Íncubos y súcubos

Federico Jiménez Losantos es, sin lugar a dudas, el periodista más denostado y odiado desde la transición; y, si se me apura, incluso desde mucho antes. Lo que he oído de la COPE y de Federico, merecido o no, va mucho más allá de lo que en tiempos se maldecía del polémico «El Alcázar», que, algunos recordaréis, era el medio tras el que se parapetaba la derecha antisistema y, especialmente, el sector militar asimismo radical y cuya desaparición fue determinada sin vuelta de hoja por el socialismo en el poder tras el fiasco (¿fue un fiasco?) del 23-F.

Leí hace unos meses el libro en el que hablaba de sus andanzas juveniles en Barcelona y relataba alegremente cómo de feroz maoísta se trocó en liberal y anticatalanista y cuya crónica realicé puntualmente. Esto me acercó bastante al personaje y, si bien este acercamiento está lejos de la fascinación, también es verdad que ese retal de su biografía junto con la parte pública -¡y notoria!- de su cotidianidad lo configuran a mis ojos como un personaje indudablemente peculiar, muy sui generis y probablemente encajable en la hispánica colección de heterodoxos, aunque no sé muy bien si en la colección de Menéndez Pidal o en la mucho más berroqueña de Sánchez Dragó.

De lo que estoy convencido es de su independencia. Losantos puede parecer un fenómeno utilizado por determinadas fuerzas -el ultramontanismo católico, quizá el propio Opus…- pero yo creo que, en realidad, es él quien las utiliza; o, a lo sumo, hay un pacto de mutuo uso, pero un pacto libre, suscrito a perfecta conciencia. Losantos puede serlo todo menos un tonto útil. Y, en el futuro, no se podrá estudiar la sociología española de la primera década del siglo XXI sin dedicar un importante apartado a este hombre.

¿Qué poder extraño y taumatúrgico tiene Losantos? Pues que manipula como nadie las pasiones más elementales. No sé dónde lo habrá aprendido (¿quizá el maoísmo y el PSUC le enseñaron demasiado, antes de su defección?) pero es un maestro. No es sólo la violencia verbal: esa también la uso yo y no muevo masas. Lo que sabe hacer este hombre como nadie es coger un puntito de cabreo y elevarlo a temperatura no de ebullición sino de explosión. No es tan fácil como parece, por más que sea cierto que el español medio -y sobre todo el español culturalmente bajo- es muy fácil de poner a hervir.

Pero Losantos es poderoso, es poderoso per se. Suscita consentimiento y asentimiento masivo. Millones de radioyentes diarios, millones de impactos anuales en «Libertad Digital» configuran un poder que da muchísimo miedo. Miedo a la izquierda, porque, por encima incluso de «El Mundo», puede reducir a escombros la más estudiada campaña gubernamental. Miedo, por supuesto, en la derecha, y casi por lo mismo: porque en la derecha él quita y él pone; y si en la derecha alguien le desobedece o le planta cara, se encuentra con problemas muy, muy gordos: que le pregunten a Rajoy, si no… Miedo en la propia Iglesia, que entona el ni contigo ni sin ti puedo seguir viviendo: contigo porque me matas y sin ti porque me muero; azote de rojos educadores de la ciudadanía, báculo firme de toda campaña del episcopado radical, lider de audiencias en una cadena radiofónica con pingües ingresos publicitarios en buena parte debidos a él, es cierto, pero también una criada respondona de mucho cuidado, de pensamiento independiente -se proclama agnóstico y ahí se las den todas, aunque todas sean los mismísimos obispos- y eso es peligrosísismo.

Precisamente porque es peligrosísimo, un sector importante de la Conferencia Episcopal, en el que parece que hay incluso ilustres miembros del ala más dura, parece inclinarse por desprenderse de ese peligro y, de paso, utilizar el gesto para reconciliarse con un Partido Socialista que parece claramente dispuesto a meterle mano a las prebendas de la Iglesia Católica y a enseñarle sus dientes más feos si ésta no se contiene en sus modos antigubernamentales: y el grueso de sus más dolorosos modos antigubernamentales es, precisamente Losantos. Un Losantos que, por si fuera poco, se ha convertido en el santón por excelencia y líder espiritual de dos importantísimos colectivos: la Asociación de Víctimas del Terrorismo y la CONCAPA, la confederación católica de padres de alumnos, también del ala dura papista.

Ayer, formóse corporación por matar a este ratón. Se reunió la permanente de la CEE a ver qué se hacía con Losantos y aunque parece que ya es mayoritario el sector partidario de darle el pasaporte, no se han atrevido a consumar el puntapié y difieren para noviembre, para el plenario. La cara habrán de darla todos. El ratón era valiente y se cagó en toda la gente.

Desde la izquierda -sobre todo, desde la izquierda mediática zapaterista– la operación se contempla con interés pero imagino que se engañan poco (si no son tontos del todo): a Losantos no le van a faltar micrófonos. Es muy polémico, suscita mucho odio y eso siempre tiene un coste, pero los accionistas de una empresa quieren pasta, no piropos, y Losantos trae garantizada en su propio bolsillo una audiencia de caballo. Tan pronto sea despedido de la COPE (un despido elegante: el contrato se le prorrogó por un año hace un par de meses; y si la CEE toma la decisión en noviembre, lo más normal será que lo dejen todo como está y que no le prorroguen el contrato) ingresará en otra cadena y con la guardia presentando armas.

Jiménez Losantos es un verdadero poder fáctico en el hoy de este país. No un poder fáctico tan arraigado como el de la propia Iglesia, por ejemplo, pero que no va a ser tan fácil de erradicar; no, desde luego, con su simple expulsión de la COPE. Librarse de él va a requerir muchísimo más esfuerzo y muchísima más habilidad que la bronca diaria -no muy distinta en tono, intensidad y estilo de la que prodiga él- que se oye desde los medios zapísticos y desde otras afinidades.

Habrá que estar atentos porque la cosa promete espectáculo.

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Me viene a la memoria una imagen penosa y hasta ridícula de hace casi veinte años, que era la cosa rara esta, el Michael Jackson, ataviado con una camisa de reminiscencias militares rusas paseándose en triunfo por no recuerdo qué país del otro lado del telón de acero, como si fuera un liberador que les hubiera quitado de encima el yugo soviético. Patético, de auténtica vergüenza ajena, pensé entonces…

Hoy sigo pensando que el espectáculo fue de vergüenza ajena, pero no tan patético ni tan ridículo -si obviamos la biografía del personaje- porque, visto como símbolo, sí que Michel Jackson pudo encarnar lo que les quitó de encima el yugo soviético; aunque no como liberador porque, también como símbolo, encarnó el yugo, mucho más pesado, que les echaba encima.

Hace unos días leía -lamento no recordar dónde- algo que muchos dijimos cuando empezamos a verle las orejas al lobo neocon: el sistema soviético no fue una referencia para los trabajadores occidentales sino para los capitalistas occidentales. El «estado del bienestar» no fue tanto un logro obrero como una especie de soborno capitalista, una muestra ficticia de que el Sistema occidental era mucho más beneficioso, incluso para los sectores sociales más bajos, que el paraíso rojo; no podía correrse el riesgo de que las masas de Occidente suspiraran por las presuntas maravillas del imperio soviético en un momento en que no podía consentirse -so pena de acabarse radicalmente el negocio- que el imperio soviético pusiera una pica de obrerismo en Europa y América. Caído el paraíso rojo el estado del bienestar dejó de tener sentido, tiene un coste que ahora el capitalismo no tiene necesidad de asumir y por eso llevan esos casi veinte años desmantelándolo tras haber desactivado todo resquicio de movilización obrera comprando desvergonzadamente a los sindicatos y a las fuerzas políticas que, no menos desvergonzadamente, se proclaman de izquierdas. Eso aquí donde -provisionalmente, desde luego- hay que guardar unas formas. En el Tercer Mundo, se han limitado a reventar, sin más, a sociedades y pueblos enteros, cosa que permite acusaciones que, formuladas en un Tribunal de Nühremberg, podrían llevar a la horca a caballeros tenidos hoy día por grandes triunfadores y honorabilísimos gurús del tinglado financiero mundial. Lo que se ha hecho con África y con una buena parte de Asia no tiene nada que envidiar a la «solución final» de los nazis y, como en el caso de los nazis, sus autores tienen nombres y apellidos perfectamente ubicables aunque, como con los nazis, no hay nada que hacer hasta que no sean derrotados en una guerra y pasen de honorables dirigentes a bandidos y criminales como realmente son. En ese momento, si llega, espero que lo de la cuerda sea algo más que una forma de hablar.

Ahora estamos en plena crisis. No en su momento álgido, que parece que aún no ha llegado, pero sí en pleno follón. Nosotros, los ciudadanos, no somos culpables de la crisis; ni siquiera fuimos los que obtuvimos beneficios de la bonanza sino, al contrario, sus perjudicados; pero, así y todo, nos toca pagar el estropicio. Y se sigue cumpliendo la falacia capitalista: moderación salarial cuando hay bonanza, para que el crecimiento pueda sostenerse; cuando llega el desastre, moderación salarial para que podamos salir del pozo. La enésima falacia capitalista, porque ya hemos hablado tantas veces del asunto de privatizar los beneficios (¡nada de intervención pública en la economía!) y socializar las pérdidas (¡el Estado debe intervenir para ayudar a las empresas!); o el perogrullo del Pocero: nada de protección oficial cuando vendo -carísimos- pisos a barullo y mucha protección oficial para seguir haciendo beneficios cuando por las buenas no vendo una escoba. Y, por supuesto, se insiste en la búsqueda del agujero que permita acceder a los dos más grandes negociazos del consumo forzoso: la salud y las pensiones; el argumento predilecto: las públicas no se sostienen.

Ando leyendo a ratos sueltos el último libro de Naomi Klein, «La doctrina del shock», en el que relata cómo aprovechándose de catástrofes naturales -o artificiales… y no siempre casuales- el neocapitalismo nos la mete doblada, se cepilla prestaciones sociales, privatiza servicios públicos y precariza el empleo y la vida. Es una buena e interesante lección, sobre todo si pensamos que el principio puede aplicarse invertido, como el propio capitalismo nos enseñó, aunque nosotros no supimos verlo. Evidentemente, el pueblecito llano de las sociedades occidentales tiene todavía demasiado que perder (mil euros, viviendo en hospedaje perpetuo en el ya pagado piso de los papis, dan para vivir muy cómodamente… ¿para qué vamos a andar en revoluciones?) pero muchas otras y muy numerosas sociedades están empezando a tener mucho que ganar: entre otras cosas, vivir la vida a su manera, no sólo materialmente sino también cultural y espiritualmente. Lo de aquellos cabrones lanzándose sobre las torres gemelas fue un trompetazo que no fue escuchado: al contrario, sirvió a los nazis del siglo XXI para aprovechar el shock y recortar una ingente cantidad de derechos cívicos en materia de libertad de expresión y de privacidad so pretexto de velar por la seguridad colectiva. Pero un Islam cada día más levantisco y unas sociedades tercermundistas cada día más rebeldes ante el creciente puteo a que se las somete no están montando bronca para configurar shocks que aumenten los beneficios en bolsa sino para cepillarse a la propia bolsa.

Al capitalismo no le queda más que una alternativa: o regresa al soborno para que los curritos occidentales no tiendan a verse en el mismo nivel que el pérfido talibán, o los actuales enemigos de la civilización occidental (y que tan buenas razones tienen para serlo) conseguirán poner en el Flandes europeo y americano aquella pica que la democracia marxista jamás logró clavarle.

Ellos mismos. Todo es cuestión de tiempo.

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Hay un ignoto y remoto obispo de Plasencia que constata que hay grupos organizados que alientan las apostasías. Me hace gracia, porque parece que hable de grupos organizados como quien se refiere a conspiraciones judeomasónicas, sin que parezca que él forma parte, en grado de dirigente, de un grupo organizado que alienta las conversiones en una concreta fe. Como si lo suyo no fuera igual de bueno o igual de malo que lo que hacen los otros.

A la prebostía eclesiástica le está sentando mal el asunto este de las campañas de apostasía, sobre todo porque le preocupa el hecho -del que se hace el eco don Amadeo, el obispo en cuestión- de que, aunque se producen pocas, su número va en claro aumento.

Uno puede comprender que el que tiene un chollo no se resigne a perderlo por ilegítimo que éste sea: ahí tenemos a las $GAE y las discográficas, a algunos partidos políticos (constatados: PP y CiU) que patrimonializan el poder hasta el extremo de sentirse robados y expoliados cuando lo pierden en buena lid electoral y hasta incluso al modesto propietario de un pisito orientado a un solar muchos años vacío hasta que alguien decide construirlo privándole del extra de luz y perspectivas que él había adoptado como un derecho inalienable.

Pero toda esa comprensión no puede ir en menoscabo de que los chollos, cuando no son legítimos, deben terminarse radicalmente. La Iglesia es, todavía hoy, un poder en España y eso es, sencillamente intolerable, porque la fuerza política de sus fieles -decreciente pero aún potente- no puede ser utilizada para imponer a los que no lo son las prebendas de una creencia que, a fin de cuentas, les es ajena a los demás. La Iglesia tiene aún un plus excesivo de presencia oficial que, encima, es monopolístico: ocupa parcelas que no debe ocupar y que ni siquiera comparte con otras religiones organizadas (y ojo, que el simple hecho de que las compartiera no legitimaría su posesión, simplemente serían más los posesores ilegítimos).

Si la Iglesia organiza para sus fines a su propia fuerza política -sus fieles- no debe sorprender que los que quieren terminar con este estado de cosas se organicen también; aparte de que es perfectamente legítimo, responde a un mínimo concepto de la operatividad. Por tanto, proliferan las asociaciones anti-religiosas, promotoras de la apostasía y de otros cortes de mangas.

Ello no significa que haya crecido la aversión contra la Iglesia -aunque tampoco cabe descartar en absoluto ese dato- sino que sus tradicionales enemigos, simplemente, se han cansado de hacer el canelo por libre y se están organizando como, repito, es operativamente normalísimo.

Lo gracioso es que el obispo en cuestión se duela de ello como si estuviera lloviendo fuego del infierno. Bueno, en cierto modo sí que le llueve: sobre sus intereses. Pero San Joderse cayó en tal día, amigo…

Transcurridos casi treinta años desde que la Constitución proclamara al español como un Estado aconfesional, y por más que hagan encaje de terminología y de bolillos con que si es aconfesional o laico, churras o merinas, tirios o troyanos, las cosas siguen inconcebiblemente igual que antes, pese a dos mandatos socialistas de cuatro legislaturas, en primera fase, y una y pico, en la segunda.

Y eso sí que es para mear y no echar gota.

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Fin de trayecto, damas, caballeros y militares sin graduación, en este penúltimo jueves de junio y, ciertamente, último de la primavera. El próximo, 26, ya será verano, maldita sea, y yo estaré haciendo la maletita para pasar el fin de semana en Valencia, donde el sábado se celebrará la asamblea general de la Asociación de Internautas.

Pero antes de ello, nos veremos aun ese jueves y entre ambos -el de hoy y el que viene- «El Incordio» aún va a hablar de muchas cosas, porque el caudal baja abundante y hay que estar al loro.

Nos seguimos viendo.

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