Suicidas

Ayer, una nueva noticia -casi parecen recurrentes- de agresión de pareja (eso que los pisacharcos llaman violencia de género). Tal parece que ya no son posibles los telediarios sin que incluyan la reseña calzoncillera, la del picadillo de carne humana en un accidente de tráfico y la del tío que se carga a la mujer, a los hijos, a la suegra, a la cuñada, al canario o a todos ellos para, como fin de fiesta, arrearse a sí mismo un escopetazo.

Mal remedio tiene eso: ¿qué amenaza de prisión, qué orden de alejamiento, qué vigilancia policial sirve para algo cuando un señor tiene programado quitarse de enmedio, pero no antes de haber llevado a cabo una masacre?

La cultura occidental no sabe afrontar el suicidio finalista y reacciona con mucha furia contra ello. El kamikaze que gritándole vivas al emperador se lanzó contra el portaaviones norteamericano y mató a dos mil marineros de un único golpe, ignoraba que formaba parte de una cadena que llevó a la vaporización de Hiroshima y Negasaki. Es una afirmación quizá matizable: en realidad, lo que llevó al lanzamiento de la bomba atómica no fueron tanto los suicidas sino los que murieron abnegadamente pegados al terreno patrio -que no es lo mismo- causando tal mortandad entre los chicos, que llegó a calcularse en un millón de muertos el coste de la ocupación de Japón por medios convencionales. Pero como todo baile precisa música, los kamikaze suministraron la imagen terrorífica necesaria para que Truman no soltara dos bombas atómicas sobre seres humanos sino sobre malas bestias; y es que, con una buena propaganda, es fácil desnudar a la gente de su carácter de ser humano, bien por suicida, bien por judía, bien por lo que haga falta a cada momento. Ahí tienes a Karadzic y a sus chetnicks, para quienes los bosnios no constituían sino mera cabaña porcina.

Lo de las torres gemelas no hubiera sido lo mismo sin el suicidio de aquellos tíos. Si aquella atrocidad se hubiera llevado a cabo a lo etarra, es decir, con los terroristas lejos y apretando un botón, lo del 11-S hubiera despertado en los norteamericanos muchísima más indignación que espanto. Sabemos que fue al revés. Pero la indignación, cuando es colectiva, mantiene los mecanismos de contención y de proporcionalidad; el terror, en cambio, no. Sólo una sociedad aterrorizada se traga sin rechistar que sus muchachos se cepillen a los diez mil habitantes de una ciudad «por terroristas», como si el terrorista no fuera, por definición, un elemento restringido y -valga la expresión- selecto y pudiera haberlos, así, en masa, como si pudiera hablarse del XVIII Cuerpo de Ejército Terrorista. En una sociedad indignada pero no aterrorizada esto no cuela.

El ejemplo lo tenemos en nuestra propia casa. Nadie recela de un ciudadano vasco, en condiciones normales de presión y temperatura, aunque tenga cara de bestia, lleve una ikurriña cosida en la chupa y vaya con una mochila urbana; pero mira las caras de la gente en el metro como suba un musulmán con una mochila. Todo el mundo sabe que cuando el posible etarra lleva encima el posible paquete que contiene el posible artefacto es justamente cuando no hay peligro; con el moro o el indostánico (¡uy, si es indostánico aún peor!) nadie las tiene todas consigo y todo el mundo respira aliviado cuando viene el segurata y lo hace apearse mientras se piensa si llama a la poli o qué (como si el islámico no pudiera tirar de la anilla cuando el otro se acerca).

No existe la consciencia de que cualquiera puede ser una víctima de ETA en la misma medida en que puede serlo de Al-Qaeda; que se lo pregunten, si no, a las víctimas de Hipercor, por poner un simple ejemplo. Que la mochila que va a estallar bajo nuestro culo tenga al terrorista sentado a nuestro lado o apretando el botón dos manzanas más abajo es una cuestión puramente escolástica, pero nadie parece verlo así. Hay una especie de subconsciente que nos dice -irracionalmente- que el etarra puede ser disuadido, detenido o abatido y el islamista no. Por otra parte, el islamista tampoco se suicida ritualmente, sino sólo cuando es necesario: la única forma de cargarse dos edificios colosales como el Word Trade Center de Nueva York era hacerlo como lo hicieron; pero en nuestro propio y dramático 11-M, no se suicidó nadie (cosa que sí hicieron cuando se vieron acorralados).

Tenemos -teníamos, más bien- una cultura del sacrificio, del clavarse en tierra y decir de ahí sólo me sacan muerto y, en este contexto, todos los países occidentales tienen su tradición: el Álamo, Jartum, el Alcázar, Montecassino… Incluso se ha llegado cerca de lo que podría considerarse el suicidio, porque casi todos los ejércitos tienen su propia batallita modelo «tirad sobre nosotros, que el enemigo está dentro», pero eso sería más bien una especie de paroxismo del sacrificio heróico, nada que pueda tener que ver con el japonés que, en frío, de forma calculada, estudiada y premeditada, se encierra (materialmente: una vez cerrada la cabina, ya estaba dicho todo lo que había que decir) en un torpedo aéreo o el islamista que se ajusta un chaleco con quince kilos de explosivo después de haber grabado en vídeo su canto del cisne, papi, mami, me voy a echar un polvo con las huríes del paraíso, alegráos y aleluya, por Alá.

Volviendo al principio, muchas veces me pregunto qué puede provocar esa ira tremenda, esa sensación de vida destrozada -con culpabilidad atribuida al otro-, que lleva a matar a los hijos para que no sufran (imagino que lo harán por eso), qué drama vive ese [comúnmente] hombre que extermina a su familia y a sí mismo. Está claro que el hecho episódico es difícilmente evitable: prácticamente, nadie puede detener al que empuña la escopeta con la firme determinación de adjudicarse el último cartucho. Tampoco creo que sea fácil impedirle la barbaridad al fulano que no se suicida sino que, cometida la brutalidad, enciende un cigarrillo, va a la comisaría y, buenas, que me acabo de cargar a la parienta y a su puta madre, y a los críos no, porque están en el cole y los autobuses van como el culo, así que me metéis en la cárcel o hacéis lo que os dé la gana porque yo me pongo al mundo por montera.

La sociedad se ve impotente (mentira, no se ve nada: permanece completamente indiferente) para frenar esta matanza pero parece que los gilipollas al mando sólo saben engordar más -y mal- el código penal sin afrontar el problema en su raíz misma y la raíz está en que algo (la educación, la estructura de la familia, las leyes que regulan su disolución… en fin, algo) no está funcionando bien y en que, según me temo, la porquería políticamente correcta está impidiendo un análisis racional, cartesiano y distanciado de las causas que llevan a esta situación.

Mientras tanto, a la ministra miembra sólo se le ocurre poner anuncios en la tele induciendo a que llamemos mariquita y nena a los cabrones que cascan a su santa, como si hasta ahora les hubiésemos edificado monumentos; olvida, por cierto, explicarnos lo que hay que hacer o decir a las arpías -que no son pocas- que han arrasado la dignidad y la autoestima de su desgraciado compañero, como si la tortura psíquica fuera más soportable que la física. Pero claro, los machacados -e insisto en que son legión- que se buscan cualquier cosa que hacer después del horario laboral (pluriempleo, horas extra, voluntariado, lo que sea: los faltos de imaginación recurren a la taberna) con tal de llegar a casa lo más tarde posible para no aguantar el suplicio tantas horas, ésos no salen en los telediarios.

Y yo estoy por asegurar que las filas de los que empuñan la escopeta y acaban salpicando de sesos -propios y ajenos- toda la puta calle, se nutren, mayoritariamente, de esos parias.

¿Tú qué crees?

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Comentarios

  • Luis  On 29/07/2008 at .

    Suscribo todo menos el último párrafo. ¿En qué te basas para hacer esa afirmación con tantas implicaciones si te la piensas bien?

  • Javier Cuchí  On 29/07/2008 at .

    Buena pregunta. En realidad introduzco un elemento de incertidumbre: «Estoy por asegurar…»

    Es muy difícil establecer lo que ocurre dentro de cada casa. Pienso que acontecimientos tan graves derivan de traumas graves. Pueden ser -de hecho, creo que en no pocos casos son- reacciones de ira ante la frustración por el estado de postración jurídica, económica y familiar en que la normativa civil deja al hombre en caso de crisis matrimonial; esto es especulativo, lo reconozco, pero el hecho de que en la mayoría de los casos de agresión de pareja hay una crisis previa y unas medidas jurídicas en marcha, permite afirmarlo.

    Sin embargo tampoco es asumible que este sea el factor desencadenante en todos los casos; ha de haber más, más factores que lleven al transtorno psíquico. Sé de algún caso en que el apiolamiento psíquico del varón ha llevado al suicidio de éste -y más si concurren algunas otras causas, como dificultades económicas, paro, etc.- y de algún otro que, sin llegar al asesinato, sí que ha terminado en malos tratos muy graves de un sólo golpe.

    Asumido que existen cabrones que se guían por un concepto totalmente apropiativo y unilateral de las relaciones de familia, también hay que asumir que existen arpías que merecerían unos cuantos años picando piedra con una bola encadenada al pie.

    En lo demás, pocas afirmaciones -en ningún sentido- pueden tener base material porque pocos estudios rigurosos de amplitud suficiente y con garantías de imparcialidad se realizan o se divulgan. En el antepenúltimo párrafo he hecho alguna mención a esta circunstancia.

    Vamos a ciegas. Y esto es lo peor… después de la realidad.

  • REMO 88  On 30/07/2008 at .

    Estoy de acuerdo con lo de: la porquería políticamente correcta está impidiendo un análisis racional, cartesiano y distanciado de las causas que llevan a esta situación.
    Un dato del que apenas se habla es el de los suicidios de los hombres en este país, que se quitan de en medio en relación de 3 a 1 con las mujeres (parece claro que a nadie importan las causas de esto)..somos hijos de un Dios menor y por ende culpables por el mero hecho de haber nacido varón (el constitucional dixit)

  • ActorSecundarioBob  On 30/07/2008 at .

    Es un hecho comprobado, como dices Javier, que el estado de postración jurídica, económica y familiar en que la normativa civil deja al hombre en caso de crisis matrimonial es demencial en este país.

    Conozco algunos, y no pocos, casos de divorciados que están en la autentica ruina económica y con la moral por los suelos
    por las decisiones judiciales que en más del 95% favorecen totalmente a la mujer a la hora del divorcio.

    Te aseguro que si alguno de ellos llegara a realizar alguna de las cosas que a veces comentan, aumentaría aun más el numero de muertes.

    Ah! y son gente con estudios medios y superiores, no pobres analfabetos sin cultura.

  • miguelc  On 30/07/2008 at .

    ¿Investigar? Pero que tontería, con lo fácil y democrático que es decidir por consenso (Virgen de la Macarena, ¿no será que somos unos antidemócratas y unos fach…?).

    Lo que habría que hacer es que el Parlamento determinara las causas por votación.

    …Y por si alguien no se ha dado cuenta:

  • Jorge Delgado  On 31/07/2008 at .

    Me has leído el pensamiento. Hace poco comentaba yo en casa que por mucho que se endurecieran las penas, a esos que se suicidan luego de arrasar con la familia les importa un pito todo.

    Y también me preguntaba cuantos de esos son maltratados y no maltratadores…

  • Guillermo  On 04/08/2008 at .

    En mi opinión, una parte de los casos que se dan (no sabría decir en qué proporción) se debe a una situación de injusticia o indefensión hacia el varón por parte del sistema judicial, al que en muchas ocasiones se deja en un estado de economía de subsistencia con el agravante de criminalización. Y, si, también hay mujeres maltratadoras, las cuales no son identificadas quizás porque lo son en el plano psicológico, y no usan la fuerza física.
    Y muy bien el comparar esta situación a la del terrorista islámico al que le importa tres leches el reventarse con una bomba si con ello se lleva por delante a unos cuantos infieles, porque lo único que tiene que perder es una vida de miseria y la promesa de otra vida mejor allá en el paraíso con cien vírgenes para el solo (pobre, no sabe lo que le espera), comparando ambas situaciones es mucho más crudo la del individuo que decide acabar con todo sin la promesa de este paraíso.

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