Monthly Archives: enero 2009

Vientos y tempestades

De la serie: Los jueves, paella

Leía ayer en ABC la información de la condena a los gorrillas sevillanos cordobeses juzgados por homicidio. Quince años a cada uno. Puede parecer poco, pero a la vista de que, según los hechos probados, la víctima fue muerta en caliente, la condena no está mal. El juez ha elogiado la fundamentación que el jurado ha hecho de su veredicto, fundamentación en la que se ha apoyado para atizarles duro a los dos acusados.

Pero el juez hace algo más en la sentencia: se sorprende de que la mafia esta de los gorrillas actúe con la impunidad con que se está moviendo.

Esto de los gorrillas parece que es crónico también en otra ciudad, en Sevilla, cuando menos en algunas zonas. Uno aparca el coche y, seguidamente, aparece un hijo de puta de estos exigiendo una determinada cantidad de dinero para que al coche no le pase nada. Huelga decir que si no se abona esta cantidad, al coche le pasa algo: abolladuras, pinchazos, parabrisas rotos o cualquier otro tipo de desperfecto costoso y encabronante.

En muchos lugares de España -Barcelona, entre ellos- existe otra específica especie de gorrillas: los vigilantes de las obras. Las víctimas, los contratistas, que tienen que pagar esa particular tasa la cual ya no se valora, como en el caso de los gorrillas sevillanos, en un par de euros sino en unos cuantos centenares, acaso miles, dependiendo de la entidad de la obra y de la duración del chantaje. Y ya se sabe: si no se paga, pasan cosas y de las obras desaparece material, maquinaria o de producen, asimismo, desperfectos.

Y todo esto, como muy bien dice el juez sevillano cordobés -presidente de la Sección Tercera de la Audiencia Provincial- es inaudito e intolerable.

Los ciudadanos estamos habituados y resignados a la acción de las mafias. De las mafias grandes, quiero decir. Por poner un ejemplo, con la que está cayendo, pese a que se han suicidado dos o tres -y ninguno de aquí, faltaría más- no ha ingresado nadie en prisión en prácticamente ningún país del mundo. Se ha producido la mayor estafa registrada en la Historia, una estafa global, una estafa a toda la población mundial, que se dice pronto, y nadie ha ido a prisión. Y no hablo de otros ejemplos clamorosos de mafia, ilustrísimos entre la ciudadanía desde hace unos pocos años, por aquello de los pleitos, pero a buen… pocas.

Bueno, vivimos con ello y vamos tirando. Hay minorías que no se resignan y luchan contra esas grandes mafias. Minorías entre los jueces y fiscales, entre las ONG, entre entidades del tejido asociativo… cada país tiene su paladín para cada causa; y esas minorías llevan adelante su lucha en condiciones durísimas -a veces hasta hay muertos- mientras la población común los aplaude en la misma medida que, en realidad, los abandona a su suerte. Más allá del aplauso, no llega la solidaridad… Así que hemos cotidianizado a las mafias, a las grandes mafias, y las soportamos como una lacra más, como las guerras en Oriente Medio o las hambrunas en África, como algo tan fatal e inevitable como el mal tiempo, sobre todo mientras no nos den por el culo a nosotros o nos lo den con tanta vaselina que ni nos enteremos.

Pero lo que es encabronante del todo es la pequeña mafia, el hijo de puta de menor cuantía, un vulgar pringado que se permite el lujo de vivir del chantaje ante el total pasotismo de la autoridad, que se escuda en el eterno y recurrente entran por una puerta y salen por la otra pero que, siendo cierto, olvidan que tantas veces salgan, tantas veces tendrían que volver a entrar. El policía no tiene derecho al abandono de sus obligaciones, por más que la ley limite mucho sus posibilidades (lo cual también es verdad, todo hay que decirlo y clamar por su remedio) y tiene que ser incansable en la persecución; si alguien se tiene que cansar, en todo caso, es el delincuente; y el delincuente acaba cansándose, que no me vengan con cuentos. Todo ello por no hablar de la nada remota posibilidad de que el policía, debidamente incentivado, mire para otro lado o sea incluso el inductor de la práctica. Que esto también pasa.

Estos problemas se solucionan cesando fulminantemente a un jefe de policía y expedientando a dos o tres funcionarios pour encourager les autres. Dos o tres funcionarios con un par de años de vacaciones sin sueldo y ya verás tú si se acaba con los gorrillas o no se acaba con los gorrillas. Y con los vigilantes de las obras.

Porque si no se pone coto a estas cosas, muchos cabrones van a creerse -con cierta razón- que todo el monte es orégano y antes de que nos demos cuenta, tenemos completamente mexicanizado a todo el puto país. Y cuando los gorrillas y los vigilantes (más otras especialidades que puedan ir surgiendo: la imaginación, para estas cosas, es fértil) sean un tumor crónico en cincuenta capitales de provincia y en cien poblaciones más con la entidad suficiente como para que el negocio lo sea.

Y entonces erradícalo, guapo.

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El temporal de viento del fin de semana pasado la lió parda en Catalnya y muy especialmente en Barcelona y su área metropolitana. Especialmente doloroso, además, por la muerte de los cuatro niños de Sant Boi, que eso sí que es tremendo: sólo un padre puede aproximarse -apenas aproximarse- a lo que están sufriendo los de esos chicos; y, aunque más en segundo plano porque lo suyo tiene remedio, no es manco tampoco el trauma de los supervivientes con lesiones que déjalas correr después de haberse visto enterrados bajo una montaña de piedras que previamente les habían caído encima desde varios metros de altura.

Previamente, una señora había muerto también el día anterior -creo- al venírsele encima una tapia, desmoronada también por la fuerza del viento. Y unos días después, me parece que fue anteayer, todavía hubo que lamentar otro muerto. Y después de lamentar tantísima desgracia, los inventarios de los daños materiales parecen inacabables y gravísimos. Para redondear, el inevitable apagón que tuvo sin luz a más de cien mil personas en toda Catalunya, muchas de ellas viviendo en lugares donde la falta de electricidad causa problemas que van mucho más allá de la falta de comodidades y que, en determinadas circunstancias, pueden ser verdaderamente preocupantes. Todavía hoy mismo, cuatro mil personas están sin luz, y la gran ventolera fue el sábado pasado.

Pero el debate quedó servido al mismísimo día siguiente: ¿fallaron los servicios, sistemas y protocolos de emergencia?

Vamos a ver: mis bravos, y sobre todo mis bravos de jueves, saben que soy poco dado a la fácil conformidad y que siempre estoy presto a la bronca y al cagontó. Sin embargo, en esta ocasión, no veo que haya fallado, al menos de modo importante, servicio alguno ni sistema de alerta, como no sea la simple capacidad de reflexión de los ciudadanos comunes.

Desde por lo menos dos días antes, todos los partes meteorológicos de prensa, radio y televisión, estuvieron advirtiendo de que en Catalunya y sobre todo en su área litoral, los vientos podrían alcanzar velocidades de hasta 120 km/h. Lo dijeron hasta la saciedad plúmbea y que nadie me lo discuta, porque yo lo leí, vi y oí.

Yo no sé qué se creerá la gente que es un viento de 120 km/h, pero es un viento fortísimo, una verdadera animalada de viento. Con muy pocos nudos más (un nudo es una milla náutica por hora, 1,8 km/h) ya no se habla de viento sino de huracán y lo cierto es que con o sin pretendida exageración, esta palabra llegó a pronunciarse dos días antes del vendaval.

Cuando el sábado por la mañana encendí el ordenador y vi que el METAR del aeropuerto señalaba un viento del oeste de 64 nudos, di orden tajante a toda mi familia para que nadie se moviera de casa, cosa que se cumplió a rajatabla hasta la tarde, cuando la intensidad del viento había descendido muchísimo -aún manteniéndose en unos nada ridículos 23 nudos- y lo peor del temporal, al decir de los diversos servicios meteorológicos, había pasado.

Es posible que haya habido defectos y pequeños fallos en el complejo sistema de avisos y de emergencias; así lo ha reconocido el propio president Montilla y, después de todo, no hay sistema humano perfecto; también es verdad que la desidia municipal por no aplicar mano dura a los imbéciles de mierda que se empeñan en mantener macetas colgadas de los balcones («no se caen, están muy bien sujetas», te dicen los muy cabrones analfabetos) o a las comunidades de propietarios que tienen fachadas y terrados a la última pregunta incrementa innecesariamente el peligro. Bien, hay que pulir esos fallos y empezar a repartir multas cuantiosísimas entre los hijoputas de los geranios y de las fachadas. Pero, esto aparte, lo cierto es que los fallos no fueron escandalosos, no fueron garrafales. Incluso en la desgracia de los niños, no está nada claro que la construcción del pabellón que se hundió fuera propiamente defectuosa, aún se está investigando y discutiendo sobre el asunto.

El verdadero problema está en que la gente -siento decirlo, pero es así- es absolutamente gilipollas. No es casual que los que nos gobiernan sean una pandilla de pollinos, si tenemos en cuenta la calidad intelectual de un muy sensible porcentaje de los votantes que los pone ahí.

La gente abandona en manos de los poderes públicos hasta su propia supervivencia. La gente cree tener derecho a vivir rodeada de la seguridad total, de la inmunidad más absoluta, de la invulnerabilidad total. Y no. Porque aunque lo dijeran -que no lo dicen- la Constitución, las leyes y las ordenanzas municipales, lo cierto es que la naturaleza, como el inolvidable cabo Maroño de «La casa de la Troya», se ríe de la Constitución, de las ordenanzas y de ustedes.

Ahora, centenares de expertos en métodos y sistemas, muchos de ellos de esos que no serían capaces de encontrar ni la puerta de salida del retrete, van a ponerse a mirar con lupa la organización de los servicios de meteorología, de bomberos, de policía y de un largo etcétera buscando defectos -que sí, encontrarán minucias, desde luego- donde no los hay, cuando menos de consideración.

Lo que hace falta, como siempre, es pedagogía, meter en el ladrillesco cerebro de buena parte de la ciudadanía que por más que Zap se gaste pastizaras en especializar a no sé cuántas compañías pseudomilitares en lo del pico y la pala, la protección civil empieza por uno mismo y que un simple cambio de planes, un simple no salir de casa, un simple tener en cuenta que cuando la naturaleza se cabrea es peligrosa de verdad y que sí, que un vientecito puede matar, es algo que salva vidas.

¡Más reflexión y menos molicie estúpida, coño!

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Hay cosas que me asustan. Que me asustan de verdad, no lo digo por simple retórica.

Ayer, el Tribunal Supremo sentenció el asunto de la Educación para la Ciudadanía. Por un muy importante margen de 22 votos a favor y 7 en contra, decidió que el Gobierno era competente para incluir esa asignatura en los programas de estudio, que eso no iba contra ley ni derecho fundamental alguno y que, por tanto, la asignatura en cuestión no es objetable en conciencia como no lo es ninguna otra materia curricular. Tras hacer la interesante salvedad de que lo que sí puede ser impugnado son los contenidos, cuando éstos no cumplan con las leyes o no respeten derechos fundamentales de los ciudadanos, dejó la cuestión zanjada. Punto redondo.

Ahora, los perjudiciarios de la sentencia en cuestión (sentencia, por cierto, cuyo literal no se publicará hasta dentro de un mes, según parece) dicen que no están de acuerdo y que impugnarán la sentencia ante el Tribunal Constitucional. Otros van incluso algo más allá y dicen que si el TC no les diera la razón, irían al Tribunal de Derechos Humaos de Estrasburgo, acogiéndose, entre otras posibilidades jurídicas, a los precedentes que en no sé qué ocasión sentaron Turquía y Suecia. Me parece muy bien. Lo digo sin el menor sarcasmo: pese a que no estoy de acuerdo con que el Tribunal Constitucional se haya convertido en una simple instancia más -yo hubiera considerado Constitucional al propio Tribunal Supremo y ya está- y no puedo estarlo, por lo mismo, en que se haga lo propio con la Corte de Estrasburgo, me parece muy bien -sigo sin el menor sarcasmo- que esas personas ejerzan sus derechos hasta los límites mismos de la ley. Y si llegaran a ganar -lo que no me gustaría, todo sea dicho- bien ganado estará. Todo lo que se haga dentro de la ley está bien hecho, aunque políticamente sea objetable, como creo que lo es en este caso.

Pero esto no es lo que me preocupa, no es lo que me asusta.

Lo que me asusta son algunas reacciones primarias. Recoge una o dos de muestra Ignacio Escolar, pero un vistazo a los comentarios en «Libertad Digital», en «ABC», en «El Confidencial Digital» y en tantos otros medios de la derecha, en este y en otros temas, nos permite ver, junto con la constatación de las audiencias de la COPE en horas losanteras, que esa ira, esos instintos bajos desatados, están extendidísimos. Lo están en todo el arco ideológico, ojo, no son patrimonio exclusivo de la derecha: los comentarios en medios como «Público» o «El Plural» son igualmente vomitivos, si bien gozan -ahora, coyunturalmente- de la muy relativa -y escasa- moderación de que la -ejem- izquierda está en el poder. Cuando mandaba Aznar, la situación era inversa, pero, en lo demás, exactamente igual.

Esa ira brutal, desencadenada, que no va específicamente destinada a Zap I «El Prorrogao», aunque lo parezca, porque semejante inquina acompañó a Felipe González -y no digamos a Alfonso Guerra- en los creo recordar que trece años que estuvieron ahí, por lo menos, el primero. Esa ira brutal, desencadenada, que procedente del lado contrario, no iría hoy específicamente destinada a un Rajoy, a una Aguirre o a un Gallardón -cualquiera de ellos que acierte a encabezar un gobierno popular- porque tal inquina acompañó también a Aznar en sus ocho años de Gobierno.

Una ira descerebrada, además, porque no se basa en razones más o menos estructuradas: es simplemente, el institnto más bajo, liberado sin escrúpulos. ¿Y sabéis lo que es más grave? Pues que la liberación de ese instinto no se ampara en el tan cacareado anonimato de Internet, sino que se ampara en uno más clásico, igual e eficaz y mucho más peligroso: el anonimato de la masa. Y este, ojo, no se queda en la red: baja a la calle. Y de ahí… bueno, en fin…

Tanta cagarela y tanta mierda con la memoria histórica que se han inventado esos mangantes, en perjuicio incluso de la fama y el prestigio de los propios compañeros de partido que hicieron la transición, y resulta que la memoria histórica, la verdadera, la que va sin cursivas, la que debiera servir para que una guerra civil no se olvide en clave de que jamás vuelva a reproducirse, resulta que esa no existe. Y tenemos a parte de la sociedad encaramada en un estado permanente de guerra civil. Y no me digáis que es una parte de la sociedad minoritaria: cuando el follón estalla, es la minoría más violenta la que toma el mando, la que forma patrullas del amanecer, la que reparte paseos y terror a diestro y siniestro. En ambos bandos.

He aquí vuestra obra. Imbéciles.

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Y con estos tres desagradables temas le damos carpetazo al mes de enero. El próximo jueves será 5 de febrero, en la semana de la Candelaria que se celebra el día 2, fiesta de la luz, por aquello de la purificación -que es lo que se celebra cristiana y machistamente- pero que viene al pelo porque el sol asoma ya su naricita por el paralelo y parece que quiera anunciar ya la primavera -a la que le faltará aún mes y medio- con una mayor notoriedad en el crecimiento de las horas de luz solar (o sea, no es que el ritmo de aumento de las horas de luz aumente a su vez, es que nos da a nosotros esa impresión al irse prolongando la tarde y amanecer más pronto).

Aún queda invierno, pues para rato, al menos, astronómicamente. Climatológicamente, veremos. Cuando menos, en Barcelona, ha habido tal invierno, cosa rara, lo cual ya es de agradecer.

Nos vamos viendo, queridos…

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Lo que hubo y lo que hay

De la serie: Correo ordinario

¿Decepcionado? ¿Patidifuso? No sé bien como expresar el sentimiento al que me inducen las declaraciones de Esteban González Pons que recoge «Público» en su edición digital de hoy, a las que llego vía Mangas Verdes, aunque Manuel Almeida, su autor, atribuye la barbaridad más sonada al ignoto periodista del medio; y me temo que con razón.

Cuando se llega a unas ciertas esferas en un partido y se procede de su maquinaria, el carácter humano experimenta una clara pérdida de calidad y lo mismo puede decirse del acervo cultural y, si me apuran, hasta del cociente intelectual. Lo digo porque, pese a las excelentes referencias personales de don Esteban -que las tengo, y muy fiables-, desde que dejó primero el Senado y después la Consejería de Cultura de la Comunidad Valenciana para integrarse en los más altos estamentos del mando central del Partido Popular, este hombre parece otro, parece otro de tantos cortado por el mismo patrón que aquí desgarro tantísimas veces. Y yo no creo que sea la Política, propiamente dicha y escrita con inicial mayúscula, sino esta política, sucia y asquerosa, hecha a la medida de los partidos cuya calidad dirigente -y militante- desciende más y más, a cada día que pasa, a los más sucios y asquerosos torrentes alcantarillescos, en los que triunfa el pocero más infame, más guarro. Cuando un González Pons desciende a esos ambientes, uno, en su infinita inocencia, no creáis, conserva la esperanza de que ese hombre supondrá un soplo de aire fresco y que limpiará el entorno, pero ¡quiá! es el entorno el que le absorbe a él y lo integra en el flujo de hedores más nauseabundos.

Hablo en general, por supuesto. Lo que ha iniciado este artículo y que he apuntado en su primer párrafo no da para tanto. Pero sí que sirve como señal. González Pons conocía la red, de eso no me cabe la menor duda. ¿Cómo puede, pues, decir que escribir un blog es una cosa demasiado larga y con poca inmediatez? Escribir en un blog puede, efectivamente ser largo -este mismo es un ejemplo- pero no veo qué le quita de inmediatez. Las ideas complejas deben ser expuestas en toda su extensión; es más: cuando una idea compleja se concentra más allá de un determinado límite, la idea pasa ser una simple consigna para botarates. Sin embargo, nada impide tener un blog con ideas -generalmente pobres, todo sea dicho- expresadas en forma minimalista a beneficio de tontos del culo: de hecho, la red está llena de ellos. Pero en ambos casos, la inmediatez no experimenta menoscabo alguno. Uno tiene una idea -rica o pobre-, la expresa de forma prolija o en cuatro líneas para que la entiendan los simples pincha el botón virtual correspondiente que sube el texto a la red y ya está.

Esto es farragoso para don Esteban que, pese a todo, como todo el que tuvo, retuvo, no alcanza a la mentecatez del redactor que suelta tan fresco que los blogs no han muerto, pero están camino de ello y se queda como si hubiera cagado, el tío. Digamos, a beneficio de plumíferos becarios, que los blogs van suavizando la curva de ascenso -lo que, implícitamente, quiere decir que la tendencia es aún al alza- y que, más tarde o más temprano, se producirá un descenso (que, según desde qué perspectiva se mire ya existe, porque pocos blogs pasan del primer trimestre de vida) hasta que la curva pasará a constituir una recta estable. Con los blogs pasa como con la tele: todo el mundo es capaz de aparecer gesticulando y haciendo el burro chupándole segundo (o quinto) plano a la cámara que está grabando una entrevista callejera, pero muy pocos son capaces de realizar un programa con cara y ojos aunque les den los medios para ello (la prueba sigue estando en la propia tele y en sus programas); ni siquiera hay nadie capaz de aparecer constante y permanentemente haciendo el burro en segundo plano, porque hasta esto cansa, aunque las largas líneas de comentarios basuríferos de algunos blogs parecen desmentirlo. En fin, ya hablé de eso hace un par de meses.

Para don Gonzalo, lo que ahora mola es Facebook. Facebook es el summum. En Facebook está muy feliz y tiene más de 2.700 amigos sobre los que, dice, iría con todos y con cada uno de ellos al fin del mundo. Pues no le arriendo la ganancia. Si este hombre es capaz de ir hasta el fin del mundo con cada uno de 2.700 tíos, cabe avisarle de que la expedición va a acabar muy mal. Ese mundo a cuyo final él iría con todo ese gentío (¡y encima, uno por uno!) va a resultar que, a los efectos, no es esférico, sino plano, y en el extremo, en el finis terrae, los mares caen en cataratas hacia el Averno, donde le van a esperar monstruos espantosos que se le van a comer los cataplines previamente rebanados en finas rodajitas. O dicho de otra manera: si don Esteban se cree que haciendo amigos en Facebook va a ganar elecciones, tiene el futuro político más negro que Gaspar Llamazares, que vive ahí, en el parlamento, contando los días que le quedan de calentamiento de escaño hasta que llegue -de una puta vez, por cierto- su finis terrae y sea pasto de los animalitos de referencia. En fin: también dije lo mío sobre Facebook, y no hace mucho.

Es sintomático esto de que un político prefiera la frase en corto, desabrida, la consigna mitinera, que el texto prolijo en ideas y matices. Y si esto es lo que prefiere un González Pons, un señor cuyas prendas -ahora guardadas en el altillo- fueron otrora objeto de mi confesa admiración, tiemblo de puro pánico pensando en las preferencias de elementos como Pepiño Blanco o como los abundantes ladrilleros que pueblan el PP.

Pues nada, así estamos…

Manazas digitales 2009

De la serie: Correo ordinario

Había oído hablar del asunto, y no por primera vez, pero cuando uno es eso, uno, y funciona sin una sistemática operativa, lo que podríamos llamar -no sin cierta pretenciosidad- investigación de la red, depende más de las antologías que le sirven terceros que de los propios movimientos de uno; y, con el tiempo, la dependencia de los terceros pasa a ser absoluta. El problema de las antologías es que la concentración de datos interesantes es tan grande que una excesiva proporción de los mismos tiende a despreciarse, arrasada por lo espectacular de los más destacados. Y ya se dice que lo mejor es enemigo de lo bueno: el cerebro, la atención, mejor dicho, desdeñan ítems muy interesantes.

Vuelvo con ello al asunto del que ya había oído hablar antes y que de forma reiterada -e injusta- había desdeñado hasta hoy: los premios «Fiasco Awards». Los premios «Fiasco Awards» constituyen, según la propia página del invento, «una iniciativa privada sin ánimo de lucro que quiere premiar a los mejores proyectos, ideas, productos o servicios de cualquier ámbito del sector de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), impulsados, desarrollados o prestados por personas, colectivos, instituciones o empresas, que se hayan acabado convirtiendo en un Fiasco». Detrás de los «Fiasco Awards» se hallan diversas instituciones entre las que cabe destacar, prácticamente como líder, cuando menos en la convocatoria del presente año, es decir, como Godfather (sic), a la Asociación Catalana de Ingenieros de Telecomunicación. Y también le ronda por ahí el colegio profesional (los colegios de ingenieros -y no sólo el de Telecomunicación- suelen tener una organización de tipo asociativo civil que corre paralela a la entidad colegial). Posiblemente, ya digo, entre varias entidades más.

Los candidatos para este año son los siguientes:

· El software libre distribuido por las administraciones públicas. Una crítica que se hace desde una interesante perspectiva (que no dé el Ballmer saltos de gozo): la candidatura del premio castiga la filosofía vertical -de arriba hacia abajo- de las distros oficiales, criticando el despilfarro económico que ello supone, cuando la disponibilidad de distribuciones adecuadas y gratuitas -con mínima inversión en adaptaciones- es ingente. Cita específicamente a Linkat (la catalana), Lliurex (la valenciana), LinEx (la extremeña) o Guadalinex (la andaluza). Personalmente estoy bastante de acuerdo con las razones de la candidatura, con la única salvedad de que yo excluiría a LinEx, toda vez que, al contrario que las demás, no es un proyecto que empieza y prácticamente termina en sí mismo sino que forma parte de un todo mucho más amplio y más importante. ¡Ah! Y real, que es lo que los promotores de las demás distribuciones no pueden alegar en su defensa.

· Google Lively. Un invento de Google, uno de tantos que se ha ido al garete, que, en mi opinión, carece de entidad en comparación con otros candidatos. Google siempre está quemando proyectos, entre otras cosas porque emprende proyectos a barullo. O emprendía: la envergadura de la crisis le obligará a mayor parquedad con los inventos.

· La radio digital. Es un fiasco que induce a más pena que cachondeo, esta es la verdad, sobre todo porque es un fiasco doloroso, es una cosa verdaderamente hermosa que pudo ser y que, a la larga, será, pero por real decreto. Simplemente no se tuvo en cuenta que la radio, como elemento tecnológico, da para poco más que un extra adicional -y muy apreciable- de calidad. Esta calidad adicional no ha sido suficiente para incentivar al público en el cambio de tecnología -ni siquiera las posibilidades de interactividad que, siempre en general, importan poco- y el invento se ha hundido por las buenas. Evidentemente, a la trágala se impondrá, claro.

· Maresme Digital. Un proyecto muy local, de poca importancia más allá de la comarca catalana a la que afecta y, por tanto, me limito a dejarlo aquí apuntado por puro rigor enumerativo, aunque tiene un cierto pequeño interés en clave nacionalista. Quien quiera saber más, puede pinchar el enlace.

· Mobuzz.tv, televisión por Internet. La publicidad hace viables, primero, y rentables, después, muchos y grandes negocios, pero no por obra del Espíritu Santo (en su caso). La economía de la atención no consiste en hacer que la gente pase muy buenos ratos echando pan a los patos: es necesario un aporte de valor para el usuario, que es lo que deviene, en realidad, en un aporte de valor para el cliente, para el que se juega los cuartos -nunca mejor dicho- insertando publicidad en tu invento. Para más datos, dirigirse a Enrique Dans, que es quien sabe de esto más que nadie (más que yo, desde luego).

· One Laptop per Child (OLPC), el ordenador de 100 dólares. De eso ya hablé yo en su día: en la mayoría de los países subdesarrollados, 100 dólares representa casi -o sin casi-el sueldo de medio año… de un trabajador cualificado. Eso estaba llamado al fracaso por esta vía. Además, para que ese ordenador fuera operativo en términos educativos -para lo que se supone que fue concebido- habría* necesitado que previamente hubiera escuelas en las que poder utilizarlo. Nuevamente -esto también lo dicen los de «Fiasco Awards», un invento vertical y de arriba a abajo. Eso sí, ha hecho llover sobre mojado: OLPC ha sido el pistoletazo de salida del netbook el portátil barato de éxito… en los países ricos.

· SAGA, el sistema de administración y gestión académica de la Generalitat de Catalunya. No conozco bien el invento, pero sí conozco bien la casa, y me juego un huevo -y no lo pierdo- a que el mal viene de lo de siempre: se alzan fastuosos inventos a beneficio del cuñado que se levanta con el proyecto, sin que nadie pregunte a los usuarios -si no es por representación de remotísimos jefes (léase: cargos)- qué es lo que necesitan. Auditoría de base, vaya… (Si leen esto, seguro que dirán que sí, pero ya os aseguro yo que no).

· Second Life. Como todo lo que no es sino una moda más bien tirando a estúpida, sin verdadera sustancia que aporte otra cosa que una cierta diversión… hasta que llega el aburrimiento, Second Life tuvo su fulgor… y, como el finado Fernández, nunca más se supo. Que otras vayan tomando nota.

· Windows Vista. Bueno… ¡Juas, juas, juas! Es que… ¡Ja, ja, ja, ja! Veréis… ¡Joooooooo, jo, jo, jo, jo! Disculpadme, es que no puedo contenerme.

Bueno, pues ya he dicho la mía respecto los premios en cuestión. Si yo votara (que votaré)… Veamos: de W$ Vista, paso por obviedad; de SAGA, por desconocimiento; de Second Life, por fútil. De lo demás: Maresme Digital y los inventos barretínicos, me importan un nabo; Mobuzz.tv tampoco era para tanto, un medio negociete que, además, nunca funcionó bien; Google Lively, lo que he dicho: cada año, Google tira tropecientos inventos así, no es propiamente un fiasco; la radio digital me da penita, le tengo mucho cariño a la radio. De modo que sólo me queda -y con sumo placer- la gilipollez de las administraciones públicas -excluida la extremeña para este concreto caso, al menos- y, por tanto, mi voto va a ser para las distros autonómicas de software libre.

Ahí queda eso.

* Nota: Lamento que para los agregadores de feeds no habré llegado a tiempo. La palabra que precede al asterisco -originariamente un «hubiera»-, además de redundante se me escapó sin «h». Tengo la espalda desollada de las veinte ansias que me he arreado en penitencia. Espero que podáis disculparme.

¿Muere «Flight Simulator»?

De la serie: Pequeños bocaditos

Bajaba ruidoso el río desde hacía algún que otro día, pero ya es oficial: Micro$oft clausura Aces Studio, el equipo responsable del desarrollo de «Flight Simulator». Sin que ello consiga aclararnos qué va a pasar con «Flight Simulator», ya que la gentecilla de Micro$oft no quiere desvelar ese extremo. Lo que parece claro es que M$ no va a llevar adelante ulteriores desarrollos del hegemónico simulador de vuelo, cuando menos durante una temporada, quizá larga; más allá de esta especulación, sólo se atisban dos posibilidades: o dejar que el simulador muera, o venderlo a un tercero.

Esta última posibilidad sería posiblemente razonable, siempre que M$ dé por abandonado el simulador. No tanto por el simulador en sí, que tuvo en el pasado competencia de mayor calidad técnica -aunque no como producto empresarial- como «Flight!», y que en el presente parece haber otro simulador aéreo en PC que, cuando menos, no le iría a la zaga, «X-Plane», como por la enorme comunidad que «FS» lleva consigo. Miles de desarrolladores que han levantado un enorme y sugestivo castillo de add-on y complementos, tanto integrables en el programa como funcionales independientemente, varios de ellos de pago, comerciales, y muchos más gratuitos y, por cierto, sin que no pocos de éstos últimos desmerezcan en calidad con los primeros. Esta comunidad, junto con la fidelidad de su clientela, es un valor evidente de «Flight Simulator», pero es un valor con fecha de caducidad: si Micro$oft no hace algo rápidamente con «Flight Simulator», a «X-Plane» le esperan buenos tiempos: casi sin competencia y heredera -quizá, sigue siendo especulativo- de una cierta parte, puede que importante, de esa comunidad.

El problema -que puede servir de lección- es el hecho de que, como todo producto Micro$oft, «Flight Simulator» es software apropiativo, lo que impide que la comunidad pueda seguir llevándolo adelante por su cuenta. Esperar que Micro$oft lo libere antes de dejar que muera, es como esperar un milagro mariano.

Si la muerte de «FS» llega a consumarse y la dolida comunidad extrae conclusiones al estilo de las deducidas en el párrafo anterior, el beneficiario podría ser «Flight Gear», un simulador multiplataforma realizado con software libre, que no está mal, aunque muy lejos de «Flight Simulator» y de «X-Plane», pero que podría resultar beneficiario de una comunidad escaldada por la materialización de un pelígro sobre el que los activistas del software libre hemos avisado constantemente: ¿qué pasa cuando la empresa que produce el software apropiativo que tú usas cierra o deja de desarrollarlo?

Hace ya mucho tiempo que prácticamente no toco palanca. Hace siete u ocho años, mi creciente implicación en el software libre y de él al conocimiento libre y a las libertades cívicas en red me señaló otras prioridades, me iluminó otros problemas -importantes, como es muy notorio- y la simulación de vuelo, cuando deja de ser un jueguecito para pasar a constituir un verdadero tecnohobby es tremendamente exigente en horas de dedicación, unas horas que necesitaba para esas nuevas prioridades, para combatir por la superación de esos problemas. En principio, intenté seguir vinculado a la comunidad española de la simulación de vuelo a través de sus listas de correo, pero un estado permanente de bronca con determinado imbécil me decidió a dejarlo correr definitivamente. Desde entonces, prácticamente no tengo apenas noticias de esa comunidad, pero el botarate en cuestión no logró borrar gratos recuerdos: gratos recuerdos de actividades, gratos recuerdos de compartir experiencias y conocimientos, gratos recuerdos de gente estupenda. No me gusta la idea de que este colectivo al que antaño estuve muy vinculado esté posiblemente pasando un mal rato en estos momentos, ya que desde un principio su actividad prácticamente se centró -y se cerró- sobre «Flight Simulator»; el tener que acogerse a una alternativa, si este llega a ser el caso, siempre será traumático, por más que estoy convencido de que, a la larga, saldrán ganando. Eso espero: les deseo lo mejor del mundo.

En cuanto a «Flight Simulator»… tengo sentimientos encontrados. En principio, la caída de cualquier modo de software apropiativo –si es que estamos ante eso, cabe mantener bien notorio el condicional- debería alegrarme y, bueno, sí, cualquier fracaso o contrariedad de Micro$oft contribuye a alegrarme el día; pero en este caso… bien, «Flight Simulator» no siempre fue de Micro$oft -es un buen momento para recordar que su paternidad corresponde a Bruce Artwick, que empezó a pergeñarlo nada menos que en 1976 desde subLOGIC y que no es hasta 1982 que Micro$oft se hace con el invento- pero también es verdad que, aún de Micro$oft, no se le puede negar a «Flight Simulator» un claro protagonismo en ese ámbito: incluso los que más odiamos a M$ debemos reconocer que nuestra entrada en la simulación de vuelo como tecnohobby, mucho más allá del simple jueguecito más o menos realista de pasar el rato, lo fue de la mano de «FS» y que sólo mucho más tarde -y gracias a lo que «FS» nos había enseñado- pudimos acceder y apreciar otros simuladores. Que ya son otra historia: algunos solamente con pasado y otros quizá con futuro.

Será difícil que yo vuelva a la simulación de vuelo. La guerra en la que estoy empeñado no va a acabar -tanto si acaba bien como si acaba mal- en breve plazo; ni siquiera a medio plazo. Y cuanto más me alejo de aquellos viejos buenos tiempos, más pereza me da pensar en recuperarlos: son agua pasada. Pero los buenos recuerdos y el afecto que aún conservo hacia los viejos compañeros, me hacen desear, pese a Micro$oft, que lo de «Flight Simulator» no sea nada, que sólo sea un susto, un nuevo coletazo de la negligencia empresarial de Steve Ballmer.

Amén.

Reds

De la serie: Correo ordinario

El señor este que años ha declaró como quien se tira un pedo que es marxista en fase de descompresión anarquista (y quien entienda ese lío que lo compre), acaba de declarar en ABC, con similar incontinencia de gas propano, que los activistas del conocimiento libre somos comunistas. Todo eso es «co-mu-nis-mo». Y basa tan esperpéntica afirmación en que reclamamos el conocimiento libre pero no reclamamos la vivienda libre, el agua libre, la electricidad libre, y todo el largo etcétera de libertades y gratuidades con las que él gusta de comparar ad nauseam la pretensión de cepillarnos la propiedad intelectual.

La respuesta a tan cansina, reiterativa, demagógica y disparatada comparación es clara (y ya reiterada, qué remedio): los bienes materiales son susceptibles de apropiación, es decir de dominio con exclusión de terceros y lo son por su propia naturaleza; la propiedad material, por tanto, existe, está ahí, sin perjuicio de que determinadas ideologías o regímenes políticos puedan rechazarla considerándola asocial o cosa parecida, pero ello no elimina su realidad, simplemente la convierte en antijurídica, como el asesinato o la violación, considerados perversos y, por tanto, delictivos, pero sin que esa antijuridicidad sea suficiente -por desgracia- para determinar la irrealidad de esas lacras. Para entendernos: si yo soy el dueño de mi coche o de mi bolígrafo, no lo eres tú, querido lector; y si tú te apropias de ese coche o de ese bolígrafo -por las buenas o por las malas- me excluyes a mí de los mismos. La estúpidamente llamada propiedad intelectual, en cambio, no existe, no es real, no está en la naturaleza. Es lo que se llama una fictio iuris, una ficción legal, como fictio iuris es la que considera persona a una entidad (una empresa, una asociación, etc.), cosa que se justifica en la pretensión del legislador de agilizar la gestión interna y externa de la propia entidad. Gracias a una fictio iuris -del género de las más estúpidas, por cierto- es posible menoscabar el honor de la $GAE, por ejemplo.

Por tanto, la propiedad intelectual no está la naturaleza, no está en la esencia de las cosas, porque nadie puede materialmente apropiarse de las ideas como nadie puede materialmente apropiarse del aire libre: existe simplemente por imperio de unos textos escritos denominados leyes que… no son inmutables y que, sobre no ser inmutables, no establecen ética ni moral alguna sino que, precisamente derivan -o deberían derivar y no siempre lo hacen y ahí está el problema- de la ética y de la moral… o, lo que en democracia es lo mismo, del interés cívico, general.

Pretender, por tanto, la derogación o modificación de los textos que dan vida -virtual, que no real, cabe repetir- a la falacia de la propiedad intelectual y preconizar otros modos de gestionar la circulación con y sin ánimo de lucro de las obras de creación artística es algo que, primero, no está necesariamente adscrito a ideología alguna, y, segundo, podría muy bien responder no solamente y no necesariamente a un planteamiento político sino a una pura necesidad técnica, económica o comercial. Señores, esta regulación no sirve, no responde a las necesidades de los tiempos ni a los intereses de los ciudadanos tal y como éstos se plantean actualmente y, por lo tanto, vamos a hacer otra que disponga las cosas de otra manera. Y ya está.

Pero ¿qué es lo que pasa? Lo que pasa es que el anarquista descomprimido este (anda que no lo han descomprimido a gusto precisamente los de la CNT, mira por dónde) ve redondamente impugnado su chiringuito y el de los cuatro guaperas que le secundan y eso, amigo, se hace duro. El viejo marxista (él sí: es confesión propia) se debate como gato panza arriba defendiendo lo que no tiene defensa alguna y que, en suma -por no hacer relaciones farragosas e interminables: su chiringuito recaudatorio- se sustenta en el invento prácticamente medieval de la propiedad intelectual.

El triste recurso de llamar comunistas a sus enemigos no es, por demás, ni siquiera imaginativo: antes que él ya lo utilizó Edgar Hoover, aquel señor tan benéfico y de tan buen rollito que una vez fue amo del FBI, y en un caso mucho más reciente -y, además, en paralelo, también contra los activistas del conocimiento libre, sector software- por Bill Gates, otra buena pieza. Así que el presunto líder de los creadores, de imaginación, más bien poca.

Lo que ocurre es que puede que crea que el discurso este de comunistas quizá espante a los incautos: efectivamente, si nos asocia con tendencias ideológicas (o con tribus más o menos urbanas) que pretenden colectivizar la propiedad material («¡ojo, que te quitan tu pisito, con lo que te ha costado pagar la hispoteca!»), quizá logre crear un estado de alarma ciudadana: estos empiezan dándote música gratis y terminan dejándote en la calle después de haber confiscado el piso para el partido.

No es mala táctica o, mejor dicho, no lo hubiera sido al principio, pero ya no cuela. Al principio quizá sí, cuando éramos cuatro y el cabo, unos tíos raros, geeks, pirados de los ordenadores, frikis, chateadores y arriesgadores de su dinero, que decía el otro. Pero nuestro héroe se equivocó: prefirió ignorarnos, hacer como que no existíamos, no darnos la menor importancia. Cometió el clásico error de los media del siglo analógico: lo que no sale en los papeles, no existe. Y como los papeles los dominaba él -o eso creía- se permitió incluso algún chascarrillo (aquello tan diver de los pendejos electrónicos) y siguió a lo suyo como si tal cosa: nosotros estábamos muertos. Pero este es el siglo digital y ahí, en la red, mandamos nosotros. ¡Ah! ¿Y quiénes somos nosotros? Pues nosotros somos todos, la entera ciudadanía, que hemos declarado al elemento este como uno de los principales enemigos de la sociedad -apartando del debate el tema terrorista, claro está- si no el principal. Por tanto… ¿a quién se cree que está llamando «co-mu-nis-tas»? ¿Y a quién cree que va a asustar llamando «co-mu-nis-tas» a los «co-mu-nis-tas»? ¿A los «co-mu-nis-tas»? No, ya no cuela. La ciudadanía entera ya sabe quién la está esquilmando, ya sabe de quién es la sombra siniestra que acecha cualquier actividad cívica, por inusitada que sea, que cometa el error de utilizar cualquier aparato que haga ruido, sobre cualquiera que tome una guitarra, se siente en una silla y rasguee una canción, suya o de otro, qué más da, que sintonice la radio en una mercería para ayudar a pasar las horas o que ponga los «Pajaritos» en una boda. Eso, señor marxista, la gente, toda la gente, lo sabe ya perfectamente. Cuando usted habla de comunistas lo hace con la pretensión de señalar, de señalar a alguien concreto y distinto y con ello la caga estrepitosamente. Cuando usted habla de comunistas, unos señores normales -empleados de banca, encofradores, reponedoras de supermercado, amas de casa, médicos, aparejadores y demás- levantan la ceja y preguntan para sus adentros: «¿Me está llamando a mí comunista el tío ese? ¿No te jode?». Salvo, naturalmente, los comunistas de verdad, que después de decir «Y a mí ¿qué?», quizá se pregunten por qué considera usted malo ser comunista, por qué utiliza ese término en tono peyorativo.

Y es que, señor descomprimido, sus desplantes, a estas alturas de la película, sólo nos sirven de cachondeo.

Ni siquiera me cabrea usted ya, fíjese…

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