Intimidad en riesgo

Parece que cunde un tanto el pánico con el asunto de las redes sociales. Hace pocos días, era la Agencia Estatal de Protección de Datos la que ponía sobre aviso respecto de esa modalidad de lo que se ha dado en llamar web 2.0; hoy, es la propia Asociación de Internautas la que, haciéndose eco de un artículo publicado en «La Vanguardia» y por voz de su -nuestro- presidente, Víctor Domingo, da la voz de alerta al respecto.

Y yo, la verdad, opino, por una parte, que está bien avisar al personal pero, por otra, que no hay tampoco para tanto. Las redes sociales no son per se peligrosas, como los automóviles o incluso las armas no son peligrosos en sí mismos. Peligroso es, en su caso, el que maneja la correspondiente aplicación o el correspondiente artefacto sin hacerlo de la forma debida.

La aplicación que sostiene una red social puede ser penetrada por crackers, indudablemente, más este peligro es perfectamente extensible a cualquier instrumento informático conectado a la red. Todos sabemos (menos quien quiere ignorarlo) que Outlook es un agujero de dimensiones cósmicas del cual se nutren todos los spammers del mundo; también sabemos -ahí todos quizá no, pero muchos sí- que lo propio puede decirse del messenger de Micro$oft, que cualquier chaval de doce años puede fácilmente penetrar clonándose en un tercero y metiendo cizaña -a veces grave- en una conversación ajena. Y aunque la de Micro$oft es, sin duda, la más penetrable, también de eso mismo puede acusarse a prácticamente todas las aplicaciones de mensajería instantánea.

El problema, sin embargo, no está tanto en la penetrabilidad de las aplicaciones que dan infraestructura a las redes sociales sino a la imprudencia del propio interesado. Y ahí, amigo, cambia la cosa. Por supuesto que la ignorancia -incluso aunque lo sea por negligencia- no es razón suficiente para justificar el abuso que un tercero pueda hacer de sus datos, pero hay gente que parece que lo pida a gritos.

Cada vez que he ido a un medio de comunicación -generalmente la radio- para hablar de privacidad en la red, mi discurso ha sido siempre el mismo y siempre se ha basado en dos premisas que, al presente, nadie ha sido capaz de rebatirme satisfactoriamente:

Primera: el verdadero, grave y aterrador peligro para la privacidad en la red procede, en primerísimo lugar, de los poderes públicos, empeñados de manera constante, de frente o -más habitualmente- mediante pretextos diversos -el más socorrido, el del terrorismo, seguido de cerca por la pornografía infantil-, en perforar la red y manipularla a gusto y ganas, bien censurando contenidos, bien interceptando comunicaciones, bien amedrentando a los usuarios. Es evidente que están sumamente incómodos con el control cívico al que la libertad en la red les somete y tienen como objetivo prioritario terminar con esa libertad como sea.

Segunda: los ataques de origen particular contra la privacidad en la red, siendo importantes, dañinos y peligrosos, y sin perjuicio de exigir su persecución a los poderes públicos, son mucho más soslayables con la más sencilla de las consignas: compórtese usted en la red como lo haría en la calle.

Lo mismo sirve para soslayar timos. Veamos: cuando usted necesita comprar una cámara fotográfica, pongamos por caso… ¿usted se la compra al primer patibulario que le ofrece una, medio escondido en un portal, bajo el señuelo de un precio casi imposible? ¿O rechaza esa oferta sospechosa y prefiere dirigirse a un establecimiento acreditado donde sabe que va a ser correctamente atendido, su compra debidamente facturada y con la garantía perfectamente en regla? Pues si en la vida presencial sigue tan prudente norma… ¿por qué no la sigue también en Internet?

¿Usted pone un anuncio en el periódico de más tirada de su localidad cuando se pasa de la raya con el whisky y hace un poco el ridículo con sus amigotes? ¿Usted inserta en este periódico una fotografía suya haciendo un calvo con los calzoncillos por sombrero? Entonces… ¿por qué sube esa foto a Facebook, por ejemplo, y la abre a la vista de todo el mundo?

Otra cosa: ¿usted deja entrar en su casa al primero que se le presenta y le pide, por más educadamente que lo haga, paso franco? Entonces… ¿por qué lo hace en Facebook? Oiga, mire: cuando se tienen en Facebook -o en cualquier otra aplicación de este tipo- trescientos, cuatrocientos o quinientos amigos (o sea que usted deja entrar ahí hasta al potito), lo más normal es que no meta en esa red social datos que no quiera divulgar. Si, por el contrario, usted siente -o tiene verdaderamente- la necesidad de mostrar su completa biografía, lo que debe hacer entonces es seleccionar con muchísimo cuidado a las personas a quienes permite el acceso a esos datos. Por decirle «no» o señalar la palabra ignorar a un desconocido que pretende acceder a su espacio abarrotado de datos, no va a ser usted desintegrado por un rayo de la muerte procedente del lado oscuro: simplemente decepcionará -probablemente de manera leve- a un admirador o a un curioso.

A mí no deja de llamarme la atención que, a veces, cuando me equivoco de número al llamar por teléfono, me cuesta muchísimo averiguar dónde me he equivocado, si al llamar o al anotar el número, porque mi interlocutor es esquivo a darme la menor pista, aunque yo le cante el número al que he llamado.

-Pues no, se ha equivocado
-Ya, pero ¿dónde?
-¡Clac!

Esa misma persona, tan celosa de su intimidad telefónica, puede estar permitiendo que seiscientos amigos de MySpace accedan a su número de móvil. Y quizá, una hora después, puede estar dándole su usuario y contraseña a su banco porque éste se la ha pedido por correo electrónico para comprobar cualquier idiotez (y se la ha pedido, además, poco menos que en pichinglis).

Otras veces somos celosísimos con nuestros datos, pero mantenemos una bitácora en la que, cualquiera que sea el tema que toquemos, desnudamos claramente ante quien quiera ir a ella nuestras ideas, nuestro nivel intelectual y cultural, nuestra forma de razonar, probablemente retazos de nuestra cotidianidad… ¡menuda información para un jefe o para un eventual empleador! Y bien interpretada por un especialista (psicólogos de empresa, se llaman)… ¡guau! Muchas veces pienso que si no fuera funcionario (y de medio pelo, además)… ¿de qué iba yo a hacer «El Incordio», al menos tal como lo conocen mis seis o siete?

Está muy bien que desde la AEPD, desde la Asociación de Internautas y desde otros ámbitos de la sociedad civil se alerte de los riesgos de algunas actividades en red, pero, tal como indica Víctor Domingo, es una cuestión de informar, de vencer la ignorancia de la gente en vez de ponerse a pensar cómo cerramos, cómo controlamos, cómo restringimos y, en definitiva, cómo le ponemos puertas al campo y palos a las ruedas del progreso.

Porque cuando hablamos de progreso tecnológico no nos estamos refiriendo solamente a señores con batas blancas inventando artilugios sino también a infraestructuras que faciliten y agilicen tanto en velocidad como en volumen el caudal de comunicación, de información y, en definitiva, el intercambio de conocimiento humano.

Y eso es esencial.

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Comentarios

  • Jordi  On 17/11/2008 at .

    Totalmente de acuerdo Javier. Mi experiencia del facebook es que hay mucha gente que cuelga TODA su vida en la red. Otros como yo colgamos cuatro fotos y decimos que nos gusta el rock’n’roll y aún así con un poco de acojone.

  • Tenebris  On 17/11/2008 at .

    Buen artículo, Javier.
    El problema no es la máquina sino el límite de riesgo que asume uno cuando la conduce.
    Salud.

  • Manuel Delgado  On 17/11/2008 at .

    Radicalmente de acuerdo con lo que dices.

    Sólo hay una cosa que me resulta difícil de manejar en las redes sociales: cuando son otros los que suben contenidos nuestros, sin nuestro permiso e incluso sin nuestro conocimiento. Habría que añadir a tus preguntas retóricas un “si no vas todos los días enviando fotos de las farras de tus amigos a sus jefes y sus novias, ¿por qué lo haces en Facebook?”.

    Una fórmula que, personalmente, me está funcionando muy bien es mantener a los contactos personales y los profesionales en redes sociales separadas. Mi blog, mi Twitter y otras cosas “públicas”, siempre están a medio camino entre un ámbito y otro. Facebook y LinkedIn, en cambio, los mantengo a años luz de distancia.

  • Ryouga  On 18/11/2008 at .

    Pero que me esta contando?, que ese e-mail que me informa de una herencia, ese pop-up que me informa que he ganado un A5 o esa empresa farmaceutica desconocida que me ofrece viagra barato , no son de fiar?, a donde vamos a llegar!, esto de internet es un peligro , me voy a la calle a comprarle estampitas a un tonto que me he cruzado hace un momento.

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