Miscelánea estival 2008 (I)

Tito, para que lo sepáis, es un luchador de lo cotidiano. No aspira a grandes revoluciones -bueno, quizá también-, pero lo suyo es el día a día; es un rebelde con muchas causas y es un rebelde hasta de sus propias causas y a la hora de subirse a la mesa y empezar a clamar -declamando, que también es lo suyo- por levantar barricadas contra esto o por lo otro, es el primero. Tanto es el primero que, a veces, hasta se adelanta a la hora prevista. Lo conozco desde hace… no sé, veinticinco, quizá treinta años y siempre lo he visto subido a una mesa o buscando una mesa a la que subirse.

Luchador sindical infatigable, de los que asumen riesgos, de los que le cantan las verdades del barquero al lucero del alba, ha andado por varios sindicatos -unos de ellos, el mío- y como no se calla, ha ido dando trompicones hasta que sólo se ha sentido a gusto en uno: el que ha fundado él. Funcionario no sé cuántas veces expedientado -por la cosa esta de los cantos y de las verdades-, jamás se ha arrugado y cada palo que le dan -frecuentemente desactivado por los jueces: es apasionado, pero no tonto y sabe por donde pisa- sólo ha servido para que él intensifique el fuego.

Ahora está de baja. En uno de los campamentos juveniles que él dirigió a principios de verano -en el que, precisamente, se estrenó mi hija mayor como premonitora- se dio un zapatazo y se rompió no sé cuántas cosas en las piernas (no resignó la dirección de la actividad: muletas, escayola y adelante a toda máquina). Pero que esté de baja no quiere decir que esté desactivado.

En la finca donde el vive, la Generalitat ha cometido un despropósito gordo: se ha puesto a construir a medio metro (sí, señor: 50 centímetros) de una de las fachadas, de tal forma que ha tapiado prácticamente algunas ventanas de la planta baja. El administrador está de vacaciones, los cargos de la comunidad de propietarios están de vacaciones y las afectadas son unas cuantas ancianas bastante indefensas. No problem: si está Tito ahí, esto es la guerra. Esta misma mañana, en este mismo momento, Tito, con sus muletas y la ayuda de compañeros del sindicato se habrá encadenado en las obras, reclamando la retirada del murallón. Nos lo anunció ayer por la tarde, despidiendo a mi hija (y a otros doscientos chavales: luego hablo de ello) a pie de barco.

No sé si lo conseguirá. Ojalá que sí, ojalá que lo logre (no es, en absoluto, un perdedor: sabe ganar batallas) y hasta se me escapa una sonrisa debajo del bigote cuando pienso en la unidad administrativa a cargo del asunto, con un técnico de guardia, la leche, la leche, la leche, 4 de agosto, se me ha encadenado un tío en la obra y a ver qué hago yo ahora, con el director y el subdirector de vacaciones y yo aquí solo con el ordenanza…

Tito, probablemente, nunca estará al servicio de los magnos objetivos de una gran ONG; no porque los desprecie -en absoluto- sino porque no es su modo de combatir, de hacer, de funcionar. Lo grande de Tito es que nadie está nunca solo ante la injusticia o el abuso si él está cerca. Por eso me encanta que sea uno de los preceptores de mi hija y que mi hija esté, a su vez, encantada con él.

Si hubiera mucha gente como Tito capaz de motivarse, de movilizarse y de jugársela simplemente por sus vecinos, sin necesitar grandes y espectaculares oprobios bélicos o hambrunas de telediario, este mundo o, cuando menos, nuestro pequeño mundo cotidiano -el piccolo mondo del que hablaba Guareschi- sería muy distinto y, desde luego, mucho mejor.

A ver si, además, hace escuela. En ello está.

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Domingo al atardecer. Van llegando autocares. Chavales de toda España: Madrid, Castilla y León, Galicia, Aragón, Cataluña, desde luego… Mochilas enormes amontonadas como en una gran fagina junto a la estación marítima. Gritos, abrazos, canciones. Doscientos muchachos preparándose para embarcar rumbo a un campamento en alguna parte de Mallorca donde dedicarán tres semanas a formarse en diversas especialidades como educadores de tiempo libre. Otros tantos, más o menos en esos momentos, procedentes de otras regiones, estarán haciendo lo propio en Denia, con el mismo destino. Allí coincidirán todos.

Tres semanas de estudio, de esfuerzo y, por supuesto, de diversión, de convivencia y de camaradería en el servicio y en la tarea común.

Nuria, mi hija mayor está entre ellos. Hecha un matojo de nervios, con la ilusión de lo que hay por delante, la alegría desbordada, va abrazándose a los amigos de ya hace algunos años a los que sólo ve de verano en verano y en alguna otra ocasión especial de un año para otro, pero con los que se comunica casi a diario gracias a la maravilla de la Red.

Mi mujer y yo, como tantos otros padres, contemplamos la escena con una condescendencia que no pretende sino disimular nuestro orgullo interior. Pienso -lo pienso muchas veces, ante escenas como esta- que mientras tanto cagamandurrias, tanto mindundi de espíritu y tanto sinvergüenza se dedican a medir milimétricamente la altura del campanario de su poblachón infecto para ver si es más alto que el del poblachón infecto de al lado, mis hijas -la pequeña también- tienen un amigo a menos de cien kilómetros de cualquier punto del mapa de España sobre el que aleatoriamente pueda ponerse el dedo.

Miro a la popa del barco que va zarpando. Tengo todavía mucho que hacer en esta vida pero, de alguna manera, ésta ya está edificada, encaminada; mi obra cubrió aguas hace ya muchos años. Nuria y sus compañeros, en cambio no miran a popa, detrás de la cual quedamos nosotros, sino al frente, a proa, izando su vela de aventura disponiéndose a ganar su propio barlovento.

En su día, yo ya tuve mi ración. Pero, coño, qué envidia…

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Hasta aquí hoy. Cedo paso a las importantes preocupaciones que agobian a este país en este casi primer día hábil de agosto, a saber: ¿Se resolverá el misterio del gourmet desaparecido? ¿Tardará mucho Nadal en llegar a ser el número uno de la no sé qué?

Estoy que no cago con este sinvivir.

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