Enrique Rubio, in memoriam

Queridos todos: resistí hasta donde pude, pero todo tiene un límite. Me parece que han sido cuatro o quizá cinco semanas calladito, sin decir nada, por aquello de no ser o parecer recurrente, y en más de una de esas semanas he tenido que morderme los dedos para que no se precipitaran sobre el teclado y hasta aquí hemos llegado.

Apreciados lectores, estimadísimos seis o siete, esta semana voy a hablar de la crisis. Y no sólo eso: es que esta semana no voy a hablar de otra cosa más que de la crisis. Agarraos a la brocha, que aparto la escalera…

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En una novela de Frederick Forsyth, «Los perros de la guerra», un personaje, el financiero que maquina un golpe de estado contra un país africano (algún día otro día hablaré de esto, que es curioso), mira la City londinense desde la ventana de su lujosa oficina y piensa (cito de memoria): «Atracar un banco o un furgón blindado es una brutalidad; atracar una república tiene, al menos, cierto estilo».

Como suele suceder, la realidad acaba haciendo conservadora a la más loca de las fantasías. El millonario de Forsyth preparó el atraco a una república, pero los personajes reales a cuya imagen y semejanza responde el del escritor, han atracado al mundo entero. Así, como suena: material y literalmente. No tiene otro nombre. Bueno, sí, en realidad tiene otro nombre: le han dado al mundo entero el más descomunal timo de la estampita del que haya memoria en la historia de la Humanidad.

Recordemos que, en el timo de la estampita, uno de los timadores se hace pasar por tonto -por tonto patológico- y va enseñando un sobre lleno de billetes, una fortuna en efectivo; el otro timador, el gancho, atiza la codicia del tonto -del tonto de verdad- que va a morder el anzuelo, tramando un supuesto truco fácil para darle el cambiazo al tonto fingido, de manera que el gancho simulará entretener al tonto -fingido, recuérdese- mientras el tonto -el tonto real, por supuesto- va a buscar sus ahorros. Cuando regresa con ellos, se produce el cambiazo, pero no en el sentido esperado: aquel sobre lleno a rebosar de billetes de los gordos, contiene recortes de periódico y el tonto -supuesto- y el listo -real- están ya lejos con la pasta del tonto de verdad.

Lo que ha ocurrido es exactamente lo mismo, con una pequeña variante: aquí ningún timador iba de tonto sino que, al contrario, todos iban de listos (bien por serlo, bien por disfrazarse muy bien de ello). De modo que la cosa funciona igual: enseñan un sobre cargado de créditos hipotecarios suculentísimos e incentivan la codicia desmedida de un montón de gilipollas -muchos muy bien colocados en entidades bancarias y con sueldazos de infarto- que echan verdaderas montonadas de pasta para adquirir la supuesta bicoca. Luego resulta que los créditos hipotecarios son, en realidad, un montón de deudas materialmente incobrables.

¿Es este el atraco con cierto estilo del que hablaba el personaje de Forsyth? No, el atraco con cierto estilo es lo que viene a continuación: con la bomba activada de esos dinerales convertidos en humo en lo que está prigada la entera banca mundial (la entera enterita), se les dice a gobiernos y ciudadanos: «¡Manos arriba!». Y hay que reponerles la pasta con dinero público mientras millones de ciudadanos de mierda nos quedamos con cara de tontos; porque si no se les repone, aquí acontece -o eso nos han hecho creer sin que nadie haya interpuesto la menor objeción- un cataclismo de dimensiones históricas.

Como diría el Tenorio: ¡buen lance, viven los cielos, estos son los que dan fama!

Y mientras los tontos y los pringados de siempre tiramos penosamente del carro de unas hipotecas monstruosas sin más fuerzas que un salario indecente prendido con los precarios alfileres de un contrato basura, nadie sabe qué se ha hecho de aquellas masas acojonantes de beneficios, de aquellos crecimientos exponenciales de volúmenes de negocio y de ganancias. Alguien se está descojonando de risa contemplando este panorama mientras lee -en una hoja DIN A-3 en posición apaisada- el saldo de su cuenta en las Islas Caimán. Porque, dejando aparte la primera ley de la termodinámica aplicada al valor (aquello de que no se crea ni se destruye, sino que se transforma) está el hecho de que la ingente pastizara que ha circulado entre unas cosas y otras, no se ha materialmente quemado, está en alguna parte.

¿Donde? ¡Ah, misterio!

Naturalmente -no hay ni que decirlo- no hay nadie en prisión ni en peligro de ir para allá. Se ha producido un timo monumental, a escala mundial, se ha producido un atraco de idénticas dimensiones (o peores, porque ahora no hay que devolverle la pasta sólo a la banca: ayer aparecían los de la industria automovilística pidiendo su parte) y no hay nadie en la mazmorra y parece que no hay nadie que corra peligro de ello. A ningún nivel: ni siquiera una cabeza de turco de segunda o tercera fila, de menor cuantía. Nadie. Total… ¿para qué? ¿Para dar gusto al ciudadano de mierda? ¡Quiá! El ciudadano de mierda hará lo que se le mande -es decir, pagar- y a callar. Y ojo, que el que no pueda pagar, irá a la ruina. O -él sí- a la cárcel.

Y nosotros, tragando.

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Cambiamos de tercio, pero no de corrida, porque aquí la sangre baja a raudales.

La Comisión Nacional de la Energía se nos descolgó la semana pasada con una petición al Gobierno de incremento de la tarifa eléctrica de un 31 por 100. Así, con dos cojones, ea. El Gobierno, por boca del ministro de Industria -vaya, parece que aún queda de eso- se echó las manos a la cabeza. Pero no hagáis caso: es pose. Veréis el garrotazo que vendrá. No será el 31 por 100, porque toda obra de teatro clásico tiene su planeamiento, nudo y desenlace, y el guión tiene que transcurrir a su ritmo y por sus cauces; pero ya veréis cómo la hostia que nos preparan de todas irreversibles formas no será igual que la inflación, no. En enero me lo contáis.

Ahora volvemos a las tarifas eléctricas. Vamos un momentín a otra cosa: los precios de la gasolina.

En cuatro días, como quien dice, el precio del petróleo se ha desmoronado un 60 por 100 y la cuesta sigue hacia abajo. Mientras tanto, los precios de los carburantes de automoción apenas han descendido un 10 o un 15 por 100 y proporciones parecidas han experimentado otros productos como el butano, el propano y el gasóleo industrial.

¿Qué es lo que está pasando? ¿En qué se parecen ambos casos?

Pues es muy fácil: un buen montón de cabrones se ha dedicado a comprar enormes cantidades de petróleo a 80, 90, 100 y 120 dólares el barril, acumulando grandes reservas y subiendo, con su actitud, brutalmente los precios. ¿Por qué? Por el siguiente tenor: todas las previsiones indicaban que el precio del barril de crudo iba a subir como poco hasta los 200 dólares, de modo que la jugada estaba clara. Acumulamos grandes cantidades de petróleo y cuando esté a 200 dólares -o quizá incluso a más- les vendemos a los panolis de los ciudadanos de mierda gasolina y electricidad (ahora reaparecen las eléctricas) bajo el cálculo de 200 dólares (aunque nosotros hemos comprado, unas partidas por otras, por la mitad). Negocio redondo y los tontos del culo de los curritos llenándonos los blsillos desesperadamente.

Más he aquí que, como consecuencia de la situación del epígrafe anterior, el precio del petróleo se desploma y la codicia de los cabrones se vuelve contra ellos en idéntica proporción: resulta que ahora tienen un volumen enorme de reservas comprado justamente al doble de su precio actual. Está claro: si ponen la gasolina y la electricidad al precio resultante de calcular el coste del petróleo a 54 dólares el barril esto es, para ellos, una catástrofe. Ni hablar. El ciudadano de mierda tiene que pagar gusto y ganas, no faltaría más, no vamos a ser nosotros los que pongamos el dinero del fallo de cálculo.

Y como el petróleo es un oligopolio sin control alguno y la electricidad ídem del lienzo, sin más mediatización que la correspondiente comisión nacional (y ya sabemos lo útiles que son las comisiones nacionales: véase, sin ir más lejos, la de telecomunicaciones o la de la energía nuclear), pues no pasa nada, hacemos lo que nos da la gana y los pencos de los pringados de a pie, a pagar y, sobre todo, a callar.

Y nosotros, tragando. Y ya van dos.

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Esta hasta va a tener su gracia. Resulta que anda por los alrededores de Madrid un viejo sindicalista -cosa que prueba que los hay honrados, para que veáis- que anda construyendo pisos a precio de coste, según dicen. Bueno, no es a precio de coste; en realidad, él se lleva un margen, pero es un margen muy razonable y nada especulativo, de manera que el tío, con dos cojones, está vendiendo pisos a mitad de precio (a mitad del presunto precio del mercado, que de eso habría que hablar) y aún gana -bien decentemente, eso no se discute- una pequeña pastita que todo el mundo le bendice.

Le llaman «el Pocero bueno», lo cual es todo un rotundo calificativo hacia el otro Pocero, el acróbata de Seseña.

Claro, así las cosas, a este hombre le van por peregrinaciones enteras, como si fuera una virgen milagrosa que va por ahí apareciéndose a humildes pastorcillos. Estos últimos días han montado hasta un campamento para hacer cola ad petendam pisum, si me permitís el latinajo en clave macarrónica.

Porque claro, con la que está cayendo -y visto la que ha caido, en toda la frente- no se fía ni de su padre, pero se sigue necesitando vivienda y a la que aparece alguien decente que la ofrece, evidentemente: aluvión.

Pero… ¿qué ocurre? ¡Ay, amigo! Nuestro hombre necesita terreno edificable a precio razonable. Y terreno edificable a precio razonable sólo lo tienen los ayuntamientos y los ayuntamientos… no se lo dan. Qué raro ¿no? Todos los políticos prometiendo vivienda social a punta de pala y a ese tío, que la construye sin cargo al dinero público… ¿no le venden solares los ayuntamientos? ¿Qué pasa aquí?

Pues lo que pasa aquí son, con toda probabilidad, dos cosas: primero, el tresporciento; si no hay tresporciento no hay solar; pero, claro, si hay tresporciento igual los pisos ya no se pueden vender a mitad de precio; y eso por no hablar de que nuestro héroe sea, con toda probabilidad también, un fulano honrado y ético. La segunda cuestión es la cuestión del cuñado; las promociones inmobiliarias de fuste no pueden entregarse al primer pringado que vende barato a los ciudadanos de mierda; las promociones inmobiliarias de fuste deben entregarse a señores importantes que, además de no regatear con el tresporciento, devuelvan los favores como caballeros que son y nos tengan preparado un cómodo pasar para cuando el chollo de la politica se acabe, porque nada es eterno y los que vienen detrás en la maquinaria del partido aprietan que se las pelan, ahí es nada ir por el mundo fardando de Audis modelo mucho con cargo al presupuesto.

En consecuencia, las promociones de este buen hombre son lo que los catalanes llamamos faves comptades y, claro, el personal le monta colas y campamentos.

Y nosotros tragando. Y ya van tres.

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Tras tanto tiempo de silencio, me he quedado a gusto. Bueno, no, no es verdad: tendría materia para llenar quince paellas, tomadura de pelo sobre tomadura de pelo, pero es mejor ir guardando algo para otros días.

Que ya irán llegando. Como llegará el día de la próxima paella, el jueves 20 de noviembre, caramba, qué recuerdos trae la fecha en cuestión de una fruslería que pasó hará treinta y tres años. Me cago en la leche: un tío que naciera aquel día, bien podría ser padre hoy -y seguro que hay más de uno y más de mil- de un chaval metido ya en la Primaria. Pasa el tiempo que se nos come crudos, y yo con estos pelos.

Bueno, hasta tal día, nos seguimos viendo aquí, en «El Incordio» hablando también -y sobre todo- de otras cosas. De otras cosas que también mandan huevos.

Sed felices… si podéis.

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Comentarios

  • Jordi  On 13/11/2008 at .

    Yo también ya hace tiempo que creo que la “crisis financiera” no es más que un eufemismo made in ESADE de “atraco a mano armada”.

    De lo de los ladrillos y de lo que se ha vivido en este pais con la especulación inmobiliaria, ya ni te cuento.

  • Ryouga  On 13/11/2008 at .

    Buff..deliciosa paella, se ve que la ha preparado con tiempo,felicitaciones al chef.

    Un pequeño paunte acerca del propano,como sabra han liberado el precio de la botella industrial de propanos (30kg) la cual cuesta ahora mismo 52 €urazos, sin embargo la botella de propano pequña (11kg) la cual de momento tien el prcio marcado por el gobierno vale 12 €, echen cuentas y vean como nos la meten doblada a la minima que tienen oportunidad.

  • Anónimo  On 14/11/2008 at .

    que bien, que bien, ras, ras, me encanta Señor Cuchi, esta ha estado elaborada con un buen sofrito !!!

  • starblank  On 15/11/2008 at .

    Llevas más razón que un santo… preséntate a las elecciones, de verdad, te juro que vas a sacar más votos de los que esperas

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