Zapatos, mozos y aviones

De la serie: Los jueves, paella

Hace ya muchos años, allá a principios de los sesenta, fue muy famosa la imagen de Khruschef sacudiéndole zapatazos al pupitre en plena Asamblea general de las Naciones Unidas; creo recordar que fue con ocasión de la crisis de los misiles cubanos (misiles rusos en Cuba, más apropiadamente), crisis de la que él mismo saldría escopeteado, como también saldría así -pero literalmente- el otro protagonista, el presidente norteamericano Kennedy.

La imagen se recuerda hoy con un cierto cachondeo, pero recuerdo, en mi infantil ignorancia pero no menos infantil aguda intuición, que a mi padre -como a nadie, imagino- no le hizo la cosa ninguna gracia; el mundo estaba al borde -o acababa de distanciarse del borde- de una crisis nuclear de aquellas de convertir a todo el hemisferio norte en una charca de residuos radiactivos y ver al tío aquel venteando los zapatones no era cosa de risa.

Pero los zapatos han vuelto a ser puestos en circulación últimamente, aunque, en este caso, el impulso no ha venido dado por el dirigente sino que el dirigente ha sido el blanco del calzado balístico: me refiero, claro está, a los zapatazos que, por mala puntería o por certera esquiva, no impactaron en las napias de George Bush hijo, posiblemente el presidente norteamericano más triste y patético de la historia de esa joven gran nación. Los zapatos fueron arrojados por un periodista iraquí en la última conferencia de prensa que Bush iba a dar en ese infortunado país antes de jubilarse. El lanzamiento se produjo acompañado de insultos consistentes en que el agresor calificó de «perro» al agredido.

No es desdeñable ser calificado de «perro» por un árabe. En esa cultura es uno de los peores insultos que se pueden recibir, puesto que el perro es un animal tenido por vil y despreciable, hasta el punto de que el Corán -o una de sus múltiples interpretaciones, que ya no sabe uno…- prohíbe tenerlo recomienda restringir su tenencia si no es por necesidad material, como guarda, defensa o cosa parecida, pero jamás es lícita recomienda su posesión -ni a ningún musulmán árabe se le ocurriría- como animal de compañía.

Tampoco es la única cultura en la que el perro es un animal repugnante. Recuerdo haber oído a un miembro de «Bomberos sin Fronteras» que, habiendo acudido a la India para ayudar a las víctimas de un terremoto, hubieron de devolver los perros de búsqueda a sus jaulas porque parece que es sacrílego o cosa parecida que un animal tan despreciable pise sobre cadáveres de seres humanos. Se me ocurre que para que un determinado número de cadáveres no sufriera tamaña humillación, ese número debió verse incrementado por personas que hubieran sobrevivido si se hubieran podido utilizar perros pero, en fin, allá ellos y sus religiones; por mí, como si se la machacan con dos piedras.

Incluso en nuestro ámbito llamar «perro» a alguien, en determinadas circunstancias, puede constituir un insulto subido de tono. Hay situaciones extremadamente tensas en las que quizá -sólo quizá- un «¡Hijo de puta!» sea todavía insuficiente para que se llegue a las manos, pero en las que un «¡Perro!» bien escupido puede desencadenar la tormenta de palos. En algunas regiones de España fue frecuente un insulto a muy mala sangre: «¡Perro judío!»; hoy, ese insulto está prácticamente desaparecido por aquello de lo políticamente correcto y porque el código penal se enfada mucho más cuando se asocia a un hebreo con la raza canina que cuando se duda de la honradez materna del presunto ofendido, pero siempre me he preguntado si el insulto no sería más grave por lo de perro que por lo de judío. Siempre he sostenido que España es el país menos antisemita de Europa, aunque sólo sea por la razón de que, desde los Reyes Católicos, echarles a los judíos la culpa de algo es, simplemente, ridículo, porque hay tan pocos que es preciso buscarlos con un farol. Nadie suele tener prejuicios racistas contra una raza minoritaria que no tiene en casa. Nunca, por ejemplo, tuvimos nada contra ecuatorianos y peruanos, y ahora que los tenemos a puñados, que si panchitos, que si sudacas y que si… en fin.

En los ambientes etarras, tengo entendido que a los policías (nacionales) y a los guardias civiles se les moteja de txakurras, que quiere decir «perros», según creo. Dado el encono que cabe suponer en la cuestión, cabe deducir, pese a mi escaso conocimiento -que lamento- de la cultura autóctona vasca, que los perros tampoco están allí muy bien considerados.

De cualquier modo, tanto la atribución de la condición canina como el zapatazo y tente tieso es una despedida digna y a la perfecta altura del personaje así tratado, sobre todo en el país que más ha sufrido sus despropósitos, su venalidad y su corrupción, porque conviene no olvidar que con la guerra de Irak se ha levantado muchísima pasta que ha ido a parar a empresas y corporaciones próximas a Bush y a sus amigos, socios y familiares. Negligente sobre responsable de crímenes contra la Humanidad (por los que jamás será procesado ni mucho menos condenado), la cantidad ingente de muertes, torturas, desafueros e injusticias que cabe achacarle -cuando menos, como responsabilidad política, pero dejarlo ahí es ser generoso hasta la imbecilidad misma- clama mucho más que insultos y zapatazos.

Pero al menos ha sido insultado y pateado. Menos da una piedra.

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El rectorado de la Universidad Autónoma de Barcelona ha propinado un palo gordo a algunos (creo que seis) de los más caracterizados líderes de los encierros que se han vivido en esa Universidad durante los últimos días, dentro del programa de festejos protestatarios contra el llamado «Plan de Bolonia».

No conozco en profundidad el plan en cuestión, y quizá debiera, porque a la vuelta de dos años tendré a la primera de mis hijas en la universidad y no estaría de más que yo supiera de qué se va a morir o de qué la van a matar, pero, en fin, este no es ahora el caso.

El caso es que unos robustos muchachotes llegaron a la conclusión de que el Plan de Bolonia es perjudicial para ellos, para sus vecinos, para la sociedad o para la Patria misma, cosa a la que tienen perfecto derecho y algo hace que me huela que no cabe descartar que tengan, además, alguna razón. Bien, llegados que fueron los buenos mozos a la conclusión en cuestión, decidieron exteriorizar su propuesta. Perfecto. Es más: bravo. Hay que acostumbrarse a protestar cuando las cosas no cuadran y dejarse de miedos y de tonterías: es preciso coger al toro por los cuernos. Y decidieron externalizar su protesta encerrándose en varias dependencias universitarias, lo que suscitó el cabreo de los barandas académicos que, hasta el momento, habían estado muy poco abiertos al diálogo; en fin, bien también: las protestas se hacen para que los autores o protectores de la supuesta arbitrariedad se cabreen, sobre todo cuando no están dispuestos a dialogar. Hasta aquí, los chicos gozan de todas mis innecesarias bendiciones, sobre todo en la parte en que la razón pudiere asistirles.

La cagaron, en cambio, y muy seriamente, cuando decidieron, además, imponer su razón a quienes no comulgaron con su hostia y, consecuentemente, extorsionaron a los discrepantes o no partícipes de su protesta sobre la base de boicotear las clases utilizando incluso la violencia, el estropicio y el lanzamiento de contenedores contra las puertas, el abucheo del personal que pretendía hacer legítimo uso de su derecho de impartir o recibir docencia y otras barbaridades absolutamente opuestas al espíritu de debate y reflexión que debe presidir la vida académica incluso -o sobre todo- en el ámbito de la protesta.

Nunca he sufrido el chantaje de este tipo, como nunca he sufrido a los hijos de la gran puta de los piquetes informativos de una huelga, porque el derecho a la huelga es sagradísimo: tan sagrado como el derecho a no hacerla y por eso siempre me han sublevado los hijos de mala madre que llaman esquirol al trabajador que va a ocupar su puesto de trabajo, una falacia que habría de ser respondida a puntapiés en los cojones. La actitud de los chavales de la Autónoma ha sido exactamente la misma: chulesca, prepotente y de un matonismo intolerable.

Una expulsión de tres años de la Universidad, como les ha recaído a algunos de esos seis, es una sanción verdaderamente grave (ignoro si con ella a cuestas serán admitidos en otra universidad, pero la gravedad se mantiene en todo caso) y ominosa. Si está justificada al cien por cien o no, ya no lo sé, porque hay varias circunstancias que tendría que estar, y no estoy, en condiciones de apreciar: hasta qué punto fueron conscientes del calibre del despropósito que estaban cometiendo, si su intervención directa en los hechos está plenamente probada, etc. Y también sería bueno constatar que es un castigo justo y no una represalia pour encourager les autres a cargo de una autoridad académica ensoberbecida en su posesión exclusiva de la razón absoluta, que muchos sí que ciertamente funcionan en esa onda. En fin, como supongo que los afectados recurrirán contra tan grave sanción por vía administrativa y, llegado el caso, ante la jurisdicción contencioso-administrativa, y dado que el contrario no es la $GAE, cabe confiar en el recto criterio de los jueces que darán correcta respuesta a estas dudas que, supongo, formarán parte del fondo de la instancia.

En todo caso es lamentable. Lamentable la sanción -sin perjuicio de que probablemente haya sido necesaria- y lamentables los hechos que han dado lugar al palo. Que la ira, aún justa, degenere en violencia en los propios claustros universitarios es claramente indicador de que aquí está fallando mucho más que la ESO y, si esa impresión es cierta, tenemos al entero país al borde del precipicio. No exagero.

Así que póngase las pilas quien resulte procedente. Y no estoy hablando, ahora, de sanciones.

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Afortunadamente, se me ve poco en los aeropuertos. Los rehúyo como la mismísima sarna. Y gozo de la ventaja de que mi trabajo no me obliga a viajar, salvo que considere trabajo (cosa que cabe, por otra parte) a las obligaciones derivadas de mi sexo internáutico y softwarelibrero, esto es, asistir a actos por aquí, dar charlas por allá y otras cosas similares. Aunque tampoco esto último es tan frecuente, raro es el año que suma media docena de ocasiones: uno hace lo que puede, pero tampoco llega a Enrique Dans.

Parece extraño en un declarado aficionado a la aeronáutica ¿verdad? Pues no, si lo miráis bien. En primer lugar, volar en una aeronave comercial es tan excitante como ver barrer a la portera de la casa de enfrente. En segundo lugar, hace ya años -por lo menos, treinta- que la popularidad del medio le hizo perder aquel glamour que tenía cuando yo era jovencito, que hasta las señoras se ponían su mejor traje de chaqueta para volar, porque la aeronáutica tenía mucho de señorial. Hoy, te meten en una guagua estrecha e infecta, barrida apresuradamente entre vuelo y vuelo (asientos calientes, como las camas de los submarinos), donde aquellas delikatessen de antaño -cortesía de la compañía, por supuesto- servidas en bandeja desde un coqueto carrito por una encantadora azafata se convierten en un abominable contenedor de aluminio arrastrado muleramente por dos TCP a lo largo de todo el pasillo -estrechísimo hasta la mínima expresión- que te sirven el zumo de un envase de tetrabrik en un vaso de plástico así, a saco, tenga, cójalo. Y a pagar, claro.

Para acabar de joderla, los tarados aquellos que se lanzaron sobre las torres gemelas han acabado por hacer imposible para el aficionado un entretenido ejercicio que antes no era del todo fácil pero sí asequible con un poco de gracia: conseguir que el comandante te permitiera entrar en cabina de vuelo, única forma de disfrutar verdaderamente de un ídem.

Los aeropuertos, por otra parte, nunca me han gustado, ni siquiera en aquellos tiempos. Hace treinta o cuarenta años, ya eran desangelados, fríos y sin chicha ni limoná; El Prat y Barajas, además, aparecían como monstruosos -en aquellas épocas no nos imaginábamos, siquiera, lo provincianos que verdaderamente eran… y siguen siendo- y uno se sentía allí, en medio de aquellos espacios que se nos antojaban inacabables, enormes, como un perrito sin amo.

Hoy, siendo aún de talla infantil, en comparación con los grandes aeropuertos europeos, han multiplicado su espacio, pero también su ocupación por todo tipo de kioskos comerciales, dependencias de facturación y demás -a reserva de que aún no he visto (y espero tardar en hacerlo) la T-4 de Madrid ni la T-Sur de Barcelona- hasta el punto mismo de lo agobiante y de lo claustrófobo.

Es indicativo el hecho de durante toda la vida he oído hablar, a unos o a otros, de estaciones de tren con encanto o de la pena que supone que tal estación de tren se haya modernizado y haya perdido su encanto. Jamás, en cambio, he oído hablar de un aeropuerto con encanto. En cierta ocasión, oí describir el de cierta ciudad española -cuyo nombre, lógicamente, silenciaré- con la expresión «es tan pequeño como un urinario».

Y, en fin, han acabado de hacer agradable el ejercicio aeroportuario con el pase obligatorio de una especie de pista americana, que no otra cosa son los controles de seguridad famosos, dedicados a atormentarte inicua, estúpida y gratuitamente -no hay nada como que el pasaje acceda a un vuelo bien encabronado- con las pejigueras más alucinantes y más propias de retrasados mentales. Anda que lo de quitarse los zapatos…

Consecuentemente, los aeropuertos tienen lo que se merecen y, a la menor oportunidad, el personal se da de baja del asunto. En el de Barcelona, hasta el «Aerobús», un útil invento (lo digo sin sarcasmo) que te lleva desde la ciudad hasta el centro de aerotortura de una manera razonablemente limpia y civil, ha visto descender su parroquia hasta cifras muy comprometedoras para su cuenta de explotación. Y los que viajamos de cuando en cuando a Madrid, tenemos un medio estupendo (hoy por hoy: con el tiempo, ya lo reventarán) que se llama AVE y que ha hecho que el 40 por 100 de los habituales entre Madrid y Barcelona le hayan hecho botifarra al encabronamiento con alas. Y subiendo.

Así que ya pueden ir poniendo problemas y seguratas. Que esperen a que la alta velocidad ferroviaria enlace con Francia y nos ponga a unas pocas y cómodas horas con un montón de ciudades de Europa.. ¿A cuántas horas estaremos los catalanes de París o de Milán, por poner los dos más inmediatos ejemplos? Pues que vayan poniendo las barbas de esos vuelos a remojar.

Y sobre todo, sobre todo, que les den mucho por el culo.

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Bueno, pues misión cumplida por este jueves.

El próximo, queridos, será Navidad y no sé qué decir. Parece previsible que no vaya a haber paella pero, por otra parte, igual el 24 -que estaré ya de vacaciones- encuentro un par de horitas para prepararla. No prometo nada, pero tampoco la déis por suspendida. Lo que sea sonará.

En todo caso, por si las moscas y para los que creéis en la cosa, que tengáis un día muy feliz. Cuando menos, es un buen pretexto para que la familia se reúna en paz, amor y compañía y eso siempre es de celebrar.

Y lo mismo cabe decir del jueves siguiente, que será 1 de enero. Bien, una cosa sí os garantizo: no os tengo dos jueves seguidos sin paella ¿vale? Ya me buscaré la vida, pero por lo menos una, si no las dos, habrá.

Hasta entonces, recordad que por aquí seguimos…

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Comentarios

  • Carlos  On 18/12/2008 at .

    Querido Javier:

    Como musulmán tengo que criticar tu afirmación “pero jamás es lícita su posesión -ni a ningún musulmán se le ocurriría- como animal de compañía.” por inexacta. Aunque es verdad que hay cierta aversión hacia los perros en la cultura árabe, en el Islam sólo se hace referencia a ciertas medidas de precaución “higiénicas” con respecto al perro.

    Hay que luchar contra el radicalismo en el Islam, pero también contra el radicalismo fuera del Islam y en contra de éste.

    Un abrazo

  • Celu  On 18/12/2008 at .

    Como ateo tengo que criticar tu afirmación “Hay que luchar contra el radicalismo en el Islam, pero también contra el radicalismo fuera del Islam y en contra de éste”.Aunque es verdad que hay cierta aversión hacia los moros en la cultura Europea,en Europa sólo se hace referencia a ciertas medidas de precaución “higiénicas” con respecto al moro.
    Esta paráfrasis de tu post sí merece una respuesta de tu parte ya que la escribo con la intención de zaherirte; por ser tan quisquilloso.

  • Carlos  On 19/12/2008 at .

    La higiene es algo muy respetable. Lástima que no toda la mierda sea tan fácil de limpiar.

  • Jordi  On 19/12/2008 at .

    Lo poco que sé de Bolonia es que desaparecen las diplomaturas y las licenciaturas para convertirse en “grados”, modalidad calcada del modelo anglosajón. Este sistema acorta el periodo lectivo (en general, de cuatro a tres años), con lo que toman mucho más protagonismo los cursos de posgrado y másters (sí, sí, esos engominados que tan bien te caen). En definitiva, si por ejemplo tu primogénita quiere escuchar Derecho se graduará en estos estudios pero es muy probable que, para poder ejercer o para poder trabajar en una determinada área, tenga que cursar otros estudios. Y aquí es donde surge el cabreo: los cursos de posgrado y demás son privados o, si se cursan en centros públicos, los precios no son precisamente asequibles. Y si a ello le sumamos la cutrez del sistema español de becas y la explotación laboral a la que es sometida la juventud, por muy buen estudiante que se sea, se puede entender el cabreo del personal. Condeno de forma rotunda cualquier violencia pero comparto el cabreo y la frustración de los estudiantes.

    Sobre lo del pais al borde del precipicio, la juventud ya hace muchos años que nada entre la mierda (precariedad laboral y sueldos de miseria, vivienda a precio de lujo, etc.). Aviso.

  • Jordi  On 19/12/2008 at .

    Perdón “estudiar Derecho”.

  • Javier Cuchí  On 19/12/2008 at .

    Respecto al primer comentario de Carlos, ayer por la tarde sostuvimos un interesante mini-debate sobre la cuestión. Carlos aportó un artículo en el que se hablaba con mucha precisión de este asunto y de él cabe deducir que, efectivamente, no cabe hablar de estrictas prohibiciones en el mundo musulmán, si bien es cierto que de los textos coránicos no se desprende simpatía alguna por el perro, al que claramente se tiene por un animal, de alguna manera inferior. Adicionalmente, también es cierto que en la cultura árabe (que es musulmana, aunque no todo lo musulmán es árabe) el perro es objeto de un desprecio adicional y sigue siendo cierto que usar su denominación para insultar a otro constituye una injuria grave.

    Debí, pues, escribir «árabe» donde escribí «musulmán»; no lo hice por evitar una redundancia y metí la pata salvando la redundancia a costa de una imprecisión.

    He dicho.

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