Difuntos y cadáveres

De verdad, por más que me digan misa los Bautistas, los Guisasolas, y la Biblia en pasta, yo no paro de alucinar pepinillos, en serio.

Ya a finales del año pasado, como no había bastante con la tormenta del canon, los de la patronal de los videoclubs se entregaron al deporte de rasgarse las vestiduras por causa de la sempiterna y socorrida piratería. Por aquel entonces, cercanas ya las fiestas de Navidad, tuve incluso a la tele en casa, que me emplazó a declarar lo que considerara oportuno, en la eventual representación que ostento de la Asociación de Internautas, en respuesta al lloriqueo. Hoy, vía «Menéame» llego a la noticia de que los videoclubs de Vizcaya también lloran, como los ricos de las telenovelas casposas. Le lloran, mejor dicho, y le lloran, obviamente, al Gobierno y a la $GAE, y a la FAP, y no sé si también al Papa de Roma. Que la piratería les está llevando a la ruina.

Estos de los videoclubs, evidentemente, están buscando el chollo porque no es posible que sean tan burros como para creerse lo que están llorando. Fíjate en lo que dicen: «La situación es muy preocupante, vemos muy complicado aguantar el tipo; a las descargas ilegales se han unido las múltiples ofertas de venta de películas a bajo precio. Con esta situación los vídeoclubs cerrarán o tendrán que cambiar el modelo de negocio ofreciendo desde alimentos hasta otro tipo de servicios que no estén relacionados con el sector del cine». Bueno… ¿Y?

¿Qué pasa? ¿También a estos tenemos que subvencionarlos? Pero… ¿qué cojones es esto?

Vamos a ver: cuando decimos que el modelo de negocio de comercialización de contenidos de ocio por venta de copias se ha caído, está muerto, siempre o casi siempre pensamos en las grandes productoras discográficas; también, a lo sumo -y ahí sí, lamentándolo un poco-, en las pequeñas. Pero es que esto de los videoclubs está muerto desde muchísimo antes pero no por muerte del modelo de negocio -a eso ya no han llegado vivos- sino por muerte de un soporte, de un formato. Es que los últimos estertores del negocio clásico ya hace tiempo que superaron a los videoclubs: se vende -no muy gloriosamente, pero se va vendiendo- en formato digital.

Es verdad que todavía se venden DVD, pero solamente los compran dos tipos de público: los ocasionales clientes de gran superficie, poco exigentes (y menos por tres, cuatro o cinco euros que vale cada ejemplar) o que, casualmente, encuentran una peli que les hace gracia y encima por dos pesetas, y los cinéfilos que buscan películas de culto para ponerlas en su altarcito doméstico y encenderles incienso los domingos y fiestas de guardar y para conservarlas en un soporte duradero (aunque está por ver si lo que duran son los reproductores, pero en fin…). Los primeros, no pisan un videoclub y los segundos, quizá, pero eventualmente: el material que compran está en comercios muy especializados -que van mucho más allá del concepto «videoclub»- o incluso en la red.

El resto del personal ya no va al videoclub a ver qué encuentra -que es el espíritu habitual del videoclubista, casi comprando por kilos: dibujos animados para los niños, una o dos románticas para la parienta, dos o tres de tiros y una porno para él, hala, todo a la bolsa de plástico, cóbrame, niño, y arreando- sino que simplemente se suscribe a un servicio de televisión por satélite o por cable donde, una hora por otra, un canal por otro, siempre se encuentra algo apañadito para cualquiera de la familia. Este colectivo -que, además, suele solaparse en un 95 por 100 con el forofo calzoncillero- no utiliza redes P2P, menos lobos, caperucita, con lo que cansa eso de andar buscando cosas con la mula, quita, quita, eso es para chavales, yo, mi latica de birra y mi Chon Baine a la hora de la siesta y mi partidico para cenar en el descanso y que le den por el culo al Gobierno y a su padre. Y el del videoclub que rompa filas, no te jode…

Hace unos días, decía en Radio Nacional, delante precisamente de Xavier Ribas (y no sé si con Guisasola ya al teléfono, no me acuerdo), que aunque llegaran a eliminar las descargas de contenidos de redes P2P -cosa harto dudosa-, que se olvidaran, que el negocio del disco no volvería a ser ni remotamente como antes, que eso se había acabado como se acabó el siglo XX. Eso también lo he escrito varias veces. La gente ha cambiado el chip y nunca jamás volverá a comprar discos como antes; y nunca jamás volverá la industria discográfica a dictarle a todo el público lo que va a escuchar y lo que no va a escuchar. No sólo ha cambiado el modelo tecnológico, el modelo industrial y el modelo comercial: es que ha cambiado también el modelo de apetencia, el modelo de consumo y eso es más importante y más determinante que todo lo demás junto.

Si esto es así y así se les puede decir a un Guisasola o a un Bautista prácticamente de frente -por decirles estas cosas aún no te pueden meter una demanda, aunque vete a saber, según están los jueces- ¿qué no decirles a los del videoclub, que se han quedado aún más atrás?

Y ojo, que el nuevo modelo de adquisición de contenidos aún no ha explotado del todo: espera a que la TDT esté plenamente operativa y te puedan pasar por ella la peli que te guste y a la hora que te convenga, a tí solito. Ya se puede hacer por red y ya hay un chaval del Maresme que está sirviendo cntenidos de este modo. ¿Qué están contando, qué están llorando, señores de los videoclubs?

¿Qué quieren? ¿Mojar una parte del canon? Pues conociendo el paño, menudo es el Bautista -y resto de la peña- para cederles un mísero penique (¿que el penique no es moneda de curso legal? Pues más a mi favor). ¿Que se cree un canon al efecto para ellos solos? No sé si los sociatas van a estar por la labor, por más que toda la patronal videoclubera se ponga los dedos en forma de C sobre la ceja: el canon de verdad ha tenido un coste electoral cuya evaluación -que existe- es alto secreto, pero está ahí, es rigurosamente cierta y está computada con bastante aproximación; sólo faltaría andar ampliándolo a beneficio de más gente.

No me sorprendería, por otra parte, esa pretensión, la tengan de fondo o de superficie. Siempre hemos dicho, desde la lucha contra el canon, que si había que subvencionar a los titiriteros no había razón filosófica alguna que impidiera subvencionar a los demás sectores en crisis; justa y precisamente con la que le está cayendo a la construcción, les vendría -nunca mejor dicho- como agua de mayo.

En fin, que he visto en alguna película -no sé si alquilada o no en un videoclub: siempre he sido mal cliente de ese gremio- que la Biblia dice algo así como «Dejad que los muertos entierren a sus muertos» y esto es lo que tiene que hacer el colectivo este: enterrarse bien hondo y hacerlo con algo de dignidad y no venteando su ridículo patetismo por los siete mares.

Quizá consigamos que el Museu d’Història de Catalunya coloque, al lado de la recreación del bar de los años 60, con su botella de anís Machaquito y todo, una recreación de un videoclub de los años 80-90, porque más allá tampoco llegaron.

Y que descansen en paz, anda, que descansen en paz y que no jodan.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Jordi  On 14/07/2008 at .

    Me permito añadir a tu artículo que las bibliotecas públicas ofrecen una oferta excelente de material audiovisual. En mi caso, una vez por semana como mínimo me paso por la biblio del barrio y raras veces vuelvo con las manos vacías.

    Las discográficas también han perdido la guerra. Los grupos de pop y rock se curran su web y cuelgan sus temas en ellas. Hay que decir también que el pan se lo ganan en los bolos y no vendiendo discos. En este sentido, el ejemplo de Radiohead ha sido una patada en los webs para las discográficas.

A %d blogueros les gusta esto: