Tontaes y cabronaes

De nuevo aquí, en este jueves 23 de octubre, con las fiestas de la VISA dando ya la brasa, pues el lunes amanecimos con muchas calles ya decoradas con las iluminaciones, esas iluminaciones frías, tenues, mortecinas y deprimentes que supongo que se utilizan para no prolongar la agonía de los depresivos, a fin de que se suiciden rápidamente en vez de ahorcarse -ya son ganas de tocar los cojones- dos o tres días antes de la primera gran tripada de necesaria uniformidad reglamentaria.

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Parece que en Barcelona no tenemos alcalde, propiamente, sino alcalde pedáneo; y no es que haya yo degradado a Barcelona al rango de entidad local menor: lo digo, más que nada, porque Hereu, cada vez que habla, la caga. Y como el tema del AVE discurre en esta desdichada ciudad con tanta placidez, sin polémicas y a total gusto de la ciudadanía, nuestro poncio debió decir «¡Hombre, vamos a montar un poco de pollo, a ver si animamos el cotarro!» y, ni corto ni perezoso, se fue a un colegio de ingenieros a decir que el cuerpo serrano le pedía denominar a la futura (futurísima) estación intermodal del AVE de la Sagrera con el nombre de «Europa».

Si la cursilada fuera disciplina olímpica, este hombre lograría traer de nuevo unos juegos calzoncilleros a Barcelona, porque manda dolor de huevos lo imaginativo, original e inédito del nombrecito, a la par que elegante y distinguido. Este hombre hace como la burocracia europea, que a todo lo que lleva un chip, lo llama «Galileo» y de tanto «Galileo» nos van a acabar saliendo percebes en el nomenclator, por no decir en otro sitio. Con «Europa», lo mismo.

Pero esto no es lo más grave; total, en esta ciudad, ya, patochada más o patochada menos no nos va a quitar el sueño. Lo peor es que ya tenemos un triste precedente que nos costó un parto quitarnos de encima: fue cuando a la RENFE franquista le debió parecer separatista mantener la sana costumbre de denominar a las estaciones según su ubicación cuando esa denominación resultaba tan sospechosa y tan impronunciable como Sants, y por eso la llamó «Barcelona Término». Dios y ayuda para quitarnos ese marrón de encima y que la estación se denominara como debe: Sants, el nombre del barrio en que está enclavada. Igual que en Madrid se llaman Atocha o Chamartín, en Zaragoza, Delicias y suma y sigue. Entonces -eran muy otros tiempos- la ciudadanía contó con la complicidad de los políticos, cosa que supongo que asombrará a los jóvenes de hoy día.

Toda la ciudadanía, pues, tenía claro que la estación del AVE de la otra punta de la ciudad, se llamaría Sagrera, entre otras cosas porque se construye sobre una estación ferroviaria preexistente que, como es lógico, se llamaba Sagrera, como el barrio que la albergaba.

Después ha habido problemas. Claro, esto del AVE se ve que da mucho pisto y todo el mundo quiere mojar pan en él, y si es barra, mejor que bollo. Como una de las puertas de acceso a la futura estación linda con otro barrio, Sant Martí, sus vecinos vienen pretendiendo que la estación se llame Sagrera-Sant Martí y, al parecer, una votación en no sé qué consejo de distrito (bueno, sí sé en cuál: Sant Andreu, que es el que tiene jurisdicción sobre la cosa) arrojó como resultado la combinación de los dos barrios. Lógicamente, los de la Sagrera se han puesto como motos y se oponen rotundamente. No sé si tendrán razón -subjetivamente, a mi simple gusto, sí que la tienen- pero, en todo caso, lo que tendrán de su parte serán los hechos, porque todos los ciudadanos vamos a llamar a esa estación como siempre lo hemos hecho: Sagrera. Sin más. Lo que los políticos no sean capaces de hacer por las buenas, lo haremos los ciudadanos, a las malas, por pura y simple elipsis. Lo siento por los de Sant Martí, pero no procede. Como, exactamente por la misma razón, se irá al carajo la chorrada esa de «Europa». Poca gente sabe -yo mismo no logro recordarlo- que el aeropuerto de Barcelona, conocido como El Prat, toponímico de la población en cuyo término municipal se halla, se llama oficialmente General no sé qué. Lo que ocurre es que si cuaja la cagada del alcalde, además de que no coincidirán el nombre oficial con la denominación ciudadana (¿quién llamó a la Diagonal avenida del General Franco?), tendremos que gastar energías en el empeño de derribar la estupidez para llevar lo oficial a lo real, con la única diferencia -signo de los tiempos- de hacerlo contra los políticos en vez de hacerlo hombro con hombro con ellos. No es que el tiempo pasado fuera mejor, es que el presente es vomitivo.

Si al alcalde le priva el nombrecito de «Europa», ¿por qué no se lo pone a la estación de los cruceros esos que nos desembarcan las hordas de tocinos que nos dan por el culo diariamente a los barceloneses?

Pero, ahora que se me ocurre, ya puestos en lo circense… Oiga, Hereu… ¿Y si la llama «Galileo»?

Juas.

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Anteayer, el proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado para 2009 pasó su primer escollo parlamentario y el Congreso tumbó las cinco enmiendas a la totalidad que se le habían opuesto. Esta primera eliminatoria se produce no sin bastante encaje de bolillos (ganadores: los vascos, que han llenado sus calas de buena pesca aprovechando lo revuelto que le bajaba el río a Zapatero) y después de que el gallinero catalán se envainara su cacareada unidad y el PSC votara disciplinadamente con la mayoría sociata. Las cosas claras, el chocolate espeso y el que paga, manda y pocas bromas con las cosas de comer, sobre todo si el plato trae escaño y no digamos si, encima, coche oficial. Pese a ello, evidentemente, el tripartit catalán no se ha roto. ¿Evidentemente? ¡Pues claro: evidentemente! A la hora de ladrar parecía esto un criadero de rottweiler, pero a la hora de poner los cojones encima de la mesa y de jugarse el pase a la oposición, a tomar por el culo la patria catalana y el agravio histórico, que lo primero es lo primero.

Si no fuera porque, al final, los que vamos a pagar el pato, los que nos quedamos sin la imprescindible financiación y, en definitiva, como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, somos los ciudadanos, me partiría el culo de risa porque, dejando aparte la ocasión perdida, hay que reconocer que el sainete es prestoso y que los tíos estos, como cómicos, son invencibles.

Resulta ahora que el president Montilla de ha descolgado, acto seguido, con que no está el pescado vendido y que los diputados PSC del Grupo Socialista aún podrían cargarse los PGE. El resultado ha sido el previsible, casi obvio: los dirigentes sociatas se han petado de risa (debemos estar en el Canal Comedia) y han contestado algo así como la manga riega que aquí no llega. Vamos, que para mojarme con pipí desde tan lejos, habrías de tener la próstata a 100 atmósferas de presión, pero, pillado como estás por los cojones y con CiU acechando, ándate con cuidado no te vayas a mojar los zapatos. Y sacúdete bien la gotita.

Lo malo de todo este entremés es que contribuye a desviar aún más el casi nulo interés ciudadano por los PGE y, nunca me cansaré de decirlo, una vez aprobados los PGE, el resto de la política, como quien dice, es ya poco más que ruedas de prensa y protección a la $GAE. Los Presupuestos son la única cera que arde –ingenierías financieras aparte- y su trámite parlamentario transcurre entre la más negra indiferencia de los españoles. Lo propio puede decirse de los presupuestos autonómicos y de los municipales. Manda narices una entera ciudadanía que pasa olímpicamente del reparto de los dineros que le han pillado. Quizá será, como tantas veces he dicho, que entre que aquí sólo pagamos impuestos los asalariados y los autónomos y los asalariados, que somos mayoría, no nos enteramos de que pagamos gracias a ese habilidosísimo subterfugio llamado retenciones, una de las más ingeniosas antestesias que se han inventado los políticos de este país.

De este modo, entre comedias e indiferencias, volvemos a recibir de los políticos lo que ellos tan bien saben administrarnos y que los ciudadanos nos tenemos bien merecido: una enculada así de grande.

El año que viene, más.

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Esta mañana tenía que llegar pronto al trabajo porque necesito salir antes por la tarde (tenemos una cierta flexibilidad horaria en las puntas del día). Pero como me ha llevado en coche mi mujer, al coincidir horarios, me ha dejado a diez minutos de buen paso de mi trabajo pero con media hora de tiempo para hacer el camino, de modo que me he colocado los auriculares y les he enchufado los Conciertos de Brandemburgo. Noche cerrada, he ido caminando despacio, paseando, prácticamente, disfrutando del fresquito matutino y, a mitad de camino, rota ya el alba, me ha saludado el sol prodigando por los pisos superiores de las casas una potente luz de color naranja intenso. Lástima de una buena cámara fotográfica.

Una de aquellas mañanas, vaya, en las que parece que vas a ponerte a trabajar reconciliado con la entera especie humana.

Pero no. A escasos doscientos metros del trabajo, en una acera de tres metros de ancho -de la que hay que restar el espacio de los alcorques de los árboles, que se comen sobradamente su buen metro- dos hijos de la grandísima puta, montados en sendas bicicletas, zumbando como para pillar a su mujer con el butanero, que, viniendo desde atrás, me han dado el afeitado -y el susto- que es de suponer. Mira que me encabronan los coches y las motos cuando hacen el cafre por las calzadas, pero lo de las bicicletas por las aceras -y, encima, con tantísimo cabrón montado en ellas-, de verdad que no lo sufro. Pero nada, aquí los peatones tenemos menos derechos que un cagallón de perro. Claro que hay que reconocer que el número de cagallones de perro es muy superior al de peatones y los derechos de las mayorías son los derechos de las mayorías.

Si es que, en el ámbito de esta ciudad, no hay que dar pábulo a presunciones de buena fe y hay que empezar cualquier cosa soltando pródigamente cagamentos por omisión.

Luego dicen que vaya mala leche tengo…

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Nunca le reproché a Zap que mantuviera el culo pegado a la silla cuando unos comanches pasaron ante nuestro Jefe del Estado sin rendir bandera; tampoco le reproché que retirara las tropas de Irak, no sólo porque no estuve de acuerdo con que se enviaran sino -casi sobre todo- porque fue una más que clara promesa electoral que no hizo más que cumplir. El problema, en todo caso es que es la única promesa electoral que cumplió el presidente de Gobierno más embustero -incluso como tal presidente del Gobierno- que ha visto la cosa esta en los últimos treinta años.

Pero las dos cosas -sobre todo la segunda- le sentaron como una patada en el culo al analfabeto ese que manda en Yankilandia y tarde o temprano la factura tenía que llegar. Esto es como la tarjeta del Corte Inglés, que si juegas bien con las fechas pueden tardar en venir el cargo hasta cuarenta o cincuenta días; pero venir viene, esto es axiomático. Quizá Zap pensó que la factura la estaba pagando con el humillante ninguneo al que le ha sometido el valiente comandante americano (ese que tartamudeaba de miedo de aeropuerto en aeropuerto mientras los moros le estaban asesinando a sus conciudadanos) en todos los foros internacionales que ha podido, pero ahora comprueba muy dolorosamente que no, que el ninguneo era sólo el pago de intereses: el capital se lo ha pasado de gole y porrazo, justo cuando tiene la cuenta sin fondos. Y, bueno, como es sabido, la factura consiste en la negativa de que Zapatero acuda a un foro económico para atratar de la crisis, foro al que han sido invitados hasta tíos con turbante.

De verdad que, por una vez y sin que siente precedente, compadezco a Zap, pillado por los huevos por haber dado satisfacción (¡la única ocasión!) a su ciudadanía. Esta vez, la puñalada del tío aquel duele de verdad.

Ni que decir tiene que la oposición va a entrar a fondo, cuando creo que esta es una de aquellas ocasiones en que todos los españoles debiéramos dar un corte de mangas al unísono. Pues muy bien, que se monten su puto G-20 y que se lo metan por el jodido culo. Arrieritos somos. Y, acto seguido, retirar hasta el último caloyo de Afganistán (todo eso que nos ahorraríamos, en vidas de soldaditos pero también en pasta, que no está precisamente ahora el horno para bollos); si no estamos presentes en el reparto de mantequilla, no hay razón para que lo estemos en el de cañonazos. Y acto más seguido aún, apoteosis de manifestaciones aprobatorias en plan de aquello de que si ellos tienen UNO nosotros tenemos DOS.

Nada, ni soñarlo. Entre una oposición patética -ya no es perrera, pero sigue dando asquito, aunque de otra manera- y una ciudadanía que, a base de verse castrada en su condición de tal, ya ni horchata le circula por las venas, pues nada, a envainársela, «Hemoal» al canto y tal día hará un año.

La puñalada que «ese» le ha dado a Zap debieramos sentirla todos nosotros.

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Bueno, pues ya está. Cinco minutitos tapada y paella a la mesa. Cuidado, que está recién salida del fuego. El próximo jueves será 30 de octubre, último de mes y, por cierto, ya en horario de invierno, (GMT+1), que adoptaremos la madrugada del sábado al domingo, en que nos será devuelta la hora que nos pisparon en marzo. Encararemos la castañada (no el puto jalogüin) sin puente, este año, pero los panellets, las catañas, los boniatos, la malvasía y el buen cava (nunca es inoportuno un buen cava… catalán, por supuesto), se encargarán de sumnistrar la alegría necesaria pese a la falta de asueto adicional.

Pero todo eso pasará después de que nos hayamos visto de nuevo el próximo jueves.

Hasta entonces.

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Comentarios

  • Sergio Alfonso Ruiz  On 24/10/2008 at .

    EL nombre oficial del aeropuerto del Prat es Antoni Gaudí. Es un nombre bonito pero menos mal que no se utiliza porque si no los guiris no sólo lo invadirían como usuarios sino que también irían a verlo y fotografiarlo creyendo que es un monumento más de nuestro querido arquitecto. Claro que, bien pensado, les podrían cobrar entrada… así el Hereu tendría pasta para hacer una Diagonal bien durita.

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