Piratas, cutres y mujeres

La piratería en el Índico a cargo de piratas somalíes, empieza a ser mediáticamente recurrente. Hombre, en el caso de España se comprende -hasta cierto punto- por la afectación directa debida al abordaje del atunero vasco, pero, sí, parece que aquello se ha convertido en una costumbre habitual y la contabilidad a fecha de hoy es de tripulaciones por importe de más de trescientos marineros y una pastísima en barcos y cargamentos retenidos… en manos de no se sabe muy bien quién. Pero seguro que no tardaremos en disponer de prolija información gráfica e identificativa sobre estos señores de la guerra en ejercicio marítimo.

Lo que ocurre es que tengo la impresión de que esto de la piratería en el Índico no es algo de ahora, como pudiera parecer; del mismo modo que el imperio de la anarquía en Somalia tampoco lo es. ¿Qué induce, pues, a las potencias occidentales a preocuparse tanto, precisamente ahora? La verdad es que no lo sé. No tengo ni siquiera sospechas concretas de nada en concreto, simplemente se me ha activado ese institnto de ciudadano permanentemente porculizado por los políticos que me hace oler a trampa. No sé cuál, ni de dónde viene, ni cuándo nos caerá el marronazo, pero aquí hay trampa.

De pronto la OTAN parece que va a tomar cartas en el asunto. ¡Sopla! Bueno, es verdad que la zona es estratégica, claro: pocas zonas oceánicas tan pequeñas -de cualesquiera en el mundo- ven pasar tantísimo dinero y aquí, amigo, parece estar la madre del cordero, porque lo único verdaderamente estratégico en este mundo es la pasta y dos millones de barriles de petróleo metidos en un barquito (a cincuenta y pico dólares el barril, suma y sigue) no son grano de anís ni siquiera para una Arabia Saudita que no sabe qué hacer con el dinero.

De modo que para que los flujos económicos no se vean alterados, para que las compañías de seguros no experimenten tremendas pérdias (y menos ahora, que no está el horno para bollos en el sector financiero) y para que los armadores no tengan que cargar rescates a las cuentas de resultados, medio mundo va a enviar allá barcos de guerra costosísimos para poner en jaque a los bandoleros marinos. Huelga decir, claro, que lo que cuesta mandar allá a toda la flota en cuestión no lo van a pagar las compañías de seguros ni los armadores, sino los ciudadanitos de a pie, a los cuales nos pilla asaz lejos el conflicto de marras.

Evidentemente, los ciudadanitos de a pie comprendemos que hay que garantizar la seguridad del tráfico, de cualquier tráfico, y que no puede ni debe tolerarse que unos matados con neumáticas y AK-47 vayan por esos mares haciendo lo que les dé la gana, pero se me antoja excesivo mandar una flota para que esté ahí… ¿cuánto tiempo? ¿Con qué órdenes? Porque si se va a funcionar en el mismo plan que la fragata india, cañonazo y tentetieso, está bien, parece algo operativo, pero si empezamos con mariconadas de buen rollito o de que el almirante está durmiendo y no se le puede despertar, vamos mal.

Concretamente los españoles, como tantas otras naciones, tenemos a medio ejército desperdigado por el mundo en misiones de paz. Misiones de paz que se eternizan, que nunca terminan, que van causando un goteo de muertos y heridos y que cuestan un Perú. Ahora una flotita. por otra parte, dicho sea de paso, no veo qué pinta allí un fragatón F-100, diseñado para combatir con eficacia a comanches de alto standing, pero que no parece muy operativo para dar caña a unos cuantos piojosillos, como no tenga otro fin que darse el farde y mole de mostrar al mundo nuestra temible potencia naval. El avión Orión puede estar bien para el reconocimiento (aunque parece que sus sofisticados sistemas no son suficientes para detectar lanchas semirrígidas, con realmente poca firma radárica) pero es más bien inutilillo para picar crestas.

También se me antoja que debería poder haber alternativas a tanto dispendio, quizá más dolorosas, pero también más breves e incisivas. Coño, no ha de costar tanto saber quiénes son estos piratas, dónde se esconden, dónde tienen sus bases de operaciones y, a partir de ahí, cazabombarderos, paracaidistas, operaciones especiales, en fin, gente de esta especializada en temas al estilo «muerto el perro, se acabó la rabia».

Los ciudadanos vamos a sufrir unos cuantos años muy puteados y, sin culpa alguna, al contrario, vamos a perder poder adquisitivo, empleo, servicios públicos y demás, sin demasiado parapeto presupuestario. Empezamos, pues, a no estar de humor para pagar facturas de tanta paz por andar mariconeando con la tropa. Uno, desde el alejamiento de los estados mayores, está convencido de que si se aplica una razonable pero suficiente violencia sobre unos objetivos concretos y determinables -y me juego un huevo y no lo pierdo a que están perfectamente determinados- estas misiones inacabables podrían terminarse por la vía rápida en más de un caso.

Así que, venga, cortar los huevos a quien haya que cortárselos sin más contermplaciones, y corriendo de vuelta para casa, que hay mucha normativa social pendiente de beneficiarse de las elementales partidas presupuestarias y la bandera se ventila lo mismo en el océano Índico que en las rías gallegas.

Acabando de una puta vez, ya.

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Hace unos días, muy pocos, tuvimos noticia de un éxito médico de los buenos, a cargo de un equipo quirúrgico del Hospital Clínic de Barcelona, consistente en un transplante de tráquea que, previamente, había sido objeto de un tratamiento innovador utilizando células madre del receptor, tratamiento que elimina el riesgo de rechazo.

Es una alegría enorme. Primero, por la paciente, que no sólo ha sido curada sino que, además, podrá llevar una excelente calidad de vida en lo sucesivo; segundo, por el avance científico que ello representa, en la suposición -que doy por evidente- de que esa técnica se aplicará en todo el mundo sin más requisito que impartirla (quiero decir que no andará por ahí la apestosa sombra del puto apropiacionismo jodiendo la marrana); y tercero -y muy secundario- el ilegítimo pero cierto orgullito de que esto se ha hecho en España, dentro de ella, en Catalunya, y dentro de ella, en Barcelona (fíjate tú, pese al achuntamén y todo, que eso sí que tiene mérito).

Surge, no obstante, la polemica: parece que la compañía aérea Easyjet estuvo a punto -según la acusan- de fastidiar la cuestión. ¿Cómo? Pues sí: el personal de tierra de la compañía no dejó embarcar la maleta que contenía la tráquea en cuestión, llevada por un estudiante.

Me he quedado un poco… así… como anonadado. Bien, un estudiante está perfectamente capacitado para transportar una maleta pero, no sé qué os parecerá a vosotros, yo veo bastante cutre que un órgano destinado a transplante embarque en un vuelo regular (bueno, regular… es una compañía low cost) metido en una maleta llevada por un señor. Quizá es que me he dejado impresionar por los reportajes televisivos que nos han mostrado órganos transportados en un equipo criogénico que a cargo de tres tíos y/o tías con batas blancas y muchos bolis en el bolsillo se subían a un pequeño jet ejecutivo fletado para la ocasión. Pero así, y todo, lo pedestre del método lo hace aparecer a mis ojos como un tanto salchichero.

En todo caso, era buscarse el conflicto que realmente llegó a suceder. Según el artículo de «El Periódico», uno de los directivos del proyecto se puso en contacto con a aerolínea (quiero interpretar que con directivos de la aerolínea) para concertar el traslado, de donde se obtuvo la garantía o confirmación de que no habría problemas. Pero algo falló -al engominado se le iría el santo al cielo repasando las cotizaciones de bolsa y evaluando sus stock options– y cuando se intentó el embarque, el personal de tierra estaba ayuno de la cuestión y no vio claro el embarque de la cosa.

Y, perdonadme, pero me parece muy normal. ¿Qué dice que lleva usted ahí? ¿Una tráquea? Bueno, en fin, esto es material biológico que vaya usted a saber… Esto no se embarca por las buenas ¿sabe usted? Puede haber riesgos. ¿Que qué riesgos? ¡Y yo qué sé! Puede haber peligro para el pasaje. Oiga, la IATA establece unos protocolos para estas cosas. Quizá incluso el personal de tierra pudo ponerse en contacto con el comandante y el comandante bien pudo decir que a la mierda, que la seguridad de su avión y de sus pasajeros son lo primero y que él no tiene información suficiente como para establecer que el material en cuestión es inocuo.

Total, que la cuestión se convirtió en una peripecia y menos mal que todo salió bien.

Ahora todo es ciscarse en Easyjet, compañía hacia la que no guardo nnguna simpatía concreta -tampoco ninguna especial antipatía-, pero me da la impresión que habría que ciscarse más bien en el chapucero que pensó llevar ese tipo de material, como si tal cosa, en un vuelo ordinario en vez de fletar un pequeño cháter privado.

En fin: lo importante es que todo ha acabado bien y que Claudia está volando ya -con el material biológico en su cuerpo, no en una maleta llevada por un estudiante- hacia su casa. Pero alguien debería establecer un protocolo para estas cosas y -no estaría de más- un convenio con una línea aérea o, mejor, con varias de ellas. No puede pretenderse que el personal de tierra de una compañía aérea especializada en vuelos de carácter primordialmente turístico, reaccione como si fuera lo más normal del mundo que se presente en el mostrador un estudiante llevando en la mano una maleta que contiene una tráquea.

¿Es tanto pedir?

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En esto de la tecnología hay pocas féminas, muy pocas. Como consecuencia, también hay pocas mujeres con bitácoras; no tan pocas como en la ingeniería, pero igualmente constituyen un bien escaso.

Sin embargo, yo, como soy así de sobrado, conozco a dos blogueras (sin contar a mi hija pequeña), las dos trabajadoras, las dos madres de familia y las dos funcionarias: Judith Gallimó, autora de la bitácora «Arati» y Cristina Guill, que ha inaugurado hace poquito su opera prima blogosférica con «L’agobi» (El agobio).

Dos bitácoras bien distintas.

La de Judith tiende a lo intimista: es una bitácora introspectiva, suave, de buen rollo (en el buen sentido, no en el que uso yo habitualmente), plagada de cuadros, de poemas, de canciones. Es como un balneario en el que puede uno tomar, en vez de esas porquerías de aguas ferruginosas, de esas que dan asco a base de procurar tanta salud, un vino virtual suave y aromático, mientras se envuelve en calma, en sosiego y en perfumes de violeta. Es como en los viejos tiempos de feliz irresponsabilidad, cuando podía tirarme una tarde con una pipa, una botella de Dry Sack y una docena de discos de jazz (lo malo -malo sólo desde cierto punto de vista- es que después venía la noche y a hacer puñetas la paz interior). De vez en cuando me dan ganas de escribirle algún comentario, pero no puedo: resulta que no se le ha ocurrido nada más que colgar su cosita en el cacharro ese de Micro$oft y si no estás abonado al trasto -cosa que me prohíbe mi hígado severamente- no se puede comentar. Seguiré con mi labor de zapa para que se lleve su florecita a un lugar decente, que en esa casa de mala nota desentona cantidad.

Cristina es otra cosa, radicalmente otra cosa. Hay días que Cristina parece salida de una peli de Almodóvar (de las de antes, no de las que hace ahora a gusto y ganas de los norteamerimierdas) y encima tiene su puesto de trabajo al lado del mío, todo lo cual, junto con la lectura habitual de «El Incordio», constituye una mala influencia de mucho cuidado. La Guill tiende a la bronca. Aún no se atreve a acercarse a extremos incordiantes pero todo es que se vaya cabreando con el mundo en general y ya irá llegando. Catalana de socarrel (su bitácora está escrita exclusivamente en catalán, lo siento por la mayoría de mis seis o siete, a quienes os adivino una viva curiosidad por la cosa), es una reivindicación constante de las costumbres tradicionales frente a la invasión de la estupidez anglosajada y entre ella y yo traemos aterrorizados a los pobres becarios, que apenas aciertan a salir, maltrechos y quebrantados, de entre los escombros de la que les ha caído encima por pronunciar el palabro fatal: jalogüin.

Dos mujeres blogueras y las dos aquí al lado: una, materialmente y la otra, en el piso de arriba. Qué lujo ¿eh?

Ya os digo que voy sobrado.

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Pues nada, ya está cumplido el precepto joviano por esta semana. La próxima… ¡ay, la próxima! La próxima no voy a poder estar el jueves en mi puesto de combate,por necesidades del guión. Voy a intentar pasar la paella al miércoles, espero que podré; porque si no puedo, queridos, preparáos a una semana de hambre, ya que el viernes seguro que tampoco podré, el sábado menos y el domingo está difícil, aparte de que la paella, en viernes, bueno, vale, por una o dos veces al año, pero más allá ya no.

O sea que, o nos vemos el 26, o hasta diciembre.

Mientras tanto, seguid el rumbo normal de «El Incordio», que a veces -lo digo a beneficio de los paellers only– salta la liebre.

Hasta cuando sea.

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Comentarios

  • Anónimo  On 21/11/2008 at .

    Señor Cuchi,
    Que mejor maestro que usted, que me enseña las artes bitacorales, gran amigo y compañero ejemplar de trabajo,me encanta tener a los becarios descolocados,y a los engominados tambien !!! ras,ras!!! Formamos un buen tándem !!! Gracias !!!

  • arati  On 22/11/2008 at .

    Muchas gracias por los comentarios: es un honor. Aunque nunca se me hubiera ocurrido que alguien pudiera pasearse por mi blog en plan relax balneario, pero claro… al lado de lo suyo, que es de una potencia y una exhuberancia reivindicativa sin parangón… cualquiera se queda en ná.
    Lo confieso, sr. Cuchí, sólo de imaginarme teniendo que desarrollar la cuarta parte de energía que Vd. invierte en estos asuntos ya me da fatiga.

    Aclaro que lo de asentar mis reales en el terreno victoriano de Microsoft fue un error de novata. Error inicial que me impide publicar cosas que desearía y que me tiene en el temor de que me cierren el chiringuito cualquier día por alguna teta que se ve aquí o allá.
    Pero me dan terrible pereza las mudanzas y, además, sigo sin encontrar el lugar adecuado. Me gusta poder manejar cuatro cosillas en html y ya me he acostumbrado a lo que tengo, pero aceptaré encantada sus sabias sugerencias acerca de un mejor alojamiento donde ubicar mis comidas de coco habituales.

    Abrazo

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