obra, que es un derecho, por demás, irrenunciable, y que, por tanto, la supresión de los títulos de crédito es un fraude a esos derechos.

Recuerdo, de las épocas en las que iba al cine, mi irritación por dos hechos prácticamente fatales: uno, que el público se ponía ya en pie disponiéndose a abandonar la sala, eclipsando totalmente la pantalla en cuanto aparecía el «The End», pasando olímpicamente de que pudiera haber alguien a quien le interesaran los títulos de crédito; y otro, que apenas empezaban a proyectarse los títulos de crédito, corrían la cortina sobre la pantalla (con lo que ya no había manera de leer nada por más que la proyección continuara) y en no pocas ocasiones, encima, encendían las luces de la sala.

Jamás he oído a ninguna de esas entidades de gestión de derechos de autor quejarse de esa práctica que, insisto, es generalizada y en la que hace años, muchos años, vienen incurriendo la práctica totalidad de las cadenas españolas y que, por lo menos hasta hace veinte años, fue tradicional en las salas españolas. Qué sintomático: una vez cobrada la pasta que paga la cadena, todos los derechos interesantes ya han sido satisfechos. Los del autor, los que verdaderamente conciernen de forma única al propio autor, no importan una mierda.

No me sorprende: los prebostes de estas entidades suelen escribir la palabra «cultura» en el teclado exclusivamente numérico de una calculadora. Así van las cosas como van.

No para nosotros: para los autores.

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