Filosofía parda en red

Cuando la red forma parte importante en la vida de uno, puede parecer que estar cuatro días fuera de ella es causa de un mono tremendo. Pues no. No, al menos, en mi caso: por más que digan psicomemos más o menos profesionaloides, Internet no engancha y me he tirado cuatro días sin ella tan ricamente. El jueves, por razón de mis ocupaciones, y el fin de semana -alargado al viernes a cuenta de moscosos porque, en Cataluña, Santiago no es festivo- visitando a mis hijas en el campamento segoviano en el que están pasando dos estupendas semanas. Excelentes alimentos, un clima que te regala unas noches maravillosas -ese frescor nocturno del Guadarrama…-, recordar en mis hijas la propia juventud… ¿cómo voy a echar de menos Internet?

No hay mono, desde luego, pero el regreso es de vértigo. Más de tres mil mensajes de spam en la bitácora esperando, afortunadamente ocultos a los ojos del usuario, a ser borrados, paciente y engorrosa operación que realizaré al final de la jornada de hoy; casi un millar de mensajes de correo electrónico, también en su inmensa mayoría spam, del que Thunderbird dará buena cuenta, pero aproximadamente un centenar de mensajes que leer, a su vez procedentes de listas de correo en su mayor parte, pero con unos veinte o treinta (así, a ojo) que habrá que despachar, es decir, considerar y responder. Más el correo de Google, que deberá esperar porque no es prioritario.

El lector de feeds abarrotado: casi dos centenares de entradas con contenidos nuevos en bitácoras, páginas web y demás que, también poco a poco, habrá que ir leyendo y considerando.

Y todo ello en un solo fin de semana, por más alargado que sea. En el último fin de semana de julio, cuando, hasta ese momento, la red ya parecía ralentizada. El año pasado estuve «cerrado por vacaciones» los diez primeros días de septiembre -nada menos que los primeros de septiembre- y el material generado no llegó al volumen que ha alcanzado en estos cuatro días de finales de julio (y uno de ellos, el viernes 25, festivo en media España). Al menos, en promedio diario.

Eso indica tres cosas: la primera, que me espera un trabajo bestial esta semana; la segunda, que la vitalidad de la red y de sus aconteceres es enorme e inextinguible (pero esto ya lo sabíamos ¿verdad?); y la tercera, que la red es imprevisible. Hay acontecimientos que te hacen esperar grandes follones y apenas generan algo de ruidillo; en otras ocasiones, no sabes por qué y pequeñas cosas levantan grandes oleadas de opinión. Lo mismo que una bitácora (y esto, seguro, lo convendrán conmigo todos los bloggers): hay día que escribes un artículo pensando «verás, verás la que se va a armar cuando la parroquia lea esto»… y nadie hace ni puto caso; al día, siguiente, por ejemplo, escribe uno lo que le parece una tontería, un simple ejercicio de grafomanía para pasar el rato… y se lía el belén: comentarios, enlaces, mensajes de correo electrónico… la intemerata.

Precisamente el sábado, almorzando en la muy apreciable arrocería del hotel (Tryp Comendador, en Los Ángeles de San Rafael, Segovia), me decía el maître que la noche anterior esperaban un lleno colosal y apenas tuvieron ocupadas dos o tres mesas; y que un restaurante cercano había contratado seis camareros de refuerzo (que está pronto dicho) para esa misma noche y que los tuvieron jugando al dominó. Yo, con aquella sabiduría sentenciosa del diablo que sabe más por viejo que por listillo, le respondí que si el comportamiento humano fuera previsible con precisión, la Economía sería innecesaria, no existiría.

Al final, la vida misma, en todas sus facetas, desde la del sin papeles más desesperado hasta la del millonario más sobrado, pasando incluso por la de los pequeñoburgueses de la nómina cada fin de mes, no es más que una gestión de riesgos en la que, encima, no siempre la retribución es proporcional ni al importe de apuesta ni a la gravedad del riesgo. Todos, incluso los más apalancados, estamos sentados sobre un palo de inseguridad que parece estar buscándonos, permanente y afanosamente, el agujero del culo. ¡Y cuántas veces lo encuentra a lo largo de una vida!

Afortunadamente, «El Incordio» es una ocupación gratis et amore y la gestión de sus riesgos es una preocupación que está muy abajo en la lista de prioridades: es algo destinado a darme la satisfacción de expresarme (algo que toda la propiedad intelectual del universo no motivará jamás por sí sola, ni a mí ni a nadie) sabiendo que unos cuantos van a acudir de propósito para leer lo que tengo que decir. Ese sí es un verdadero lubricante para el ego. Como cuando uno no escribe, les dice a sus fieles que tururú, que hoy os quedáis in albis y encima te jalean y te llenan el post frustrante con más comentarios que en uno lleno de contenidos.

Es que sois impagables, chicos. Snif.

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Comentarios

  • López  On 28/07/2008 at .

    Tienes trabajo para ponerte al día, sí. Pero olvidas mencionar algo muy bonito de internet. Si en lugar de estar cuatro días fuera resulta que estás 14 el trabajo de ponerse al día se vuelve tan inabarcable que, sencillamente, no hay que hacerlo. Marcas los feeds como leídos, buscas los cuatro e-mails importantes (esto sí genera algo de curro) y borrón y cuenta nueva.

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