Víctimas colaterales

La guerra contra la $GAE (y otras hierbas escondidas tras sus faldas) ha hecho correr mucha sangre inocente, que es el mayor y más habitual de los efectos indeseables de toda guerra. La primera, por supuesto, la de muchos ciudadanos, millones de ciudadanos, que se han visto criminalizados por la abominación apropiacionista y, en algunos casos, no solamente de palabra sino también judicialmente; a lo que hay que añadir, por esta parte, la pérdida de derechos civiles ya sufrida, más la que se viene encima a cuenta o so pretexto de la rapiña apropiacionista. Pero hay también sangre inocente -o casi- en el otro lado.

Hace unas semanas, unas cuantas ya, oía decir a Wyoming que pronunciarse a favor del canon equivalía a la muerte civil o social. No lo recuerdo exactamente, pero algo muy próximo a eso dijo. No sé en quién estaría pensando concretamente -si pensaba en alguien concreto- pero es verdad que hay casos. Todos tenemos in mente al tal Ramoncín, absolutamente hundido profesionalmente un poco debido a que su, ejem, música, no vale un pimiento, y un mucho al odio y a la animadversión que ha generado contra él al constituirse en la punta de lanza de la $GAE. No es un ejemplo de víctima inocente, cuidado, es un ejemplo de muerte en combate -lo que es, es lo que es- abandonado a su suerte, además, por el resto de la tropa. Todos sabemos que muchos bocazas iniciales, muy chulitos cuando los anti$GAE éramos cuatro pendejos electrónicos y medio, de aquellos que eran comunistas pero no gilipollas, se han envuelto en un pesado silencio cuando esto se ha convertido en un movimiento ciudadano masivo que ha llegado incluso a hacer tambalear campañas electorales y cuando ha resultado patente y evidente que opinar públicamente según qué cosas es malo para las ventas.

No me gusta, cuidado. Jamás he sido partidario de castigar la mera opinión, por lo menos cuando la opinión se produce de forma respetuosa y equilibrada; otra cosa es cuando esa opinión no es tal, sino un ataque injurioso y desaforado -impune jurídicamente al dirigirse contra un colectivo individualmente indefinible- contra la ciudadanía que, simplemente, ejerce pacífica y bienintencionadamente sus derechos: entonces hay que responder con fuego de igual calibre. Pero me sabe mal que un Labordeta o incluso un Sabina -o el mismo Wyoming, que asegura no recibir del canon más allá de los cincuenta euros, no sé si mensuales o anuales- puedan sufrir esa exclusión civil de la que hablaba este último, porque debe hacerse una diferencia entre los que están causando graves daños a derechos civiles muy serios por mantener un cortijo más bien tirando a putrefacto y los que, viviendo decente y sobriamente de su trabajo, sostienen una opinión a mi modo de ver equivocada. Pero estar equivocado no es delito, ni siquiera en términos sociales.

Esto me lleva a otra clase de estropicio que está provocando la guerra esta, y es la de gente inicialmente válida, que en su día aportó valor -y valor del bueno- que, sin que sepamos por qué -y, a mi modo de ver, innecesariamente-, se pasó al lado oscuro, quizá ensordecida y deslumbrada por un éxito que le acercó peligrosamente al Imperio, cuyo magnetismo no pudo o no supo resistir. Es el caso, por ejemplo de Hevia, metido oportunísticamente en uno de los ejes directivos de la $GAE. ¿Lo engañaron? ¡Quién sabe!

Hace unos pocos días, el amigo Carlosues lo puso a parir en su bitácora. Con razón, ojo. Y eso es lo malo: que se ponga a parir a Hevia y se tenga razón. Porque lo que Hevia suelta en la entrevista a la que Carlosues enlaza, manda huevos; manda huevos esa argumentación ya rancia, inane, demagógica, barata, que no se traga nadie; manda huevos ir por el mundo de creador y repetir esa partitura que no se sostiene, que se cae a trozos y que, al oirla, una vez pasada la primera acometida de indignación, causa risa.

No soy especialista en «Hevia», pero algo sé de él, cosas que son públicas pero de conocimiento no muy generalizado. Yo supe de Hevia antes de que lo pillara por banda EMI y lo convirtiera en un fenómeno mediático, gracias a mi afición -poco cultivada, pero muy presente- por la música celta y el folk asturiano. Alguna vez he dicho aquí que la única excepción que hago a mi sistemático boicot discográfico y cinematográfico son los dos o tres discos que anualmente adquiero de este género; y para mí son muy familiares y muy comunes nombres prácticamente desconocidos para el gran público: Llan de Cubel, Felpeyu (que quizá tuvo alguna resonancia mediática a causa de un accidente desgraciadísimo), Guxán de Luz, Avante Cuideiru, o sellos como Fono Astur. Uno de esos nombres era Hevia. Hevia como simple apellido de José Ángel, no como la marca que, de hecho, es ahora.

Hevia dirigía la Banda de Gaites de Mieres -no sé si seguirá haciéndolo ahora- a la que llevó por caminos de éxito importante, como, por simple ejemplo, la participación en el Festival Intercéltico de Lorient -una de las manifestaciones culturales más importantes del universo celta- durante la primera mitad de los años 90. Pero es que Hevia era -es, quiero pensar- un gaitero de raza. De él he oído que -siempre antes de EMI- ha sido el primero en vivir exclusivamente de la gaita desde los tiempos de la República. En un momento determinado de su vida tuvo que elegir -en términos profesionales- entre la bicicleta y la gaita y, por fortuna, eligió esta última. Fue, ahí es nada, discípulo de Remis, el Gaitero Mayor de Asturias, que, entre gaiteros, es como citar a Wojtyla en una residencia del Opus.

Tengo un disco grabado por Fono Astur en 1996, titulado «El trébole de San Xuan», ejecutado casi todo -luego explico el casi– por la Banda de Gates de Mieres dirigida por José Ángel Hevia Velasco, que es una delicia y una verdadera demostración extensa de lo que es realmente la gaita. Por ejemplo, una de sus pistas es una jota aragonesa, compuesta y ejecutada por José Remis… obviamente a la gaita. Y es una jota y es bien aragonesa. Como simple ejemplo de una de las cosas que se pueden hacer con la gaita. O «La Bamba», por otro ejemplo. En otra pista, la Banda de Gaites se une a la Banda de Música de Mieres y, juntos, ejecutan la imponente y majestuosa marcha militar escocesa «The 79th farewell to Gibraltar» y, escuchándola -una vez abstraído del cabreo de lo de Gibraltar- casi te parece ver a los tres lanceros bengalíes encabezando un regimiento de Highlanders desfilando por la calle mayor camino del puerto en el que embarcarán para defender los intereses de Su Chistosa. Pero lo que a mí me priva de este disco es «El Garrotín». A mí siempre me pareció de mal gusto que el «Asturias, patria querida» fuera el himno del Principado; me parece, en este contexto, una horterada. Sin embargo, no sé qué tiene «El Garrotín» que siempre consigue ponerme el vello de punta y siempre he pensado que con cuánta mayor dignidad podría ser el himno asturiano. Pues bien: en «El trébole de San Xuan», «El Garrotín» lo interpreta La Bandona, que son cuatro bandas de gaitas juntas (Villaviciosa, Candás, Ribadesella y Mieres), dirigidas por Hevia, y, de verdad, si se es un poco sensible a esto de la gaita, resulta sencillamente impresionante.

Luego llegó EMI y de ahí el primer disco, digamos, mediático de Hevia (ya constituido en marca: ni José Ángel, ni Velasco, ni leches), en 1998, titulado «Tierra de Nadie», que contiene el archiconocido «Busindre Reel». Es realmente un excelentísimo trabajo (me refiero a todo el disco) en el que, realmente, da un nuevo color a la música asturiana de toda la vida. Un nuevo color, pero sin desnaturalizarla; fue un trabajo de verdadero laboratorio, pero no de laboratorio de sonido -que también- sino de laboratorio puramente musical y hasta antropológico. Cuando puse el disco a mi madre y a mi abuela, a la primera le chocó -con muchos años en Cataluña, buscaba la más pura esencia- pero la segunda -nonagenaria, ojo, y habiendo vivido en Sama hasta dos o tres años antes- comentó que no se iba a estar tocando siempre la misma música y tocándola igual. A mí me pareció exactamente lo mismo. Naturalmente, cuando Hevia vino a Barcelona por primera vez -en el Palau de la Música, nada menos- con la Banda de Gaites de Mieres del Camín, allí estábamos mi mujer y yo (y toda la colonia asturiana) con el disco, que José Ángel dedicó a mis hijas: «Laura y Nuria, un besu muy fuerte d’esti gaiteru. Hevia». Lo tengo aquí, al lado del ordenador mientras escribo esto.

Su segundo disco («Étnico ma non troppo») fue un timo. Seguramente no un timo por parte de Hevia, que intuyo que fue empujado por la discográfica a lanzar algo rápidamente, a caballo del éxito (¡el público quiere más!), y, en mi opinión, aquello fue un fiasco prematuro, inmaduro, innecesario y lamentable. Claro que, a lo mejor, se vendió como rosquillas, pero esto es lo que hay.

Después, Hevia pasó al lado oscuro y yo ya no volví a comprar un disco suyo. Lo siento, José Ángel, pero si estás con los que me llaman ladrón, no me lo dirás con mi dinero; y tú ya te has caído de mi lista de compras, de la que llevo cuando voy a Asturias y de cualquiera otra. Escuché, por supuesto, su tercer trabajo, «Al otru llau», que ya volvía al buen camino -sin llegar a la altura del primero, que es irrepetible, porque en él estaba contenido el trabajo de investigación de toda su vida hasta entonces, probablemente- pero que yo ya no compré, por principio. Deduzco que hubo un cuarto porque leo en la entrevista a la que enlaza Carlosues que está a punto de lanzar el quinto. Que le aproveche y que le vaya bonito.

¿Es Hevia una víctima colateral? No lo sé. Ignoro sus cifras de ventas; a lo mejor no, a lo mejor vende como churros, aunque sospecho que nada puede llegar a la altura -también comercial- de aquel «Tierra de Nadie». En lo que a mí respecta -a mí individualmente- no es víctima colateral sino muerto en combate. No sé qué piensan otros consumidores, aunque imagino que muchos, muchísimos, cada cual con sus propios favoritos, habrán seguido idéntico proceso y creo que estos procesos debieran ser motivos de reflexión para cada uno de estos autores. Cuando las ventas se han caído como se han caído, es por algo y esto que estoy explicando tendrá su parte, por más que lloren con lo de la piratería.

¿Vale la pena, José Ángel? ¿Vale la pena que muchos de los que un día apreciamos tu trabajo lo rechacemos y lo echemos al río? ¿Tanto te compensa ese sindicato siniestro en el que te han metido? Allá tú. Quizá tú puedes vivir tan ricamente sin mí, pero yo puedo también hacer lo propio. ¿Cuántos harán también lo propio, sin embargo?

A la larga, ¿quién crees que ganará y quién crees que perderá?

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 19/08/2008 at .

    Como galleguiño de a pie, tengo que recomendarle, jefe, que eche un oido a lo que en materia de gaitas tenemos que decir allende el río Eo. Tengo entendido que por aquí hacen algo de eso, empezando por Avelino Cachafeiro y morrendo en Carlos Núñez…….

    Por otra parte, la opinión no es inocente nunca, perdone que le diga. Opinión libre tenían muchos alemanes en tiempo de Hitler, opinión que conducía a ciertas atrocidades ya historiadas debidamente. Si la opinión de estos señores conduce a que se legalicen atropellos a las libertades civiles, para mí son simplemente cómplices de delincuentes.

  • Ryouga  On 19/08/2008 at .

    A la larga, veremos como muchos cambian de bando y se proclaman defensores de la libertad de acceso a la cultura.De eso siempre ha habido ejemplos ,sobre todo en politica.

  • Angel Vazquez Hernandez  On 19/08/2008 at .

    Respecto a la implicación de Hevia en la SGAE… bueno, quizá habría que tener en cuenta la implicación de Hevia con Cristina del Valle y la implicación de Cristina en la SGAE.

  • Ángel Bacaicoa  On 19/08/2008 at .

    Brillante, Don Javier. Y en agosto. ¡Que mérito!

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