Detectives terminales

Dejando aparte alarmas o menfoutismes, indignaciones e indignidades, el escándalo de la contratación de detectives (o de lo que sea) por parte de la $GAE con el fin de tener fichada a la insurgencia (y no quiero imaginar otros fines porque ahí ya entraríamos en otros campos y en otras historias, aunque nada -repito: nada- es descartable con cierta gente), no deja de ser indicativo de unas cuantas cosas.

En primer lugar, que les estamos haciendo daño, que la herida escuece. Esto ya lo sabíamos porque ya había señales de ello: sus cambios de dialéctica, por ejemplo, basados en aquello de «no hay mejor desprecio que no hacer aprecio» y terminar con la palabra internautas utilizada de modo peyorativo (por no hablar de lo de pendejos electrónicos, tan celebrado) para pasar a llamarnos «radicales», matizando, por supuesto, que estamos al servicio de la patronal electrónica, que es la que obtiene pingües beneficios con la piratería digital. Llegar a los extremos de recurrir al espionaje de la vida personal del enemigo, indica la gravedad de la situación para algunos.

En segundo lugar, que están perdiendo la calma. Nada parece salirles bien y, por más que tienen a la mayoría de los políticos a su servicio, por más que constituyen un potentísimo lobby incluso a nivel europeo, las cosas no salen adelante y su imagen no puede estar a un nivel más bajo ante la ciudadanía. Hemos conseguido -con la complicidad de la propia y entera ciudadanía- colocarlos en el cartel de los enemigos públicos y no hay quien los saque de ahí. En esto, sin embargo, hemos contado con la inapreciable colaboración de ellos mismos: su inmensa soberbia, su indisimulado y expresado desprecio hacia los ciudadanos ha suscitado el odio de éstos hasta niveles distintos de reducir. Decir públicamente cosas -como hizo el Teddy hace pocas semanas- del estilo «el canon hay que pagarlo por cojones y al que no le guste ajo y agua» (ya sé que no dijo literalmente esto, pero lo pensó y lo dejó bien claro) no es bueno para el negocio. Tampoco es bueno criminalizar a la clientela ni tratarla como un trapo. Ni pleitear a saco contra personas y entidades que, de algún modo, son iconos de la red, de la política o del sindicalismo. Francamente, no veo cómo nosotros solos hubiéramos podido hacerlo mejor.

Encima, el poder constituido en la $GAE sufre una contestación interna de cada vez mayores proporciones. Es imposible cuantificarla -es el secreto mejor guardado de esa entidad, secreto posibilitado por el voto censitario- pero es cierto, patente y evidente que cada vez hay más díscolos y que cada vez más autores se desmarcan de los criterios y de las pautas de los dirigentes.

Las noticias serán, para ellos, peores con el paso del tiempo, seguramente.

No desdeño en absoluto su capacidad de lobbying: contando como cuentan con la complicidad de la industria de contenidos y de algún jefe de Estado poderoso casado con alguna señora que manda mucho en casa, es posible que consigan, a la larga o a la corta, legislaciones ominosas que se cepillen a saco derechos cívicos. Hallarán en la empresa feroz resistencia y no es una guerra que tengan ganada de antemano, en absoluto, pero cabe no descartar que la ganen, porque anda la ciudadanía muy apática, sobre todo cuando las cosas saltan a la escena europea; en España nos gustó mucho eso de ser uropeos pero ignoramos olímpicamente lo que se cuece en Bruselas.

Sin embargo, aunque logren implantar legalmente sus exigencias, han llegado tarde, porque no cambiarán los hábitos del personal. La realidad es esta, guste a quien guste y pese a quien pese: los jóvenes están habituados -los menores de 16, prácticamente han nacido en ello- a consumir música y otros contenidos a saco, en cantidades verdaderamente industriales. En tales cantidades que, por barata que se les vendiera esa música (y no se vende, precisamente, barata), jamás podrían pagarla. Irse olvidando, señores: aquella vida de contínuos superventas se acabó, con redes P2P y también sin redes P2P. Si realmente se les impide de una manera efectiva el acceso gratuito a grandes volúmenes de música, se pondrá a los jóvenes (que constituyen la aplastante mayoría de consumidores: los mayores somos más selectivos y menos compulsivos) ante dos únicas alternativas: o consumir una cantidad de contenidos muy -pero que muy- inferior al que están habituados y con el que han crecido (lo que no creo que les parezca opción)… o buscar contenidos gratuitos donde los haya.

Y es ahí donde unos cuantos los estamos esperando y deseando llevarles de la mano: hay un mundo de contenidos en gran cantidad y de gran calidad en el ámbito copyleft. Si el apropiacionismo está ya soltando algún que otro cagamento contra el copyleft, que espere, que aún no tiene buenas y contables razones para hacerlo, pero todo llegará, y pronto. No entiendo cómo no lo ven: si les cierran a los chavales el acceso gratuito a los contenidos comerciales (a esa mierda de contenidos comerciales, dicho sea de paso), aparte de que estarán acabando de asfixiar a su propio negocio, estarán elevando a las estrellas, al mismo tiempo, al modelo de contenidos libres.

La actual directiva de la $GAE -en la representación que claramente ostenta del resto de su gremio– es la imagen de un historial de oportunidades perdidas.

Cuando empezó la guerra del canon, pudo haber negociado, pudo haber convocado a las entidades más caracterizadas de la red y haber llegado a un acuerdo, cuando menos general; si lo hubieran hecho así, hoy quizá estaríamos discutiendo por flecos, pero no habría la guerra que hay en marcha; pero su soberbia -la conservan aún y no poco subidita de tono- y su poder fáctico, les hizo descatar ese camino; con el control político y mediático en sus manos, se lanzaron a hacer y deshacer sin contar con la parroquia. No me sorprende la amargura con la que constataron la aparición y la influencia creciente de los pendejos electrónicos que estábamos «construyendo la nueva democracia digital». Lo dijo él, el propio Bautista. Es verdaderamente alucinante ver cómo ignoraron su propio diagnóstico.

Constatando -como no pudieron dejar de hacer- el desplome de las ventas, pudieron concluir que lo que realmente se estaba desplomando era su modelo de negocio y su modelo de gestión. Bien, siendo, sobre todo éste último, el instrumento necesario para su permanencia en el machito, puede comprenderse que lo defendieran a muerte, pero ello sigue sin justificar la ceguera que exhiben al no ver que eso está caducado. Sé perfectamente que los modelos de negocio alternativos no son fáciles de crear; quizá sean psicológicamente imposibles para quienes durante tantísimos años han vivido -como reyes, por cierto- del imperio analógico y estén reservados para nuevas generaciones empresariales y para nuevos gestores. Pero acabarán viéndolo claro tarde o temprano: si las cosas siguen como ahora, porque se irán disolviendo como el azúcar en el café; si logran sus fines, porque -aunque por un breve espacio de tiempo parezca que el viejo tinglado refluye- la realidad que he enunciado antes hará que la estructura clásica se derrumbe quizá más bruscamente aún.

Como tantas veces he dicho, su capacidad de hacer daño es aún grande, muy grande. Antes de que estiren la pata de una puñetera vez, pueden dejar un importante rastro de sangre, suya, por supuesto, pero también de terceros, de ciudadanos inocentes. Pero nada de lo que hagan impedirá su desastre final. Están irremisiblemente perdidos, están como en la fase final de una enfermedad terminal.

Lo más curioso es que, en verdad, parece que no lo saben.

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Comentarios

  • javi  On 03/12/2008 at .

    Ya lo dijo el mismo Teddy en el periodico, El Pais 24 de Enero del 2007.>(Es que hay para alucinar‏).

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