Videojuegos y libros

Hoy le toca a Jorge Cortell, vaya por Dios. Bueno, en realidad le toca danzar -si gusta- en un baile que ha iniciado él. Pero tranquilos, que no entro a saco -para nada- ni va a haber fuego de artillería, ni truculencias; sobre todo porque no hay razón alguna para ello.

En una entrada que ha subido hoy a su bitácora, Jorge proclama una nueva épica y reclama un puesto bajo el sol de la Cultura (con mayúscula) a los videojuegos o, cuando menos, a aquellos que merezcan ese espacio de especial brillo intelectual que monopolizan los libros.

Cuestión incidental previa: no tengo nada contra los videojuegos. Mis habituales bravos saben que es difícil que pase un trimestre sin que salte al ruedo a defenderlos del estúpido toro de los psicólogos amateur (encima, amateur, para más inri) que desde cualquier palestra mediática -para eso de decir gilipolleces sobre los videojuegos, están disponibles prácticamente todas- culpan a los juegos de todas las abominaciones de la especie humana, desde la anorexia hasta el narcotráfico, pasando por la violencia doméstica (de género, que dicen los merluzos), el asesinato xenófobo, el apaleamiento de taxistas o los escaños parlamentarios que consigue IU y su subsiguiente y larga recua de asociados y anexos (esperad a la paella de mañana, chatines, esperad…).

Yo no uso habitualmente videojuegos («obras multimedia», los llama Jorge, quizá apropiadamente, no entro ni salgo en la cuestión). No me gustan, me aburren y me hastían, si exceptuamos los de simulación de vuelo, a los que me dediqué durante unos cuantos años hasta otros ya remotos, en que los abandoné, como hecho desencadenante, a causa de un pequeño incidente con un fantasma que era un poder fáctico en la asociación virtual en la que yo participaba, y, principalmente, por el desplazamiento de mis centros de interés hacia la red y sus cosas y hacia el mundo de Linux que, junto con el compromiso activista por el conocimiento libre, me exigió grandes cantidades de tiempo totalmente incompatibles con los no menos ingentes volúmenes de tiempo que exige la simulación de vuelo practicada comme il faut. Eso no quiere decir que no haya tocado otros videojuegos y que algunos no me hayan gustado para un ratito; aún hoy, en mi PC nunca falta un juego del «Millón» en el que, muy de cuando en cuando, me relajo diez o quince minutos, muy raras veces algo más, que nunca llega a la media hora. Ya digo: me cansan. He jugado al tenis, he esquiado, he matado marcianitos, me he cepillado monstruos humanoides a escopetazo limpio, he tripulado carros de combate, he dirigido batallas por tierra, mar y aire, y he construido ferrocarriles, carreteras y aeropuertos donde, al empezar el juego, había poco más allá de la Prehistoria (al Transport Tycoon, a veces, aún lo echo un poco de menos y todo), pero nunca me he enganchado a ninguno, si exceptuamos lo de los simuladores de vuelo, y aviso a los navegantes de que considerarlos «juegos» puede levantar más de un cabreo en las nutridísimas comunidades que existen alrededor de esa especial y altamente tecnológica afición. Y dicho sea todo ello, por supuesto, sin el menor desprecio para los locamente enamorados de los videojuegos, no faltaría más. Es una actividad tan legítima como cualquier otra; sólo que a mí, personalmente, no me va.

No niego a los videojuegos virtudes que creo indiscutibles: creatividad y laboriosidad en su producción -a veces grandes inversiones-, incentivo, o producción misma, de tecnologías auxiliares o derivadas, creatividad también en su práctica -en unos más que en otros, pero en general, en todos-, cierto ejercicio de la imaginación por parte del jugador, y desarrollo de ciertas capacidades psicomotrices en el aficionado. Y, cuando el jugador es una persona intelectual, social, afectiva y educativamente equilibrada, ningún videojuego representa, en absoluto, problema alguno, digan lo que digan los paparras, los botarates y los cagamandurrias. Si, por el contrario, el jugador no está intelectual, social, afectiva o educativamente equilibrado, el problema sigue sin estar en el videojuego, sino en el jugador: al psiquiatra o al juez de guardia y a otra cosa, mariposa.

Sin embargo, llegar a atribuirle virtudes como la lectura, como hace Jorge, aún resguardándose al reconocer que, en un videojuego, leer, lo que se dice leer, se lee más bien tirando a poco, me parece que es ir un pelín lejos.

Nada que ver con el ejercicio intelectual de leer [un libro, artículos, etc.] en el que se va mucho más allá del ejercicio de la imaginación del que habla Cortell -que también, indudablemente- para llegar al ejercicio del pensamiento crítico (materia en la que esta sociedad padece de obesidad mórbida), de la adquisición de referencias al comparar lo leído con la propia experiencia y, dependiendo de la obra, claro, del conocimiento empírico.

El libro, hablaba yo hace bien poco de ello, dejará al correr de no mucho tiempo -según parece- de tener el aspecto físico que nos es familiar, con las ventajas y con los inconvenientes que traerá ese cambio, que de todo hay; pero el libro, como obra, tiene -afortunadamente- vida para rato, me atrevería a decir -imprudentemente, lo reconozco; pero, así y todo, lo sostengo- que tiene, cuando menos, la misma vida por delante de la que tiene por detrás. Y mientras el libro viva… no, rectifico: mientras la sociedad exista, tal como la entendemos ahora y tal como, más o menos, se ha venido entendiendo siempre, el libro seguirá, a su vez, existiendo y monopolizando el nivel superior del espacio intelectual.

La obra audiovisual -no tengo inconveniente en usar la terminología de Jorge- impone un ritmo; el libro no, el libro va al aire del lector y es éste quien determina una lectura trepidante o una lectura sosegada y meditada. Son dos mundos diferentes y son dos planos diferentes también. Uno está más elevado que el otro y así seguirá siendo, según lo veo yo.

Pero eso no tiene nada de malo. Ocupe cada cual su espacio y sea este cultivado por sus respectivos partidarios, no son mundos incompatibles, además, porque, disponiendo de tiempo, cualquiera puede dedicarse a los dos. Pero sí que es verdad que la falta de videojuegos sería un paso atrás en un ámbito de ocio y de desarrollo de ciertas habilidades y hasta de ejercicio de ciertas facultades intelectuales, mientras que la falta de libros constituiría una hecatombe apocalíptica para toda la Humanidad.

Y eso es lo que marca la diferencia y la altura del plano.

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 20/08/2008 at .

    Absolutamente comforme, los juegos (entre ellos los de ordenador) no son obras culturales comparables a un Retrato de Dorian Gray, o lo que sea, exceptuando las 400 y pico páginas de manual abigarrado y en letra minúscula del Falcon 4.0 y subsiguientes mods. Eso es Literatura con solera :-))

  • Ryouga  On 20/08/2008 at .

    No hace falta que nombre los simuladores, gracias a sus enlaces ya estoy enganchado y no voy a decir que los videojuegos sean equiparables a un buen libro,pero del mismo modo que no se deberia considerar cultura el “Marca” y rebajarle el IVA ,algunos videojuegos basasdos en hechos historicos o complejos simuladores que te obligan a leer cientos de paginas de aeronautica,orientacion y tacticas de combate si que deberian entrer en ese campo.

    Al fin y al cabo son una manera amena y llamativa de despertar interes en los mas jovenes en la historia,mitologia o ciencia siempre que sus contenidos sean adecuados.

    Claro que conociendo el percal,al final puede que solo sirviera para que sacaran “Torrente VII el videojuego” subvencionado por el ministerio de cultura y luego se pusieran a reclamar millones de euros en compensacion por copia privada.

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