Arde la prensa

¡Qué barbaridad, cuántas coincidencias! Precisamente hoy, el blog de Ignacio Escolar remitía a un artículo de Iñigo Sáenz de Ugarte en «Guerra Eterna», donde se habla de la muy precaria situación de empresas mediáticas de altísimo copete dentro y fuera de España, pero de las que nos interesan más, de las de España, destacando la dificilísima situación en la que se hallan «Prisa» y «Zeta».

Ya me disponía yo a sacar mis conclusiones cuando -de ahí la coincidencia- vía «Menéame» llego a la bitácora de Marc Vidal, que se hace cruces ante el lamento de «El País» que, en un artículo de David Fernández publicado el pasado día 4, decía con todo el morro y con todos sus cojonazos que nadie había visto venir la crisis, siendo así que en la blogosfera había sido reiteradamente avisada, y desde hace mucho tiempo.

Sáenz de Ugarte, como Juan Varela, de «Periodistas 21», al que enlaza, ofrecen unas explicaciones desde el punto de vista de la empresa periodística muy válidas, muy plausibles, pero olvidan, quizá -posiblemente los orígenes obliguen-, la influencia de la blogosfera en todo este fenómeno, porque los apuros de la prensa no son de ahora, ni mucho menos; es posible que sus errores empresariales, sus subidas al carro del pelotazo y el cierre del crédito hayan precipitado la situación, pero las curvas de ventas de los medios en formato de árboles muertos y la de uso de Internet son inversamente proporcionales. O más o menos.

Suele decirse que la blogosfera nunca sustituirá a la prensa convencional y, realmente, son dos cosas distintas, pero es que el problema está en que la blogosfera no ha llevado al desmoronamiento de la prensa por el hecho -incierto, verdaderamente- de hacerle la competencia sino por haber hecho patente y palpable la falta de credibilidad, el chanchullo, el compadreo con todos los poderes (políticos y fácticos) y la intoxicación sistemática a que han sometido al ciudadano las empresas mediáticas. La blogosfera, en definitiva, le ha levantado a la prensa la sucia camisa de su falta de credibilidad.

Ando por estos días releyendo «El manifiesto Cluetrain», sobre todo porque Ediciones Deusto lo estaba distribuyendo gratuitamente (ya no) y me estoy asombrando no por lo que dice -ese asombro ya lo experimenté hace años- sino por lo profético que ha resultado ser… hasta ahora, porque no se ha consuado aún del todo. El leit motiv del manifiesto, si pudiera resumirse en una sola frase (que, en rigor, no se puede) podría ser muy bien «El mercado es una conversación y la red es esa conversación».

Es el imprevisto que puede destruir a la prensa de papel, tal como la venimos conociendo, u obligarla a reformar de arriba a abajo todos sus prámetros y estructuras. La red es un elemento de contraste. Antes éramos simples seres amontonados en una masa [in]humana cuya única función era la de ser receptores del mensaje del Gran Hermano y ejecutores disciplinados y nada díscolos de lo políticamente correcto. Estábamos aislados unos de otros y los medios podían dibujar a gusto y ganas un paisaje que sus propias tapias nos impedían ver. Pero llegó la red y la masa [in]humana se convirtió en grandes cantidades de personas, de seres individuales, individualizables e individualizados, que empezaron a hablar entre ellos, que empezaron a intercambiar conocimiento y de pronto… vimos el paisaje. El paisaje tal como es.

Por supuesto, la prensa se cabreó y tuvo, encima, la indecencia de hablar de falta de rigor en la blogosfera. Ciegos y estúpidos, sólo supieron ver competencia donde mejor les hubiera ido ver lo que, en definitiva, era realmente: una piedra de toque, un elemento de contraste… del que salían muy mal parados.

Esto aparte, la calidad de la prensa ha bajado espectacularmente en los últimos años. Tal como dice uno de los comentaristas enlazados, se limitan a recopilar los teletipos -ahora digitales- de las agencias de prensa, y darles una pincelada ideológica, apenas consistente en resaltarlos más o menos, según el interés partidista; todo ello, amalgamado -mal amalgamado- por unos redactores malísimos en conjunto (las faltas de ortografía son habituales y las de sintaxis se cuentan a tantas por página; además, sus recursos de léxico dan verdadera pena) y por unos colaboradores que no son más que la voz de su amo, de una calidad periodística y literaria ínfima. Algunos son, incluso, académicos de la RAE, pero eso ya no sorprende: en la RAE han admitido a Borau, así que el día menos pensado veremos un sillón no ocupado por Groucho Marx, porque él no formaría jamás parte -más o menos así lo dijo- de una entidad capaz de admitirle. Y la RAE de hoy lo es, visto lo visto.

Yo, que he sido lector de prensa desde muy temprana edad -lo sigo siendo, aunque en formato digital- me resisto a creer que el viejo periódico desaparecerá para siempre. Quizá desaparezca de su formato en papel para pasar a verse escrito en otra tinta, la llamada tinta digital, eso es casi seguro, pero no creo que desaparezca conceptualmente. Pero sí que va a tener que reformarse de arriba a abajo. La receta, es -sólo en parte- la de siempre, la de tantas y tantas empresas: propinar un puntapié megatónico en el culo de los engominados y llamar a verdaderos profesionales del medio; volver a realizar un producto de calidad, algo que en las escuelas pueda utilizarse dignamente para meter en las berzotas de nuestros tristes secundarios y desgraciados bachilleres algo cada vez más inaudito como la comprensión lectora; y volver a establecer un compromiso con sus lectores, un compromiso de probidad, de honradez periodística e intelectual.

El que lo sepa ver así, sobrevivirá y será estupendo que suceda. El que no lo sepa ver de esta manera, se irá a la mierda y parece que tan grato destino se contempla inminente.

Afortunadamente.

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