El robo de la idea

El artículo de Antonio José Chinchetru de esta semana (Vía Asociación de Internautas) me lleva a volver expresamente sobre un tema que hay que refrescar de cuando en cuando para evitar el fenómeno aquel según el cual una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Me refiero a la propiedad intelectual. Nótese que sistemáticamente introduzco una alteración en el texto cuando hablo de ella. Y es porque la propiedad intelectual, sencillamente, no existe.

La propiedad intelectual es una falacia que intenta equiparar la apropiación de las ideas con la verdadera propiedad, la propiedad material, y conseguir dos efectos: el primero, que la propiedad intelectual aparezca como algo sagrado, intocable, como la base y sustento mismo de la sociedad y del orden mundial; y el segundo, que todo aquel que la niegue pueda ser tachado de radical, de anarquista, de disolvente y, en fin, de subversivo. Efectivamente, equiparando la propiedad común con la propiedad intelectual, los falsarios consiguen, acudiendo a la farisáica figura del «robo al autor», que el ciudadano corriente piense en su pisito esforzadamente pagado con una brutal hipoteca y vea en los partidarios y teóricos del conocimiento libre una especie de facción terrorista que no vaya a tener piedad con sus modestos y bien ganados bienes.

Y esto ocurre por otra razón: porque los titulares de la propiedad intelectual casi nunca son los autores de la idea o de la obra, sino un conjunto -más bien pequeño y muy potente- de avispados mercaderes cuyo negocio consiste en apropiarse de la obra de los creadores mediante contratos generalmente leoninos y restringir su difusión -provocando así un aumento de precio- limitándola a soportes materiales editados por ellos mismos y sometiendo otras tipologías de difusión a previa -y remuneradísima- autorización. El autor queda reducido a algo parecido a un nudo propietario (en derecho, el titular de un bien que un tercero posee en usufructo) sin que el dominio sobre su obra vaya, en la práctica, más allá de la percepción de unas migajas que constituyen una parte mínima del volumen de negocio que genera dicha obra.

Esto es así, y más allá de las lágrimas de cocodrilo de los mercaderes, puede ser fácilmente constatado por cualquier persona que se detenga a observar la realidad, pura y simplemente.

He escrito bastante sobre la falacia de la propiedad intelectual a lo largo de los cuatro años que llevo con «El Incordio» y también he tenido que leer mucho sobre ese término falsario. Desgraciadamente, porque no es, precisamente mi tema favorito: es soporífero, aburrido, plúmbeo y, encima, indignante (porque consiste en la formulación teórica y jurídica de un atraco a la sociedad entera); pero no queda más remedio que documentarse, como única manera de librar con unas mínimas garantías una guerra que yo, como tantos otros, no he querido pero que nos han declarado.

Y empezaba este artículo citando el de Chinchetru, porque hay en él un enlace que no había visto hasta hoy y que lleva a uno de los estudios más interesantes y documentados que he visto sobre la propiedad intelectual y la trampa que encierra: «El monopolio de las ideas: contra la propiedad intelectual», de Albert Esplugas Boter. Confieso que no tenía ni idea de la existencia de ese señor, del que llego a saber alguna cosa gracias a una búsqueda en Google; resulta ser estudiante de Comunicación Audiovisual en la barcelonesa Universitat Pompeu Fabra (sus apellidos y la grafía de su nombre de pila ya me habían indicado previamente su catalanidad) y parece ya tan tempranamente en posesión de un currículum nada carente de lucimiento. La cuerda de don Albert, muy alejada de la mía, desde luego, está tendida en los ambientes ultraliberales del Instituto Juan de Mariana, en la red social de Daniel Rodríguez y, para acabar de redondearlo, de «Libertad Digital», y su estudio se incardina en ese entorno ideológico; es evidente, por tanto, que no cabe esperar una demostración de la inexistencia de la propiedad intelectual con citas de Lenin (eso quedaría, en todo caso, para los marxistas en fase de descompresión anarquista) pero la enjundia del estudio y el peso de sus razones, invita a leerlo. Cosa que ya he hecho, aunque una mejor digestión me obligará a un par de lecturas más y, en mejor -pero diferida- ocasión, contrastaré las propias fuentes.

Pero lo que verdaderamente me ha impactado -aparte de su incuestionabilidad formal- es la limpieza y la claridad, la fuerza casi gravitacional que lleva a la conclusión -de reminiscencias casi proudhonianas, en este caso- del estudio: la propiedad intelectual no sólo es una falacia sino también un robo; un robo, además y precisamente, a la propiedad ajena. Justamente la tesis que yo he sostenido siempre. Claro que no soy el único (ni tampoco el primero): me acompaña y precede en ello (y esto sí que es curioso, en cuanto a la coincidencia con don Albert) todo el sistema teórico del entorno altermundista. Aunque muchas de las ONG que lo forman discutirían algunas afirmaciones del estudio -yo también- no hay duda alguna de que suscribirían su contenido global y su conclusión. De hecho, he leído cosas en parecido sentido ya no diré solamente a Susan George o a Joseph Bové, que ya son proverbiales, sino a gente también tan alejada (¡alejadísima!) del liberalismo económico como Vandana Shiva o Martin Khor (en inglés).

Y esta es una cuestión ciertamente interesante: cómo desde posiciones ideológicas tan radicalmente alejadas, enemigas encarnizadas en tantos ámbitos, se sostienen posturas tan similares, por no decir materialmente iguales. Este podría ser el gran pretexto del apropiacionismo para llamarnos «radicales»: los extremos se tocan. Pero es que no sólo se tocan los extremos: se toca también la ciudadanía común, que está empezando a entender el expolio a través de las visicitudes de la guerra del canon; se toca el mundo de la empresa; se toca el mundo profesional; se toca el mundo sindical… La entera ciudadanía, de toda extracción y de todo nivel cultural, intelectual, social, se siente expoliada por cuatro listos que, además de nuestro dinero, se han apropiado del término «cultura» que blanden sin el menor rubor con la calculadora por mástil.

Este hecho, es la plasmación práctica, clara e incontestable de nuestra razón; no es que seamos una mayoría contra una minoría -lo cual, en sí mismo, no da ni quita la razón-: es que somos prácticamente la ciudadanía en bloque contra un sector industrial en declive que se aferra a un negocio que, además de fraudulento, está completamente vencido y caducado en su planteamiento tradicional.

Y que lo pinten de verde, como en el chiste…

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