Cibercondríacos

De la serie: Correo ordinario

Cuando mi hermana estudiaba la carrera (es médico) manejó mucho durante un cierto tiempo -o durante mucho tiempo, no lo sé, porque yo entonces ya no vivía en el domicilio paterno- un libro que creo que era de anatomía patológica. El caso es que era un libro muy inteligible incluso para legos y cada vez que mi madre oía la descripción o el nombre de una enfermedad -normalmente por la radio- se precipitaba sobre el libro a ver de qué se estaba hablando, hasta tal punto que, con cierta coña, al tal libro se le llegó a conocer en casa como el libro gordo de Petete. Casi huelga decir que, ocasionalmente, mi madre padecía de alguna cierta paranoia sanitaria que, afortunadamente, nunca llegó a ser crónica.

Todos los que, tiempo atrás, tuvimos la mala idea de leer el prospecto de un medicamente, cuando la ley no obligaba como ahora a que fueran claros e inteligibles, no podíamos evitar una cierta o una importante aprensión al ver las enfermedades raras -y aparentemente espantosas- que trataba el específico y un cierto pensamiento de desconfianza se dirigía al recuerdo de nuestro médico (o de su padre): a ver qué me ha recetado este tío o a ver qué enfermedad tengo que ese cabrón no me acaba de explicar y a ver por qué. Igualmente imprudente era prestar excesiva atención a los efectos secundarios, a las contraindicaciones y demás. Parecería que uno no debe conducir ni manejar maquinaria peligrosa aunque se haya tomado una simple pastilla «Juanola» (que, por cierto, pertenecen ahora a una multinacional).

Y, en general, cuando ha caído en nuestras manos la descripción de una enfermedad, de cualquiera, siempre la hemos proyectado sobre nosotros inmediatamente: coño, pues esto me dolía a mí el otro día o anteayer perdí el equilibrio al bajar del autobús tal como dice aquí; a ver si voy yo a tener la mierda esta… Aunque, afortunadamente, en la mayoría de los casos y la mayoría de las personas, a los cinco minutos nos hemos olvidado de la cuestión.

Claro, salvo el caso de mi madre y el libro gordo de Petete, los mortales comunes teníamos acceso a este tipo de informaciones de manera muy esporádica y eventual, porque, salvo algún caso patológico -que seguro que habría- no creo que nadie fuera a la biblioteca a buscarse síntomas en gruesos libracos de patología.

Pero llegó la red, que ha sido definida, entre otras muchas cosas, como la mayor biblioteca de todos los tiempos y es una definición acertada, aunque incompleta, porque Internet supone mucho más que la biblioteca más grande de la historia. Y los libros gordos se encuentran por centenares -entre libros propiamente dichos, páginas web, e-zines, bitácoras, foros y demás manifestaciones propias del ámbito Internet y ya tenemos un doble efecto: por un lado, un crecimiento exponencial de hipocondríacos, a los que ahora se podrían llamar cibercondríacos y, por supuesto, la criminalización de la red como causante de un nuevo y perjudicial fenómeno.

El cibercondríaco es, para la clase médica, un individuo mucho más peligroso y molesto que el hipocondríaco común: está mucho más documentado -de hecho, hiperdocumentado-, lo que le lleva a ser más agresivo -digamos- en sus mucho más frecuentes autodiagnósticos, exigiendo a sus médicos determinadas terapias o tratamientos y llegando a darse casos de exigencia de cambio de médico cuando el suyo habitual de cabecera no responde a esas expectativas de tratamiento. Lo describe someamente este artículo de «El Periódico».

El artículo, como puede verse, recoge las entre sombrías e indignadas quejas de la clase médica contra la Red y no pocas también procedentes de la clase farmacéutica. Sin embargo, la edición en papel recoge también comentaris de médicos españoles en el sentido de que la mayor información del paciente no es siempre, ni mucho menos, un obstáculo para el médico, que la cibercondria no es, ni mucho menos, una consecuencia directa e irremediable del hecho de informarse en Internet sobre materias relativas a la salud y que antes de cinco años, la mitad de las consultas médicas de la sanidad pública se realizarán a través de la red. Me detengo a pensarlo y, efectivamente, la mayoría de diagnósticos en consultas de CAP se realizan tras una simple conversación entre el médico y el paciente, sin que intervengan otros métodos de análisis diagnóstico, y toda conversación de este tipo puede realizarse con total eficiencia -y posiblemente con más comodidad- a través de Internet que personalmente, ahorrando esperas e infrastructura material (instalaciones, espacio, etc.).

En definitiva, como todo en la vida, la red no es, en sí misma, ni buena ni mala; el bien y el mal, si así puede hablarse, está en las personas que la usan, no en la tecnología. Tantas veces habremos tenido que decirlo y tantas veces habrá que insistir en ello.

La criminalización de la red no es más que un fenómeno o bien de miedo o bien de ignorancia, cuando no -muy frecuentemente- de ambas cosas. Por supuesto, los medios de comunicación, cuyas redacciones también parecen a rebosar de ignorantes (véase, sin ir más lejos, su ortografía y su sintaxis) y siempre convencidas de que el amarillismo vende, ponen de relieve a grandes titulares todo tipo de timos, estafas y peligros -muchas veces, irreales- de la red. O bien achacan a ésta hechos luctuosos que, ni en sí mismos ni en su génesis ha tenido la red nada que ver, pero, en algún momento de la atrocidad, ha sido usada y no siempre en relación a la propia atrocidad (asesina a su abuela tras mantener una charla erótica por Internet; viola a su vecina tras indignarse por una noticia sobre la $GAE en la web de la Asociación de Internautas; cosas así…).

Claro que, muchas veces, la animadversión contra la red viene de quien, por no entenderla, es amo del mundo… menos de Internet. Lo mismo que les pasó a los fanceses de Napoleón en la batalla del Bruc y que aquel letrero próximo al lugar cantaba:

Viajero, párate aquí
donde el invasor paró;
que el que por todo pasó
no pudo pasar de aquí

Versos, por más que históricos, bastante maluchos pero muy ilustrativos. Como ilustrativo es el hecho de que el estudio este sobre los cibercondríacos ha sido patrocinado… vaya hombre… Pues sí: por Micro$oft.

Y ahora se entiende todo mejor ¿verdad?

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