Encuestas negras y negros

Anteayer, a la puerta de mi casa, una joven muchachita -debidamente acreditada- me pidió que le respondiera a una encuesta realizada en nombre y/o en interés del achuntamén de Barcelona. Suelo responder a las encuestas serias sistemáticamente -soy muy consciente de lo necesarias que son para que los técnicos que ejecutan las estupideces de los prebostes sepan qué terreno están pisando- aunque son encuestas muy prolijas y pormenorizadas; hace cuatro o cinco años, tuve a la familia esperándome para empezar la comida de Navidad porque una encuestadora me tuvo una hora y cuarto entrevistándome sobre mis hábitos de movilidad urbana (una encuesta, por cierto, que daba dentera: imagínate que te piden que describas tus movimientos hora por hora, día de la semana por día de la semana). No respondo jamás a las encuestas sobre hábitos comerciales; no, por lo menos, gratuitamente. Hasta ahí podríamos llegar, con los negociazos que se hacen con nuestros bolsillos, que encima hubiera que facilitarles el negocio gratis et amore. Una mierda. Y tampoco suele apetecerme contestar a las encuestas públicas de pura opinión política, porque suelen encerrar las mayores cretinadas; esta era una de ellas, pero, no sé, la chavala me dió pena, quizá porque mis hijas -la mayor, sobre todo-, aunque algo lejos aún, se van aproximando ya a esa edad en que hay que ganarse la pasta muy duramente y a salto de mata, así que accedí.

La encuesta, en sí, es un total despropósito, la típica porquería cargada de vaguedades para que luego -previa interpretación a beneficio de los inútiles- los periódicos digan que los barceloneses estamos preocupadísimos con la seguridad pero encantados de vivir en una ciudad tan guay del Paraguay, aunque estemos puteados, jodidos y descalzos por la administración alcáldica. Por lo tanto, me la tomé deportivamente, la llené de no sabe, no contesta (porque, realmente, no sabía qué contestar a preguntas estúpidas, generalistas y que no admiten respuesta matizada), respondí «anarquista» a mi afiliación política (no porque realmente sea tal: es que es la última que me han atribuido y como odio las etiquetas, puestos a ponerme una, pues toma, chúpate esa); sería divertido ver cómo el analista ata esa mosca por el rabo de proclamarme lector habitual de «Libertad Digital», lo cual, aparte de no ser estrictamente falso (la sección de Internet la sigo a diario), hice constar con la sana intención de tocar los cojones.

En lo demás, en casi todas partes opciones de respuesta cerradas -y las pocas abiertas, no eran de las que daban ocasión para poner al descubierto las carencias y los problemas realmente importantes. En general, la mejor encuesta que se podría hacer -y más de uno saldría bien escaldado- es darle al ciudadano un ejemplar del capítulo 2 del presupuesto de gastos (bienes y servicios corrientes: los bolis, pero también los estudios encargados a la empresa del cuñado) y un rotulador rojo de punta gruesa: ya verías tú encuesta…

No había, por ejemplo, lugar alguno del formulario en el que pudiera expresarse el profundo sentimiento de indignación y de asco que sentimos muchísimos ciudadanos cuando vemos que se celebran como una gracia noticias como la de que el crucero más bestia que surca los mares, una inmensa caja de zapatos de más de trescientos metros de eslora, 160.000 toneladas de desplazamiento y capaz de vomitar sobre las pobres putas y desgraciadas Ramblas más de cuatro mil cabezas de ganado guiri prácticamente de golpe, ha aparcado en el puerto de Barcelona. Ja, ja, ja, qué risa. Tenemos los barceloneses un problema acojonante con esto de la invasión de alpargateros, pero en la alcaldía se celebra la cosa como en tiempos de Porcioles se celebraba la llegada de la Sexta Flota norteamericana, de similar ominosidad.

Tampoco lo había para expresar el desprecio creciente con que los ciudadanos contemplamos a una Guàrdia Urbana convertida en un puro y simple cuerpo represivo a la salud de la recaudación municipal, cuyo teléfono, antaño amable, consejero y proactivo, ahora convertido en un vulgar -y cualitativamente nefasto- call center atendido por elementos de bajísimo perfil profesional, empleados de empresas privadas concesionarias del servicio (a la peor imagen y semejanza de las empresas telefónicas e ISP), ya no es el punto de partida de la solución de problemas vecinales o ciudadanos de cualquier tipo, sino una forma de achicar cubos y pasar del mambo y, en todo caso, una barrera destinada a impedir la comunicación directa con el funcionario de servicio.

Todo lo que uno podía decir son cosas como si las zonas verdes habían mejorado su mantenimiento o no, pero… ¿qué zonas verdes? ¡Si todo es cemento y plazas duras!

Sí sé y sí contestaría. Pero no me lo preguntan.

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Reconozco que no estoy pormenorizadamente informado de la política interna norteamericana pero sí que, obviamente, como espectador necesariamente pasivo, sigo las visicitudes de su muy bien organizada campaña preelectoral. Porque, nos guste o no (que no), lo que pase allí nos va a influir directamente aquí: formamos parte del imperio; la parte privilegiada, la élite, el artículo de lujo, si se quiere, pero tan siervos como puedan serlo cualesquiera africanos o asiáticos. Así que hay que estar al loro de lo que se cuece por allá… hasta donde ello es posible porque allí los amos de verdad son los lobbyes (bueno, en eso, igual que aquí) y me da la impresión de que todo ese tinglado de primarias y de caucus y demás, no es sino un espectáculo a beneficio de incautos porque no me parece que las cosas vayan a cambiar mucho de uno a otro candidato.

Dicho esto, el actual proceso electoral tiene una particularidad que lo hace especial: en uno de los dos bandos en liza (hay más, pero son totalmente invisibles a cualquier efecto) la batalla era entre una mujer y un negro, lo que garantizaba un hecho inédito en la historia norteamericana: uno de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos sería una mujer o un miembro de una minoría étnica. Será el negro, Obama, como ya sabemos.

Por el otro lado, el republicano, su candidato, firme desde hace ya unas cuantas semanas, el senador McCain, parece también un individuo bastante particular: de estirpe y familia militar, militar él mismo, combatiente en Vietnam y prisionero en Hanoi, venció, según cuentan un cáncer y es un elemento claramente de derechas… pero con un cierto matiz social que le hace partidario de ciertas políticas de bienestar. ¿Avanzarían los Estados Unidos hacia un modelo europeo? No lo sé y yo diría que es aventurado asegurarlo. ¿Se ha enterrado definitivamente -aparte de su cadáver material- a Milton Friedman? ¿Cierra este desgraciado Bush de segunda generación la oprobiosa senda neocon que inauguraron Reagan en Estados Unidos y Thatcher en Gran Bretaña? También es un pronóstico de riesgo. Es tan evidente que el ultraliberalismo ha sido tan provechoso para las empresas como ruinoso -en todos los aspectos: material y moral- para las sociedades, para la ciudadanía de a pie; quizá esa constatación, en su caso, sirva de charnela sobre la que pivote un cambio de filosofía política y económica. Pero todo eso es puramente especulativo.

En los demás, y como siempre en las máximas elecciones norteamericanas, las diferencias son de matiz. Los dos candidatos quieren irse de Irak, pero el conservador después de una victoria cuyos términos no define lo suficientemente bien como para distinguirla de una retirada sin más (¿experiencia de Vietnam?), y el demócrata, retirada tal cual, sin matices y a plazo cierto: 16 meses, esté aquello como esté. El conservador mantiene la política de puño de hierro con Cuba; Obama mantiene el hierro, pero abre un poco (sólo un poquito) la mano. Y los dos son clara y cerradamente partidarios del muro anti-inmigración en la frontera sur.

Y, claro, todo eso son propósitos electorales que allí -como aquí- suelen quedarse en agua de borrajas tras la primera visita de los lobbys.

Por otra parte -y según tengo entendido: no conozco de propia mano los EE.UU.- parece que allí la ciudadanía se toma las elecciones, a este nivel, un tanto al pairo. No me sorprende: lo hacemos aquí, donde las elecciones son prácticamente todas a este nivel, más lógico es que hagan lo propio unos ciudadanos que tienen la fortuna de votar ya no a sus gobernadores y a sus alcaldes -eso también lo hacemos aquí y también inútilmente- sino a sus jueces, a sus fiscales y a sus policías y que, además, forman parte de los patronatos en los centros educativos públicos. Y disfrutan de una sociedad civil muchísimo más avanzada (allí, los lobbyes cívicos sí que existen: ay de tí y de tu cuenta de resultados como tu producto o servicio vaya a la lista negra de una entidad ecologista o de consumidores con un mínimo de prestigio, por poner un ejemplo).

Nos queda, pues, un largo periplo de debates de aquí a noviembre, tras cuyo primer martes después del primer lunes (o sea, el 4) sabremos si un negro llega a la Casa Blanca por primera vez en la historia, o si un militar de raza, combatiente orgulloso y ex-cautivo del enemigo, sustituye a un desgraciado millonario que usó su dinero y su influencia para escaquearse de su deber en combate.

Todo parece indicar, pues, que, cuando menos, los ciudadanos americanos van a mejorar en algo. Esa relativa suerte tienen (poca, si eso es todo lo que ganan, pero bien es verdad que menos da una piedra).

Y a nosotros denos algo, señorito, aunque sea una pedrá…

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Hoy ha salido el barómetro de opinión que cuando le da por ahí publica «El Periódico», del que resulta que los españoles valoran poco y mal la situación política española. Los descontentos aumentan y los satisfechos disminuyen, pero todos suspenden la política española, en general. Recoge Zap II una triste cosecha porque su horquilla electoral aumenta sobre la de Rajoy, pero eso debe ser porque aquél tiene más cuñados y más primos que éste, que son los únicos que deben votar porque, a estas alturas, parece que cada vez más ciudadanos pasan de todo. Y a nosotros no nos queda siquiera el dominio de nuestra cotidianidad pudiendo votar al juez, al fiscal o al poli, como los norteamericanos. Anda que no las pasaría putas ni nada, el Hereu, como fuéramos los ciudadanos de mierda los que le impusiéramos al jefe de la Guàrdia Urbana… Aunque quizá un pelín menos putas que el alcalde de Coslada, pero este es otro tema.

En las elecciones aumenta la abstención hasta extremos que los propios políticos reconocen como preocupantes (pero sólo durante las 48 horas siguientes a los comicios) y las encuestas -no sé si buenas o malas: de estas nunca me han hecho ninguna- son tozudas y cada vez son más los ciudadanos que opinan que todos los políticos son iguales y que se vayan, cuanto antes mejor, a la mismísima mierda.

Pero esto, a los políticos también se la trae al pairo. No en vano, el propio Artur Mas ya declaró hace años que el que se abstiene es porque quiere y que la abstención no le resta legitimidad al ganador de unas elecciones. Es la manera de decir finamente que, oye, mientras queden los votantes suficientes como para que nos podamos repartir el pastel, lo mismo me da cuatro que cuatrocientos y si no quieren votar, que no voten. Y que se vayan a la mierda, también.

Lo malo es que mientras el envío a la mierda de los políticos por parte de los ciudadanos es un deseo larga y constantemente frustrado, el envío a la mierda de los ciudadanos por parte de los políticos es una realidad permanentemente constatada.

No deja de ser divertido -abandonada ya toda capacidad de indignación- cuando, encima, se echan a llorar y se lamentan de lo incomprendidos que son con lo mucho que trabajan por la patria, con los sacrificios que realizan, con lo honradísimos que son… ¡y lo dicen completamente en serio! Vaya, o lo dicen pretendiendo que parezca que lo dicen en serio. Sí, sí, y cuando los designas como se merecen (sinvergüenzas, vendidos, y todo lo demás) aún aparece alguno que en los medios -o en la propia bitácora- que se indigna como si hubiera sido objeto de un trato notoriamente injusto.

Incluso cuando hacen alguna cosa bien son sospechosos. Uno se pregunta si Ignasi Guardans, eurodiputado de CiU, hubiera emprendido la campaña contra la imbecilidad y las indignidades de la [presunta] seguridad aeroportuaria (lo explicaba hace una semana) si a él -personalmente a él- no le hubiera vejado aquel merluzo con chapa.

Este tema de los políticos y de su nada involuntario distanciamento de la ciudadanía es recurrente en estas paellas (y en tantos y tantos medios de la red) pero parece que no se atisba solución. Han conseguido anestesiar a la ciudadanía con tanta habilidad que, pese a nuestra unanimidad en la repugnancia hacia ellos, no conseguimos plantear acciones o efectos colectivos, no parece que seamos capaces de inventar nada que de verdad les preocupe, que de verdad les haga encender las luces de alarma; alguna vez -y más por churro que por otra cosa- logramos darles un susto de mayor o menos entidad, pero nunca nada que no puedan reconducir en pocas horas (con la impagable ayuda de los medios dependientes de los lobbyes que les apoyan).

Y lo malo es que, con lo fácil que sería darles puntapiés dolorosísimos envueltos de una exquisita y primaveral paz civil, el día que la gente pierda los estribos, en un país que es capaz de ser mil años calzonazos pero luego incendia un mundo en doce horas, lo que ocurra puede ser preocupante. Y ojalá no doloroso.

Nos faltan líderes. Líderes de verdad.

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El jueves 5 ha sido, pues, paelleramente vencido con éxito. El próximo será 12 y no se espera -en lo previsible- acontecimiento extraordinario alguno. Pero de algo hablaremos aquí, eso seguro. Seguimos, pues, adelante en pos de ese verano que entrará dentro de dos semanas y poco; que entrará, cuando menos, astronómicamente. Climatológicamente, no está tan claro (aunque yo no tengo ninguna prisa: odio el calor).

Y entre jueves y paellas, «El Incordio» sigue su curso, que en la movida internauta van pasando cosas que habrá que ir comentando.

Nos seguimos viendo. Aquí mismo.

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