El «open idiot»

Ya he escrito sobre el asunto alguna vez, pero voy a insistir, porque la cosa me está cargando mucho. Me refiero a esa manía de llamar al software libre open source o software de fuentes abiertas.

El problema viene de que, en inglés, free significa indistintamente «libre» o «gratuito». Como en tantos otros vocablos de ese riquísimo idioma, hay que acudir al contexto para establecer el significado concreto en cada caso; esto es, por ejemplo, lo que hace tan difíciles los diccionarios digitales inglés-español (o inglés-francés, o inglés-catalán o inglés-cualquier lengua latina) dificultad que baja muchísimos puntos en el sentido inverso de la traducción. En las lenguas latinas -y en general- cada palabra tiene un significado preciso, sobre todo los sustantivos, y no necesita de un contexto. Aún más: el castellano -como la mayoría de las lenguas latinas- es rico en sinónimos, es decir, varias palabras con un mismo significado. En el caso que nos ocupa, la palabra software no ofrece por sí misma un contexto suficiente como para precisar el exacto significado de free. Por tanto, la comunidad anglófona ha recurrido a la expresión open source (elipsis de «software de fuentes abiertas») para identificar al software libre; es una imprecisión -ahora lo veremos- pero les sirve para entenderse, es como un pacto lingüístico y, como consecuencia del cual, todo el mundo sabe -siempre en el ámbito anglófono- que open source es «software libre».

En castellano no existe este problema porque, en la lengua cervantina, los términos gratis y libre están perfectamente diferenciados, de modo que no hay razón alguna para acudir a eufemismos recursivos. Es más, el eufemismo genera confusión, toda vez que un «software de fuentes abiertas» no tiene por qué ser necesariamente software libre, por más que el software libre tenga siempre sus fuentes abiertas. Que todos los cornudos estén casados no implica que todos los casados seamos cornudos.

Tanto es así que, en el texto en inglés de la funda de los discos con la distribución Ubuntu que distribuye -gentil y gratuitamente, por cierto- Canonical, se utiliza la expresión software libre en español original, en un claro deseo de expresar mayor exactitud.

La primera vez que, en un contexto castellano, oí la expresión literal open source (en inglés) para referirse al software libre, no pude evitar una mueca de desprecio, de asquito; ya tenemos aquí al típico imbécil que se cree más bussiness man porque habla en charlotada. Incluso en catalán, en que su promoción oficial obliga, dentro de lo políticamente correcto, a usarlo con exquisitez en un acto formal ante un auditorio de un mínimo nivel y que, encima, tiene una expresión correctísima como es programari lliure, he llegado a oir a un retrasado mental pronunciar el ominoso open source. Y más de una vez.

La pijería sería menos grave si no se tratara, como he dicho, de una imprecisión. Y es una imprecisión importante, ya que estamos en un ámbito muy desconocido fuera de su comunidad de usuarios y desarrolladores, y puede por ello dar lugar a importantes confusiones.

La Free Software Foundation establece que software libre es aquel que otorga a sus usuarios cuatro libertades:

1) (que no sé por qué, la numeran como «0») Libertad para usar el programa con cualquier propósito
2) Libertad para estudiar el funcionamiento del programa y para adaptarlo a las propias necesidades, lo cual implica necesariamente el acceso al código fuente.
3) Libertad ilimitada para distribuir copias
4) Libertad para mejorar el programa y para hacer públicas las mejoras a los demás; también esto implica necesariamente el acceso al código fuente.

Una licencia que impida cualquiera de estas libertades, una sola, la fracción de una siquiera, supondrá que el software que condiciona no podrá ser tenido ni considerado como libre.

Pero hay que observar que ninguna de esas cuatro libertades habla para nada de gratuidad; nada impide que el software libre se venda… si hay quien lo compre. De hecho, se vende. Bueno, no exactamente. Lo que se vende, generalmente, es una serie de servicios que acompañan al software: un manual, un empaquetamiento físico (embalaje, presentación…), el soporte material (CD, DVD…), etc. Esto, pensando en los anaqueles de unos grandes almacenes. Desde otra perspectiva, el modelo de negocio esencial del software libre es la prestación de servicios, no la venta de copias. Las libertades 2 y 4 (en mi numeración) determinan este modelo.

Por eso -nunca nos cansamos de decirlo- la gratuidad no es necesariamente inherente al software libre ni lo define en absoluto. En cambio, el acceso al código fuente, el open source, para que los gilipollas me entiendan, sí es inherente al software libre, como hemos visto, pero no por sí sólo: el simple hecho de que un software sea de fuente abierta no lo hace software libre, han de cumplirse los demás requisitos, que no son grano de anís.

También he constatado que el uso del término open source en el contexto castellano o, un poco menos imbécilmente, el de «software de fuentes abiertas» responde a una especie de alergia ante el término libre. Parece que alguien tiene miedo de que hablar de algo «libre» en un entorno empresarial pueda ser contraproducente, lo que me obliga a meditar sobre quién es más botarate, si el empresario al que asusta la palabra libre o el que cree que un empresario que no sea idiota del todo se asusta por el uso del término libre. Personalmente, nunca he oído a un empresario decir algo así como «a ver si encontramos un open taxi» al salir de un simposio, aunque no desespero de llegar a oírlo en boca de cualquier merluzo con gomina de esos que han causado la crisis.

Me encabrona soberanamente que el mismísmo CENATIC, el ente público de referencia en materia de estudio y promoción del software libre utilice tozudamente la expresión «software de fuentes abiertas» y me parece gravísimo y sembrador de confusión este uso en ese organismo. Precisamente estoy leyendo ahora su informe sobre software libre y administraciones públicas (interesantísimo, por todos los demás conceptos) y me topo una y otra vez con la expresión maldita, aunque alguna vez descienden a los infiernos y utilizan «software libre», aunque, generalmente, por una cuestión de estilo, para evitar redundancias.

Dentro de unos años, cuando todo el mundo conozca con precisión lo que es el software libre, importará un pimiento que lo llamen open source, «de fuentes abiertas» o Marcelino, pero ahora mismo, cuando la gratuidad está ocupando en la sociedad un nuevo espacio -a despecho de muchos- o cuando la libertad se está convirtiendo en algo peligroso, a efectos políticamente correctos, es importante mantener la precisión terminológica y llamar a cada cosa por su exacto nombre.

Porque alguna terminología imprecisa no siempre tiene su origen en la pijancia, la estupidez o el desorden neuronal, aunque ésos son campos abonados para ello, sino en algo mucho peor: la ceremonia de la confusión que a algunos les interesa oficiar para arrimar el ascua a su maloliente sardina.

Cuidado.

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