Monthly Archives: septiembre 2008

Informe del CENATIC (I)

Acabo de subir a la página de Linux-GUAI (el grupo de usuarios de software libre de la Asociación de Internautas) el primero de una serie de comentarios sobre el importante informe que el CENATIC presentó hace una semana sobre el estado del software libre en las administraciones públicas españolas.

Seguirán más comentarios al correr de los días.

Espero que os sea útil y, sobre todo, que os induzca a echarle un buen vistazo al informe porque, de verdad, vale la pena.

El «open idiot»

Ya he escrito sobre el asunto alguna vez, pero voy a insistir, porque la cosa me está cargando mucho. Me refiero a esa manía de llamar al software libre open source o software de fuentes abiertas.

El problema viene de que, en inglés, free significa indistintamente «libre» o «gratuito». Como en tantos otros vocablos de ese riquísimo idioma, hay que acudir al contexto para establecer el significado concreto en cada caso; esto es, por ejemplo, lo que hace tan difíciles los diccionarios digitales inglés-español (o inglés-francés, o inglés-catalán o inglés-cualquier lengua latina) dificultad que baja muchísimos puntos en el sentido inverso de la traducción. En las lenguas latinas -y en general- cada palabra tiene un significado preciso, sobre todo los sustantivos, y no necesita de un contexto. Aún más: el castellano -como la mayoría de las lenguas latinas- es rico en sinónimos, es decir, varias palabras con un mismo significado. En el caso que nos ocupa, la palabra software no ofrece por sí misma un contexto suficiente como para precisar el exacto significado de free. Por tanto, la comunidad anglófona ha recurrido a la expresión open source (elipsis de «software de fuentes abiertas») para identificar al software libre; es una imprecisión -ahora lo veremos- pero les sirve para entenderse, es como un pacto lingüístico y, como consecuencia del cual, todo el mundo sabe -siempre en el ámbito anglófono- que open source es «software libre».

En castellano no existe este problema porque, en la lengua cervantina, los términos gratis y libre están perfectamente diferenciados, de modo que no hay razón alguna para acudir a eufemismos recursivos. Es más, el eufemismo genera confusión, toda vez que un «software de fuentes abiertas» no tiene por qué ser necesariamente software libre, por más que el software libre tenga siempre sus fuentes abiertas. Que todos los cornudos estén casados no implica que todos los casados seamos cornudos.

Tanto es así que, en el texto en inglés de la funda de los discos con la distribución Ubuntu que distribuye -gentil y gratuitamente, por cierto- Canonical, se utiliza la expresión software libre en español original, en un claro deseo de expresar mayor exactitud.

La primera vez que, en un contexto castellano, oí la expresión literal open source (en inglés) para referirse al software libre, no pude evitar una mueca de desprecio, de asquito; ya tenemos aquí al típico imbécil que se cree más bussiness man porque habla en charlotada. Incluso en catalán, en que su promoción oficial obliga, dentro de lo políticamente correcto, a usarlo con exquisitez en un acto formal ante un auditorio de un mínimo nivel y que, encima, tiene una expresión correctísima como es programari lliure, he llegado a oir a un retrasado mental pronunciar el ominoso open source. Y más de una vez.

La pijería sería menos grave si no se tratara, como he dicho, de una imprecisión. Y es una imprecisión importante, ya que estamos en un ámbito muy desconocido fuera de su comunidad de usuarios y desarrolladores, y puede por ello dar lugar a importantes confusiones.

La Free Software Foundation establece que software libre es aquel que otorga a sus usuarios cuatro libertades:

1) (que no sé por qué, la numeran como «0») Libertad para usar el programa con cualquier propósito
2) Libertad para estudiar el funcionamiento del programa y para adaptarlo a las propias necesidades, lo cual implica necesariamente el acceso al código fuente.
3) Libertad ilimitada para distribuir copias
4) Libertad para mejorar el programa y para hacer públicas las mejoras a los demás; también esto implica necesariamente el acceso al código fuente.

Una licencia que impida cualquiera de estas libertades, una sola, la fracción de una siquiera, supondrá que el software que condiciona no podrá ser tenido ni considerado como libre.

Pero hay que observar que ninguna de esas cuatro libertades habla para nada de gratuidad; nada impide que el software libre se venda… si hay quien lo compre. De hecho, se vende. Bueno, no exactamente. Lo que se vende, generalmente, es una serie de servicios que acompañan al software: un manual, un empaquetamiento físico (embalaje, presentación…), el soporte material (CD, DVD…), etc. Esto, pensando en los anaqueles de unos grandes almacenes. Desde otra perspectiva, el modelo de negocio esencial del software libre es la prestación de servicios, no la venta de copias. Las libertades 2 y 4 (en mi numeración) determinan este modelo.

Por eso -nunca nos cansamos de decirlo- la gratuidad no es necesariamente inherente al software libre ni lo define en absoluto. En cambio, el acceso al código fuente, el open source, para que los gilipollas me entiendan, sí es inherente al software libre, como hemos visto, pero no por sí sólo: el simple hecho de que un software sea de fuente abierta no lo hace software libre, han de cumplirse los demás requisitos, que no son grano de anís.

También he constatado que el uso del término open source en el contexto castellano o, un poco menos imbécilmente, el de «software de fuentes abiertas» responde a una especie de alergia ante el término libre. Parece que alguien tiene miedo de que hablar de algo «libre» en un entorno empresarial pueda ser contraproducente, lo que me obliga a meditar sobre quién es más botarate, si el empresario al que asusta la palabra libre o el que cree que un empresario que no sea idiota del todo se asusta por el uso del término libre. Personalmente, nunca he oído a un empresario decir algo así como «a ver si encontramos un open taxi» al salir de un simposio, aunque no desespero de llegar a oírlo en boca de cualquier merluzo con gomina de esos que han causado la crisis.

Me encabrona soberanamente que el mismísmo CENATIC, el ente público de referencia en materia de estudio y promoción del software libre utilice tozudamente la expresión «software de fuentes abiertas» y me parece gravísimo y sembrador de confusión este uso en ese organismo. Precisamente estoy leyendo ahora su informe sobre software libre y administraciones públicas (interesantísimo, por todos los demás conceptos) y me topo una y otra vez con la expresión maldita, aunque alguna vez descienden a los infiernos y utilizan «software libre», aunque, generalmente, por una cuestión de estilo, para evitar redundancias.

Dentro de unos años, cuando todo el mundo conozca con precisión lo que es el software libre, importará un pimiento que lo llamen open source, «de fuentes abiertas» o Marcelino, pero ahora mismo, cuando la gratuidad está ocupando en la sociedad un nuevo espacio -a despecho de muchos- o cuando la libertad se está convirtiendo en algo peligroso, a efectos políticamente correctos, es importante mantener la precisión terminológica y llamar a cada cosa por su exacto nombre.

Porque alguna terminología imprecisa no siempre tiene su origen en la pijancia, la estupidez o el desorden neuronal, aunque ésos son campos abonados para ello, sino en algo mucho peor: la ceremonia de la confusión que a algunos les interesa oficiar para arrimar el ascua a su maloliente sardina.

Cuidado.

Paella chiripitifláutica

(algunos ya sabéis de qué va el palabro) 😉

Paella difícil, esta de hoy -ejem, de ayer-, que bien podría ser la razón de que se haya hecho esperar tanto. Bueno, no es exactamente por eso, pero vamos a hacerlo ver.

La verdad es que radio, prensa de árboles muertos, medios digitales… no parece haber nada más que la crisis económica y el accidente del 20 de agosto. No son menudencias, ciertamente, pero en un mundo en el que las noticias mueren en pocos días (cuando no en pocas horas), bien podrían ser más imaginativos con los temas a tratar. Por mi parte, creo que -salvo noticias nuevas y verdaderamente importantes- doy los dos temas por congelados provisionalmente; habrá que volver sobre ellos, desde luego, pero a ver si podemos dejarlos descansar siquiera dos o tres semanitas.

De todos modos, inevitablemente, esto de hoy va a quedar un poco así… como raro. Pero ya dicen que en la variación está el gusto. ¿No es verdad?

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Empezaremos con algo parecido a aquellas lecciones de periodismo -o algo parecido- que impartían en «Caiga Quien Caiga». En el bueno, claro, en el de Wyoming. En «El Periódico» (no podía ser otro) han dejado suelto al becario y obsérvese cuán jugoso titular: «La Reina bautiza en Córdoba a un asno en peligro de extinción».

En fin, dejando aparte el cachondeíllo fino de la imagen de doña Sofía impartiendo sacramentos (en el texto se especifica que fue con anís, lo cual empeora la situación: dar alcohol a un burrito menor de edad), alguien debería explicarle al plumífero que si el asno estuviera en peligro de extinción, lo que procedería decir es que padece tal o cual enfermedad (o corre tal o cual riesgo) y peligra su vida.

¿O es que lo que está en peligro de extinción es la especie del asno y no el asno propiamente? ¡Ah, vaya..!

Madre mía: y estos son los que viven de escribir…

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He insinuado una cierta promesa de no hablar de la crisis en dos o tres semanas, pero la voy a incumplir momentáneamente, porque acabo de encontrar la explicación de por qué se ha desencadenado: empresarios y directivos están recurriendo al tarot para predecir el futuro de sus negocios. ¡Acabáramos! Hay que ver a dónde lleva la desesperación.

Me imagino la escena: sota de bastos, malo, suspenda sus planes de construir una urbanización en Oropesa; rey de oros, adelante, pídale un crédito de quince millones al Santander y abra ese hipermercado en los Monegros, que eso es pelotazo seguro; tres de copas, en fin, igual le funciona ese puticlub que piensa abrir al lado del palacio episcopal; caballo de espadas, ahora es un momento cojonudo para presentar ese ERE con el que lleva un año soñando; siete de bastos… ¡cuidado! eso es una inspección de Hacienda.

Francamente, veo más transferible el Monopoly.

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El inefable Goñi, secretario general de la Federación Catalana del Taxi, sí, ese mismo que pidió la retirada de un juego, talmente en plan franquista, se descuelga ahora con otra muy buena: quiere que los vehículos privados paguen un peaje por acceder al centro de Barcelona. Precisamente en Barcelona, donde estamos de peajes (en algún caso circulando a 80 por hora) hasta más arriba de la coronilla. Dice que con esto se agilizaría el transporte público.

En realidad -y lo hemos comprobado cada vez que han hecho una huelga- lo que de verdad agiliza el transporte en Barcelona (el público y el privado) es que los taxis no circulen.

Pero, sí, tendríamos que apoyar la petición del Goñi este: sí señor, un peaje para acceder con vehículo privado al centro de Barcelona. Pero con una condición: que el alcalde autorice la expedición de cinco mil nuevas licencias de taxi para toda el área metropolitana.

Y si el Goñi sigue pidiendo, los ciudadanos también podemos pedir más cosas: la completa, total y absoluta liberalización del servicio (esto es, sobre todo, licencias y tarifas). Verías que pronto dejarían los ciudadanos barceloneses de usar el vehículo privado.

Ya le daría yo al tío este soluciones para el tráfico…

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Es lo que pasa cuando la realidad deja de ser obligatoria para pasar a ser realidad de verdad. Resulta que en el País Vasco, la religión ha dejado de ser una asignatura obligatoria en el Bachillerato para pasar a ser extraescolar (igual, por cierto, que a la asignatura de Ética). Precisamente en el País Vasco, no deja de ser curioso… ¿Y qué ha ocurrido? Pues que le gente ha pasado masivamente de las clases en cuestión. El portavoz del ordinario del lugar (o sea, del titular de la diócesis) se ha lamentado de que en clases donde el año pasado había 40 alumnos ahora haya tres… o ninguno.

Pues que vayan tomando nota…

De todos modos, que no se preocupen porque en Iberoamérica hay mucha hambre y curas no les van a faltar, aunque no tengan parroquia. Para desesperación de la clerigalla nacionalista catalana que a cada semana que pasa se las ve y se las desea para las misas en catalán; y la misa en catalán, la chiruca y la flauta dulce atacando el kumbayà forma parte del folklore básico y esencial de la ceba. Sin eso y los minyons escoltes, la barretina nunca será lo que fue. ¡Ay, si mosén Tarrés levantara la cabeza..!

Lo que me lleva a que -si el tinglado no se desmorona- puede ser la profesión-chollo del futuro: si eres catalán de mena, hazte cura, porque a menos que seas lerdo del todo, un opispadito lo tienes casi casi garantizado. No hay competencia.

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Espe Aguirre ha soltado estos días pasados una patochada de las gordas (y de las buenas): según ella, el Partido Popular no existía ni durante la guerra ni durante el franquismo «y no como otros» (sic, la tía) y el tío ese, Francisco Granados remata con que el Partido Popular «es de los pocos partidos del arco parlamentario que no fue protagonista del fracaso colectivo de la Guerra Civil» (sic, el tío).

Ya no se trata de desmentirlos, como bastante convincentemente ha hecho alguien, es que habría que desasnarlos.

Pretender desentenderse de la reponsabilidad histórica no por un desfase generacional sino por un detalle administrativo es demencial.

El Ejército español puede hoy lavar su responsabilidad en la guerra civil sobre la base de que ya no está dirigido por el mismo régimen y de que la totalidad de hombres y mujeres que lo componen no tuvieron nada que ver en aquel mal rollo o, incluso, de que muy pocos -número ínfimo, unos pocos coroneles y generales- de sus miembros vistieron el uniforme en tiempos de Franco, aún en la fase tardía de esos tiempos. Hace muchísimos años, por lo demás, que no queda un ex-combatiente en activo. Lo que no podría el Ejército de hoy es eximirse de responsabilidad por el simple hecho de que muchos de los regimientos y otras unidades que lucharon en la guerra, hoy no existen. Eso sería una estupidez.

Por lo demás, doña Espe, y si -siguiéndola a usted misma- pasamos de la guerra al franquismo, habrá que recordarle que la totalidad de la cúpula fundacional de Alianza Popular se había nutrido durante unos no pocos años y con el chorro bien grueso de la ubre franquista. Recordarle a Fraga, sería, a estos efectos, proverbial.

Limítese a intentar hacer creer que no es usted rica y deje de decir burradas.

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Bueno, pues hasta aquí hemos llegado en este viernes 26 que hubiera debido ser jueves 25, primero del otoño (tanto en clave de jueves com de viernes) y, caramba, hasta parece -al menos aquí, a orillas del Mediterráneo- que sea realmente otoño. Incluso ayer TV3 lanzó el primer capítulo de «Caçadors de bolets» (Buscadores de setas), que es el único programa de tele que me engancha de verdad (es semanal y dura hasta un poco antes de las fiestas de la Visa). Pero no me fío, yo soy de aquellos de «hasta el 40 de octubre, no te pases con lo que te cubre» y aún puede girarse el tiempo y tornarse, hombre, tanto como veraniego no, pero sí primaveral subido. Recuerdo el noviembre de 1981, con temperaturas -a mediodía, eso sí- de 28 grados en Barcelona.

De todos modos, esta es la última paella de septiembre, la próxima será (¡ay! espero…) el jueves 2 de octubre, entrando, pues, en el último trimestre del año, que, como todos crecientemente, a medida que uno se va haciendo mayor, ha pasado como un suspiro. Pero bueno, por más que corra, han de pasar aún más de noventa días uno detrás del otro.

Quien viva, verá.

La gran pregunta

Gran pregunta, sí, la que se hace un comentarista de Barrapunto en la entrada sobre lo de la votación de las enmiendas torpedo. La transcribo por si os da pereza el enlace:

«¿Pero qué mierda de sistema es este en el que los ciudadanos tenemos que estar luchando para evitar que unos tipos, elegidos por nosotros y que se supone que deberían estar a nuestro servicio, nos jodan a base de bien?»

¿Alguna respuesta convincente?

Buena semana

El apropiacionismo está pasando una mala semana: por un lado, el auto de la Audiencia Provincial de Barcelona, que decide formular una cuestión prejudicial al Tribunal de Justicia de la UE respecto a sus dudas sobre el canon: la primera, respecto a si deben ser víctimas del canon las empresas y administraciones públicas, a las que cabe presumir un uso nulo o residual de su maquinaria y sus soportes digitales para la realización de copias privadas y, la segunda, respecto a la esencia misma de la interpretación del término «idoneidad» para señalar los aparatos que deben ver artificialmente encarecido su precio por el ominoso gravamen, ya que sospecha la Audiencia que una interpretación literal de la palabra sería excesiva; por otro lado, la votación de hoy en el Europarlamento sobre las enmiendas torpedo, votación con muchos claroscuros, de cuyos resultados aún debe hacerse una interpretación contextualizada (se producía sobre las 11:45 CEST y aún no ha habido tiempo de extraer conclusiones claras) pero que, obviamente, no ha acabado al gusto de la brutalidad culturicida apropiacionista. Por no hablar, si alargamos la cosa a quince días, del auto de la Audiencia Provincial de Madrid del pasado día 11, el que resuelve (favorablemente) el famoso «caso Sharemule», que ha dejado con un palmo de narices a multinacionales como Columbia Tristar, Walt Disney Company, Twenty Century Fox, Paramount, Universal, Time Warner, entre otras, además de a nuestros ya viejos enemigos $GAE, PROMUSICAE, Micro$oft y EGEDA.

Singular placer produce, respecto a este último acontecimiento, el encabronamiento que han pillado en PROMUSICAE, donde Guisasola, perdidos todos los papeles, ha ido por los siete mares soltando despropósitos a los cuatro vientos, metiendo tan recurrente como falsariamente (ya es habitual en esa tropa) la problemática de la pornografía infantil en medio de las redes P2P, como si el tocino fuera la causa primaria de la primera ley de la termodinámica, retratándose él solito de cuerpo entero.

En casa de don Teddy, en cambio, son más cucos y han tratado de arrimar el ascua a su sardina, salvando las apariencias en la ridícula pretensión de que la resolución de la Audiencia barcelonesa les pone muy contentos porque, según ellos, en Europa no se discute el canon. Sólo que, de hecho, la propia Audiencia no ha puesto el canon stricto sensu tampoco en cuestión: la Audiencia, se pregunta las dos cosas que he enunciado en el primer párrafo, de las cuales nadie espera pronunciamiento alguno sobre el canon así, en general. Lo que no explican ni la $GAE ni los cómplices a los que cita en la entrada a la que he enlazado son las consecuencias de las posibles respuestas. Es decir, lo que ocurriría si el Tribunal de Luxemburgo estimara, por un lado, que empresas y administraciones públicas deben quedar exentas del pago del canon (posibilidad que, por otra parte, deja abierta la L«P»I pero que se ha dejado, ominosa y dolosamente, sin salida reglamentaria) y, por otro, si estableciera que la selección de aparatos gravados con el canon alevoso es excesiva sobre la base de llevar el término idóneo al más lógico de generalizado. En efecto, en esto último, cualquier mente sana puede comprender -con independencia de que esté de acuerdo o no con la esencia de la cuestión- que no es lo mismo gravar un reproductor MP3, masivamente utilizado para la reproducción de música en el que la copia privada puede representar un uso razonablemente generalizado, que atizarle el canonazo a un disco duro -incorporado o no a un ordenador (lo que tambien representa una diferenciación bien cretina)- que va a ser masivamente utilizado para almacenar datos que no tienen nada que ver con los derechos de autor, aunque de forma esporádica -claramente insuficiente para justificar el canon- puedan algunos utilizarlo con esa finalidad. Y eso es, precisamente lo que ven los jueces.

Si el Tribunal europeo contestara en el sentido apetecido por nosotros -más que probable en la primera cuestión, es decir, en la exención de empresas y administraciones- el garrotazo que recibirían la $GAE y sus compinches sería tremendo, porque el canon a los CD y DVD quedaría constreñido a las ventas a particulares para usos no profesionales y eso constituiría un indudable garrotazo a esta vía de ingresos. Que la segunda cuestión también se contestara en sentido positivo (para la ciudadanía) por el tribunal europeo, ya sería como jugar al póquer y ganar: la rehostia. Por eso, por más que vistan a la mona de seda, no pueden estar contentos -como fingen estar- por un incidente procesal del que sólo pueden emanar dos resultados: o que se queden como están o que vayan a peor. Esto lo ve hasta el más tonto: la cuestión planteada por la Audiencia de Barcelona puede dejarlos igual o peor, pero en ningún caso mejorará en absoluto su situación presente. Por eso me sirve de recreo valleinclanesco esa histérica y refalsísima alegría, un teatro destinado a mantener la moral de sus huestes de renta baja -las de clase dirigente saben perfectamente lo que hay- y a los incautos que aún se creen a esta gente (que quieras que no, siempre serán tres o cuatro).

Mucho más prudentes que ellos, todavía no lanzamos las campanas al vuelo -si es que al final podemos llegar a lanzarlas- sobre lo sucedido hoy en el Parlamento Europeo. Sabemos que se han caído algunas de las enmiendas tremendas -porque han sido rechazadas o porque han sido retiradas-, pero también sabemos que otras, más o menos modificadas, han sido aprobadas. Como decía al principio, habrá que esperar a que se pueda hacer una valoración del conjunto.

La haremos, desde luego.

Algo al respecto sí que puede decirse: el nivel de concienciación y de movilización de la ciudadanía va en aumento y se nota, pero aún es insuficiente y mucho. El peso de los lobbyes aún es tremendo y la traición de los politicastros a los intereses de los ciudadanos es notoria. Especial vergüenza produce el comportamiento de Ignasi Guardans que, mirando a CiU en clave catalana -la principal, por otra parte- hace bueno al tripartit más nefasto y más cutre (y mira que el que hay es de agárrate…). Desde luego, entre unos y otros, lo tenemos claro los ciudadanos a la hora de votar.

Por eso tenemos que ir relativizando el voto, que tiene un valor devaluatoriamente generalista, ínfimo y ocasional -excesivamente ocasional- para ir optando por el lado de la movilización.

Detrás de toda la coña marinera de proteger la propiedad intelectual se oculta -mal e indisimuladamente- una clara tendencia a restablecer la censura (¡y la censura previa!) para aquellos medios que quedan fuera de control del sistema; la Red el principal, por supuesto. La ciudadanía debe mentalizarse de que no estamos luchando por pagar o no un canon o de mantener como reyes a un pequeño montón de vagos bien colocados en la corte; ya no estamos luchando caballerescamente contra la injusticia, como pudo parecer -o realmente ser- en un principio. Estamos luchando ya por algo práctico y sustantivo, estamos luchando por nuestros derechos, por unos derechos que en España costó treinta años empezar a recuperar (después de haberlos perdido tras una guerra espantosa que costó centenares de miles de muertos) y en el resto de Europa una guerra que costó más de un centenar de millones entre todos los contendientes (excepto la mitad de esta Europa, que luchó contra una tiranía en favor de otra que hizo lo mismo).

No estamos tratando de fruslerías, no estamos tratando de que unos supuestos niñatos puedan o no bajarse masivamente música gratis: estamos defendiendo la oportunidad de que pueda volver a existir una ciudadanía que ponga coto al poder, no tanto de unos políticos que constituyen una verdadera tetraplejia para los intereses generales como de unas corporaciones potentísimas que están saqueando el mundo y que nos están retornando, a cada año que pasa, a la condición de siervos sin ningún derecho que no emane del gratuito arbitrio de ese poder.

Esto es una guerra. Y no es broma.

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