Polvo y moho

Recibo por correo electrónico algunas publicaciones de Eroski. Aunque la calidad de la cadena no acaba de convencerme (han encutrecido Caprabo hasta convertirlo en un discount de los más salchicheros), la verdad es que sus publicaciones sí que están bien.

La que me ha llegado hoy, que es la generalista -otros días son temáticas-, contiene una entrevista con un tal José Manuel Tourné, director general de la Federación para la Protección de la Propiedad Intelectual (FAP). Puede imaginarse el contenido: sandez sobre sandez y, de postre, sandeces. Ahí os dejo el enlace y que os aproveche.

No voy a entrar, por supuesto, en el contenido concreto de la entrevista, es perder el tiempo porque, encima, ni siquiera en el plano de la pura y simple majadería aporta nada nuevo. Simplemente es que me hace reflexionar, me provoca un asombro que no acaba de colmarse nunca. ¿Tan necios son? ¿Tan poco imaginativos? ¿Son -como parece- absolutamente incapaces de conseguir una dimensión nueva para su negocio que revitalice a éste, que aporte un valor por el que alguien esté dispuesto a pagar?

Esta reflexión, ya digo, me saca de la agresividad -pese a que hoy no es día precisamente de templanza- y me sume en una enorme perplejidad. ¿No ven que lo que parece un simple cambio tecnológico es, en realidad, un cambio social muy profundo y tanto más profundo cuanto más se acerca al objeto de sus negocios?

Hombre, yo comprendo la falta de resignación ante el hundimiento de un negocio que, hasta no hace mucho, calificar de «pingüe» era pura moderación verbal. Al propio ingeniero del «Titanic» le costó aceptar la evidencia de la catástrofe que, ya irremediable, se avecinaba; sin embargo, fue el primero, no sólo en preverla, sino en anunciarla. Puedo comprender hasta la cólera que lleva a acusar de ladrones y de salteadores de caminos a los únicos dueños del valor que puede volver a poner en marcha ese negocio y elevarlo a lo nunca visto; porque son incapaces de ver en esas personas otra cosa que dinero y esas personas no están ya dispuestas a soltar más dinero por su producto.

Pero me cuesta mucho comprender que no quieran ver que el fenómeno es irreversible, que por más que liquidaran definitivamente la piratería, que por más que eliminaran completamente el intercambio de archivos (cosas ambas, por cierto, absolutamente ilusorias) jamás volverán a producirse -ni de lejos- aquellas cifras de ventas, jamás volverán a tener el control de los contenidos, jamás volverán a decidir qué se escucha y que no, qué producto -a su simple designio- va a ser abundante y cuál estará restringido.

Se acabó ¿no lo comprenden? ¿Quosque tandem habremos de decirles que no estamos dispuestos a pagar por contenidos en lata? ¿Cómo hacerles comprender -más allá de una evidencia que tienen ante sus propias narices- que sí estamos dispuestos a pagar por un valor añadido, que sí pagaríamos -y pagamos- por la emoción, la sensación, de la música en directo, compartida con otros que experimentan simultáneamente y a nuestro lado las mismas sensaciones, o por el cine en una tecnología espectacular, absolutamente irreproducible en nuestra casa, por panorámicas que sean nuestras pantallas, pero que ni caro ni barato vamos a soltar un duro más por un producto típico del siglo XX y tan pretérito como éste? No estamos dispuestos a pagar en euros lo que en otros tiempos pagamos en pesetas, métanse esto en la cabeza.

¿Es posible que no comprendan datos evidentes? Fíjense: en un país tan futbolero como el nuestro, a la perfecta altura -en cuanto a pasión y afición- de Italia o de Argentina, hay gente (y gente normal, corriente, no supermillonarios) que son capaces de cometer la locura de gastarse en la reventa setecientos euros por una localidad para un partido de futbol (de acuerdo, un partido puntero, algo único en la temporada, pero un partido de fútbol, en definitiva) y, sin embargo, jamás se gastarían los no sé si siete o diez eurillos que costaría pagar por un partido en televisión por satélite. Señores: el pay per view no avanza en España ¿no lo ven?. Hay cultura de ir al fútbol, pero no de pagarlo en forma de retransmisión televisiva, al menos como comportamiento habitual. Y con el cine igual. Si hay interés por una película, no importa -se difiere-, ya la darán en abierto en cualquiera de los canales generalistas y gratuitos que, en número creciente, invaden las frecuencias de la televisión digital terrestre. Pero no se paga.

¿No les parece suficiente, el dato?

Pues les cuento una anécdota, una anecdota retrechera, familiar, pero real y cierta en mi entorno y -lo que la hace realmente interesante- en miles y miles de entornos.

Mis padres, de solteros, iban mucho al cine. Empiecen entendiendo la cuestión: la propuesta no era «¿vamos esta tarde a ver tal película?» sino «¿vamos esta tarde al cine, a ver qué “echan”?». El asunto no era ir a ver una película sino asistir a un espectáculo que, ese día, podía estar mejor o estar peor. Mis padres -y la práctica totalidad de sus coetáneos- iban al cine como hubieran podido ir al circo. Y esa mentalidad era la de toda su generación: el cine era una evasión y punto.

Se casaron, tuvieron hijos y, por obvias razones de logística familiar, frecuentaron muchísimo menos el cine. Hasta que llegó la televisión. Para ellos fue un milagro: todos esos contenidos… gratis. Concursos, reportajes, Franco inaugurando pantanos y… ¡cine! Pero un cine que nunca pudieron elegir. ¿Y qué? Cuando pagaban, tampoco. Así que les pasaron una película a domicilio y gratis una o dos veces por semana y ellos vivieron en el séptimo cielo y se tragaron todo lo que les pusieron, cómodamente sentados en el sofá de casa, abrazaditos como tórtolos en plan Tigo & Migo.

¿Y saben qué? Jamás, hasta hoy, han vuelto a poner los pies en una sala de cine. ¿Para qué? Echan películas por televisión, una cadena por otra, casi cada día, o sin casi, y muchos días, más de una y más de dos; y son películas recientes, en color y que ven en un televisor panorámico (porque en un buen televisor que se gastan gustosos el dinero).

Una anécdota tonta, ya digo, pero que constituye un comportamiento universal y atemporal: sus nietos funcionan bajo el mismo principio. No pagarán por lo que pueden obtener gratis.

¿Y cual es el juego imbécil de ustedes? En vez de darles aquello por lo que están dispuestos a pagar, mueven Roma con Santiago, compran voluntades, de políticos, de jueces, no importa hasta dónde haya que llegar, para cerrarles el acceso gratuito al contenido. ¿No se dan cuenta de que jamás volverán a llenar salas como antes -cada día más pequeñas, cada día menos-, de que jamás volverán a vender películas o música en lata como antes? Si cierran el acceso a contenidos gratuitos los ciudadanos buscaremos aquellos a los que ustedes no pueden cerrar. Y los hay: se llaman copyleft.

Ustedes desprecian el copyleft, claro: cosa de pringados, de radicales, de muertos de hambre. Lo mismo -y por lo mismo- que hizo Micro$oft con Linux hace algunos años. Y pese a tan evidente y claro precedente, siguen ustedes sin querer ver. En realidad, ustedes son el único problema que tienen los autores libres; no sólo por sus trabas burocráticas a los que se apartan del régimen sino porque no tienen más arma que su propia calidad, no pueden competir con los oropeles que se gastan ustedes, con su tremenda publicidad, con su enorme ruido. ¿Ustedes creen que, de otra forma, un petardo como el niñato ese de los rizos tendría la menor posibilidad frente a la enorme abundancia de contenidos de calidad que se encuentran sin necesidad de rascar demasiado? ¡No me hagan reir, almas de cántaro!

¿De verdad, pues, van a cometer la solemne tontería de derribar la única barrera que se interpone entre excelentes y numerosísimos contenidos libres y millones de jóvenes -y de no tan jóvenes- que van a pedir más y más cuanto más conozcan? ¿Sí? ¿De verdad van a ser tan necios, tan negligentes, tan idiotas?

¡Adelante, pues! Por mí, ni se detengan ni se entretengan. Cierren, acerrojen, encarcelen, persigan, masacren, arruinen… ¡tierra quemada! Veremos cuánto tardan en darse cuenta de que se han metido en un pozo de mierda -ojo, que están ya en él ¿eh?- y veremos las caras que pondrán cuando otros (no faltarán, se lo aseguro; y no serán pocos) mucho más despiertos que ustedes, cabalguen en millones de dólares sin haber descubierto otra sopa de ajo que dar a la gente aquello que quiere al precio que quiera. Incluso a precio cero. Otros pagarán lo que unos no estén dispuestos a abonar ¿O es que nadie paga las películas que mis padres llevan casi cincuenta años disfrutando por su muy legítimo morro? Si es que, so necios, tienen la alternativa -perfectamente contrastada, larga y antiguamente acreditada como viable y rentable- delante de sus propias narices y no la ven. Por supuesto que el modelo acusa también su envejecimiento pero, claro, no pretenderán hacerse -o seguir- ricos por las buenas: hay que esforzarse, hay que inventar, hay que desarrollar… un modelo de negocio, en su caso.

Les gusta decir a ustedes que la cultura no puede ser gratis. Bueno -admitiendo lo de cultura, que ya es mucho admitir-, ya lo creo que puede ser gratis. No sólo puede serlo: debe serlo; simplemente porque así lo exigimos los consumidores, que somos los que mandamos ¿se enteran de una puta vez? Y los millones en serio los hará -ya los está haciendo- quien suministre gratis más y mejor cultura.

Mientras la realidad y los negociazos les adelantan a ustedes como un Lamborghini a un Biscúter, ustedes se quedarán ahí, envueltos en sus andrajos y amargados por su soberbia, berreando como plañideras por los CD y DVD que yacen, polvorientos y mohosos, en los oxidados anaqueles de sus almacenes con la orden de desahucio clavada en la puerta.

Uy, qué penita me dan…

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Comentarios

  • Guillermo  On 24/06/2008 at .

    En el mundo a diario millones de personas están creando algo, sea un bien material o ideas, cada uno de nosotros en nuestro trabajo, en nuestro entorno generamos mejoras sobre algo que ya existía, mejorándolo, y si todos pensáramos como los atracadores de SGAE y acólitos si fuéramos tan ruines y miserables como ellos lo son pensando en el beneficio económico, Si esta forma de entender las cosas se impone es cuestión de tiempo que el progreso se ralentice o incluso se paralice.
    Cuando un músico se pone a componer una canción lo esta haciendo basándose en conocimientos acumulados por la humanidad durante miles de años, todos lo que crean algo no lo hacen desde cero, se basan en el saber de la humanidad entera.
    Y claro está que todos nos buscamos la vida e intentamos vivir de nuestro trabajo, los músicos y demás “artistas” no son una excepción, lo que no es decente es que pretendan vivir de la sopa boba a base de cobrar un diezmo a la población compren o no compren copien o no copien en su mayoría, la mucha mierda que producen estos tíos del negocio del lalalala.

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