Miscelánea estival 2008 (IV)

Bueno, pues ya terminé «Un día de cólera», sobre el que se me ocurre decir, en primer lugar, que es entretenido. Pero, a partir de ahí, lamento tener que decir también que no va más allá. Y no es que no esté trabajado, al contrario: una de las cosas que más mal sabe al irlo leyendo es el pobre resultado que ha arrojado el importante esfuerzo de documentación de mi admirado don Arturo. «Un día de cólera» es una crónica, ni más ni menos. Una crónica de guerra realizada por un señor que se tiró muchos años de su vida haciendo crónicas de guerra -a pie de bombazo, claro- y te las sabe hacer vivir; una crónica de guerra realizada por un señor que sabe escribir, que controla estupendamente el lenguaje -parece que no es académico por casualidad- y que tiene muchísimo oficio. Pero cuando uno ha terminado el libro, se da cuenta de que éste no consiste en otra cosa que en una sucesión bien narrada de escaramuzas con mención nominal, no diré que exhaustiva pero sí intensiva, de sus protagonistas o participantes.

Es una crónica fría que parte, en términos cronológicos, de los hechos mismos con una excesivamente sucinta descripción de sus antecedentes. Es, desde luego, una obra escrita para los que ya conocen con cierto pormenor lo que ocurrió el 2 de mayo de 1808 en Madrid, porque, en terminos de gran historia, aporta bien poco -quizá porque a estas alturas quizá no quede ya nada que aportar… pero sólo quizá- y lo que hace es abundar en el anecdotario sembrándolo de asientos del padrón. Por cierto: aconsejo muy calurosamente el uso del mapa del Madrid de aquella época que se adjunta con el ejemplar de la obra, porque seguirla sobre dicho mapa es lo que le da consistencia y unidad al conjunto y lo que logra que se entienda lo que pasó aquel día, si es que cabe entenderlo, porque la espontaneidad del movimiento popular hizo que aquelloo no tuviera orden ni concierto; pero, al menos, se puede observar el qué y el por qué de los movimientos de los franceses, que esos sí respondieron a una lógica y a unas formas.

A años luz, por supuesto, de la calidad argumental de otras novelas suyas, con excepción de «Cabo Trafalgar», que ya es un aviso de esta de ahora, apenas un jugueteo de episodio nacional al que le ha metido, eso sí, como he dicho antes refiriéndome a la última, mucho oficio. De lo último que ha escrito -artículos aparte- me queda por leer «El pintor de batallas» y ya veo que habré de hacer caso de algunos críticos -del bando admirador de Pérez-Reverte, lo que les confiere mayor crédito- que no hablan de la obra con mucho entusiasmo.

En cualquier caso, eso sí, es un libro refrescante y vacacional, muy apto para los que no quieren calentarse demasiado las meninges y dejarse llevar por el simple placer de leer. Porque escrito, lo que se dice escrito, está bien escrito, no faltaba más.

Pero, ya que estamos en ello, lo del Dos de Mayo es uno de los episodios más tristes de nuestra historia, tal como escribí en su día: Mañana hará doscientos años que un pueblo ignorante y torpe, mediatizado por el oscurantismo y por los curas (y, en este caso, no es un tópico) entregó lo mejor de su heroísmo y de su sangre en holocausto a la causa más retrógrada que cupiera imaginarse y se sacrificó gloriosamente clamando por una monarquía vergonzosamente putrefacta e invocando al unáninemente tenido por el canalla más abominable que haya ceñido jamás la corona de España. El pueblo de Madrid, como primero de tantos otros, incluyendo al catalán, cerró la puerta a la ilustración aquel 2 de mayo de 1808 y entregó a España al atraso, a la ignorancia, al analfabetismo no sólo intelectual sino también moral (eso sí, perfumado con el botafumeiro incesante de toda la tropa ensotanada), al olor a pies y a la halitosis cazallera, a un estado de podredumbre nacional del que aún nos resentimos porque aún hay quien parece deseoso de recuperarlo en sus más intensas esencias.

Y, sin embargo, leyendo la novela de Pérez-Reverte, como leyendo a Galdós, como leyendo cualquier otra crónica de la Guerra de la Independencia, no puedo evitar sentirme al lado del bando cutre, quizá porque la Historia nos determina a todos, incluso individualmente, y nos hace partícipes necesarios, eventualmente activos, de la miseria que tanto criticamos pero de la que, paradójicamente, incluso participamos cuando llega el caso. Puedo comprender perfectamente la amargura de los ilustrados españoles aquel tremendo lunes madrileño: la amargura por la incomprensión del populacho que se rebela contra el progreso (no muchos años más tarde, gritará aquello de «¡Vivan las caenas!») y la amargura por su propia suerte, que les llevará a la obligación de poner tierra de por medio para preservar incluso su vida.

La invasión francesa, por demás, no nos trajo la Ilustración; al contrario, supuso el expolio -o la simple destrucción- de una parte importantísima de nuestro patrimonio artístico -en manos de la Iglesia, claro, lo que fue el gran pretexto- hasta el punto de que las bestialidades de la FAI en esta materia, sólo fueron el chocolate del loro, sólo se practicaron sobre lo que los franceses ni se habían llevado ni habían incendiado. Las fuerzas de la Ilustración se comportaron, doscientos años antes, exactamente igual que los talibanes que cañonearon los budas. Y por lo mismo, por cierto…

Además de todo esto, la invasión francesa no trajo, por reacción, sino la definitiva carta de naturaleza en España del integrismo retrógrado más radical y el definitivo acomodo -por si antes no lo hubiera- de la Iglesia en el poder civil y la entronización del cabrón más grande descrito por nuestros libros de Historia. Una catástrofe. Una catástrofe que quizá se hubiera evitado si -como más de una vez ha clamado en sus artículos el propio Pérez-Reverte- los españoles hubiésemos imitado a los vecinos y hubiésemos guillotinado a Carlos IV y a la puta de María Luisa, y al Príncipe de Asturias lo hubiéramos ahorcado en cualquier árbol (entonces, en Madrid, había muchos). Después de todo, quién sabe si José I… Hombre, a los suecos no les ha ido tan mal con los Bernadotte.

La España de hoy es un producto de aquel aciago día y de sus consecuencias a medio plazo y, aunque ocasionalmente parece que hemos tenido tímidos intentos de derribar esos tremendos pirineos políticos, económicos, culturales y hasta mentales, nunca hemos llegado a consumar tales obras de rehabilitación nacional.

Y ahora que parecía que íbamos a conseguirlo -la duda aún persiste- me pregunto, viendo a esta desgraciada, patética y cutre Europa si vale la pena, si nos compensa.

Yo no lo tengo nada claro.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Luis  On 26/08/2008 at .

    Coincido con la reseña/crítica del libro. Éste se salva por el oficio del que lo escribe.
    No hagas caso de los que no les gustó el pintor de batallas. Es un gran libro, lo único que pasa es que es un tipo de libro muy diferente al que nos tenía acostumbrados el Maestro Don Arturo (se nota que soy un admirador). No encontrarás en el pintor ni espadachines ni aventuras ni tacos malsonantes, sino un relato intimista y amargo de lo que significa la venganza, el rencor incrustado y la barbarie de la guerra. Un gran libro, me reitero.

    También soy de los que creo que nos hubiera ido mejor con los franceses

    Un saludo

A %d blogueros les gusta esto: