Adiós a la ciudadanía

Una de las cosas que constatamos en la asamblea anual de la Asociación de Internautas que celebramos este fin de semana pasado, es el ambiente de agresión a las libertades civiles que estamos viviendo, atentado permanente que tiene como prioridad la red como el más libre de los canales a través de los cuales circula -ya de modo preferente- la libertad de expresión. No es sorprendente, si tenemos en cuenta que cuando se quiere convertir a los ciudadanos en súbditos, lo primero que hay que hacer es evitar que se comuniquen entre ellos y, en la medida en que aún puedan comunicarse, que pueda conocerse -por el poder, obviamente- qué es lo que se andan diciendo unos a otros. Si ese medio de comunicación resulta que constituye, además, el acceso a una inmensa base de datos, es evidente que el poder necesita meter las narices ahí como un yonqui meterse un pico.

Internet les ha cogido con el paso cambiado, entre otras cosas por el ignorante desprecio con que se lo tomaron hasta que reaccionaron, ya tarde y, obviamente, mal. Por eso han de recurrir a la chapuza, al fraude y a la estafa democrática. Recapitulemos.

Primero construyeron un sistema democrático falso, de oropel, a su puro y simple servicio. Uno de sus buques insignia fue la libertad de expresión, que en todas las constituciones occidentales se reguló de una forma amplísima. Por tomar el ejemplo más próximo, nuestra propia Constitución de 1978, su artículo 20 es tremendo: «1. Se reconocen y protegen los derechos: a. A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción. […] d. A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. […] 2. El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa […] 5. Solo podrá acordarse el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información en virtud de resolución judicial». Esto es, materialmente, inatacable. Por supuesto, cuando se redactó la vigente carta magna la libertad de expresión, para el ciudadano común apenas iba a consistir en decir lo que le diera la gana en la taberna o en el taxi -cosa que ya hacía sin cortarse incluso en tiempos de Franco: éste sabía que toda la fuerza se nos iba por la boca y no se preocupaba por un quítame de allá ese insulto- y en publicar veinte líneas en un periódico, siempre que tuviera a bien admitirlas y no retocarlas el director del medio. O sea que estaba todo controlado, porque que el ciudadano de mierda pudiera expresarse libremente no era un problema si los medios estaban controlados y lo estaban -y están- por vía financiera y por vía de lobby. Si la opinión del ciudadano no interesaba, que soltara su parida en el bar o que hiciera un fanzine con sus escasos medios (¿cien, quinientos… mil ejemplares? ¡juás!), pero no existía el problema de que su opinión disolvente alcanzara a centenares de miles, quizá millones, de conciudadanos. Y, sobre todo, que no se creara una conciencia colectiva incontrolada respecto de ningún tema. La libertad de expresión no fue, en su origen constitucional, sino una regla de juego para su exclusiva aplicación entre ellos; por eso se la fabricaron a su medida.

Lo mismo -y por lo mismo- podría decirse de la garantía constitucional de la privacidad. Obsérvese la potencia del artículo 18 de la Constitución: «[…] 2. El domicilio es inviolable. Ninguna entrada o registro podrá hacerse en el sin consentimiento del titular o resolución judicial, salvo en caso de flagrante delito. 3. Se garantiza el secreto de las comunicaciones y, en especial, de las postales, telegráficas y telefónicas, salvo resolución judicial. 4. La Ley limitará el uso de la informática para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos».

Pero llegó la red. Y, de pronto, los ciudadanos pudimos comunicarnos entre nosotros. Entre todos nosotros; y pudimos hacer muchas cosas, entre ellas la más temida por los bergantes omnímodos: crear conciencias colectivas y estados de opinión alrededor de diversas materias, en número creciente a medida que va transcurriendo el tiempo. Si esto ya fue alarmante -sobre todo porque, cuando se quisieron dar cuenta, ya lo tenían encima-, peor fue cuando vieron que nuestro paraguas constitucional está perfectamente blindado.

Las enormes ganas que tienen de romper este blindaje se les escapan a chorros por el subconsciente cada vez que abren la boca: control de comunicaciones (incluso cesión de ese control a entidades privadas, como el famoso artículo 17bis de la LISI), trazabilidad de la navegación y, la penúltima, la pretensión de que los titulares de bitácoras se sometan a una especie de registro… Control, control, control… es lo único que se les ocurre, en vez de adaptarse a la situación.

Encima, todo este sistema de libertades les perjudica el negocio. Ayer intervine en una tertulia radiofónica en Ràdio 4 (RNE en catalán) en la que estaban dos viejos conocidos: Xavier Ribas -en presencia física- y Antonio Guisasola (PROMUSICAE) por vía telefónica. Y en ambos casos, conscientes de -e indisimuladamente contrariados por- la potente limitación constitucional, dieron vueltas a mil presuntas posibilidades para establecer ese control soslayando la letra y el espíritu de la Constitución con mil falacias técnico-legales que -espero- jamás podrían políticamente intentarse a beneficio de unos intereses tan concretos, por más que ciertamente potentes.

Pero todo esto se incardina en un ámbito europeo. El indescriptible entusiasmo que en la industria del ocio ha despertado la boutade de Sarkozy, al que, aparentemente, podría aplicársele mejor que a ningún otro aquello de que dos tetas tiran más que dos carretas, y pese a su muy dudosa constitucionalidad en la propia Francia (por no hablar de su aplicabilidad, que podría verse anticipadamente comprometida por los operadores telefónicos y por lo que, sin duda, llegará a ser un clamor ciudadano) ha conectado con los intentos irrefrenables de los políticos europeos en el mismo sentido, envidiosos de las facilidades que, a este respecto, parecen haber encontrado los políticos del mundo anglosajón que, realmente, se están pasando por el arco del triunfo los más elementales derechos cívicos en relación con la privacidad. Todavía oigo los ditirambos y botafumeiros que al liberalismo político norteamericano y británico dedicaba en cátedra barcelonesa, a principios de los setenta, Manuel Jiménez de Parga, toma Guantánamo…

Y todo esto viene, a su vez, metido en el contexto del desmoronamiento de la otrora sólida estructura ciudadana de antigua tradición europea, vencida a los intereses neocon, en todos los ámbitos: polític, social, etc.

Me hacen reir los europoliticastros cuando dicen -Zap, entre ellos- que ochocientos mil ciudadanos (por los irlandeses que han votado «no» al tratado de Lisboa) no pueden detener la voluntad de quinientos millones. ¡Qué falsarios y qué sinvergüenzas! Que nos dejen hablar -votar- a los quinientos millones y ya verán a dónde va su mierda de tratado. Los europeos tenemos la clara percepción -exactamente ajustada a la realidad- de que estamos experimentando un retroceso brutal y uniformemente acelerado en materia de estructura cívica y de que vamos para atrás como el cangrejo. Cada vez que se reúne la Comisión, perdemos algo; cada vez que se reúne el Consejo de Ministros, perdemos algo; incluso perdemos cada vez que se reúne el Parlamento (anda que no tiene tela lo de las 60 horas semanales…). La estructura burocrática europea hace que los preceptos constitucionales de veinticinco países pueden ser soslayados olímpicamente con una simple resolución de veinticinco sátrapas sentados a una mesa.

Si consiguen incomunicarnos, si consiguen hacerse los amos de nuestros datos, si consiguen manipular nuestras tomas de conciencia, estamos perdidos, habremos adquirido la plena condición ya no de súbditos (eso es lo que, en definitiva, somos ya ahora mismo) sino de siervos.

Mantener los derechos civiles que aún conservamos -gravemente amenzados- y optar a recuperar los que hemos perdido ya, es algo que necesita -por no decir que depende plenamente- de que mantengamos en nuestras manos el arma de la red. Si la perdemos, estamos perdidos.

Y nos la quieren quitar.

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Comentarios

  • Celu  On 02/07/2008 at .

    No puedo estar mas de acuerdo con usted, señor Cuchí, pero los que pensamos así, somos pocos en comparación con la aborregada masa que que perpetua en el poder a sus amos; por lo que, difícil lo tenemos.

  • Starblank  On 02/07/2008 at .

    La gente no se entera de nada, y lo peor, esque no se quieren enterar; pero vamos, eso es antigua costumbre en España. Al pueblo ya le han dado el pan (los 400 €) y el circo (la eurocopa), y fíjate en qué preciso momento…

  • Ryouga  On 02/07/2008 at .

    Excelente articulo, ya se que le digo esto constantemente pero este merece la pena imprimirlo y ponerle un marco, si esto llegara a mucha mas gente en vez de la propaganda del poder, muchas cosas cambiarian, esperemos que la red siga creciendo y llegando a mas poblacion, el conocimineto y la autentica libertad de expresion seran nuestra salvacion.

  • Xavier Ribas  On 02/07/2008 at .

    Tampoco seamos catastrofistas. ¿Cómo voy a ir contra la norma que me dió la mayoría de edad dos años antes de lo que me tocaba?. Yo me limité a reseñar lo que el Tribunal Supremo acaba de declarar sobre las direcciones IP y a decir que si hay usuarios que abren todo su disco duro a la red, no pueden decir que se invade su intimidad. Busca currículums o datos sindicales en eMule y verás.

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  • […] algún día, pero que hoy están ahí y tienen para largo. Me contestó por alusiones Xavier Ribas, como puede verse, insistiendo precisamente en ello: «Yo me limité a reseñar lo que el Tribunal Supremo acaba de […]

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