Basuras, velocidades y convictos

Empezamos esta paella que hoy va a ser un poco doméstica. Y muy costosa, porque en toda la semana los periódicos sólo han hablado de un tema que no por grave y preocupante resulta menos aburrido y menos paliza. Además, la información de los periódicos al respecto es absolutamente cutre y poco de fiar, ansiosos como están de grandes titulares cada vez que algún ámbito se tira un pedito. Ya sabéis de qué no estoy hablando. Vamos allá, pues, y a ver qué sale.

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La OCU -creo que es la OCU: en todo caso, se trata de una organización de consumidores de las de bandera… o banderilla- ha hecho un estudio sobre los restaurantes de comidas, bueno, digamos que caseras o de diario y llega a las conclusiones que cabía esperar: los menús que se ofrecen no respetan unos mínimos requisitos dietéticos y son excesivamente protéicos, grasientos y, bueno, poco sanos.

No es que no sea verdad (dentro de unas líneas diré yo más cosas), pero aquí estamos ya otra vez con la mierda de la salud a la trágala. El dueño de una casa de comidas -eso de restaurante es un término tan exacto como eufemístico- se juega las habichuelas y lo que hace es atender a la demanda, que es lo que corresponde a un comerciante. Si la demanda -la gente- tiene una educación alimentaria de mierda, es un problema cuya solución no corresponde al comerciante (que ha de vender lo que le quieren comprar: no es una teleco ni una productora musical o cinematográfica) sino a quien proceda, sea el ministerio de Sanidad, el de Trabajo, quizá también, porque eso del comer por ahí todos los días tiene que ver con los horarios, etc.). Está claro que si yo me propongo tal día comer como un verdadero cerdo, mi sistema endocrino quizá lo pagará caro, pero, de momento, el que no hace caja es el restaurador salutífero que no me ofrece sino verdurita al vapor y merlucita a la plancha.

Hay también un problema de formación: los cocinillas sabemos que hay multitud de menús razonablemente equilibrados y con costes muy asequibles que, eso sí, necesitan cierta gracia y un cierto nivel de formación culinaria, gracia de la que carecen muchos de esos figones infectos a base de hacérselo con personal poco cualificado y, en no pocos casos, con personal inmigrante cuya cultura alimentaria es radicalmente distinta de la nuestra y del que no se toma lo mejor de su mucho o poco saber sino que, simplemente, se le pone a hacer [presuntas] paellas. Confeccionar menús comercialmente buenos -es decir, de costes baratos y bien aceptados por la clientela- y razonablemente buenos para la salud, no es algo que precise de doctorados en física cuántica pero sí de una cierta gracia y de unos mínimos conocimientos de dietética. Los que en algún momento de nuestras vidas nos hemos dedicado a las actividades educativas juveniles de tiempo libre y hemos formado parte del equipo -director, cocinero, intendente, sanitario- que confecciona los menús que han de alimentar correctamente durante dos semanas a un centenar de niños con una educación alimentaria deleznable, sabemos que puede conseguirse, pero que lleva unas cuantas horas de trabajo. Trabajo y conocimientos que el Pepito y la Pepita, los cracks de la fritanga con lubricante de tractor soviético reutilizado, y que constituyen el 80 por 100 de los factótum de las casas de comidas, se niegan a asumir.

Por lo demás, en Barcelona, dietéticas aparte, se come francamente mal. Yo creo que es el peor lugar de España en lo que respecta a comidas caseras o restaurantes de diario. El peor, y de largo. Nada que ver -a mil años luz- con la calidad que se encuentra (y aún más barato) en el País Vasco o en Asturias, donde para el asunto de la cocina, incluso la sencilla, aún hay un prurito y un qué. Aunque no continuadamente -como es lógico, porque no vivo- he comido en fonduchos de estos mal en Valencia, regular en Madrid, y con cierta división de opiniones en el resto de España; salvo en las dos citadas comunidades del norte (con lo que cabe presunción favorable también para Catabria y Galicia) los menús asequibles, en España, son asquerosos, pero en ninguna parte, ni de largo, tanto como en Barcelona, donde parece que las materias primas las recojan del basurero de un cuartel -de los de antes- o de los desperdicios del Zoo; y que las cocinas estén atendidas por galeotes turcos del siglo XVI.

Y a mal plato, mucho glutamato (o sea, avecrem, pero en genérico).

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Se está celebrando en Barcelona una cosa que se llama Walk 21, vete a saber por qué. En cristiano, quiere decirse que hay una corporación de señores meditando sesudamente sobre algo tan interesante y tan serio como la movilidad urbana. ¡Ah, coño! Pero se ve que en castellano o en catalán la movilidad urbana ya no es lo que es, nos ha jodido. Tanta trifulca con las normalizaciones lingüísticas, tanta brasa con la lengua del imperio [de turno], tanto riesgo de fracción social por cuatro tarados que creen que las lenguas son algo más (¡o algo menos!) que un vehículo de comunicación, y resulta que viene el anglosajao y se nos lleva a todos por delante.

Pero no divaguemos, que iba a hablar de la ciudad esta con ocasión de la cosa, se llame como se llame en la lengua o, en su caso, jerga, que se quiera.

Pues bien: han tenido que venir la cosa esta para que le digan al alcalde lo que hace meses -si no ya años- que estamos intentando decirle los barceloneses comunes y corrientes (eso sí: sólo en castellano o en catalán): que los peatones estamos hasta los mismísimos de aguantar a los de las dos ruedas, y muy principalmente a los de las dos ruedas de tracción animal, vulgo ciclistas, que son los que nos invaden nuestros espacios más sagrados, las aceras (porque el resto de espacios también es nuestro; luego iremos a ello). Yo mismo lo he dicho aquí muchas veces: los ciclistas son una brasa, un forúnculo en el culo peatonal, pertinaz y doloroso, tanto más en cuanto el número de incívicos en sus filas es legión, no unas pocas y lamentables excepciones, como pretenden las asociaciones de las cosas. Seamos claros: más de la mitad de los ciclistas (así, a ojo de buen cubero) son una colección de cabrones de aquí te espero. Y que no echen la culpa a los advenedizosde bicing porque por cada cinco hijoputas que me depilan en seco, cuatro lo son de bicicleta privada (y la mitad de ellos, para mejor estadística, son mujeres, que la cabronez, según es de ver, la confiere el sillín y no la testosterona). En consecuencia, los pensantes, que parecen próximos a mis impresiones -que, desde luego, están generalizadas entre el ciudadano literalmente de a pie- le han metido bronca al Hereu diciéndole que los ciclistas han de ser expulsados de las aceras; y yo añado que, si es posible, a puntapiés. Veremos a ver si el poncio toma nota, cosa que dudo porque este está más pendiente de que el pringue haga lo que le dé la gana que de ordenar la ciudad racionalmente.

Precisamente en estos días se anuncia otra medida: extender las zonas «todo a 30 por hora» al 80 por 100 de los viales de la ciudad.

Hombre, a mí ya me sabe mal que parezca que no encuentro nada bien, pero es que estas cosas son mariconadas: un coche circulando a 30 por hora me quita exactamente el mismo espacio que un coche circulando a 50 (y en ambos casos es muchísimo. ¿Que disminuye el riesgo de accidentes con daños a las personas? Hombre, pues sí, pero más disminuye si los coches no circulan en absoluto y es, entonces sí, cuando el peatón gana de verdad.

Haciendo circular a los vehículos a 30 por hora, los peatones no ganamos nada -o, en todo caso, muy poco- y continuamos sin poder hacer nuestro lo que es nuestro, es decir, la calle, el barrio, el entorno urbano. Y, encima, se encabrona desproporcionadamente al conductor, porque conducir a 30 por hora es un martirio de aquí te espero. Por no hablar de los que se rifan las limitaciones de velocidad, y más las que son tan restrictivas, y entre ellos destacan los otros incívicos de dos ruedas, los de las motos, otros de los que cabe decir lo mismo que los ciclistas: que el número de cabrones ronda -en poco más o en poco menos- la mitad de los usuarios; y si no, peatón, intenta pasar por un paso de cebra cuando se está aproximando una manada de hijos de puta a toda pastilla.

Hay que dejarse de medias tintas y empezar a peatonalizar las calles a todo pasto. Sobre todo y precisamente las candidatas a 30 por hora: calles estrechas, de barrio, de vecindario, comerciales, acaso; calles donde la convivencia vecinal, el paseo, la compra tranquila, debieran ser -y, al presente, no pueden ser- las actividades principales. Y en el resto de calles -avenidas, ensanches y similares- poner las máximas pegas posibles. Hay que acabar con el enseñoreamiento del automóvil en toda la ciudad, no solamente en aquellas zonas que el coche tiende a rechazar si hay otra alternativa.

Mientras no se acometa esa peatonalización en serio, mientras no se devuelva la ciudad, toda la ciudad, no sólo sectores de ésta y sólo por las aceras, a los ciudadanos que caminamos, que somos los únicos sujetos de derechos cívicos, no ganaremos nada. El tío que va con un coche se apropia de manera brutal, violenta, de la mayor y mejor parte del espacio urbano: la ingente cantidad de kilómetros cuadrados de calzada en comparación con la ínfima proporción de aceras y viales peatonales, de espacio para estacionar, los dichosos e innumerables postes de señales y semafóricos, la iluminación viaria pensada para ellos mientras las gentes de a pie vamos a oscuras o mal iluminados… todo está al servicio del tío del coche y en perjuicio del viandante.

Esta es la realidad que hay que afrontar. Lo demás, como diría el capitan Haddock, son cuentos con grasa de trombón.

En castellano, en catalán, en inglés o en chino mandarín.

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Y sigo en Barcelona. Leo -no sin cierta satisfacción, las cosas como son- que los condenados por delitos de tráfico cumplirán sus penas prestando servicios de ayuda comunitaria en el metro de Barcelona, según un acuerdo al que ha llegado el Departament de Justícia de la Generalitat con la compañía municipal de transportes, TMB. Prestarán servicios actualmente inexistentes y que no constituyen objeto de plazas laborales (es decir, no mermarán puestos de trabajo), tales como echar una mano a las personas con movilidad reducida -cochecitos de niños, ancianos y discapacitados de diversa índole- y una cierta tarea de información al público; una especie de boy scouts, vamos.

Me hace gracia porque, además, sufrirán una cierta humillación sin desdoro de su dignidad. Me explico. Obviamente, habrán de ir identificados, pero identificados de una manera razonable, con logotipos e ideogramas genéricos (la «i» de información inscrita en el correspondiente círculo, por ejemplo), nada de pijamas a rayas ni camisetas indicando en grandes caracteres rojos «Convicto cumpliendo condena». Por lo tanto, es posible -y así debería ser- que públicamente pasen desapercibidos en tanto que tales condenados. Pero lo que será inevitable es que sean vistos por amigos y conocidos y por ahí es por donde habrán de sufrir en la piel de su propia sobrancia. No dejará de tener su qué ver al engominado del «Audi» de la escalera de al lado -por un decir- comiéndose el marrón correspondiente por haber ido haciendo el pijo en la carretera; anda cabrón, pégate a mi culo y échame los faros ahora, so gilipollas. Para muchos, verse así quizá será más disuasorio que una pena de uno dos años, que no comporta ingreso en prisión.

Porque, efectivamente, es el ingreso en prisión lo que se trata de evitar, ya que, aunque sea por poco tiempo, es una medida muy grave, muy dolorosa -claramente excesiva- para una persona integrada y normal, y tremendamente dañina para la familia -que sí es inocente- hasta el punto de ponerla en peligro de desintegración. Esta es una buena alternativa que, además, respetará los horarios de trabajo e incluso permitirá mantener, aunque con cierta merma, la convivencia familiar.

Me parece leer entre líneas que el modelo se extenderá -en similares condiciones- a ONG y otras instituciones, pero ahí soy más escéptico. Hace años, siendo yo secretario de una entidad que se acogió al invento, pude comprobar de primera mano cómo el tema de la prestación social sustitutoria de la mili funcionaba como el culo; bien, yo puedo comprender que, por más que se librara de la mili, la PSS era una obligación asumida a disgusto del interesado y, por tanto, el escaqueo funcionara a toda máquina, pero eso me pareció siempre injusto respecto a los que pringaron chopo en aquella época, que tuvieron más difícil -en general- lo de tumbarse a la bartola sin ser detectados. La PSS no disponía de sistemas de control como los del ejército y, salvo unos pocos y honrosísimos casos, no fue sino una casa de putas para cubrir el expediente. Con el cumplimiento de penas por delitos de tráfico puede pasar lo mismo y el efecto disuasorio de la pena se esfumará.

De todas formas, los defectos ya llegarán, en su caso, ya serán detectados y ya serán criticados. De momento la idea es buena, el acuerdo positivo y merece celebración. Ojalá, cuando ya sea un procedimiento habitual y frecuente dé pábulo a que se extienda a otros delitos que deben ser castigados, efectivamente, como tales pero para los que parece que el ingreso en prisión es una barbaridad.

Ya veis que no siempre lo encuentro todo mal 😉

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Hasta aquí hemos llegado. El próximo jueves será 16 y… bueno, será 16, sin más. Ni cambiamos de estación, ni se celebra nada especial ese fin de semana (bueno, yo sí, pero hablo en general), ni, así in extenso hay salidas ni regresos vacacionales, ni nada de nada. Un jueves anodino, como si fuera de febrero, el mes más cutre del año (con perdón de los que cumplís años en él). Qué aburrimiento.

O sea que me voy. Me voy de la paella hasta la semana que viene, pero me quedo en «El Incordio», que seguirá dando caña, como es costumbre y mor.

Ahí nos vemos.

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