Calma chicha

En esa dulce confusión vacacional en la que no sabe uno ni el día de la semana en que vive hasta que no se detiene a pensarlo durante cinco o diez segundos, se mezclan también las noticias de nuestro entorno como en una macedonia. Estoy pasando unos pocos días en Moià (Bages, de momento) a ver si me disperso un poco de tanta carnaza aeroplumífera y me desintoxico de la porquería calzoncillera gozosamente finiquitada ayer, de la que ni me ha sido fácil sustraerme ni todos los intentos al respecto han tenido el éxito apetecido; y así y todo -vuelvo ahora a hablar de ambas cosas- va a ser difícil soslayar el largo rastro que durante estos días, tan faltos de noticias, va a continuar dejando. La única alegría es que pese a los éxitos del calzoncillismo español, no ha habido manifestaciones masivas del puto toro coñaquero; será que está de vacaciones. Quisiera, por mi parte, enviar una pletórica felicitación al calzoncillo atlético español, que tantos triunfos ha cosechado en esta ocasión, según parece (¿11 finales?), con un especial saludo al presidente federativo, una muy bien ganada medalla de oro en bocas, que es una especialidad en la que nuestros políticos brillan con luz propia y en la que, si fuera disciplina olímpica, serían imbatibles.

Pero, quiérase o no, las aguas van volviendo a su cauce y, después de comer -y de sestear un ratito-, me subo a la biblioteca, que tiene zona wifi, a ver qué anda ocurriendo por el mundo, por el mundo del conocimiento, al que yo hacía tranquilo como una balsa de aceite, pero no: la rapacidad apropiacionista, al igual que los enemigos de la civilización cristiana, no descansa jamás. Así que me dedico a ir navegando mientras con el rabillo del ojo me divierto viendo a tres arrapiezos -aparentan nueve o diez años- que andan dando mal con una videoconsola en miniatura, con la que, según parece, están midiéndole la parrilla costal a algún ignoto jugador en red ubicado en averigua qué parte del mundo. Vaya equipo forman los tres estos…

Me entero, primero, del alarde científico de la UIMP, la universidad predilecta del Gobierno -del Gobierno de turno- entregada al riguroso botafumeiro del amo y pagano. Veo a Carlosues demostrándo, por enésima vez, lo que cuesta el canon (a los que no hacen como él… o como yo). Enrique Dans nos obsequia hoy con un artículo que me invita a reflexionar sobre lo que él parece tener claro, a raíz de una decisión judicial muy curiosa que se ha producido en Nueva Zelanda, sobre cuyo acierto cabe discutir pero que se basa en razones que no son patochadas (como sucede algunas veces por aquí, sin ir más lejos). Sergio Montoro le lanza la caballería a Forbes -con toda la razón, desde luego- pero lo que me produce una cierta sensación de parestesia en el culo es la expresión esta de open source cuando se habla en castellano. Ya he vertido dicterios, sapos y culebras sobre ella, pero parece que habré de volver sobre los mismo un día de estos, cuando vuelva a reincorporarme a la guerra. El libro electrónico -y, concretamente, Kindle, vuelven a aparecer en mis sindicaciones: de la mano -nuevamente- de Enrique Dans, que se mantiene fiel a su línea primigenia de encontrarlo fantástico (de lo que es muy libre, ojo), y de Antonio Ortiz, que lo condena al fuego eterno (al Kindle, pero no al libro electrónico: coincido plenamente con él), ambos en el contexto del libro de texto (y perdón por la redundancia). Desde «Mangas Verdes», Manuel Almeida nos copia de algún otro sitio el método idóneo para convertirse en un blogger famoso: tomo muy buena nota.

Y poco más, o sea que agosto, ya decadente y en su última semana, todavía colea en su pereza reglamentaria; la misma a la que voy a seguirme entregando yo. Veremos cómo me las compongo para la paella de este jueves porque este marasmo pone bastante cruda la cuestión. De momento seguiré leyendo «Un día de cólera», el libro de Pérez-Reverte dedicado al Dos de Mayo, que he comenzado hoy y que mis suegros han tenido la gentileza, la habilidad y el acierto de obsequiarme con motivo de mi aniversario, que se celebró el pasado miércoles y que aún goza de su octava. Gentileza, por obvias razones; acierto porque es un libro ligero, que se lee en dos cagadas, muy apto para estos días de holganza total; y habilidad porque, con un libro en las manos -el que sea-, quedo como de cuerpo presente y, en lo demás, me ausento completamente, con lo que convendréis que es una muy elegante manera de librarse del yerno. Para la semana próxima en que -ya os lo aviso- desapareceré completamente, me preparo dos o tres lecturas pero ya espesas y enjundiosas. Os las glosaré a la vuelta.

De momento, mañana o pasado volveré a la biblioteca, a ver si encuentro algún pretexto para decir cuatro o cinco tonterías en «El Incordio». No me lo tengáis en cuenta, pero, a ver qué vida, es que no se menea nada de nada. Lo de la UIMP, ya lo comprenderéis, no va más allá, vaya banda… Y a ver mañana cuánto tardo en preguntarme qué día es hoy y cuánto tardo en encontrar la respuesta.

Qué marasmo, leñe…

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