Con vergüenza y sin ella

Lo de los juegos calzoncilleros que mañana se inaugurarán en el país de los hijos de Mao es una de las más claras muestras de la hipocresía internacional, del doble rasero y de la ley del embudo. Nada sorprendente, por otra parte: el calzoncillo no es sino un espectáculo como otro cualquiera que, en distintos niveles, según la categoría de la producción, constituye desde un negociete hasta una multimillonaria fábrica de ingresos que apetecen las multinacionales y que se observa atentamente desde las cancillerías. No es más que eso y unos cuantos millones de tontos del culo medio pasmados que se creen que porque un gachupín de su país salta más alto que el capullo de la frontera vecina, su raza ya es más machota y más privilegiada, con lo que el pobre imbécil es compelido -sin apenas enterarse- a un ejercicio de nacionalismo de raíz claramente nazi. De modo que tampoco hay que hacerse de nuevas cuando constatamos que esos fastos están desprovistos de toda ética y de toda vergüenza.

Por lo demás, leía hoy, por ejemplo, que la selección española puede batir el récord de las 22 medallas alcanzadas en Barcelona’92. Bueno ¿y qué? Que alguien me explique -en términos racionales, no en rebuznos de perfecto gilipollas- qué ganamos realmente si los tíos esos levantan más de 22 galardones o qué mundo se hunde si -como es más habitual- hacen el ridículo y no alcanzan siquiera la mitad. Pongo por caso.

El éxito nacional de estas cuchipandas sólo reside en que el país beneficiario de más galardones indica que tiene más pasta para liberar -en términos ocupacionales- a más analfabetos para que se dediquen en exclusiva a la cosa de correr, saltar y demás excentricidades. Pero, negocio aparte, no veo qué puede indicar eso que no indiquen puntualmente las muy exactas cifras que periódicamente nos suministra el Instituto Nacional de Estadística y sus hermanos menores de ámbito autonómico.

Hasta aquí, lo que se puede decir de cualquier acontecimiento de estos de proteína sudorosa (y presumiblemente maloliente) en competencia nacionalista.

Lo del festejo chino es otra cuestión. Recuerdo que muchos años atrás, en época de Reagan, el mundo occidental, liderado -cómo no- por los Estados Unidos, llevó a cabo un boicot contra la crápula del calzoncillo que en tal ocasión correspondía celebrar en Moscú, capital de la entonces Unión Soviética. El pretexto fue que la Unión Soviética no respetaba los derechos humanos, que sostenía un régimen dictatorial y opresivo en el que las libertades más básicas estaban vedadas a su ciudadanía y donde la pena de muerte, ejecutada muchas veces sin previa formación de causa o tras juicios nada homologables, funcionaba a toda máquina. Loables y nobles pretextos que, efectivamente, lograron deslucir la cosa. Incluso creo recordar que la banda española del ejercicio este de hacer pasar pelotas por un aro que está alto, logró algún galardón de cierta importancia pero ni siquiera la ensordecedora fanfarria torocoñaquera que se montó al respecto consiguió ocultar del todo la incuestionable realidad de que si hubiera competido el gang norteamericano (y otros que tampoco compitieron) otro gallo hubiera cantado.

En aquel entonces, el boicot olímpico era, según parece, puro activismo humanitario y los esfuerzos frustrados de los doloridos atletas quedaron como artículos para el consumo de tan noble causa (a lo cual, por cierto, no tengo nada que oponer: si se frustran, que se jodan).

Pero con los hijos de Mao, las cosas han ido por otros derroteros. Los hijos de Mao, sostienen una dictadura brutal y opresiva que no sólo tiene oprimido a su propio pueblo sino también, de propina, a otros más; aplican la pena de muerte a mansalva -también con frecuencia de maneras jurídicamente poco apropiadas- y el número de tiros en la nuca se cuenta en magnitudes de millar; las ejecuciones son, incluso, colectivas y en algún caso, francamente masivas: alguna cosilla hemos llegado a ver por la tele a la hora de cenar, que es el mejor momento para ver cómo desnucan simultáneamente a treinta o cuarenta tíos de sendos balazos. Por no hablar de la censura brutal que aplican desvergonzadamente incluso a la propia prensa asistente al evento de marras. ¡Y encima -esto sí que es verdaderamente grave- son poco respetuosos con la propiedad intelectual!

Pues a la calzoncillada china no ha habido forma de hacerle el boicot, mira por dónde… Parece que aunque en China mande una dictadura roja igual -o quizá peor- que la que había en la extinta URSS, unos cuantos de por acá -por acá, o sea, por el mundo noroccidental- hacen buenos y grandes negocios con los rojos en cuestión y, por tanto, parece que sí, que el esfuerzo y la ilusión de los atletas -lo decía ayer el propio Bush con todo su morro- pasa a primer plano. Con lo que se han esforzado esos chicos, no vamos a fastidiarles el invento por más que Amnistía Internacional, Reporteros Sin Fronteras y montones de organizaciones humanitarias hayan pillado el gran globo con toda la razón del mundo. Pelillos a la mar, que todo se andará. Y la banda de pijos esta, el COI, que nada, que pelillos a la mar también, no faltaba más. Y para mayor escarnio en castellano, el cabecilla del invento español, el COE, que le llaman, diciendo que, efectivamente, ahora no toca. No me venga usted a tocar los cojones con lo de las libertades civiles y con los derechos humanos, coño, que estamos ocupadísimos con cosas importantes de veras.

Ya.

En fin, a aquellos tenemos algo de vergüenza siempre nos queda el ejercicio del derecho al pataleo (vedado, por cierto, a los chinos) y se han organizado algunos actos, actos que no pasarán de ser testimoniales (no participará un millón de personas como los de la plaza de Colón, pero es que aquello sí que era importante) pero no hay más cera que la que arde. Los madrileños decentes pueden ir a entonar el cagontó frente a la embajada china (c. Arturo Soria, 113) a partir de las 13:00; de mañana, por supuesto. Casi no hay ni que decir que serán cuidadosamente fotografiados, de modo que ojo con acercarse a China en el futuro, que ya se sabe cómo las gastan los regímenes amantes de la libertad y del esfuerzo de los deportistas.

Y a los demás, a los que, aún teniendo algo de decencia, no podemos ir a que los servicios represivos de la dictadura china nos hagan la foto, siempre nos queda la cibermanifestación organizada por Reporteros Sin Fronteras (organizadores también de la movida preencial de Madrid y de otras capitales, esencialmente europeas).

Por lo demás, pasando de ver por televisión la menor manifestación de esa abominación. Cosa que, para mí, no es ningún sacrificio porque yo, de eso del calzoncillo nacionalista, paso sistemáticamente, aunque se celebre en la mismísima Suecia. Así, de paso, en esta concreta ocasión, me ahorraré el inmenso bochorno de ver al correspondiente miembro de la familia real española en la tribuna de honor de la ceremonia inaugural, haciéndoles el paripé a un montón de opresores y de asesinos.

Qué asco.

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Este agosto, ya entradito, estamos pudiendo comprobar cómo la gente está diversificando mucho su calendario de vacaciones. Y no pocos de los que las están haciendo, en términos laborales, no las están disfrutando en términos turísticos, es decir, no han salido de la ciudad; entre los que ya han sido arrollados por la crisis y aquellos a los que aún no les ha pillado el toro pero ya han puesto las barbas a remojar, hay un buen puñado de ciudadanos que traen contento al sector turístico. No hay más que mirar las calles: no se ven -ni mucho menos- los huecos de otros años en las filas de coches estacionados y si la densidad del tráfico ha disminuido -aunque tampoco exageradamente: sigue habiendo hule en las rondas a primera hora de la mañana, por ejemplo- se debe más bien al cierre de colegios, guarderías y centros de ocio infantil vacacional o a la presión del precio de los combustibles, que a una igual disminución real de la movilidad urbana. Barcelona no experimenta, ni remotamente, aquella desertización de otros años quizá ya lejanos no tanto en la memoria como en la realidad.

Todo esto, que es notorio para cualquiera que tenga ojos en la cara, no lo es para nuestro ínclito alcalde y menos aún para los genios MBA que con tanto acierto y mayor satisfacción ciudadana gestionan Transports Municipals de Barcelona. Así que han reducido drásticamente, como es costumbre, el transporte público de superficie; y como el verano es época de hacer obras porque no queda nadie en la ciudad, pues se cargan media docena de estaciones del tramo central de toda una línea de metro a la salud del intercambiador de Diagonal, que tantas alegrías está dando a los comerciantes de la Rambla de Catalunya; y como la dicha es buena y la casa potente, para acabarnos de reir cierran también medio Paseo de Gràcia, siempre por las obras del intercambiador de marras. Que no decaiga.

Aquí, los únicos autobuses que circulan a enteros puñados son las tocineras de guiris, oficialmente conocidas como «bus turístico». En lo demás, las marquesinas están abarrotadas de ciudadanos apiñados en un vano intento de protegerse de un sol de justicia, a la larguísima -eterna- y paciente espera de un tardo medio de transporte que, además, llegará abarrotado. Ver los [poquísimos] autobuses que circulan a las tres de la tarde de un mes de agosto como no se llegan a ver ni a las ocho y media de la mañana de un mes de marzo, es algo que indigna y pide reparto general de puntapiés en el trasero de mucho gestor de pacotilla.

Se dirá: bueno, la plantilla tiene su derecho a hacer vacaciones. No seré precisamente yo quien lo discuta. Pero si el conjunto de los ciudadanos está ampliando su calendario de vacaciones, cabe pensar que la misma tendencia se observará en la plantilla de TMB. Además, si es necesario -y sospecho que lo es- cabe fomentar esa tendencia mediante los correspondientes incentivos a quienes hagan vacaciones fuera de los meses típicos, en la medida y cantidad necesaria. Y no hablo de suplencias, porque un conductor de autobús no se improvisa; una enfermera se suple con otra, un médico se suple con otro, pero un conductor de autobús no se suple con el primero que llega y que simplemente tiene el permiso de conducir adecuado, esto lo comprendo.

Tampoco pretendo que el servicio funcione al cien por cien. Ni tanto, ni tan calvo: no hay la fuga masiva de antes, pero tampoco se mantienen los desplazamientos urbanos como si estuviéramos en octubre. Simplemento pretendo que la oferta del servicio de adecúe a su demanda. Porque gestionar servicios públicos como un perfecto gilipollas es algo que sabe hacer cualquiera y, con ese nivel de exigencia, muchísimos lo harían incluso mejor por la cuarta parte de lo que están cobrando los que hay ahora.

Ahorrando un poco de la ingente cantidad de dinero que gastan en imbecilidades (tráeme el capítulo 2 -o su equivalente en el PGC- y un rotulador rojo y verás si te arreglo yo esto en cinco minutos), no resultaría tan complicado -ni tan sumamente costoso- elegir con cierta gracia una muestra representativa de empresas de la ciudad y preguntarles por sus previsiones en lo que a las vacaciones de los empleados se refieren y adecuar el servicio a estas previsiones.

¿No lo enseñan esto en los MBA?

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El próximo jueves será 14, víspera de la llamada Virgen de Agosto, pistoletazo de partida de un buen puñado de fiestas mayores. Yo creo que es la fecha que más fiestas concita. Incluso conozco casos de festejos en esta fecha no dedicados a la Asunción; en Aguilón, Zaragoza, uno de los pueblos aragoneses que constituyen las raíces de mi esposa -y, por tanto, de mis propias hijas-, la fiesta grande es el 15 de agosto, pero está dedicada a San Pedro de Arbués, un santo -creo recordar- local o de por allí. También será el comienzo de muchas vacaciones -las mías, por ejemplo- y el fin de algunas otras. La vida sigue y el verano astronómico está pasando ya su ecuador; el laboral, como queda dicho, se está flexibilizando, y el climático, ya veremos.

De momento, aquí estará la paella, no faltaría más, porque en este país continúan pasando cosas y siempre hay una manera especial de verlas. O más de una.

Seguimos en línea.

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Comentarios

  • Jordi  On 07/08/2008 at .

    Aquí otro que no piensa ver ni en pintura los JJOO de marras. Desde que al invento del Barón de Coubertain le vierón el filón económico que el deporte se fue a tomar por saco. Que alguien me explique las diferencias entre estas Olimpiadas y las de Berlín de 1936: otro régimen opresivo y asesino que se a a dar el gustazo de un baño de masas. ¡Aire!

  • Ángel Bacaicoa  On 08/08/2008 at .

    No me hable usted de obras y problemas de transporte público. ¡Sea clemente con un sufrido ciudadano que trabaja en Madrid!
    (Y tiene usted toda la razón en lo de los JJOO)

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