Ahora, el libro

El lector de feeds de Google me trae un artículo de Enrique Dans que habla de un libro electrónico; vaya, en rigor, de un instrumento para leer libros electrónicos, pero ya nos entendemos.

Llevo años diciendo que el futuro de la lectura está ahí, pero que aún no se había inventado un dispositivo eficiente, por cómodo y manejable, como lo es un libro de verdad. Bien, esta última afirmación me la tendré que ir metiendo en el bolsillo porque ya empieza a haber aparatos que pintan bien. Caros, todavía, perfectibles, seguramente, y no cabe descartar problemas de compatibilidad de formatos de uno a otro, pero eso ya se irá puliendo. Este del que habla Enrique ha sido lanzado por Amazon y, presumiblemente, barrerá para casa, claro, pero pinta la mar de bien, tal como se ve en el vídeo promocional al que puede accederse a través de la página de Dans. Su precio, siendo caro (algo menos de 400 dólares) tampoco es inasequible y, presumiblemente irá en rápido descenso a medida que el mercado se vaya ampliando con una mayor demanda y con mayor competencia; me llama la atención el precio que anuncia el vídeo: 10 dólares un best seller, es decir, menos de 7 euros, frente a los 20 o 25 euros que suele costar en formato de árbol muerto. Lo que hace falta, en todo caso, es que las editoriales libreras no hagan como las discográficas, que venden material digital al mismo precio que el físico y, encima, es material de peor calidad (MP3 es un formato comprimido que no alcanza, ni de lejos, al formato del CD).

Realmente es atractivo y, sea este modelo o sea cualquier otro, muy probablemente vaya a ser yo uno de los que se van a gastar una pequeña fortuna comprando algo que, a la vuelta de dos años, va a costar tres o incluso cuatro veces menos y tendrá treinta o cuarenta veces mayor potencia, capacidad y prestaciones. Soy consciente de ello, pero un trasto así es demasiado tentador para un lector empedernido como yo. Una de las razones por las que soy poco viajero -aparte de que viajar, en sí, no me entusiasma demasiado; desde luego, no como antes; y luego están los berrinches que me llevo por la mierda de servicios hosteleros de este país pese al bandolerismo de sus precios- es que enseguida añoro mi cama, mi cuarto de baño y, sobre todo, mi leonera, es decir, el estudio que contiene mi biblioteca, mi archivo material (por oposición al digital) y el ordenador. Cuando por exigencias del guión familiar toca ir por ahí, intento cambiar el chip y desconectar -pese a que no necesito en absoluto «desconectar», pero en fin…- de modo que cargo en la PDA los datos que me pudieran hacer falta -de hecho, ya están ahí siempre- y meto en el equipaje dos o tres libros y un cuaderno que casi siempre vuelve vacío de otra cosa que no sean algunos apuntes que, semanas después, serán artículos en esta bitácora; hacer turismo en plan guiri con su acopio bulímico y extenuante de ver cosas no enriquece casi nada, que digan lo que quieran, y el mejor momento del día es aquel en que, una vez en el alojamiento, a la espera de la bazofia de cena o bien digiriendo ésta, cojo un libro y me pierdo en él. El problema es que el número de libros que es razonable llevarse a un viaje, por más que dé de sí el maletero del coche, es necesariamente ínfimo: lo dicho, dos o tres; y dos o tres libros suponen poca variedad para adaptarse a todos los humores posibles. Con un artilugio como el que nos ocupa, podría transportar una biblioteca entera, incluyendo parte de la mía, y el tema del guirismo sería bastante más llevadero.

Pero, dejando aparte mis particulares filias y fobias, esto va a tener consecuencias importantísimas en el mundo editorial. La edición bibliográfica no sufre, al presente, los problemas de la discográfica porque, al contrario de lo que le pasa a ésta, su modelo de negocio no se ha derrumbado… aún. Los problemas, los mismos que está sufriendo la industria del disco -o, probablemente, aún peores- le van a caer encima a la industria del libro ya muy en breve y aunque el agua no entre aún en la sentina, el casco está ya tocado y el boquete bajo la línea de flotación será aún mayor y más brusco que el que ha sufrido el primo de los discos.

Se reproducirá, por tanto, el problema de la propiedad intelectual y el frente del canon, por este lado -que ya existe hoy-, se recrudecerá (obviamente, irán a por la máquina a toda velocidad socialista).

En el caso del libro, sin embargo, lo tienen bastante peor. Para empezar, existe una cantidad ingente de obra en el dominio público, muchísima más que en materia musical. Es obvio: tenemos legado de palabra escrita desde hace más de dos mil años, mientras que música grabada sólo existe desde hace menos de un siglo; por supuesto que hay partituras de música antiquísima, pero su ejecución requiere de unos medios de cierto coste -cuando menos, unos músicos que ejecuten o canten-, mientras que obtener un Quijote es tan complicado como pasarlo por un escáner (cuando no pueden obtenerse ediciones digitales realizadas con más o menos gracia por decenas). Además, en la música, el copyleft aún es visto como algo underground, complicado, inasequible (lo que no es cierto: es lo mismo que Linux en una distribución como Ubuntu, OpenSUse o Mandriva, en relación a Window$), mientras que en la palabra escrita el personal está muchísimo más habituado a leer a desconocidos y predispuesto a hacerlo. De modo que la cantidad de material escrito legítima y legalmente gratuito, de libre distribución y en muchísimos casos de gran calidad, es aún centenares o quizá miles de veces mayor que el material musical. Por tanto, la historia del canon, por ejemplo, tendrá mucho más difícil justificación en este ámbito (aunque… ¿cuándo necesitaron los apropiacionistas justificación alguna para llevar adelante su expolio?).

Concurren, además, otras circunstancias que se lo ponen peor a la industria librera. Por ejemplo, la autoedición. El coste de la autoedición digital de material escrito o gráfico tiende a cero, no como en los casos de la música o de la cinematografía, donde el coste de la distribución tiende también a cero, pero la producción, en cambio, pese a haber experimentado sensibles abaratamientos con la digitalización, sigue siendo costosa. El autor literario, a diferencia del musical o cinematográfico, podrá divulgar su obra con licencias libres sin sacarse prácticamente un euro del bolsillo. Si pretende obtener remuneración por su obra, podrá venderla él mismo -a través del modelo que sea- sin necesidad de intermediarios y sin otra inversión -que no es manca, desde luego- que la de su trabajo: para digitalizar un escrito y colgarlo de la red, no hacen falta laboratorios, ni profesionales especializados, ni nada de nada.

Los lectores de libros digitales van a traer, pues, dos importantes consecuencias: por una parte, un mayor y más generalizado acceso a la cultura; y por otra, tal como lo ha demostrado perfectamente la blogosfera, una eclosión de autores y de obras, divulgadas en no poca proporción bajo licencias copyleft. Y una tercera consecuencia de grandísimo valor: ya no serán unos pocos los que, incardinados en el sistema, decidan qué vamos a leer y qué no. El sistema perderá, así, el monopolio de un importantísimo vector de dominio: la palabra escrita. Se acabó esa censura tan oculta y larvada como cierta que reducía al silencio, o al ostracismo de la pequeña tirada editada cutremente con gran pobreza de medios, al pensamiento inconveniente.

El futuro, intrínsecamente apasionante, lo es más cuando se puede adivinar con cierta claridad y a corto plazo. En cinco años, quizá en menos, acaso en mucho menos, el mundo editorial, tal como lo conocemos hoy, puede ser verdadera prehistoria, la edad de piedra de una explosión cultural, verdaderamente popular y democrática -literalmente, demagogia aparte-, que le dé un poderoso empujón al cambio que la tecnología digital está llevando al mundo, a la Humanidad y a la propia historia.

Hay que estar ahí, y bien preparados, para defenderlo.

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Comentarios

  • luca  On 13/08/2008 at .

    La verdad es que no soy un lector empedernido como tu, pero me cuesta entender la fascinación con este aparato de amazon (como tampoco entiendo, por las mismas razones, la fascinación con el telefonillo de apple), que es cerrado a más no poder, cuando existen alternativas mejores, más baratas y, sobre todo, libres (en el sentido que ya sabes).
    Yo conozco (y tengo) por lo menos una: las internet tablets de nokia (n800 y n810). La resolución es practicamente identica al kindle (800×480 del nokia contra los 800×600 del kindle), la calidad de la pantalla es excelente, y, siendo basado en Linux y gracias a una reducida pero activa comunidad de desarrolladores y a la politica relativamente abierta de nokia (por extraño que parezca), te permite hacer un montón de cosas (no solo navegar como implica su nombre), entre ellas leer libros con el excelente fbreader.
    Cuesta la mitad del kindle (esto desgraciadamente solo es cierto si no lo compras en europa, mierda de las politicas comerciales de las empresas tecnologícas) y está disponible desde bastante más años.
    El problema (que para mi es una ventaja) es que no tiene detrás la biblioteca de amazon (pero tampoco su drm) así que uno tiene que buscarse la vida de otra manera para conseguir libros, tarea por otro lado no demasiado ardua por la ingente cantidad de material literario disponible en internet (piensa por ejemplo al proyecto gutenberg).

  • Javier Cuchí  On 13/08/2008 at .

    El aparato de Amazon ha sido un pretexto para referirme a este tipo de lectores genéricamente. Por supuesto que, llegado el caso -y en el mío-, miraré diversas opciones y, desde luego, las libres tendrán una clara preferencia a poco que estén a la altura en cuanto a prestaciones y tal.

    Cuando hablaba de «biblioteca» no me refería concretamente a la de Amazon (ni, por supuesto, a sus odiosos DRM) sino a la que, idealmente, pudiera introducir el usuario en el aparato, habida cuenta de que, como dices tú y como he dicho yo, la cantidad de material libre que hay es impresionante.

    Gracias por tu comentario y encantado de volver a saber de tí. Hacia tiempo que no te «veía» virtualmente (y que no te veo presencialmente).

  • Jorge Delgado  On 13/08/2008 at .

    En cuanto salga un aparato de éstos que realmente merezca la pena, voy a tardar en comprarlo lo que tarda en persignarse un cura loco.
    Ya no está la vista para seguir leyendo e-books en mi vetusta Palm III, amortizada a base de un ritmo de lectura de 1 libro a la semana más o menos, que realmente no la he usado para mucho más.
    Así que espero un buen sistema de lectura electrónico como agua de mayo.
    Me temo, sin embargo, que es Ud. muy optimista en cuanto a la vida del mundo editorial actual, sabiendo con los bueyes que aramos, seguro que se sacan algo de la manga para alargar su vida artificialmente. No quiero dar ideas, pero puede que nos cuelen una ampliación draconiana de los derechos de autor y editorial, así como de las traducciones (una nueva traducción y ya tenemos ampliados los derechos del editor) para apropiarse también de los clásicos.
    Ya nos tocará pelearnos en su momento…

  • A  On 13/08/2008 at .

    Esto le va a encantar a todo el mundo… salvo a los amantes del olor y el tacto del papel, a la industria editorial y a las librerías, desde luego.

    ¿Supondrá, además, la desaparición de las librerías públicas? Es de suponer que sí, además de la extinción del book-crossing. Adiós préstamo.

    En fin, bienvenidos sean los cambios… y que sea lo que dios quiera.

  • Javier Cuchí  On 13/08/2008 at .

    Hombre, amigo A, no hay que ser tan cenizo. Los bibliófilos sí que van a sufrir un poco; es verdad: se perderá aquello de las caricias al libro y se perderán -más a la larga- esas bibliotecas familiares espléndidas, que da gozo solamente verlas. También se perderán las librerías y ¡ay! los libreros; esa será una gran pérdida, ciertamente, pero cuantitativamente escasa: libreros, lo que se dice libreros, van quedando pocos. A la industria editorial que la ondulen; esa no me da ninguna pena.

    ¿Las bibliotecas públicas? Inmediatamente, es decir en unos cuantos próximos lustros, no creo que vayan a perderse, no creo que la cosa vaya a evolucionar tan rápido, aunque nunca se sabe. A la larga, sí, a la larga -muy a la larga- desaparecerán, creo; y será, nuevamente, una pena estética y sentimental pero… ¿qué razón de ser tendrán cuando todo el mundo tenga acceso prácticamente inmediato a cualquier contenido?

    El automóvil terminó con aquellos carruajes espléndidos con los que con gusto nos daríamos, de cuando en cuando, una vuelta por la ciudad o nos marcaríamos un farde con una dama llevándola a cenar en un landó. Pero, a la hora de cruzar la península… ¿cambiaría su coche por una diligencia de aquellas tan clásicas, tan románticas y tan hermosas?

  • Ryouga  On 13/08/2008 at .

    Pues no conozco de momento ningun lector sin DRM’s y ademas el precio me parece excesivo, vamos por ese dinero hoy en día te compras un mini-portatil, aunque claro esa pantalla de tinta electrónica tiene muy buena pinta ,si ademas resistiera arena y agua ya no nos aburriríamos tanto cuando tocara hacer el lagarto.

    De todos modos mientras usen DRM que se olviden de mi, no pienso pagar a nadie para leer La Odisea o la Ética de Aristoteles.

  • Matías  On 13/08/2008 at .

    “10 dólares un best seller, es decir, menos de 7 euros, frente a los 20 o 25 euros”

    7 euros por un libro descargado en formato digital, con formato propietario, DRM y su puta madre es, sencillamente, una estafa.

    Cualquier libro en edición de bolsillo ya cuesta 7 euros o menos como media. Que pretendan cobrarnos por algo que para ellos en la práctica es de coste 0 lo que nos cobrarían en la librería tras dar de comer a un librero, al transportista, al impresor, a los que hacen el papel, al que hace la tinta, al que hace la portada, es decir, generando puestos de trabajo, y todo para que sean ellos los que se queden todo ese dinero para ellos como beneficio es como para darles una paliza.

  • A. P. Iborra  On 13/08/2008 at .

    Hola, he leido con atención tu artículo y estoy de acuerdo contigo.

    Es cuestión de tiempo.

    Particularmente me gusta mucho leer y hasta ahora no existia un soporte lo suficientemente cómodo como para suplantar al libro como soporte del texto. Es un avance extraordinario poder llevar contigo en sólo unos gramos de peso docenas de libros.

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