Miscelánea estival 2008 (II)

Leo una entrada en «Mangas Verdes» que, a su vez, me lleva a otra de Eduard Punset cuyo título sostiene que la infelicidad es el precio que pagamos por ser libres. Recomiendo, por supuesto, la lectura completa del artículo de Punset que a mí me sirve de pretexto para este segundo apunte veraniego porque, curiosamente, anteayer mismo tuve una conversación sobre este tema.

Procedente de Aragón, llegó un amigo de mi hija que tenía que embarcarse con ella (y con otros doscientos) hacia el campamento balear al que ayer hice referencia, y al chico lo acompañaba su madre y el marido de ésta, un rumano de vida muy azarosa y, claro, acaparador de experiencias interesantísimas, sobre las que estuvimos departiendo durante el almuerzo. En un momento determinado, él comentó, de pasada y dentro del contexto de la conversación, que en su país muchísima gente -él la cifraba en más del 70 por 100- añoraba la dictadura (Ceaucescu y compañía, ya sabéis). Yo le respondí que aquí también hay gente, no poca, que añora el régimen de Franco; no en una proporción tan grande como en Rumania (han transcurrido muchos más años y la gente envejece y muere y los que vienen detrás ya no conocen de ciencia propia) pero sí una cifra sensible. Sin salir de mi propia familia -incluyendo en ella la de mi mujer- necesito algún dedo más de los que hay en una mano para contarlos.

Y, tras constatar que en Rusia hay también algo de eso en cifras parecidas o no, pero también importantes, nos lanzamos a una especie de etiología de las dictaduras. ¿Cuál es el secreto de que algunas dictaduras -sobre todo europeas- se llegaran a eternizar en el tiempo y suscitaran tanta adhesión mientras existieron pero también -lo que es más interesante- cuando desaparecieron? Y nuestra conclusión, navegando por otros mares y con otros barcos, nos llevó al mismo puerto que a Punset: porque son cómodas y seguras.

Transcurridos los primeros períodos netamente represivos de eliminación de adversarios y de meter en cintura a la ciudadanía, las dictaduras de largo plazo entran en una segunda fase que tiene dos vertientes: la primera, la de establecer un modo común (ahora explicaré eso), y la segunda, la de asegurar las necesidades básicas del ciudadano. Por supuesto, cada dictadura lo hace de un modo distinto: Stalin o Ceaucescu funcionarizaron a toda su ciudadanía y le suministraron a dosis exactas vivienda y alimentación (este amigo me contaba que en cuanto uno se quería casar, el Estado le proporcionaba vivienda en menos de tres semanas); Franco lo hizo combinando una economía capitalista con una corresponsabilización empresarial; la empresa no contrataba a un trabajador: se casaba con él. A cambio, nada de problemas sindicales -que no vinieran del sindicato del Régimen, ante el que las grandes (y no tan grandes empresas) estaban blindadas- y barra libre para especular aunque, eso sí, a precios tasados (la famosa renta limitada) porque había que erradicar la carestía de la vivienda.

Lo del modo común, al que hacía referencia antes, constituye una expresión mía -quizá poco ortodoxa- para la que los sociólogos tendrán probablemente alguna más precisa y hago referencia con ella a una especie de uniformización de usos y costumbres sociales bajo un modelo determinado. En el caso de Franco fue el católico y todo el ceremonial católico pasó a regir de tal manera que lo que hasta entonces habían sido usos y costumbres generalizados -no hay que olvidar que la gran mayoría de españoles era de confesión católica- ingresaron en cuerpos legales hasta el punto que hasta los que no llegaron a ser consagrados por el imperativo legal parecían obligatorios como por omisión. En el caso franquista, concurrieron adicionalmente dos situaciones que acentuaron aún más lo que, en versión comunista, sucedía en otras dictaduras europeas: el poder doméstico -pero con fuerte proyección externa- de la beatorra esposa del dictador y la diversidad regional española, algunos de cuyos aspectos Franco se propuso aplanar.

Esto generó -cuestiones estrictamente políticas aparte, que son otra canción- unas exclusiones tremebundas: pensemos en minorías como los evangélicos, no digamos los ateos y no hará falta extenderse mucho sobre lo muy putas que las pasaron los homosexuales. Porque el problema es que el deber ser católico impregnó a la sociedad entera y casos -rarísimos, obviamente- como matrimonios casados exclusivamente por vía civil eran tenidos como algo tóxico que había que mantener lejos, igual que un enfermo contagioso. Y cabe pensar, igualmente, en las consecuencias profesionales y sociales que la pertenencia a tan minoritarios y marginales colectivos podría acarrear.

De pronto cae la dictadura; porque alguien la tumba, como sucedió en Rumania o porque se muere sola, como ocurrió en España. Lógicamente, se produce una evolución hacia sistemas geopolíticamente más comunes -con más o menos sacudidas- y, de pronto, la ciudadanía, incluso la que había sido poco afecta al régimen, se da cuenta de que ha de autorresponsabilizarse de su propio destino y de sufrir en carne propia las consecuencias de sus errores o de sus carencias. En España coincidió con la llegada de la crisis del petróleo de los años 70 que, además de afectarnos directamente, provocó que los países que habían acogido a grandes masas de emigrantes españoles y que también fueron víctimas de la misma, devolvieran al remitente -y prácticamente de golpe- a un millón y medio de españolitos, dos terceras partes de los cuales constituyeron aquel famoso millón de parados ya no estructural sino encallecido y enquistado en nuestras estructuras económicas y que, de algún modo, aún colea; y hasta entonces, esto del paro aquí había sido cosa de marginales, poco menos que de vagos y maleantes. Recuerdo también el trauma de la instauración generalizada de la declaración de renta, en un país con unas infraestructuras africanas que hubo que poner a nivel europeo a la voz de ya, donde esto de los impuestos era cosa de empresas y de ricachones; a los asalariados se les retenía una nimiedad a la que nadie hacía caso y aire: alguien ya se ocupaba de que, aunque fueran pocas y malas, se fueran haciendo carreteras.

Y, encima, el deber ser general de obligatorio cumplimiento también se vino abajo. Eso, aunque no tan mal tolerado, también desencadenó reacciones furibundas (sobre todo por parte de quienes no fueron en absoluto obligados a abandonar ese deber ser en lo personal y familiar).

Efectivamente, las dictaduras son cómodas para quien no quiere más que el comedero y más cómodas aún si el modo inherente responde a la tradición sociofamiliar de uno. El problema de la dictadura acontece cuando uno aspira a algo más, aspira a ser un ciudadano, aspira a ser dueño -de la mano de los demás conciudadanos, lógicamente- de los destinos del país, aspira, en definitiva, a ser libre. Porque el problema choca con la vacuna que Franco exponía indisimuladamente y con todo su morro: «Haga como yo -decía-: no se meta en política».

No me sorprendió nada aquella manifestación multitudinaria del 20-N de 1985, el décimo aniversario de la muerte de Franco, con el ingreso en la Comunidad Europea ya firmado el mes de junio anterior y ejecutorio a partir de enero siguiente, que aterrorizó a Europa entera (a mí me pilló en Italia y fui testigo de ese temor): «¡Un millón de fascistas en Madrid! ¿Qué hemos metido en la Comunidad?». No eran fascistas (el fascismo español de los ochenta -si pudo llamarse propiamente fascismo- no pasó de un diputado en su mejor legislatura); ni siquiera nostálgicos. Eran ciudadanos cabreados porque se habían visto obligados a ser dueños de su propia vida, a ser coherentes con su propia ciudadanía, a estar a las duras y a las maduras. Y lo de las duras, no les gustaba nada, y menos cuando venían de verdad: preferían la jaula porque en ella no sólo comían cada día, sino que, además, cada día sabían que al siguiente también comerían. La seguridad de comer como algo más importante que comer mismo, el paradigma gregario del sometimiento.

Cuando clamo en esta bitácora lamentándome de este bochorno de ciudadanía desactivada que sufrimos, olvido a veces cuál es parte de su causa. No toda, claro; es verdad que en algunos aspectos -y en el sociológico sobre todo- se está regresando a parámetros propios de una dictadura aunque el disfraz aún aguante la apariencia constitucional y democrática. Pero es cierto que ahí sí que cabe hablar con propiedad de una herencia del franquismo que aún perdura treinta y tres años después de su final.

El típico dilema del inversor -comer bien o dormir bien- casi siempre se resuelve a favor de lo fácil y de lo seguro.

Y así nos luce el pelo.

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Comentarios

  • Ángel Bacaicoa  On 05/08/2008 at .

    Serán los calores estivales (y los viajes de hijas) pero algo casi idéntico me sucedió a mi la semana pasada. Y, otra vez, casi llegué a las mismas conclusiones que usted. Con la diferencia de que estoy seguro de no ser capaz de exponerlas con su claridad habitual.
    Que siga llevando usted tan bien el verano (que por lo que conozco de Barna debe ser “tela”)

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