Buscar al culpable

Cada vez que acontece un accidente -máxime si es aéreo- de dantescas proporciones, surgen por doquier voces que claman por la prudencia en las especulaciones, diciendo, con razón, que las causas de estas cosas siempre son complejas, que las investigaciones, realizadas por expertos de altísimo nivel, no arrojan conclusiones fiables sino después de muchos meses de intensivo trabajo. Es verdad, es rigurosamente cierto.

Claro que, sospechosamente, no pocos medios, junto a ese clamor pro templanza especulativa, han añadido que no se debe mezclar la situación financiera de la compañía implicada en el trastazo con el trastazo en sí mismo. Bueno, ese ya es otro cantar. No tanto por la situación financiera concreta de la compañía concreta sino por los tiempos que corren.

Alguna vez he puesto yo mismo de relieve que, no siendo intrínsecamente propiamente (cualquiera tiene un mal día con los adverbios) antinuclearista, soy miembro de Greenpeace precisamente por su antinuclearismo -entre otras cosas- ya que la energía nuclear sólo es segura si lo es, dispénseseme el perogrullo, y no la veo nada segura en manos de engominados estúpidos sólo pendientes de la cotización en bolsa.

Esto que digo de las centrales nucleares es aplicable a todas las empresas cuya actividad conlleva riesgos eventualmente graves y, sobre todo, al transporte -por tierra, mar o aire- de pasajeros o de mercancías peligrosas. No hace falta ver películas de catástrofes (ni, en ellas, recordar que la realidad siempre es aún peor que la ficción) para estar al cabo de la calle de que siempre habrá un cabrón con corbata que presionará a un capitán, a un piloto o a un conductor para que no sea demasiado tiquismiquis con esa lucecita, con esos máximos horarios, o con esos mínimos de combustible, de revisiones o de recambios de piezas; y la única duda -si es que la hay- es si ese cabrón lo será por libre -el trepa que quiere ascender destacando por la eficiencia de su negociado o chiringuito a cargo- o, simplemente, será un cabrón de segunda magnitud que responde a la política emanada de gerencia o de consejo de administración. Nuestra esperanza sólo está en los profesionales insobornables y con dos cojones que envían al cabrón a que extorsione a su puta madre, pero en estos tiempos de precariedad laboral, la carne es débil y los cojoncillos flacos, y los cabrones ya vienen bien instruidos de que por ahí es por donde hay que apretar.

No son simples especulaciones mías, por más que razonables y prácticamente evidentes (para quien quiera ver, claro): aquí tenemos algún dato más sobre el asunto.

Todavía está por ver que, tras una catástrofe, pasados los meses y las indagaciones prescriptivas, acabe un hijo de puta en presidio con quince años de marrón a cuestas y que ese hijo de puta no proceda de un taller, de una cabina o de un puente, sino de una oficina de alta dirección, de esas que, hoy por hoy, quedan lejos de toda investigación. Cuando eso suceda, podremos volar, navegar y circular mucho más tranquilos.

El día que las vacas vuelen.

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