Mortus est qui non respirat

Cada cierto tiempo, hay gente en la red que mata muertos con muy buena salud. Les basta para ello que determinado fenómeno experimente un pequeño retroceso o que surja una tecnología que haga lo mismo pero más simple (no más sencillo: más simple, más primario).

Últimamente les ha tocado a las bitácoras. Bueno, lo de últimamente es un decir: Manuel Almeida constata en un apreciable artículo de su «Mangas Verdes» que, por cierto, recomiendo muy calurosamente, que la muerte de las bitácoras ha sido anunciada repetidamente en 2006 y 2007. Y, sin embargo, la blogosfera no sólo no ha muerto sino que sigue incrementándose, aunque bien es cierto que ese incremento ha ido ralentizándose, es verdad que la cifra de bitácoras no se dobla tan fácilmente como antes. También es normal, es el efecto boom que, lógicamente, ya se acaba, porque las explosiones, por definición, son un efecto instantáneo, no perdura.

Tampoco puede negarse que en esto de la blogosfera no es oro todo lo que reluce y hay que reconocer que hay muchas bitácoras que nacen y mueren sin tiempo de verse siquiera inscritas en el registro civil; otras, las más, resisten un poco pero, de todos modos, mueren jóvenes. De las que sobreviven, una gran mayoría lo hace lánguidamente, con una escasísima actualización. Muy pocas, poquísimas, se actualizan semanalmente y las que actualizamos contenidos dos o más veces por semana debemos ser como gotitas en medio de un océano.

Lo que ocurre es que debemos ubicar el fenómeno en sus correctas proporciones y es entonces cuando podemos ver que la blogosfera -lo que hay de verdad como tal, una vez desechados los restos de millones de naufragios- goza de una salud de hierro y crece, no exponencialmente, desde luego, pero sí de manera apreciable y constante.

El problema ha sido, posiblemente, la facilidad formal con la que puede hacerse una bitácora: se da de alta uno en cualquiera de los muchos CMS gratuitos que hay por ahí y, hala, a escribir. Lo que ocurre es que esto de escribir parece fácil, pero pronto se descubre que, amigo, la cosa tiene su secretito y requiere su arte. Recuerdo un chiste en «La Codorniz» -mira si ha llovido- en el que se veía un busto severo y laureado y un personajillo que exclamaba: «¡Loor al prócer, que consiguió escribir un libro sin haber leído nunca ninguno!». Si yo explicara la cantidad de veces que me he puesto a escribir libros sin haberlo conseguido -y tengo tres originales a medias en un cajón, es decir, en el disco duro- y mira que he leído… Y es que, claro, hay que tener oficio. Oficio no en un sentido profesional -necesariamente- sino en un sentido… diría que agrícola, en el sentido de que hay que cultivarlo, cuidarlo, podarlo, injertarlo, mejorarlo… y, sobre todo, amarlo. Yo creo que la gran lección positiva de tantísimos millones de bitácoras frustradas, casi nonatas, es el de ese mismo número de millones de personas que creían que escribir no tenía otra técnica ni otra gracia que simplemente ponerse a hacerlo y han descubierto que hace falta toda esa agricultura. Y muchos de los que sí hemos hecho ese trabajo, hemos constatado, a expensas nuestras y mayoritariamente, que hacerlo tampoco garantiza ni la calidad ni el éxito, sino que lleva, todo lo más (¡y gracias!) a escribir con una cierta dignidad. Y vas que te estrellas.

Ahora, dicen, las bitácoras se han visto rebasadas por tecnologías más avanzadas, en el orden de las redes sociales. Falso. Twitter, por poner un ejemplo, no es una forma avanzada de hacer lo mismo que en una bitácora; tampoco los fotologs. Son cosas distintas que cubren espacios y necesidades distintas. Toda su relación con las bitácoras, a lo sumo -y no sistemáticamente-, consiste en haber dado cobijo a unos cuantos náufragos de la blogosfera, a varios de los que se han visto incapaces de escribir en serio pero mantienen una necesidad de expandir sus mensajes, sus ideas, de comunicar, en definitiva. Por eso decía al principio que se trata de tecnologías más simples o, mejor dicho, destinadas a cubrir necesidades más simples.

La bitácora requiere, además, perseverancia. Incluso aunque se llegue a dominar algo el oficio de escribidor, una bitácora necesita refresco habitual porque, de lo contrario, muere. Muere ya no solamente a ojos de sus lectores -que la irán progresivamente abandonando- sino que muere a ojos de su propio autor. Yo creo que esta es la segunda causa de defunción de las bitácoras: la renovación constante es mucho más que el truco recurrente para tener lectores propio de las, al parecer, infinitas series de «los diez consejos [y aquí póngase mejores, imprescindibles, insoslayables, etc.] para crear una bitácora de éxito», la renovación constante es el oxígeno mismo de la bitácora.

Cumplidos estos requisitos, la blogosfera real ya no es ese mar inmenso de ochenta millones de blogs, sino algo mucho más reducido, muy difícil de estimar. Pero supongamos que existen dos millones de bitácoras estables, considerando tales el número de las que han cumplido tres o más años. ¿Supondría esa crifra la muerte de la blogosfera? Y voy a los argumentos de Almeida: ¿es ese supuesto camposanto el que lleva por la calle de la amargura a los medios de comunicación convencionales que no han sabido adaptarse a lo que está sucediendo en la red olvidando que la red forma parte ya de la cotidianidad y de la absoluta normalidad del mundo desarrollado? ¿Es un cadáver eso que tiene fritos a los políticos, eso que hace que Guardans -y tantos como él- se queje amargamente de que no le dejen ejercer su democracia de pacotilla férreamente controlada por los cuatro del cortijo?

Lo he dicho muchas veces, pero no me cansaré de repetirlo: la libertad de expresión no fue más que una burla al ciudadano, un vulgar derecho de pacotilla de esos que se enuncian pero no se cumplen, hasta que apareció la red y, en ella, la blogosfera. Porque libertad de expresión no significa poder decir lo que se quiera, sino tener la oportunidad, el acceso a los medios, de que todo el mundo pueda -si quiere- oirte decir lo que quieras.

Las constituciones vigentes en occidente se redactaron mayoritariamente con la idea puesta en la prensa convencional o, las más modernas, en medios audiovisuales como el cine, la radio y la televisión. Todos estos medios requerían y requieren inversiones sólo al alcance de los Estados o de empresas de cierta envergadura, con lo que se plantearon dos necesidades: la primera, el control de la información, que podía lograrse gracias al pequeño número de agentes de su producción; la segunda, la regulación del marco del negocio, de un negocio multimillonario, tanto en inversión como en beneficios. En ese contexto, la libertad de expresión camuflaba como derecho cívico sagrado lo que no era sino una pura norma de mercado.

La red y la blogosfera vinieron a romper la baraja: la información ha dejado de estar bajo control y las empresas mediáticas se topan con una competencia… desleal, que tiene el mundo por auditorio sin invertir apenas capital. Por eso van como locos para controlar como sea a esa blogosfera tan decadente y tan mortecina. Y no vacilarán en jugar sucio -ya lo han intentado, de hecho-, y por eso recomiendo muchísima cautela con cualquier reforma constitucional, porque podrían aprovechar cualquier pretexto -por ejemplo, la igualdad de sexos en la desigualdad de oportunidades de acceso a la Jefatura del Estado- para colarnos un viaje de tapadillo en otros temas, entre los que estaría, seguro, la censura en red. Guardans fue claro: ¿qué es eso de que tengamos que pedir permiso a los jueces para hacer cualquier cosa? («cualquier cosa» = cepillarse derechos elementales de los ciudadanos).

La blogosfera no se muere. Y ahí les duele.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Ángel Bacaicoa  On 25/10/2008 at .

    Brillante Don Javier. Se notan los desvelos agrícolas en los frutos de su huerto digital.

Trackbacks

  • […] Esto es farragoso para don Esteban que, pese a todo, como todo el que tuvo, retuvo, no alcanza a la mentecatez del redactor que suelta tan fresco que los blogs no han muerto, pero están camino de ello y se queda como si hubiera cagado, el tío. Digamos, a beneficio de plumíferos becarios, que los blogs van suavizando la curva de ascenso -lo que, implícitamente, quiere decir que la tendencia es aún al alza- y que, más tarde o más temprano, se producirá un descenso (que, según desde qué perspectiva se mire ya existe, porque pocos blogs pasan del primer trimestre de vida) hasta que la curva pasará a constituir una recta estable. Con los blogs pasa como con la tele: todo el mundo es capaz de aparecer gesticulando y haciendo el burro chupándole segundo (o quinto) plano a la cámara que está grabando una entrevista callejera, pero muy pocos son capaces de realizar un programa con cara y ojos aunque les den los medios para ello (la prueba sigue estando en la propia tele y en sus programas); ni siquiera hay nadie capaz de aparecer constante y permanentemente haciendo el burro en segundo plano, porque hasta esto cansa, aunque las largas líneas de comentarios basuríferos de algunos blogs parecen desmentirlo. En fin, ya hablé de eso hace un par de meses. […]

A %d blogueros les gusta esto: