Google ataca de nuevo

¡Menuda rentrée, y eso que aún no lo ha sido..! No esperaba volver a arrancar «El Incordio» hasta mañana, día 8, pero enciendo el ordenador esta tarde dominical y la primera en toda la frente: en el décimo aniversario de Google, aparece Chrome, el navegador que nunca iban a hacer. Ah, pillines… Porque, efectivamente, como dice Dans, llevo unos días metido en una cueva bajo tierra… o en un hotel lleno de guiris en la costa del Maresme, que está un poco más abajo de la Costa Brava pero que viene a ser lo mismo.

Bueno, ya probaré Chrome cuando aparezca su versión para Linux y estoy seguro de que será una excelente herramienta, que adoptaré como habitual o no, eso está por ver, pero, en todo caso, me parece estupendo que exista otro navegador que reparta más el mercado: Micro$oft ha pasado en poquísimos años de secuestrar el mercado con mucho más de un 90 por 100 de implantación a dominarlo… con poco más de un 70 por 100, por única y exclusiva obra de Firefox (bueeeno, vale, y un poquitín de Ópera también). Google es una empresa potente que, además, sabe aprovechar el trabajo de las comunidades y, por tanto, lo facilita, lo que le da unos rendimientos excelentes. El caso de Google Maps me parece espectacular, en este orden de cosas. Siguiendo en esta inteligente línea, ha abierto el código de Chrome para que la comunidad, eventualmente enorme y capaz, aunque sólo sea por acumulación de proyectos, de pergeñar verdaderas maravillas, le multiplique las posibilidades al nuevo navegador. Creo que vamos a ver cosas muy interesantes. Por otra parte, parece que Chrome ha sido concebido con vistas a constituir un verdadero sistema operativo en red, preparado para responder a la idea de unos usuarios mayoritariamente equipados con máquinas de conectarse a Internet, más que verdaderos ordenadores en todo el amplio sentido de la palabra, equipadas con un sistema operativo prácticamente reducido a un núcleo básico y, a partir de ahí, funcionar enteramente en el universo Google. Si la idea sale adelante, en términos de uso masivo, la era Gates-Ballmer está liquidada. Y sólo si M$ sabe quitarse de encima a tiempo a su sempiternamente fracasado CEO y a toda la escuela que él representa, podrá sobrevivir; lo que dudo -y celebro- es que M$ pueda sobrevivir como algo parecido a lo que es ahora: ya he dicho en varias ocasiones que yo no veía a corto y medio plazo -quizá ni a largo- la muerte de Micro$oft como empresa rentable y capaz incluso de seguir acumulando dinero a espuertas, pero sí como empresa hegemónica. Lo que está pasando con los navegadores muy probablemente sea un signo de lo que puede ocurrir con las propias empresas.

Hasta aquí lo bonito. Ahora vamos a lo feo y, para ello, voy a salirme de la cuestión para después volver a ella y enlazar la disgresión con el eje central de la idea.

En 1976 hubo en España una amnistía que se quedó muy corta en relación a lo que se exigía -y cabía exigir- ante la evidencia de un cambio de régimen distinto (y distante) del franquismo. Esta amnistía se amplió en el mes de marzo de 1977 y en mayo hubo de dictarse, finalmente, una amnistía total, a las puertas de las primeras elecciones a lo que iban a ser -aunque se negó tozuda y falsariamente- unas Cortes constituyentes.

Esta amnistía debió suponer -y así se anunció- la destrucción de los antecedentes policiales y judiciales de los beneficiados por la misma. Pero resulta que, unos cuantos meses después, un diputado -creo que fue Solé Tura, pero no estoy seguro- tuvo un incidente en un aeropuerto al saltar la alerta de antecedentes penales cuando se identificó en el control de pasaportes. En parecidas circunstancias, este incidente se repitió en algunas ocasiones más con otros personajes. Tras los escandalos correspondientes, el político a cargo de la cuestión aseguró solemnemente que todas las fichas serían rigurosamente destruidas de una vez por todas. No me lo creo ni harto de gaseosa. No volvió a haber incidentes de ese tipo, pero no me creo que hayan destruido las fichas.

Saltamos treinta años para llegar a la bitácora de Ignacio Escolar de hoy mismo. Escolar, director de «Público», escribe un artículo en su blog -que no, según parece en su periódico- en el que habla del asunto ese de la quema de archivos y nos relata cómo Martín Villa ordenó la destrucción sistemática de los archivos del Movimiento, pese a lo cual, han podido hallarse muchísimos legajos salvados de la quema de las más diversas maneras, cosa que suministra abundante material a la entrada de elefante en cacharrería de Garzón sobre el tema de la llamada memoria histórica.

Está muy claro: la información, una vez acopiada, no se destruye así como así. Es algo muy valioso, no sólo por el coste de su obtención -que, en muchos casos, también- sino por su valor intrínseco: saber de algo o de alguien es tener un poder cierto sobre ese algo o ese alguien; en cualquier negociación, aunque sea simplemente mercantil, o quizá sobre todo si es mercantil, lleva la ventaja, al menos inicial, el que sabe más del otro que lo que el otro sabe de él. Sabemos -en el ámbito honrado y admirable de la cuestión- cómo muchas personas se han jugado la vida guardando en un disimulado desván determinados libros mientras, a la puerta misma de su casa, camisas pardas o sotanas negras montaban grandes piras con ejemplares menos afortunados. Sabemos cómo fueron exculpados por simple vía administrativa de delitos contra la Humanidad -mucho mayores que los que costaron la cuerda a más de uno- científicos del régimen nazi porque la información que contenían sus cabezas era útil a otros dos regímenes que déjalos correr, también… Contenida en libros, en documentos, o en ignotos rincones del cerebro humano, y no digamos ya en bases de datos electrónicas, la información es un valor importante aún cuando su uso no pueda preverse con exactitud o con alguna aproximación. Es como una joya valiosa que pasa la mayor parte del tiempo en una caja fuerte, sin ninguna utilidad, sin ningún rendimiento; solamente está para que su dueña la luzca en muy contadas ocasiones o como reserva de valor, por si algún día hay que venderla para tapar un agujero o el viento trae rumor de palos y hay que irse pitando con lo puesto y un maletín. La mayor parte de las veces, esta joya se irá transmitiendo cansinamente, generación tras generación, de padres a hijos y todos ellos lo saben: pero ninguno echará al cubo de los desperdicios tan inútil artilugio para llenar con un frigorífico el hueco de la caja fuerte.

Pues bien: Google es, en los términos que nos ocupan, el más grande almacén de joyería que pudiera concebirse, inasequible a la más calenturienta imaginación de Sherezade elaborando un cuento digno de «Las mil y una noches».

Lo he dicho en esta misma bitácora muchas veces: la información que de todos y cada uno de nosotros se guarda en los servidores de Google constituiría el delirio de un dictador… o de cualquier persona o corporación que aspirara al ejercicio del poder desde fórmulas o estructuras poco o nada democráticas. Las protestas de buen rollo que siempre han puesto por delante los directores de Google tienen menos credibilidad que una sonrisa de Himmler; y no porque crea a los actuales directores de Google sustancial e intrínsecamente malvados, sino por dos razones: la primera, es que el uso de la información se justifica en sí mismo (algo que constituye un debate antiguo pero no resuelto en los servicios de inteligencia de todos los países del mundo); la segunda, que los directores de Google son hoy los que son y mañana pueden ser otros con otras ideas: ¿y si Steve Ballmer comprara Google? ¿Imposible? Bueno, bien, vale…

Ahora Google nos amanece con otro invento que, sin duda, reunirá todas las características de la casa: útil, posiblemente mejor que su competencia (ya ahora o con el tiempo), amigable, potente, gratuito… seguro que hasta tiene Omega 3 y ayuda a no engordar. ¡Y esa compenetración tan estrecha y tan guay con las demás herramientas de Google..! ¡Pero si hasta lo tendremos en el móvil! Porque se da por evidente que su integración con Android será perfecta. En definitiva, como muy bien dice Dans, no es un simple navegador, es un sistema operativo. Su competencia no es M$ Internet Explorer, ni Mozilla Firefox, ni el Ópera de Apple: su competencia es Window$ mismo. Debería alegrarme de ello aún en mayor medida: Micro$oft es Window$ y si Window$ pierde el monopolio, se cumplirá mi predicción de una Micro$oft convertida en una empresa saneada y rentable pero… una más en el mercado.

Sin embargo, no me hace gracia. Aquel siniestro refrán catalán (o que conocí originalmente en catalán), «Altres vindran que bo et faran» («Otros vendrán que bueno te harán») se superpone a todas mis alegrías por las desgracias de Ballmer. No me hace gracia, para nada, que Google -y con él todo su almacén inconcebiblemente ingente de información- se haga el amo de la red: ese monopolio podría ser mucho peor que el de Micro$oft; mucho peor en el ejercicio inflexible de sus designios y mucho peor por lo dificilísimo que resultaría destruirlo. Si destruir a Micro$oft como monopolio es un parto (y ojo, que aún no está destruido en absoluto), al lado de lo que supondría similar empresa con Google, quedaría reducido a un jueguecito de patio escolar.

Yo soñaba -como muchos- con una red y con una informática diversa: diversa en máquinas, en usos, en aplicaciones, donde todo tuviera cabida y donde todo tuviera en común una sola cosa: los formatos, los formatos públicos. Yo soñaba con un mercado, con una sociedad digital, donde convivieran media docena de sistemas operativos y dos docenas de paquetes ofimáticos, pero donde no hubiera que preguntarle a nadie qué sistema operativo utiliza o con qué tratamiento de textos ha realizado tal documento. Linux parecía constituir un paso serio y firme hacia esa sociedad y sigo aún en tal creencia, pero Google me da muchísimo miedo.

Ni siquiera me queda el consuelo de restringir lo máximo posible la información que sobre mí subo a Google en cualquiera de sus aplicaciones: si estoy en la red, si otros tienen información sobre mí y están en la red, ya estoy en Google; y, en Google, ya no soy dueño de mi propia información.

La lucha por las libertades civiles va a ser durísima.

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