Canonazo general

Lo más indignante del canon no es el hecho intrínseco de pagar. Pagamos por muchas cosas y no todas nos gustan: no conozco absolutamente a nadie a quien guste pagar impuestos o que experimente orgasmos de placer cada vez que le cargan en cuenta la cuota de la comunidad de propietarios. Pero, en todos estos casos, la necesidad de este pago salta a la vista: si no pagamos impuestos, los servicios públicos del país no funcionan; si no contribuimos a los gastos generales de la comunidad de propietarios, la escalera no se friega y las goteras del tejado no se reparan. Podemos discutir, con todo nuestro derecho, si la recaudación es excesiva o no o si el gasto es o no adecuado, si se gestiona bien o si se reparte equitativamente entre ciudadanos, entre territorios o entre vecinos, pero la necesidad de pagar, la estricta e intrínseca necesidad de pagar, no la discute nadie. Por lo demás, la gestión fiscal, tanto en recaudación como en gasto, tiene un control parlamentario estricto y basado en leyes ordinarias, y las cuotas de la comunidad de propietarios se controlan por los mismos que las pagan, directamente y sin intermediación, con la posibilidad de recurso judicial en caso de disconformidad.

Esta necesidad de pagar y este disgusto ante el pago, es el argumento recurrente de los artistas que viven de la sopa boba, de la pandilla de codiciosos vagos que ha encontrado su muy lucrativo medro en esa abominación llamada impropiamente canon, cuando su denominación apropiada sería la de expolio de protección oficial.

Pese a la demagogia galopante del colectivo rentista, cae por su peso que el canon digital no es, ni remotamente, cosa en absoluto parecida a otros pagos obligatorios que, por diversos conceptos, tenemos que afrontar los ciudadanos. Por muchas razones y todas ellas de principio.

En primer lugar, el objeto del expolio: asegurar unas rentas a unos señores. Luego entraremos en la justicia y justificación de esas rentas. Ahora vamos a los señores. Los tales señores constituyen un colectivo que realiza una actividad que en muchos casos (pero no siempre, cuidado) tiene una proyección o trascendencia económica. Se diría que como cualquier otro ciudadano, incluyendo -por supuesto- a las amas de casa.

Todos los ciudadanos percibimos una retribución por nuestro trabajo. En algunos casos -los asalariados- de carácter fijo y, hasta donde puede decirse tal cosa, seguro (se prestan los servicios tales días, de tal hora a tal hora y se cobra tanto a fin de mes) y en otros -autónomos y/o directivos- según unos resultados que, dependiendo de la naturaleza de la actividad, pueden medirse en el valor de unas acciones a una determinada fecha o en la cantidad de ollas que se han conseguido vender (pongamos por simple caso entre millones de posibles productos). Los asalariados tienen una cobertura para el caso de que se queden sin trabajo, cobertura que se procuran cotizando a una institución pública y cuya percepción requiere unos requisitos y está sujeta a una limitación de importe y de duración en el tiempo; transcurrido ese tiempo, el trabajador queda abandonado a su suerte; los autónomos y los directivos, aunque también tienen -o pueden tener- una cierta protección contra el desempleo, están mucho más en precario y, de hecho, tienen que afrontar esta contingencia, anticipada o sobrevenidamente, con sus propios recursos, que cabe presumir relativamente abundantes en el caso del directivo, y bastante más precarios en el comisionista que vende enciclopedias a domicilio.

Pero hay un colectivo al que se ha privilegiado por razones que no se entienden muy bien. Se intenta justificar con el hecho -muy, pero que muy presunto- de que son productores de cultura, lo cual es muy relativo, porque la cultura es un concepto amplísimo que abarca muchas facetas de la actividad y del conocimiento humano y, además, no pocas de las actividades de esos tales -calidad aparte, y ya es dejar aparte- tienen mucho más que ver con productos para el ocio que con cultura propiamente dicha.

Esos elementos tienen un modelo retributivo consistente en la venta de copias de esos productos pero parece que el modelo está en decadencia, por no decir «crisis» y anda el gallinero alborotado. En fin, es triste que haya sectores en crisis, pero no veo por qué ha de ser más triste la crisis de los tíos estos que la de los trabajadores y empresarios de la industria textil o del pequeño electrodoméstico -por poner dos únicos ejemplos de las varias decenas desgraciadamente mencionables- cuyo modelo de negocio también se viene abajo ante la aparición de un modelo alternativo en lejanos países asiáticos, que vende los mismos productos muchísimo más baratos con una calidad, aunque notoriamente menor, sí aparentemente suficiente, visto su masivo consumo.

El por qué los trabajadores de la industria textil se han de conformar con un añito y medio de subsidio de desempleo (para el que han cotizado a tocateja ellos mismos y sus empresarios) y luego búscate la vida como puedas, mientras que a los de la industria del ocio hay que mantenerlos por las buenas, es un misterio que sólo se explica por la vía de una relación muy estrecha -y muy poco clara y muy poco limpia- de los diversos agentes de esa industria (empresarios, intermediarios y un escaso número de trabajadores privilegiados que constituyen la imagen del chiringuito) con sectores importantes de los partidos en el machito, especialmente del que está actualmente en el poder.

En segundo lugar, el hecho imponible de este impuesto absurdo: unos elementos de tecnología digital a los que se vincula -de forma muy casuística y discutible- al ámbito de negocio de los parásitos. Por más que hagan encajes de bolillos dialécticos, no se puede entender que una impresora o un digitalizador (vulgo escáner) pague ese impuesto vergonzoso a unos tíos que [dicen que] cantan o a otros que editan libros; tampoco es que sea muy inteligible que las memorias USB estén sujetas también a ese oprobio o los discos duros de ordenador. Sobre los discos duros de ordenador, además, la ridiculez de distinguir entre un máster y un esclavo como si en la morfología de los discos duros fuera intrínseco y consustancial constituirse en una cosa u otra. Y, claro, los CD y los DVD, sobre los que se han sacado de la manga un presunto -y falso- uso prioritario para almacenar contenidos culturetas, cuando todos sabemos que nunca ha sido así y que ahora, encima lo es menos; los jóvenes -tenidos como principales usuarios de esos contenidos- carentes de autores de culto, ya no almacenan absolutamente nada. Cuando ya han oído o visto el tema correspondiente, lo sustituyen por otro y aire. Pretender que los CD y DVD regrabables, por ejemplo, se usan para esto, cuando no tienen otro sentido que el de contener datos cambiantes -para entendernos: las copias de resguardo de nuestros archivos o de nuestro software- es de una ignorancia o de una mala fe que clama no sé si al cielo o a puntapiés al culo de más de uno.

En tercer lugar, la cuota imponible que es sencillamente brutal y que, desde luego, va a darle un serio golpazo al pequeño comercio y a la poca industria de electrónica de consumo que va quedando en los pagos hispánicos, llegando en algunos casos –digitalizadores impresoras, por ejemplo, a más del 40% del importe en las marcas y modelos más populares, por no hablar de los CD y DVD donde el inaudito tributo, sencillamente, duplica su precio, tal cual, con dos cojones.

En cuarto lugar, el deudor tributario: cualquier ciudadano. Que consuma o no la porquería que producen los beneficiarios del expolio es completamente indiferente: a pagar igual. Y cuando se habla de cualquier ciudadano, la cosa se extiende a las empresas y a las administraciones públicas, que claramente no son consumidores de esas cosas.

Pero es que todo da igual. Sencillamente, un Gobierno, en perfecta comandita con los elementos rectores de la dictadura del culturetariado y en una actitud de permanente complicidad que creo sinceramente que habría de ser cuidadosa y meticulosamente estudiada por la Justicia, ha decidido obsequiarles con ese dineral y ha decidido que ese dineral lo vamos a pagar, sin más, porque sí, porque les da la gana, porque ellos lo valen, todos los ciudadanos, particulares, empresas, instituciones públicas… todos, sin remisión.

Es lo que hay. Y a callar todo el mundo.

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Comentarios

  • Monsignore  On 20/06/2008 at .

    Carissimi fratelli, meditad acerca de vuestros pecados.

    Y, para la meditación, nada como el sosiego de las altas cumbres pirenaicas. Las de Andorra, por ejemplo.

    Llevaos bolsas grandes.

  • Celu  On 20/06/2008 at .

    Y tanto que pagaremos todos, ya que si por un casual no recaudasen no cuál cantidad, esta seria aportada por el estado. ¿Y eso como se come?. Un sinsentido tras otro, ¿o la desvergüenza total?.

  • Jordi  On 21/06/2008 at .

    Una muestra más del más tradicional caciquismo.

  • Ángel Bacaicoa  On 21/06/2008 at .

    Brillante Don Javier. Su habilidad para explicar con tal precisión el asunto empleando un tono tan pasional es impactante. Le acompaño en sus consideraciones. Esto es la desvergüenza total.

  • waits  On 04/07/2008 at .

    Observa, por favor, la postura de la UNE, editorial que abarca los servicios de publicaciones de las Universidades españolas, con respecto al canon:

    http://www.aeue.es/Boletines/Primavera2008.pdf

    Páginas 18 y 19.

    Un saludo.

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