Crisis y mala educación

Ya inmerso en la cotidianía laboral y en plena fase de normalización y orden vital -que para mí es imprescindible: soy ordenado y cartesiano a tope y, fuera de ese orden, mi rendimiento se desmorona estrepitosamente- acometo esta paella de último jueves del verano astronómico 2008, en pos el calendario -y parece que también el clima- del otoño llamado a darle carpetazo al año.

Un otoño que, en expresión proverbial pero, según es de temer, nunca tan cierta como en este año, va a venir caliente.

Vamos allá y que no nos pase nada…

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Ya lo sé, es recurrente y, por tanto, vulgar, pero es un tema del que me resulta imposible sustraerme (creo que es muy difícil que pueda nadie sustraerse de él). Sí, lo has adivinado: la crisis económica.

Como ya se veía venir desde hace unos meses, lo gordo viene ahora, en otoño, y la semana empezó con un susto acojonante por la quiebra de Lehman y el recate in extremis -nacionalización, en realidad- de la aseguradora norteamericana AIG.

No quiero, sin embargo, caer en el juego de las predicciones; si ya es pedante cuando lo realizan economistas de fuste -aunque bien es verdad que estas predicciones es lo que mayormente les piden- mucho más acaba siéndolo cuando la economía que sabe uno no va más allá de cuatro rudimentos adquiridos en una maría de primero de Derecho y en un par de libritos divulgativos que vagan lastimeramente por la estantería de varios de mi estudio, quizá -sin mirarlo, ni siquiera me acuerdo- encajados entre un viejo manual de dBase III y una biografía chapucera e infame -fané y descangayá, que diría el tango- de Bismarck, que aún vive ahí solamente porque me pasó desapercibida en la última limpia con destino a Cáritas.

Lo que sí quiero, no obstante, es empezar a extraer algunas conclusiones que creo que deben ser consideradas.

La primera y principal -ya hablé de ella en algún momento este verano- es que resulta obligatoria una lectura ideológica de lo que está pasando o, mejor, de lo que ha pasado ya, basada en la más que clara constatación de que el ultraliberalismo económico es inviable y este estrepitoso fracaso de ahora lo demuestra palpablemente. El mercado no se autorregula (al menos, no siempre) y no es eficiente por sí mismo (de nuevo, no siempre, al menos). Debe ser libre, desde luego, pero con férreas limitaciones, sobre todo en lo que respecta a los movimientos financieros; es decir, hay que mantener en mínimos -evitar totalmente es imposible, seamos realistas- la especulación pura y dura, la compraventa de humo de colores, con efecto bola de nieve. Imagino que, para ello, habrá que mantener los flujos dinerarios dentro de un orden poniendo un poco alto el listón de mínimos de los tipos de interés, aunque quizá la fórmula sea otra, no lo sé -ya he hablado de mis limitaciones- pero lo que está claro es que la obtención de dinero fácil debe quedar limitada a la lotería.

La segunda, y no menos importante, es que la seguridad económica de las personas no puede quedar fiada a la ineficiencia del mercado o a las frecuentes manifestaciones de ineficiencia del mercado. En otras palabras: las políticas sociales que garanticen ingresos dignos para la jubilación, una sanidad pública de calidad y una enseñanza pública que tienda a la excelencia, junto con una cuarta pata que trataría de paliar -ahí sí, en mínimos imprescindibles, pero sin ir más allá- el infortunio individual ocasional (paro, desastres naturales, etc.). Ello no quiere decir que no puedan existir planes de jubilación, sanidad o educación privados, pero como complemento, en el primer caso (cotización y subsiguiente derecho obligatorios e insoslayables), y como posible alternativa -a libre y espontánea elección del interesado- en los otros dos. Ya que hablamos de eso, veremos qué pasa en la actual coyuntura con muchos planes de pensiones y de jubilación concertados con entidades financieras privadas. Hace unos años me dejé meter en uno -suerte que me desperté cuando apenas me habían pillado cuatrocientos euros- y medio me divierto cada mes -mejor tomárselo así- cuando veo que el capitalazo destinado a financiar la cena de celebración de mi jubilación -a más no creo que llegue y, según cómo, ni a eso- tiene, en estos momentos, después de unos ocho años, según creo recordar, un rendimiento acumulado (no medio) del 1,35%. Viva la Caixa y sus maravillosos productos. Y el que nos hacen en el trabajo cuando CCOO y UGT decidieron dedicar a eso una pasta que tenía que haber ido a nómina (yo tengo mi teoría sobre los motivos), también gestionado por la Caixa, ya está en negativo, en pérdidas. Es que la obra social traga que es un gusto…

La tercera tiene como destinataria al mundo empresarial: hay que cambiar el chip por arriba. Me pareció muy interesante y muy digno de ser tomado en cuenta en todos los ámbitos -no solamente en el tecnológico- el artículo de Robert Cringely que cita Enrique Dans en su bitácora, así como los propios comentarios de Enrique a las citas que hace de dicho artículo. Uno de los efectos de esta crisis debiera ser una sacudida rebelde de los consumidores que debiéramos exigir -ya veremos si lo haremos, tal como está de capón el personal- servicios de calidad a cambio de nuestro dinero, en vez de tolerar la situación actual que es la de retribuir obligatoriamente a unas determinadas empresas como si fueran acreedoras de un impuesto o de un canon al estilo de la $GAE a cambio de unos servicios muy precarios cuando no simbólicos o incluso inexistentes (justamente como el propio canon). Pero ahí los ciudadanos debemos ser activos y movilizarnos, no limitarnos a berrearle patéticamente al famoso y dichoso organismo regulador que nunca sirve para nada, o dejar todo el peso de la cuestión a las asociaciones (Internautas, consumidores, etc.) que sólo son potentes en tanto que gocen del apoyo activo (y no solamente enunciativo) de la ciudadanía.

Se podrían decir muchas más cosas. Creo, por ejemplo, que todos, unos más que otros pero, en definitiva, todos, debiéramos ir aparcando nuestros sobradismos y empezar a ponerle un poco de rigor a nuestro consumo, en vez de ir como locos haciendo carreras con el vecino. Porque, además, o lo hacemos por las buenas o las circunstancias nos lo impondrán a la trágala. Creo, por más ejemplo pero en otro orden de cosas, que también habrá que redefinir la globalización y actuar en consecuencia, poniéndole un bozal a la voracidad, al apropiacionismo y al bandolerismo de las corporaciones transnacionales y dar voz en el asunto a los pueblos más desgraciados, sobre todo en la parte en que lo son por causa de unos cuantos hijos de la gran puta que han convertido el mundo entero en su Sierra Morena particular.

Pero veremos qué pasa: el capitalismo puro y duro no cederá fácilmente.

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Nuevamente el cole puesto en la picota, esta vez en Catalunya y a cargo de la Fundació Jaume Bofill que, desarrollando el Informe PISA 2006 dedica muy duros adjetivos al estado de la enseñanza en Catalunya y muy especialmente en relación a dos aspectos: la brecha, ancha y profunda, que separa en términos de [relativo] éxito y de rotundo fracaso la etapa escolar según el colectivo de educandos sea, respectivamente, local o inmigrante; y en los mismos términos, la que separa la enseñanza pública (con un 25% de fracaso) de la privada (un 15%). Pienso -por mi cuenta, aclaro- que con alguna no muy importante variación en las cifras, la situación es parecida en el común de España, aunque parece que, en efecto, Catalunya no anda lejos del furgón de cola si es que no es el mismísimo furgón de cola.

Las causas son seguramente complejas en ambos casos y, como en la entrada anterior, podría pecar de una cierta imprudencia si entro a saco en el tema al faltarme formación específica en materia pedagógica (salvo unas nociones muy básicas adquiridas en mi ya antiquísima etapa de educador de tiempo libre), pero son cuestiones que afectan tanto al núcleo de la ciudadanía (de la ciudadanía ya no sólo como colectivo sino como concepto mismo) que creo que, verdaderamente, nadie puede ser ajeno a ellas.

El tema de la inmigración, en primer lugar. Asumo (aunque tengo la suerte de no haberlo sido nunca) que ser inmigrante es durísimo. Afrontar de golpe un entorno radicalmente distinto con una cultura distinta y, a veces, radicalmente distinta, partiendo prácticamente de cero porque, como es casi obvio, un emigrante llega a su destino con lo puesto y aún gracias si no lo debe. Y todo ello por no hablar de la amargura de haber tenido que abandonar el entorno natal, la ciudad o pueblo, los amigos, los padres… en no pocos casos la pareja o los hijos, agarrándose como autodefensa a la intención -que se desvanece pronto- de regresar algún día con la suerte más de cara. Duro, duro de verdad.

Además de todas estas barreras está la del lenguaje, y es la barrera más exigente porque es la más inmisericorde y, encima, la que exige una adaptación más inmediata: si no se habla el idioma local, ya no es que sea imposible la integración, es que es imposible casi ganarse la vida, a poco que el trabajo requiera de una comunicación mínimamente compleja: el mejor albañil no sirve para nada si no es capaz de entender qué se pretende que haga.

Esta barrera no la tienen los inmigrantes americanos, pero no teniéndola en el común de España; sin embargo en una de sus regiones, Catalunya, se encuentran con una lengua adicional, que es de uso habitual -y en no pocos lugares exclusivo, sea por norma, sea por costumbre- lo que supone una dificultad; no obstante, esa dificultad, siendo grave, no es dirimente: con el castellano pueden ir tirando y el catalán, que a la larga acabará siendo necesario, no es urgente en términos de supervivencia laboral o social.

El senegalés o el pakistaní, por poner dos simples ejemplos lo tienen peor: no dominan ninguna de las dos lenguas posibles, pero tendrán que afrontar el aprendizaje de las dos.

Cuando todo esto lo llevamos, añadido como lastre, al esfuerzo intelectual que deben hacer los niños, nos encontramos, evidentemente, con una situación que es un billete a la catástrofe. Si a los niños españoles ya les cuesta trabajo llevar adelante sus estudios no teniendo problemas de idioma, imaginemos a los niños extranjeros que no entienden de la misa la media; y, en Catalunya, además, las misas son dos.

Para tratar de solucionar estos problemas, se establecieron -no sin cierta rara inteligencia- una suerte de módulos de adaptación, un circuito especial provisional que deberían recorrer los niños inmigrantes hasta asumir las competencias mínimas necesarias en lengua castellana -o catalana, en Catalunya-; este circuito, tal como se diseñó precisamente en Catalunya, se recorrería en el ínterin que transcurre entre su llegada y el inicio del curso siguiente. Pero si ese ínterin puede -y suele- ser corto aún no pretendiéndose otra cosa que el que puedan asumir unas competencias lingüísticas mínimas… ¿qué puede ocurrir cuando las necesidades son mucho más amplias? Imaginemos a un muchacho de once años que llegue aquí sin saber apenas leer y con las cuatro reglas prendidas con alfileres como máximo lujo educacional, si es que llega a tanto: ¿vamos a meterlo en el ciclo superior de Primaria apenas sepa decir yo Jane tú Tarzán?

Evidente y coherentemente ya se andaba barruntando en convertir estos recorridos en algo más extenso y planificado que un simple ínterin entre un curso ya iniciado y eventualmente avanzado y el nuevo curso que ha de empezar el siguiente septiembre, sino en una especie de adaptadores que podrían durar algo más, un curso entero, quizá dos, o quizá aún alguno más, para una integración en el currículo escolar normal más completa.

Pero ¡ay amigo! ya salieron los gilipollas amigos de lo políticamente correcto a ver en el invento una especie de pérfido segregacionismo paranazi; la expresión -puramente casuística- circuito diferenciado, donde, para ellos, diferencia es la oposición vestida de negro y con calavera en la gorra a su estúpido concepto de igualitarismo a ultranza, y la cosa les hace salir sarpullidos. Tuvieron que intervenir, pues, los retrasados mentales que asimilan diferenciación (aún provisional) con discriminación.

El resultado está ahí: estamos poniendo en marcha (en Catalunya sobre todo, pero también en el resto de España) un proletariado cultural que, evidentemente, derivará en un proletariado sin apellidos. Lo que lleva, además, a una segunda consecuencia: la integración de la inmigración se prorroga una generación entera. Es decir, los hijos de los inmigrantes estarán en mejores condiciones que sus padres -aunque no mucho mejores- pero muy lejos de la integración, de la verdadera igualdad, que es la de oportunidades y que no tiene nada que ver con el igualitarismo botarate de un hatajo de pisacharcos. Con un añadido más grave: en puridad, los componentes de esa generación de hijos de inmigrantes no serán inmigrantes ellos mismos sino naturales españoles, con DNI en regla, la mayoría de ellos, con lo que la diferencia entre clases lo será en estricta puridad, a la vieja usanza -y me temo que estética- marxista.

Listos, que sois unos listos.

La otra cuestión es lo de la enseñanza pública y privada, sobre la que no me extenderé porque he hablado de ella muchas veces. Sólo especificar un par de cosas: esa diferencia 25%-15% en la relación del facaso escolar de la pública a la privada, respectivamente, radica precisamente en que la pública absorbe a la práctica totalidad de la inmigración. Se pretende no obstante que la privada (concertada en su práctica totalidad) absorba la misma proporción que la pública. Un nuevo argumento demagógico, porque: ¿se subvencionarían a la enseñanza privada los canales de adaptación que en la pública se consideran imprescindibles -en el precario criterio del que he hablado- para la integración del alumno inmigrante en el currículo normal? ¿A que no? ¿A que se intentaría impedir desde las trincheras de los publicistas a ultranza? ¿Lo veis, berzotas?

Tengo, desde luego, que volver a hablar de enseñanza pública y enseñanza privada. Ya lo hice cuando expliqué cómo se había destrozado una enseñanza pública que fue de gran calidad hasta los años 70 (incluidos) a base de desmotivar al profesorado y de privarle de su autoridad, convirtiendo los centros educativos públicos -al menos los de los grandes núcleos urbanos- en un gallinero indisciplinado donde al alumno aplicado le es dificilísimo -cuando no materialmente imposible- salir adelante y donde los maestros tienen que hacer enjcaje de bolillos solamente para mantener una simple apariencia de orden. Pero tengo que hablar de principios, de ideologías, de libertad de enseñanza.

Lo haré. Y pronto.

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¡Menudo testamento! Lo de las 400 palabras de «Los piratas son los padres» (que, así y todo, llegaron a sobrepasar las 600) fue un ejercicio de disciplina constrictora que, falto de continuidad, me ha llevado de nuevo por el camino del rollo. Espero que me disculpéis. Será que todavía no me he centrado en el asunto este del orden al que hacía referencia en la introducción.

Me detengo, me detengo. El próximo jueves será 25, en plenas fiestas patronales barcelonesas -en las que no pienso participar en absoluto: son demasiado oficialistas y pagan demasiado a la $GAE- y en los primeros días del otoño astronómico. Como siempre, está por ver si coincidirá o no con el climático. Lo dudo.

Voy preparando el sofrito para entonces…

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