Pelota, crisis y corbatas

Supongo que mis habituales estarán extrañados de que no haya hecho el menor comentario sobre la juerga calzoncillera de moda. Y la verdad es que, efectivamente, no pensaba hacer mención alguna a esa patochada pero, al final, siempre, siempre, siempre, consiguen cabrearme, cuando no es por una cosa es por otra y acabo no teniendo más remedio que referirme a ello.

Vamos allá, pues…

——————–

En efecto, tras dos semanas -más la que corre- de brasa incesante con el puntapié dichoso, resulta que el grupo ese de la Federación Española de la cosa ha ganado el campeonato. Pues muy bien y muy bonito. Por mí, como si se la machacan con dos piedras.

Omitiré lo chocante de la patrimonialización generalizada de ese triunfo, pese a que no deja de sorprenderme que miles de tripudos pies planos que apestan a sobaquina y cerveza barata vayan por el mundo diciendo -presuntamente en serio- que hemos ganado la copa esa. ¿Hemos? Yo no, desde luego, pero… ¿ellos sí?

Omitiré verter sarcasmos sobre el hecho de que al preboste técnico lo eleven ahora a los altares los mismos miles y miles de comatosos intelectuales que no hace ni un mes pretendían su crucifixión.

Omitiré mucho menos, en cambio, la indignación que me produce el show nacionalista de mercadillo de saldos que se ha desatado en este país. Tal parecería que la unidad de España se consiguió metiéndoles un gol a los teutones y que la Hispanidad misma, quinientos años de grandeza y de miseria, es un pequeño acontecimiento al lado de la proeza de veintitantos tíos que viven -muy bien, eso sí- del muy creativo oficio de dar patadas. Más allá del casticismo cutre de señá Rita y falda almidoná, se llega, en una exacerbación del nacionalismo más salchichero, a asociarlo con conceptos étnicos, con lo que el ambiente acaba despidiendo un hedor sospechosamente próximo a lo filonazi.

Pero lo que de verdad me ha puesto en ebullición el ácido úrico es lo del lunes. Lo veía en los telediarios -no hablaban de otra cosa, como si el espacio-tiempo se hubiera detenido- y no me lo podía creer. En la plaza de Colón, Madrid, una muchedumbre de miles y más miles, de centenares de miles (se habló del millón, no sé si exagerando o aproximando correctamente, pero da igual: muchísima gente, de verdad) padeciendo -o disfrutando, según se mire- una especie de borrachera de entusiasmo que no tenía pies ni cabeza. ¿Qué habían ganado realmente ellos? ¿Qué había ganado causa alguna mínimamente seria? ¿De verdad es España realmente más grande por esa estupidez? Entra frío sólo de pensar en la de millones de personas que responderían afirmativamente a esta última pregunta sin vacilar y sin despeinarse.

La desazón enorme que me produjo ver a esa masa ingente, a esa chusma informe, mientras pensaba en tantos problemas -importantes, serios- que se podrían resolver con una manifestación así y que, en cambio, sus convocatorias no suelen ser respondidas por más allá de unos pocos miles; a veces, solamente unos cuantos centenares, induce a la depresión. Y, bueno, esto es una muestra de que cívicamente nos hallamos en estado de depresión, bien que con una especie de ciclotimia que nos hace pasar de estas euforias estúpidas a una otras no menos estúpidas, pasivas y borreguiles resignaciones ante agresiones duras.

Lo del lunes fue para mí un espectáculo deprimente, sobre todo en tanto que acto de afirmación nacional. Los comentarios de los presentadores de las distintas cadenas producían verdadero bochorno: llegué a oírle decir a uno que ahora ya no da vergüenza ondear la bandera española. ¿Antes sí? ¿Antes se la daba? Bien, quizá tuviera buenos motivos pero… ¿un campeonato de fútbol redime de toda vergüenza nacional? Algunos medios han comentado que todo esto puede ir mucho más allá, puede trascender del mundo del calzoncillo, probablemente en el mismo sentido que el presentador bochornoso. ¿Qué quiere ello decir? ¿Que vamos a vivir una radicalización del nacionalismo del toro coñaquero? ¿No había bastante con el de la barretina y el de la txapela? ¿Un nuevo polemista a la hora de ver quién tiene el campanario más alto en su pueblo, como los personajes de Baroja? No, nuevo, en realidad, no: simplemente un momento de fulgor, antes del regreso a una realidad depresiva que no es otra que la de un ciudadano sin autoestima como tal, que necesita de la pelota para adquirir conciencia de patria.

Con ocasión del festival televidiota del chiquichiqui, se habló -no sé si es verdad o no- de que Franco pudo haber comprado la edición de 1968 para arrimar el ascua a su sardina en tres o cuatro cosas. ¿Habrá hecho lo mismo Zapatero? Porque hay que ver lo bien que le ha ido esta efusión calzoncillera, con la cantidad de marrones que tenemos encima.

Quizá, esto, todo esto, sea lo único que hay.

——————–

¿Qué culpa tiene el actual Gobierno de la crisis económica? Ninguna. Ninguna en lo coyuntural, quiero decir; en lo fundamental, en lo estructural, todas, por sostener al statu quo. Pero claro, cargarse el statu quo -o intentarlo- es hablar, con todas las letras y sin paliativos, de revolución y eso son palabras mayores. Convengamos, pues, en definitiva, que si la misión de un gobierno en los términos constitucionales es la de gestionar el sistema, simplemente, pues ya está, eso es lo que el Gobierno ha hecho y, por tanto, no tiene ninguna culpa. La crisis económica es global y poco podemos pelar; si gobernara el PP, hubiera sucedido exactamente lo mismo, ni más ni menos. Porque, realmente, y por más que se pinten de colores, entre el PSOE y el PP no hay grandes diferencias: son simplemente dos maquinarias perfectamente comerciales que se disputan un mercado electoral y recurren a etiquetados distintos para hacer más atractivo su producto a la mayoría. Lo curioso es que la mayoría pique, porque el producto es, a todas luces, cochambroso, pero en fin…

Otra cosa es cómo se administren los paliativos porque ahí las etiquetas tienen alguna importancia, aunque no mucha, no nos pasemos. Un PSOE tenderá a prometer estabilidad al gasto social y un PP jurará por sus niños que el gasto social no será necesario si se pone el viento a favor de una provechosa dinámica empresarial llena de beneficios. No es cierto ni lo uno ni lo otro, por muchas razones en las que no me voy a meter, porque doctores tiene la ciencia; lo único que sé al respecto -y no es poco, para el caso- es que los presupuestos llegan hasta donde llegan y lo demás son fantasías eróticas. La realidad es que pringaremos los de siempre, las clases medias, los asalariados, la ubre inagotable de una vaca mal parida en la que los ricos soslayan desvergonzadamente el pago de sus impuestos mediante artificios a lo que se ha dado en llamar ingeniería financiera, y los presuntos pobres -porque de todo hay y no pocos se columpian bastante- esquilman despiadadamente la caja social no sin cierta y más chusca -pero igualmente efectiva- ingeniería financiera por su parte.

Constatado todo esto, lo que me saca de mis casillas es el deprimente nivel y rigor intelectual del presidente del Gobierno, cuya única habilidad -si es que es suya y no de una caterva de asesores de baja estofa- consiste en jugar con los eufemismos como un tahúr del Mississipi con los naipes, según escenificación de un ilustrísimo conmilitón de Zap. Con ocasión de la comparecencia de ayer, que se supone iba a servir para que explicara qué iba a hacer ante la crisis (y, obviamente, no explicó una mierda) Ignacio Escolar ha detectado hasta catorce formas de evitar la palabra correcta.

No sé qué me enferma más, que nos tome por imbéciles o que lo seamos, porque un impresentable así no tiene otro lugar merecido que el paro. No el paro político: el paro-paro. No hay nada como pasarlas putas una buena temporada para que desaparezcan las ganas de eufemismos y se llame a las cosas por su nombre, al pan, pan, y al bastardo, hijo de puta; y, de paso, para aprender un oficio y vivir de él. Que un fulano así haya llegado a la presidencia del Gobierno -por no hablar de la tropa que le secunda- es un indicativo clarísimo y contundente del nivel de depresión cívica al que ha llegado este triste país.

Con los tiempos duros y difíciles que se nos avecinan, estar en manos de ese gremio va a ser como echarle a la herida sal y vinagre, porque, según me temo, su negligencia va a suponer un coeficiente multiplicador de la putada intrínseca. No hay razón alguna para el optimismo.

Pudimos verlo ayer, oyéndole hablar.

——————–

Cuando el primer tripartito catalán, el conseller Bargalló fue centro de polémica por su sincorbatismo pertinaz. Hoy vuelve a haber polémica, en esta ocasión a cargo de un ministro (o de dos, como veremos) al negarse el titular de Industria, Miguel Sebastián, a ponerse el adminículo durante una sesión del Congreso, pese a la delicada insistencia del impagable Bono.

La razón que arguye Sebastián es que, habiéndose autorizado a los funcionarios el sincorbatismo como compensación por la mayor temperatura ambiente en las dependencias oficiales, él se considera igualmente autorizado y considera, además, que con ese gesto llama la atención sobre la necesidad de moderar los fríos oficiales (¿24 grados? ¡Ya los quisiera yo en mi puesto de trabajo, que parece un puto consomé!). Tampoco sé de dónde sale esa autorización para no llevar corbata, toda vez que no conozco norma alguna que obligue a hacerlo; sí hay una cierta obligación consuetudinaria, si así puede decirse, a partir de un cierto nivel de cargo, pero nada jurídicamente reclamable, desde luego.

Esto del mal llamado sincorbatismo (en puridad, habría de ser concorbatismo, luego se verá por qué) es algo que siempre me ha llamado la atención: esa manía de que los hombres vayamos poco menos que de uniforme… De entrada, se me ocurre que las mujeres pueden ir muy elegantes sin necesidad de regulaciones, ni legales ni consuetudinarias, de vestuario; salvo en muy contados casos de etiqueta -de los que también cabría quizá hablar, pero no hoy- no hay norma que indique cuándo una señora tenga que llevar una falda corta o larga y pueden ser igualmente elegantes una señora con la falda hasta media pantorrilla u otra con la falda hasta las rodillas; o con pantalones, por supuesto. Es más: si en un determinado acontecimiento -grave o mundano- dos señoras coinciden con idéntico atuendo, puede llegarse incluso a un soponcio.

Pero lo que me inclina definitivamente por el sincorbatismo, aparte de la comodidad inherente, por supuesto, es una simple cuestión de tolerancia: no he visto jamás ningún local de ningun tipo o naturaleza, que obligue a los hombres a entrar sin corbata; en cambio, cualquiera de nosotros podría citar fácilmente media docena de lugares en los que la carencia de corbata determinará -si es necesario, a viva fuerza- el veto a nuestro acceso. En otras palabras: mientras los sincorbata somos tolerantes, relajados, y no obligamos a nadie a vestir de determinada manera, los concorbata imponen su estúpida ley a saco, son intransigentes y fachas.

Por lo demás, si se mira con un cierto distanciamiento, la corbata es un elemento que no puede ser más ridículo: rodearse el cuello con un trapo ceñido mediante un nudo ciertamente complicado y tétricamente corredizo, cuando ese trapo no tiene ninguna utilidad, parece poco propio de mentes bien amuebladas. Encima, es incómodo y agobiante y la prueba (una entre muchas posibles) está a la vista: a nadie se le ocurre abrigarse con una corbata cuando hace frío; sin embargo, todo el mundo se la quita a la menor ocasión cuando hace calor. ¿Entonces?

Hubo una época -que yo ya casi no conocí, o sin el casi- en que la corbata era un distintivo de triunfo vital. Leí (creo que era a Fernando Díaz-Plaja) el comentario orgulloso -ubicado en los años 50 o quizá 60- de un taxista mencionando que su hijo iba a trabajar con corbata; el chico en cuestión era meritorio en una oficina y ganaba muchísimo menos que el padre, pero llevaba corbata y eso era un signo de distinción, un verdadero cambio de clase social.

Hoy, puede ocurrir lo contrario y algunas empresas, en número creciente, recomiendan a sus ejecutivos -y, sobre todo, a sus vendedores- que no sean muy estrictos con el tema del nudo corredizo. ¿Razón? La corbata empieza a ser repelente, consciente o inconscientemente. A mí, personalmente, un cuello de camisa abierto me transmite una imagen de franqueza, de relajamiento, y una corbata, al contrario, me la da de doblez, de afectación y de ocultamiento. ¿Una tontería? Es posible, pero las percepciones funcionan así. Una corbata me produce una primera impresión negativa, hostil; que puede corregirse, desde luego: conozco excelentísimas personas que no se quitan la corbata ni locos (mi propio padre, entre ellos, que es un concorbata realmente exagerado) y sé de enormes cabrones que no se ponen una corbata ni cocidos de Rioja.

En fin, supongo que esta será una de esas luchas estúpidas que no debieran librarse nunca, pero que seguro que costará años y años quitarse de encima la intransigencia corbatista y buscar -para quien valore el asunto del vestir: yo sólo exijo estricta higiene y lo demás me importa tres cojones- un modelo de elegancia masculina que no pase por la rigidez, el reglamento y el uniforme.

Encima, en esa variedad habría pasta, negocio…

——————–

Paella tardía y de resopón. Como tarde diez minutos más en subirla, se me hace viernes, pero, en fin, aunque por los pelos, he cumplido. Así hemos pasado, pues, este primer jueves de julio y cotinuamos en busca del prósimo, que será día 10, san Cristóbal, patrono de los automovilistas, en la tradición católica, porque dicen que ayudó al niño Jesús a cruzar un río. Pintoresco. Pero un poco menos pintoresco que el hecho de que los colegios de agentes de la propiedad inmobiliaria se hayan puesto bajo la advocación de santa Teresa de Jesús… porque fundó muchos conventos. Vaya, por Dios: doctora de la Iglesia y figura importantísima en el pensamiento renacentista español y nos salió precursora del pelotazo ladrillero.

No somos nada.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Guillermo  On 04/07/2008 at .

    Ya lo dijeron los romanos que en esto de crear imperios eran unos maestros, “pan y circo”, dar esto a la muchedumbre y sobrara todo lo demás, y no es que se pretenda crear un imperio, ni de lejos, es mas humilde la pretensión pero no menos insidiosa se trata de crear espíritu nacionalista, eso si, nacionalismo central, que al fin y al cabo es un nacionalismo como los otros, que solo se creen las masas ignorantes a las que en su dia se les pedirá que mueran por esa idea y no lo duden un momento, y mientras tanto los fabricantes de patrias harán su negocio sin arriesgar sus vidas y mucho menos sus haciendas, y harán esos negocios justamente con los otros fabricantes de patrias los cuales a igual que los primeros están sentados sobre su montón de cadáveres de humildes comedores de pan y espectadores de fútbol aborregante.
    Con respecto a la corbata totalmente de acuerdo, yo creo que es un símbolo caduco, un signo de los tiempos en que los esclavos eran llevados al trabajo con una cadena al cuello, hoy ya no hace falta vamos nosotros solitos al trabajo y además en caravana, pero se ve que hay jefes que echan de menos aquellos tiempos.
    Ah, y no hay crisis es desaceleración..hace falta tener jeta, o ser muy memo.?? a que va a ser eso.

  • miguelc  On 05/07/2008 at .

    Parece que los seres humanos tenemos una especie de alergia mental a las gradaciones. Incluso en los tiempos actuales en los que campa a sus anchas el principio filosófico de relatividad, esta tiene que ser, eso si, una relatividad Absoluta.

    Y encima la coherencia lógica no es tampoco uno de nuestros puntos fuertes. Así vemos como las mismas personas son capaces de defender que todo es relativo … y al mismo tiempo totalmente blanco o totalmente negro.

    Y con esto me quiero referir al tema de nacionalismos sí o nacionalismos no.

    Por un lado, dicen: “El nacionalismo es malo, pero malo malo. No es sino una formula utilizada por “ellos” para sojuzgarnos a “nosotros”.

    Y por otro: “Ojo, no mezclemos, cuando digo que el nacionalismo es malo, malo, no quiero decir que TODO el nacionalismo sea malo, no, sólo es malo el tuyo, en cambio el mio tiene un espíritu blanco como la nieve, es una muestra de apertura mental, de democracia, de inteligencia, de progresía, y de una infinitud de cualidades éticas y morales”.

    Desde luego yo no se si es la LOGSE o la madre que la trajo, pero me parece que nos estamos entontizando a ojos vista, … y con ese nos me refiero a andaluces, aragoneses, asturianos, baleares, canarios, cántabros, castellano-manchegos, castellano-leoneses, catalanes, extremeños, … puf, se me cansa la mano, ¿está permitido decir “españoles” si pido perdón de antemano por la incorrección política y prometo por mi honor que uso la palabra sólo por su significado semántico y sin ninguna aviesa segunda intención?.

A %d blogueros les gusta esto: