Sir Tim y el futuro

Nunca me ha hecho especial gracia la Campus Party. Cuidado: lo digo sin acritú, como decía aquel, en el sentido de que no tengo nada que objetarle al acontecimiento, pero que no es mi tipo de evento, creo que allí me sentiría como un pulpo en un garage, lo veo como una especie de convención del consumismo digital más desaforado y por eso recibe tanta carraca mediática (por eso y porque van miles de tíos), en tanto que otros acontecimientos, mucho más importantes desde mi punto de vista, transcurren entre la más absoluta indiferencia plumiferil. Y dicho sea todo ello sin perjuicio de mi admiración por los que han levantado todo este tinglado, empezándolo hace unos pocos años con cuatro y el cabo, como aquel que dice: aplaudo y alabo su esfuerzo, su dedicación y su indiscutible capacidad y celebro, por tanto, todos los beneficios materiales y personales que obtengan de ello.

Pero leo hoy en «El Periódico» una cosa que, no siendo del todo sorprendente en la Campus Party, tiene un valor de síntoma que creo que está marcando la diferencia entre el presente y los que ya pueden ser llamados apropiadamente viejos tiempos (y que ojalá no haya que llamar nunca buenos tiempos): Tim Berners-Lee, mítico padre (uno de los padres, maticemos) de Internet ha pronunciado un discurso, conferencia o como queráis llamarle, rodeado de la más absoluta indiferencia. Según la noticia, mientras en la habitación de al lado, como quien dice, más de seis mil tíos se dedicaban a la descarga compulsiva de averigua qué, el más considerado y reverenciado gurú de la red apenas reunía en torno a su verbo florido a unas cien personas, la mayoría de ellas periodistas o representantes de empresas tecnológicas. Suena increíble.

Pero es así y es un signo de los tiempos.

Hace poco, comentaba en una tertulia de amigos cómo ya no hay chavales de catorce años que fueran unos cracks con los ordenadores. Los hay aún, claro, unos cuantos, pero ya no puede decirse que eso constituya una característica generacional como lo fue cuando los treintañeros de hoy eran granujientos adolescentes. Por supuesto, no hablo de ejércitos masivos de hackers al estilo del protagonista de «War games» -que fue una caricatura cinematográfica, aunque algunos casos hubo de algo parecido-, pero sí de chicos de catorce o dieciséis años que conocían los recovecos del PC mucho mejor que los pasillos del cole, que manejaban los comandos de M$-DOS como si no hubieran hecho otra cosa en la vida y para los cuales la complejidad de las redes y de los sistemas del más alto nivel eran desafíos apasionantes. Una vez madura, a esa generación debemos, entre otras cosas, el software libre, la comunidad que ha llevado a GNU/Linux -como buque insignia de una grandísima flota de excelentes productos informáticos- a ser lo que es hoy. Pero hasta ahí.

Para los quinceañeros de hoy, el ordenador ya no es una máquina de culto, es como el plumier para los de mi generación escolar, algo que te gusta tener arregladito y chulo, algo, incluso, de lo que te irrita carecer, pero que en eso se queda, en un artículo para el cole; en eso y en herramienta para gestionar el messenger, las descargas de música y la navegación (pura y simple, sin complicaciones ni experimentos) por Internet. Los chavales y los adolescentes de hoy van colgados de las videoconsolas, de los MP4 (iPod o sucedáneo) y de los móviles.

No hay que escandalizarse, los ciclos vitales y tecnológicos funcionan así y ha sido así siempre: la cualificación del operario de una tecnología es inversamente proporcional al desarrollo de ésta y la máquina que hoy maneja un doctor en Física, dentro de veinte o treinta años la utilizará con una sola mano y mirando al tendido un chaval con el primer ciclo de formación profesional.

Así las cosas, incluso los asistentes a la Campus Party constituyen una excepción, son bichos raros en su propia generación. Encajan en ésta por la parte del acopio compulsivo de material digital de todo tipo, pero desentonan en todo lo demás y, esencialmente, en el uso creativo -incluso inteligente- de la maquinaria que manejan (que es, casi en su totalidad, el ordenador). Y siendo, como parece que son, seis mil, no creo que representen a un sector de su generación sino que son el propio y prácticamente entero sector. Siendo, como son ya, una rara excepción, si en Valencia hay seis mil, pocos habrán quedado en casa. Y por eso me atrevo a vaticinar -sin placer, pero sin excesiva angustia- que la Campus Party está en su cénit, está tocando techo o va a tocarlo en próximas ediciones. A menos que evolucione, que se recicle y se adapte a los hábitos de las actuales generaciones y de las próximamente venideras, es decir, a menos que cambie muy significativamente de orientación, la Campus empezará a ir hacia abajo en próximas ediciones.

Lo de Sir Timothy ha sido, más que un simple aviso, todo un trompetazo de por dónde están yendo los tiros ya ahora mismo; para quien quiera verlo, claro. La época del hacker ha muerto. Siempre los habrá, por supuesto, como siempre habrá forofos de la tecnología del automóvil pese a su cotidianización y al poco valor que damos a su mero uso como conocimiento tecnológico, de la misma manera que la popularización del teléfono móvil no ha acabado con los radioaficionados de casta (aunque sí ha hecho polvo muchas redes de dos metros), pero lo que sí se ha terminado es aquella idealización tecnómana del ordenador que hoy maneja como si nada -bueno, más o menos- hasta el encorbatado más tecnolerdo.

Me preocupa, quizá, no tanto la evolución de las cosas -que frecuentemente lleva a propuestas aún más apasionantes- sino el sentido en que se produce la evolución en este ámbito. El hacker era un individuo por naturaleza curioso, apasionado y, en su ámbito, comprometido, incluso luchador; no veo que esos valores -que es lo que, a plazo histórico, interesa verdaderamente- se estén proyectando sobre las nuevas tecnologías. Que el ordenador sea algo tan eminentemente práctico y poco llamativo -en lo que respecta a sus tripas tecnológicas- como el televisor, no es algo intrínsecamente malo: lo que sí me parece malo es que aquel instinto creativo que despertó y desarrolló no se haya proyectado en otras tecnologías, no haya sido heredado por éstas.

Pero me consuelo pensando que, en mis épocas juveniles, lamenté la pérdida de valores que parecía implicar el abandono generacional de las actividades de aire libre (montaña, excursionismo, campamentos juveniles), desplazadas por la naciente tecnomanía, hasta que pude constatar cómo esos valores -obviamente evolucionados- se desplazaban a su vez hacia la tecnología (y vuelvo a citar al software libre como prueba más palpable de ello); quizá me hallo ahora en ese ínterin en el que lamento una pérdida de valores sin acertar a ver todavía que no existe tal pérdida sino que, en su evolución, se desplazan a otros centros de interés. Ojalá, ojalá… Aunque no deja de ser cierto que, hoy por hoy, todavía no acierto a percibir ese desplazamiento al que, en el mejor de los casos, cabe considerar como al valor en la mili: se le supone.

El futuro, como siempre, apasionante… con tal de que no acabe siendo negro.

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Comentarios

  • Jordi  On 30/07/2008 at .

    Si este año a sido Tim Berners-Lee, otro año fue Vincent Cerf y así suma y sigue. Hoy en día, este tipo de conferencias importan poco o nada, la gente (el 95% son adolescentes) están en la “party” para jugar, descargarse lo-que-sea, hablar por messenger y escapar unos días de las ataduras de los padres. Ni más ni menos. No le demos más vueltas.

    Para los más puritanos puede que sea algo interesante, pero este esta gente no mueve masas. Que estamos en un evento técnológico de primer orden (no olvidemos que es la más grande mundialmente),
    no lo ponemos en duda, pero no deja de ser eso, un acontecimiento en el que la gente sigue haciendo lo mismo que en casa, pero junto su panda de amigos.

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