Patria y pasta

11 de septiembre, fiesta autonómica en Catalunya, o Diada Nacional en la jerga nacionalista. Reivindicación de Cataluñas irredentas con la mente -y la mentalidad- puestas en la época del tricornio reivindicando como defensa de libertades lo que no fue sino una defensa de privilegios gremiales y feudales ya previa y largamente sentenciados por la Historia, después de haber subastado la fidelidad a un mejor postor que acabó saliendo rana; defensa que pagaron con abundante sangre los de siempre, los pringados tradicionalmente víctimas de los perdedores, que pasarían seguidamente a ser víctimas de los vencedores. Para, con el transcurso del tiempo, ser víctimas de nadie o, mucho mejor expresado, para seguir siendo víctimas de los de siempre. De los otros de siempre. De los de hace dos mil años, de los de hace quinientos años, de los de ahora mismo.

Con la única diferencia de que los otros de siempre nunca habían sido tan analfabetos y tan renta baja como los de ahora. Pero eso también es culpa nuestra. En definitiva, los otros de siempre no son sino la viva imagen de los pringados a los que exprimen.

Empezamos.

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Y empezamos por ahí, precisamente, porque esta de hoy va a ser monotemática.

Catalunya y los catalanes estamos en el disparadero con el tema de la financiación, que cuanto más avanza -avanzar en un sentido cronológico, no finalista- más se enturbia y más se ensucia. El hedor a componenda, a pasteleo bajo mano, a trapicheo en esquina de callejón lleno de basura, es cada vez más insoportable. Hablé algo de ello en una paella de hace cosa de tres semanas con ocasión de la payasada de rigor de esos que ahora se hacen llamar -por la prensa amiga– «ecosocialistas». Ahora viene Montilla con la rebaja: hay crisis, muchachos, y algo de lo que exigimos nos lo tendremos que envainar.

No es que no sea razonable, así a muy larga distancia: es evidente que cuando hay crisis y los ingresos públicos decaen, hay que ajustarse el cinturón presupuestario a todos los niveles y afinar la lista de prioridades propinándole, además, severos recortes, tanto más severos cuanto más abajo está la cuestión en la lista de marras. Otro día hablaremos de esas prioridades, porque eso también es relativo y la demagogia electoralista mete en la cosa su infame y asquerosa cucharada.

Pero la crisis no llegó hace quince días. Hace un año que nos la vemos venir los ciudadanitos de a pie; los especialistas, seguramente, mucho más, aunque los hijos de la gran puta se callaban como muertos, particularmente los gubernamentales, los progubernamentales y los paragubernamentales, además de los de sectores interesados. Cuando se tensó en Catalunya la cuerda de la financiación, la crisis ya hacía tiempo que estaba en las portadas de todos los periódicos y hasta Zap usaba ya la fatal palabra; toda la cagarela de unidad de los partidos frente a Madrid, todas las amenazas de boicot presupuestario al Estado, todos los avisos de desafección ciudadana por parte de los catalanes, recibieron su masa en un entorno de bosones de Higgs formados por datos de crisis (¡Toma homenaje al LHC y viva la mecánica cuántica chusco-política!) así que… ¿a qué vendría ahora echar el freno por causa de una crisis en medio de la cual se apretó el acelerador?

Después Montilla se sorprende (¿de verdad se sorprende?) de que un estudio de la sección de Sociología del Institut d’Estudis Catalans sostenga, datos en mano, que la ciudadanía catalana está estupefacta ante lo que esta sucediendo. ¡Claro que lo está! ¿No es acaso para estarlo?

Los catalanes necesitamos dinero, pasta, money, así de claro. Aunque la mona se vista de seda de financiación, de justicia distributiva y de no sé qué más, necesitamos dinero. Tenemos un déficit infraestructural de cojones y, aunque vamos en camino de ir retrocediento en el tren, aún somos la locomotora económica de este país, aún se genera aquí una quinta parte del PIB total. Vamos estando un poco hartos, además, de ser los malos de la película, de ser los llorones que siempre están pidiendo más, cuando lo cierto es que estamos hartos de andar siempre necesitando pedir más, siendo así que lo que necesitamos lo generamos: no pedimos solidaridad a otros. Por eso, aunque a muchos catalanes nos produjo una cierta aprensión la tensión de la cuerda -sobre todo viniendo de quien viene el tirón- también comprendimos que por la vía de siempre esto no tenía arreglo y que había que dar una patada en el suelo para sacudir un poco las estanterías. Bueno, aunque a algunos -muchos- nos hubiera gustado más que la patada se diera en otra habitación, el caso es que se dio… y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese… y no hubo nada.

Todo el problema viene de un sistema territorial obsoleto, de un proyecto de país, de nación, que debe modernizarse -ojo, que no digo «abandonarse»-, que debe adaptarse al siglo XXI. Lo he dicho muchas veces. Esta construcción actual, entre otros anacronismos a mayor profundidad, establece sistemas de solidaridad interterritorial que vienen durando treinta años y aparte de la pregunta de si la solidaridad de ese tipo debe ser eterna -y, en ese caso, en base a qué- cabe aún antes formularse otra: ¿han aprovechado sus beneficiarios estos treinta años de solidaridad? Es verdad que varias regiones españolas han hecho los deberes y han adquirido niveles de modernización y de desarrollo admirables que los han llevado a ser de receptores de solidaridad a emisores de solidaridad. Pero otras regiones (no, no voy a decir nombres: están en la mente de todos) han tomado el crédito solidario como una renta vitalicia y han bajado ese concepto a su propia ciudadanía, una sensible parte de la cual (no mayoritaria, sólo faltaría, pero sí numéricamente importante) vive del subsidio, esto es, del cuento. Y encima cachondeo, como en el chiste de la adúltera: en alguna de esas regiones, ciertos servicios públicos -la sanidad, por ejemplo- tienen mucha mayor calidad, porque tienen mucha mejor financiación, que los nuestros, que los de los paganos. El colmo.

Esta situación la tenemos muy clara todos los catalanes: los de mena, los que llegaron hace un montón de años y hasta los recién llegados.

Ahora bien: si se impugna el modelo estatal se impugna el modelo estatal; si se quiere mejorar el modelo de financiación se quiere mejorar el modelo de financiación; pero son dos cosas distintas. Lo que no se puede hacer es impugnar el modelo estatal sobre la base de la financiación, porque eso es trampa y demagogia y, además, no estamos de acuerdo ni todos ni la mayoría de los catalanes. Al loro con la trampa nacionalista: los de siempre -los de siempre en ambos bandos- pretenden que el hecho de que la práctica totalidad de los catalanes estemos de acuerdo con la tensión del tema financiero nos convierte a todos en nacionalistas. No. No señores. Yo puedo propugnar -y propugno- un cambio en la estructura financiera del Estado; yo puedo propugnar -y propugno- un cambio en el modelo territorial del Estado; yo puedo propugnar incluso -y propugno- un cambio en las bases mismas del Sistema y hasta en la mismísima estructura fundacional del Estado; pero no propugno una impugnación de España como hecho real, cierto, palpable e indubitable, de entidad histórica y como proyecto de futuro. Y la gran mayoría de los catalanes puede estar o no de acuerdo con mis primeras propuestas -con la primera, seguro que sí-, pero aquí y ahora aseguro, y demuéstreseme lo contrario si se puede, que la mayoría de los catalanes sí está de acuerdo con la última afirmación.

Si se hace una cuestión patriótica y de fundación nacional misma de una presunta solidaridad económica que, desde luego, se hace dudosa treinta años después, no debe sorprender que la contra-solidaridad reactiva lleve también por parte de algunos -y no todos de mala fe, las cosas como son- a arremeter contra esa fundación nacional y a aspirar a otro patriotismo y a otra fundación distinta. Es lo que pasa cuando se hace trampa y es lo que pasa cuando a un nacionalismo se le opone, simplemente, otro nacionalismo: que no hay encaje posible, que no hay otra salida que la ruptura. Y es a eso a lo que están jugando unos nacionalistas y otros sin darse cuenta de que están jugando al aprendiz de brujo; o, lo que es peor: conscientes de ello.

Lo cierto es que el sentimiento de que esto no puede seguir así está generalizado entre los catalanes. Si el Constitucional tumbara el Estatut, habría aquí una reacción gorda, no por el Estatut en sí mismo, que nunca ha importado tres cojones porque nunca fue sentida su necesidad -y a su referéndum me remito- sino porque sería la plasmación judicial clara e indubitada de esa anticatalanidad ancestral tan extendida en el resto de España, tan sostenida como valor político y tan codiciada como valor electoral. Y esto es indiscutible porque no es una razón -o no solamente una razón- sino algo mucho más grave que no se sustancia en un mero debate: es un sentimiento. Un sentimiento generalizado aquí y un sentimiento ancestral cuyo origen se remonta generacionalmente muy arriba.

Y no hablo de 1714.

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Comentarios

  • Jordi  On 11/09/2008 at .

    A pesar de no estar de acuerdo al 100% con lo que dices, las verdades que has soltado son lapidarias.

  • JCB  On 12/09/2008 at .

    Yo, natural de una Comunidad Autónoma pequeñita como Cantabria, no veo el tema financiero de la misma forma, claro. Ya lo decía Ortega y Gasset, las circunstancias de uno influyen.
    Para mí, la “solidaridad financiera” entre autonomías tiene el mismo sentido que las diferencias de cotización del IRPF: yo pago más para que otros puedan tener servicios que de otra forma no podrían tener. ¿Qué a menudo esos (andaluces, yo sí que lo digo) se dedican a rascarse sus partes cobrando el subsidio de desempleo? Es evidente que pasa y seguirá pasando, pero sobre todo porque se consiente tácitamente.
    ¿Quiere eso decir que hay que cargarse el modelo de contribución? Parece claro que no.
    Respecto al tema del déficit de infraestructuras de Cataluña, he discutido largamente con compañeros catalanes al respecto y siempre me ha quedado un saborcillo como de “yo no puedo estar tan mal como tú porque genero más”.

  • JCB  On 12/09/2008 at .

    Si hablamos por ejemplo de los hospitales, las estadísticas del INE son aplastantes: en Andalucía hay 1,19 hospitales por cada 100.000 habitantes, en Cantabria 1,80 y en Cataluña 2,55.
    El porcentaje de ocupación de dichos hospitales es: 77,89% para Andalucía, 87,33% para Cantabria y 83,89% para Cataluña.
    Y así podemos seguir discutiendo durante décadas.
    (Datos de 2005)

  • Jordi  On 12/09/2008 at .

    A igual que con Javier, no me niego a que parte de mis impuestos se destinen a aquellos territorios más desfavorecidos. Lo que me indigna es que, después de haber hecho este reparto, los catalanes nos quedemos en la parte baja de la renta per cápita española. Por otra parte, cuando España ingresó en la CEE en 1986, Galicia, Extremadura y Andalucía figuraban en la lista de territorios Objetivo 1 de recepción de ayudas comunitarias. Más de veinte años después y tras haber invertido verdaderas fortunas tanto de los fondos europeos como de los presupuestos del Estado, dichos territorios continúan siendo Objetivo 1 y así lo serán hasta 2013. Creo que estamos en condiciones de exigir a la clase política qué se ha hecho con este dinero y como es posible que en más de dos décadas todo sigui igual.

    Javier explica perfectamente al final de su artículo la anticatalanidad, enquistada en una amplia capa de la sociedad española y que tan excelentes réditos a dado tanto al PP como al PSOE (el caso de Rodríguez Ibarra es muy clarificador). Es curioso como, cuando se habla de financiación autonómica, Catalunya se lleva mil pestes por querer tener un sistema más justo pero el anacronismo medieval del Pais Vasco y de Navarra no genera ninguna crítica, sino todo lo contrario. Lo que más me jode en esta vida, con perdón, son los dobles raseros.

  • JCB  On 12/09/2008 at .

    Bueno Jordi, estoy totalmente de acuerdo contigo en que se debería pedir a la clase política que nos explicaran dónde va el dinero de los contribuyentes, pero en cualquier caso los habitantes de esas tres regiones que mencionas no creo que sean culpables de ello, así que no sería justo cargarles las consecuencias.

    Respecto a la anticatalanidad, no puedo estar más en desacuerdo con vosotros: el sentimiento no es contra Cataluña, los catalanes o los rasgos regionales, sino contra el uso que los políticos hacen de ello como arma arrojadiza de confrontación.
    Nadie discute, por ejemplo, que deba enseñarse catalán en los colegios catalanes, pero en el resto de España no se entienden las dificultades para escolarizar a un niño en español, que al fin y al cabo es el idioma que compartimos todos los españoles y un idioma que le será necesario con seguridad.
    ¿Es eso ser anticatalán? Yo creo que no, pero si preferís verlo así…

    Por último, ya he comentado que soy de Cantabria, así que cuando quieras hablamos del tema del País Vasco y Navarra, que conozco de primera mano.
    Y si crees que “no genera ninguna crítica” es porque debes de estar en círculos muy cerrados, porque las discrepancias ahí son mucho mayores que con Cataluña.
    A veces hay que mirarse menos el ombligo.

    PD: a mi juicio, el sistema que quiere tener Cataluña no es más justo, sino más egoísta. Pero es una cuestión de opiniones.

  • Jordi  On 12/09/2008 at .

    Yo no ataco ni a gallegos, andaluces ni extremeños, no saquemos las cosas de contexto. Me quejo del uso que se ha hecho de los recursos públicos que se han destinado a estos territorios.

    ¿Egoísmo? Si reclamar no quedar a la cola en renta per cápita después de contribuir a las arcas del Estado es ser egoísta pues sí, soy un egoísta de tomo y lomo.

    Y en relación al sistema fiscal de Navarra y del Pais Vasco, yo aún no he visto ninguna declaración de ningún partido político de estos territorios criticándolo. De risa las declaraciones de San Gil cuando dijo pestes del Estatuto catalán por insolidario para luego declarar orgullosa que “es que en el Pais Vasco tenemos fueros”. Insisto: doble rasero.

  • Javier Cuchí  On 12/09/2008 at .

    JCB: muy bien traído el tema de los impuestos. Precisamente porque,a nivel personal, pienso igual y el problema es el mismo. Porque el problema es mucho menos de cotización que de redistribución. Es de lo que se habla en este ámbito y ya puede deducirse de lo que comenta Jordi que los catalanes no pensamos en el concierto económico tipo vasco o navarro -sí que se propugnó a principios del XX, a falta de otras fórmulas- más que como en una mala solución de última instancia sólo ventajosa puesta en relación con el actual estado de cosas, pero no en relación a otras soluciones bien posibles y mejores para todos.

    Decía que está bien traído lo de los impuestos porque soy de los pocos ciudadanos plenamente convencido de su necesidad y los pago no con placer, por supuesto, pero sí con el mismo talante con que pago una copa en un bar, la compra en el mercado o el periódico en el kiosko: como algo lógico, normal, justo y necesario. Cuando alguien me propone un trabajo sin IVA siempre entono el vade retro aunque sólo fuera por una razón: soy funcionario ¿con qué fuerza moral podría quejarme de que congelen mi salario si yo mismo le propino palos al ingreso público?

    Pero dicho esto -y en esta bitácora me he quejado de ello más de una vez- a este país lo sostenemos fiscalmente los asalariados y las microempresas: somos siempre los paganos y nunca los cobranos.

    Los ricos montan sus sociedades de gestión patrimonial -entre otras trampas graciosamente legalizadas- y eluden cerca del 80 por 100 de sus obligaciones fiscales, que se dice pronto; los pobres, obviamente, no pagan, pero se apuntan a un bombardeo y también son unos cracks haciendo ingeniería financiera chusca pero eficaz para arrimarse a todas las ayudas públicas, subvenciones y demás.

    Las clases medias no hacemos más que pagar, jamás podemos acceder a becas, facilidades ni similares porque somos, ahora sí, oficialmente ricos. Y encima se nos acusa de comportarnos como tales por detalles como, por ejemplo, llevar a nuestros hios a la enseñanza concertada: ¿sabes a dónde tendría que llevar a mis hijas si pretendiera que estudiaran en un centro público? A los de la otra punta de la ciudad, de una ciudad como Barcelona, ojo. Porque los razonablemente próximos, están copados por pobres oficiales y nosotros -un funcionario y una enfermerita- somos oficialmente «potentados» que estamos muy abajo en la lista de prioridades. Algunos de estos pobres oficiales ganan más que nosotros -y en algún caso, bastante más- pero en plan sumergido.

    ¿Has visto qué a huevo has puesto la verbigracia?

  • JCB  On 12/09/2008 at .

    Totalmente de acuerdo, Javier, eso pasa en toda España.
    Y si entramos en las trampas que hace la gente para poder llevar a sus hijos al colegio más próximo podríamos escribir un libro. Verdaderas locuras.

    En cualquier caso, y siguiendo con el símil, la solución no pasa por dejar de pagar el IRPF, sino por hacer que la gente cumpla la ley (en la medida de lo posible, delincuentes habrá siempre).
    Es decir, no hay que dejar de repartir la riqueza entre las regiones, sino hacer que las que reciben más de lo que aportan justifiquen su empleo (en realidad deberían justificarlo todas, pero en fin).

  • JCB  On 12/09/2008 at .

    Jordi, de nuevo los datos del INE son tozudos: en 2006, Cataluña era la 4ª Comunidad Autónoma en renta bruta disponible per cápita, sólo por detrás de País Vasco, Navarra y Madrid.
    Yo no llamaría a eso “quedar a la cola”.

    Las dos primeras comunidades, por cierto, tienen datos tan elevados debido, en parte, al especial régimen fiscal del que disfrutan sus habitantes y empresas.
    Régimen fiscal que, a mí, me parece una atentado a las competencias del Estado.
    Si queréis hablar de injusticias fiscales o económicas, os invito a que vayáis a Castro Urdiales, en Cantabria, muy cerca de Bilbao, donde viven más del doble de las personas que están censadas oficialmente. ¿Por qué? Porque todos los vascos que viven allí porque no soportan Bilbao siguen empadronados en el País Vasco para pagar menos impuestos.
    Y claro, los problemas de suministro de agua, de recogida de basuras y todo tipo de servicios dimensionados para menos de la mitad de la población son diarios.
    Si nos pusiéramos a hablar de las ventajas que tienen las empresas necesitaríamos otra entrada del blog, pero os invito también a que vayáis a Miranda de Ebro, ya veréis qué felices están allí.

    Si a lo que te refieres, Jordi, es a cómo tratan el tema los políticos, sólo puedo decirte una cosa: si crees que todos pensamos así en el resto de España es como creer que todos los catalanes sois independentistas, porque son a los únicos que se ve en las noticias.

  • Javier Cuchí  On 12/09/2008 at .

    Ahí, sí señor. Añade un par de detalles más:

    Primero: el que produce o el que produce más, necesita, para seguir produciendo, más inversión que el que no produce o produce menos. Porque si no, el que produce o produce más, dejará de producir o producirá menos y entonces todos al carajo. Se habrá conseguido la tabla rasa en la miseria. Esto no es de justicia grandilocuente: es de economía básica.

    Segundo: la justicia distributiva también tiene, como los cañones, retroceso. De ningún modo, bajo ningún concepto, es admisible que el que da viva en peores condiciones que el que recibe. En iguales, bueno. Pero en peores no.

    Tu último párrafo habría de escribirse en letras de otro troqueladas a fuego: entre los perceptores de solidaridad hay mucho tomate. Muchísimo.

  • Javier Cuchí  On 13/09/2008 at .

    ¡Ups! Releo y aclaro: mi última intervención contesta a JCB en su entrada marcada con el número 8, no con la nueve. Ahora queda esto más claro ¿verdad?

  • miguelc  On 14/09/2008 at .

    Nuestro primer problema, y del que yo creo que dimanan los demás, sistema de financiación incluida, es que la clase política española parece creer cada vez menos en la democracia, y que, quizás como consecuencia de ello, demasiados de nuestros políticos no están por la labor de cumplir y hacer cumplir [toda] la ley.

    Los que no tienen fuerza legislativa suficiente para cambiarla nos dan, día si y día también, el espectáculo de intentar (y con demasiada frecuencia conseguir) hacer caso omiso de leyes con las que no comulgan.

    Y aquellos que sí pueden cambiarla, retuercen la interpretación de nuestra actual constitución de tal manera que, a mi entender, ya existen varias leyes importantes en vigor que la contradicen.

    Me pregunto el porqué, estando en sus manos ese poder, no se limitan a cambiar la constitución de una puñetera vez en lugar de intentar violarla repetidamente. ¿A qué tienen miedo?

    En resumen, que en España, hoy, los políticos no resuelven los problemas, ellos son un problema. Espero que la población de a pie seamos más inteligentes que estos, aunque no se yo, porque ¿quien los puso ahí sino nosotros?

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