Linux devuelto

Circula estos días por la red la noticia de que, en los Estados Unidos, las tasas de devolución de netbooks (los portátiles pequeños -en tamaño y prestaciones- y baratos) equipados con Linux, cuadruplican las de aparatos equipados con Window$ XP. Es una noticia en parte sorprendente y en parte lógica.

Sorprendente, porque, además de las superiores ventajas de las distribuciones Linux y de las aplicaciones de software libre que se suelen incluir en estos ordenadores, que no voy a enumerar ahora, uno se pregunta qué cree la gente que compra cuando compra algo. Y lógica, porque la pereza y la ansiedad del personal a la hora de utilizar un artilugio, no favorece las migraciones. Un detalle que ilustra esto es el hecho de que cada vez es más frecuente, cuando se adquiere un artilugio tecnológico, del tipo que sea, que junto al manual de instrucciones de uso venga un prospecto brevísimo con una indicación parecida a «Empiece a utilizar [denominación del artilugio] inmediatamente».

Acabo de adquirir una cámara fotográfica -una [relativamente] sencilla Nikon D-40-, porque la encontré de oferta a un precio muy bueno y ya hacía tiempo que iba detrás de una cámara réflex digital. Como ahora no tengo en perspectiva viajes, salidas o acontecimientos de importancia, decidí que esa cámara constituiría mi regalo de Reyes y así mataba dos pájaros de un tiro y ahorro el gasto estúpido de comprarme una gilipollez innecesaria o indeseada con motivo de tal fecha, de modo que, para mantener la magia del día, la cámara ha ingresado en el altillo y allí dormirá el sueño de los justos hasta la fecha prevista para su aparición, el 6 de enero de 2009. Previamente, para no perder la garantía de reposición, que dura dos o tres semanas, comprobé cuidadosamente todos los elementos del aparato, disparé treinta o cuarenta fotos en distintas configuraciones, constaté que Linux reconocía la cámara y… me quedé con el manual, que no fue al altillo.

Siempre leo el manual antes de usar un aparato; soy un español muy raro, a estos efectos. Lo leo en diagonal, no con exhaustividad -cosa que no tardo mucho en hacer, de todos modos-, pero lo leo. Porque leer el manual, aparte de preservarte de meteduras de pata, es una manera de disfrutar también de ese aparato; basta con calmar un poco las ansias de abalanzarse sobre él y empezar a usarlo y, si no se es imbécil del todo, el autodominio necesario para ello está a años luz del mérito canonizable católicamente o del nirvana budista. En mi caso, este dominio de la compulsividad que supone prescindir de la cámara durante tres meses, me ha llevado al placer de disfrutarla anticipadamente enterándome pormenorizadamente de todas sus posibilidades. Que, por cierto, son unas cuantas; la diferencia de esta cámara para principiantes con aquellas viejas y queridas «Praktica» y «Zenith» con que me inicié (¡qué grandes fotos hice con el armatoste soviético… que tenía el objetivo de verdadero cristal tallado, nada de poliéster, ojo!) en la fotografía un poco en serio, es muy grande, mucho.

Leer manuales y adaptarse a una máquina nueva, siempre supone un esfuerzo y, por ello, la mayoría de los consumidores compulsivos apenas saca partido a sus aparatos. Cuando los tira -generalmente nuevos- apena los maneja mejor después de uno o dos años de uso que el primer día. Y el manual fenece, virgen y mártir, en el cubo de la basura o en un oscuro y olvidado cajón, pero siempre a los pocos días, si no el mismo primer día.

No me sorprende, pues, que un vulgar consumidor, que ha comprado una maquinita equipada con Linux porque sale 50 euros más barata y el vendedor le ha dicho que se ve igual que Window$, la devuelva a los tres o cuatro días porque no funciona igual que Window$. Es inútil argumentarle que no, que no funciona igual, que funciona mejor, porque él no está para leches y para chatear por el msn no necesita complicarse la existencia, que quiere que funcione como Window$ y ya está.

Hace unos días, un compañero de trabajo, que tenía un M$ Office pirata en el ordenador de casa, se quejó de que se le había bloqueado el cliente de correo (el Outlook, ese petardo infecto…) y de que cada vez que abría Word le salían mil avisos amenazadores por no usar software legal. Le recomendé OpenOffice.org y siguió mi consejo. Al poco, ya estaba entusiasmado: pero… ¿cómo es posible -me decía- que la gente use las cosas de M$ habiendo esto disponible tan funcional y tan chulo? Yo me encogí de hombros por no contestarle en aquel momento -seguramente lo leerá ahora- que por la misma razón que él había hecho lo propio hasta entonces. Si ya le iba bien (o eso creía, y ojos que no ven, gabardina que te roban) ¿para qué cambiar, aunque se cambie a la legalidad, a la ética y, en la mayoría de los casos, a la mayor eficacia? Suerte que ahí está Micro$oft, ayudando al software libre a base de putear a sus propios usuarios, aunque sean usuarios pirata (que son, en defintiva, los que le llevaron al monopolio: si no llega a ser por la piratería -que M$ consintió muy cucamente- ¿de qué?).

Pero, al igual que Felipe II, el software libre no puede enviar a sus huestes a luchar contra los elementos. Micro$oft conoce muy bien a su clientela, lo mismo la que paga, como la que cobra y, en definitiva, la ingente piratería doméstica, que es legión; sabe que la dificultad para encontrar máquinas con sistemas distintos al suyo y la pereza del vulgar consumidor compulsivo son cimientos firmes que pueden soportar grandes terremotos, como los que, de hecho, se están produciendo, y los que, de hecho, está soportando. Pocas empresas aguantarían tan ancha y tranquilamente como está aguantando Micro$oft el fracaso rotundo y estrepitoso de lo que se concibió como un buque insignia de la casa, Window$ Vi$ta.

Por eso, estas devoluciones tienen un valor relativo. Ya he contado alguna vez que, en cierta ocasión, amostacé a un vendedor de la sección de informática de «El Corte Inglés» de Zaragoza por reirme poco disimuladamente al oir la inocentona pregunta de una posible cliente: «Bueno, pero el Window$ viene incluido ¿no?». No me reía de la señora ni de su pregunta, sino de una posible respuesta que me vino a la mente: «Pruebe a intentar que no venga incluido». Tanto la pregunta de la señora como la inutilidad de esa pregunta formulada en sentido contrario configuran un panorama que puede irse erosionando hasta reducirlo a proporciones más aceptables, pero que dudo mucho que pueda ser objeto de una destrucción súbita y espectacular.

Ni siquiera me creo -por más que vaya a favor de mis apetencias- la versión que explica un cuádruplo más de devoluciones de Linux porque previamente ha habido un cuádruplo más de ventas. No me creo que, ni siquiera en esos pequeños y sencillos laptops, se venda más Linux que Window$: que se pretenda el cuádruplo de ventas me parece, sencillamente, un delirio de alguien que debería ser más cuidadoso con lo que se fuma.

La baza de Linux está en el largo plazo. Los jóvenes -al menos, los jóvenes españoles y los de algunos países iberoamericanos- están habituándose a trabajar con Linux; hasta en esta Catalunya entregada incondicionalmente -qué barata, qué asco- a Micro$oft, el único proyecto firme en materia de software libre está encarnado por la distribución «Linkat» y su implantación en el sistema educativo público. Este hábito tendrá, sin duda, influencia en los escritorios profesionales de los próximos años y algo de esa influencia derivará también a los hogares. En aquellas familias donde el niño sea el único apoyo técnico con el que se cuenta, si el niño es linuxero, el o los escritorios domésticos serán Linux.

También la crisis económicas y las restricciones presupuestarias pueden tener sus efectos en las administraciones públicas, algunas de las cuales están dando pasos muy decididos en favor del software libre. Quizá esto -además de su enamoramiento personal confeso- ha llevado al zaragozano alcalde Belloch a anunciar la implantación de Linux en toda la administración local, lo que puede tener efectos muy contagiosos en el resto de la comunidad autónoma aragonesa.

Las noticias de estas devoluciones -a reserva de ver cómo se proyectan en el ámbito europeo y español- no son buenas, no son alentadoras, pero tampoco inesperadas: no hay nada nuevo bajo el sol.

Hay que seguir trabajando. Sólo eso y nada menos que eso.

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