Cerrado por vacaciones

Se cierran las últimas maletas, tras contrastar los contenidos con la lista confeccionada al efecto. Se comprueban los bolsos de mano: todos los DNI, todas las tarjetas bancarias, las de asistencia sanitaria del CatSalut (o sea, para entendernos, de la Seguridad Social made in aquí), el volante con la reserva del hotel -íntegramente pagada, ojo, y que no tenga que llorarlo-, la petaca con un cuartillo del amigo Jack, tooooodos los cargadores necesarios para los móviles, la PDA, los MP3 y la Biblia en pasta (eso sí que me encabrona: que cada puta marca y cada mierda de aparato tenga un cargador distinto y una toma incompatible con los demás, en plena época del USB), nos repartimos la pasta en efectivo y ya está todo, porque no hay loro ni perro y el pobre Carbón, el hamster de Laura, cascó en febrero, pobrete.

¡Ops! Los libros. Yo me llevo una prometedora y completísima biografía del Duque de Alba (el bueno, el de los Tercios) titulada «El Duque de Hierro» que, precisamente, forma parte de la bibliografía del enlace que os acabo de proponer. Obra, además, muy oportuna para exhibirla a velas desplegadas en plan de tocar los cojones a belgas y holandeses, si los hay en este hotel y me encabronan como me encabronaron hace seis o siete años en el Montarto (Baqueira Beret, Valle de Aran), cuyos jodidos niños me dieron una semanita veraniega de aquí te espero, semana que, obviamente, pasé clamando por don Fernando en mayor medida aún que por Herodes; es cuestión de especialización. El hotel de ahora es de playa y cabe temer lo peor, aún en mayor medida. El libro tiene cuatrocientas y pico páginas de letra bien prieta y con abundantes llamadas, que ralentizan mucho la lectura; aún así, por no hacer corto, todavía no he acabado de descartar otra biografía, esta vez del Gran Capitán, escrita por José Enrique Ruiz-Domènec que, caramba, ya es casualidad, también forma parte de la bibliografía que consta en el enlace. Pero es un tocho muy, muy gordo, más que el otro aún, y, además, a los italianos no les tengo manía: incluso en hoteles playeros, suelen ser bastante civiles. Además, don Gonzalo no les hizo mucha pupa a los italianos; en todo caso, tocó mucho más los cataplines a los franceses, lo que es otra buena razón a favor de llevármelo.

A mi hija mayor (16) le he regalado para la ocasión «El conde Lucanor», a ver si conecta. Yo lo leí mucho más joven que ella, con doce años, inducido por algunos episodios sueltos de los libros de FEN de Doncel, de los primeros cursos de Bachillerato elemental, que eran excelentes (y a quien no le guste, que se joda), y a mí me encantó. Además, es una estupenda manera de introducirse en la edad antigua del castellano (no diré «prehistoria», desde luego).

Con toda esta larga y procelosa batalla turístico-bibliográfica, vengo a deciros que ahí os quedáis, queridos, que me largo una semanita a pasar de todo, absolutamente de todo. No es que lo necesite mucho, la verdad, pero mi mujer sí, mi mujer tiene un trabajo durísimo y necesita durante una semana, al menos, no tener otra ocupación que la de ver pasar los días al sol y las veladas en las terracitas de por ahí.

O sea que echo la chapa abajo y hasta el día 8 de septiembre que, aún de vacaciones laborales, me pondré de nuevo en marcha, no habrá entradas en «El Incordio», ni respuesta a los mensajes de correo electrónico ni a los comentarios, ni nada de nada. Silencio en las listas y, como decía el tango, el músculo duerme, la ambición descansa. Aprovecharé para cargar las pilas porque, nada más volver, ya estará bien caliente la guerra de las enmiendas torpedo que nos quieren colar los sinvergüenzas de siempre, que esos sí que no descansan, los muy cabrones. Entre otras muchas guerras. Y no me pienso perder ni una.

Feliz -si cabe- vuelta al trabajo los que retornéis el lunes a la faena, que seréis los que necesitaréis más ánimos. Los que terminaron las vacaciones hace semanas, ya se han habituado y los que las tienen aún por delante estarán hechos polvo, imagino, pero con el acelerador a tope por el impulso de la ilusión.

Un abrazo a todos. Nos vemos en ocho días.

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