Muertos y vivos

De la serie: Los jueves, paella

1 de enero, primer día del año, primera entrada en «El Incordio» y es una paella. Vamos allá…

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Hace unas semanas, alguien conocedor del tema me comentaba que el lío en el que estamos metidos en Afganistán -los occidentales que hacemos de comparsas, perdón, de aliados, de los yanquis- es un mal rollo de muchísimo cuidado. No puedo dar más detalles para no comprometer a esa persona, pero la que hay allí liada convierte en «Bambi» a la mismísima «Apocalypse Now» (la comparación cinematográfica es pura deducción mía).

Más he aquí que hoy escribe en «El Periódico» Jesús López-Medel, un señor al que el medio presenta como abogado del Estado y cuya autoridad sobre el tema de Afganistán desconozco, pero a la luz de lo que me habían comentado previamente, realiza un diagnóstico muy acertado en su artículo «Afganistán, ¿hasta cuándo?» en el que narra -así por encima, pero bien- la realidad de presente y nos recuerda la historia de ese país, muy poco halagüeña para quienes metieron en él sus narices por vía de la fuerza bruta. Que se lo pregunten, si no, a los rusos, que cuando eran soviéticos se dejaron allí 13.000 tíos y su moral militar, en lo que fue todo un síndrome Vietnam en versión marxista-leninista.

Hay que pensárselo mil veces antes de entrar en país ajeno manu militari, pero cuando ese país ajeno tiene una cultura tan radicalmente distinta de la del invasor, la reflexión debe plantearse no mil veces sino un millón. No sé quién reflexiona en interés del presidente de los Estados Unidos -el actual y ya interino es, desde luego, incapaz de hacerlo por sí mismo, como ha demostrado reiteradamente- pero lo hace muy mal. Mal hasta bordear la subnormalidad. Peor aún que quién reflexionó por Kennedy en el tema -cincuenta mil veces maldito por y para los norteamericanos- de Vietnam. Alemania (cuya cultura básica, además, no era diametralmente opuesta) y Japón pudieron ser ocupadas porque fueron materialmente derrotadas pero, sobre todo, moralmente derrotadas; el Ejército Rojo y el almacén norteamericano pasando como verdaderas -y criminales- apisonadoras, en un caso, y el espanto ante el bombardeo atómico, en otro, dejaron al invadido sin el menor hálito de resistencia; la inmersión ideológica subsiguiente, aseguró la muerte definitiva de todo posible espíritu de resistencia aún cuando el desarrollo económico posterior facilitara los medios materiales para desarrollarla.

El caso de Irak y de Afganistán es radicalmente distinto. Derrotarles materialmente fue fácil, porque muy pocos ejércitos en el mundo pueden contener durante mucho tiempo el huracán de dólares convertidos en armas sofisticadas que vuelca norteamérica sobre el desgraciado que ha sido designado como su enemigo. Sin contar que no sé hasta qué punto puede considerarse derrotado a un ejército que, una vez dispersado (a la primera de cambio) se echa al monte y se dedica a sacudir a saco, a diestro y a siniestro. Derrotarles moralmente es otra cosa muy distinta: en estos casos, la derrota no es un factor de desaliento porque se cuenta con ella por anticipado. La derrota no se define en términos occidentales: lo que para nosotros es una derrota, para ellos es un simple fracaso táctico para el que contaban con el eterno «plan B» de la guerrilla, urbana o rural. Parece mentira que los españoles, que fuimos precursores y maestros de este fenómeno, lo hayamos despreciado tanto ahora: se diría que la EGB -precursora de la ESO y tan lamentable como ésta- y sus déficits en la asignatura de Historia, ha afectado seriamente a nuestros coroneles y a nuestros generales, o que éstos se tienen demasiado creído que tenemos un ejército modelno y que lo de echarse al monte es cosa de piojosos. Pues será de piojosos, pero funciona y, repito, nosotros los españoles deberíamos saberlo más que nadie.

Tenemos allí a un montón de soldados absolutamente inoperantes, sin otra tarea posible, como muy bien dice López-Medel, que la autodefensa, una autodefensa que llega hasta donde llega, porque hasta el momento nos hemos dejado ya a más de 80 soldados, incluyendo el triste hito de la primera mujer soldado caída en acción.

Esto no puede seguir así. Allí no pintamos nada y por más que Zap y la Chacón lo pinten de verde, como el pedo del chiste, ningún ciudadano ve qué interés de España se está defendiendo allí. Ni siquiera tomando como interés de España el del Santander Central Hispano o el de ENDESA. Al contrario, incluso en la última consideración, que es la crematística, el invento nos está costando un dineral acojonante en un momento, en un preciso momento, en que el horno no está para bollos.

Tenemos que empezar a presionar fuerte para la retirada de nuestros muchachos de aquel berengenal que ni nos va ni nos viene. Si obligan a las señoras a llevar burkha, oye, que arreen porque, después de todo, siguen llevándolo por más legías y más paracas que tengamos allí metidos. Hay que llevar esto al debate electoral precisamente cuando vienen unas elecciones muy apropiadas, las europeas, porque no somos el único país europeo metido en el marrón.

Nuestra gente ha de volver porque no se nos ha perdido nada allí y punto pelota.

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La ciudad de Barcelona celebra un 2008 sin automovilistas muertos. Subrayo lo de «automovilistas» para que quede clara la literalidad con que debe tomarse el término, porque toda esa bonanza -que es realmente para celebrar, desde luego- contrasta con 21 motociclistas y 10 peatones fallecidos (y déjame tocar madera, porque escribo esto a las dos de la tarde del 31, con diez horas de 2008 por delante).

Y se atribuye (al menos, «El Periódico» lo atribuye) al rigor, la frecuencia y la extensión de los controles de alcoholemia. También lo celebro, porque así como en el tema de la velocidad creo que se está exagerando mucho y desde hace mucho tiempo, con el alcohol al volante soy mucho menos tolerante. Desde luego, por carretera soy partidario de la tolerancia cero, aunque en ciudad sí que puede abrirse un poco -no excesivamente- la mano. No obstante, me parece una exageración considerar delictiva una tasa de 0,6 -a la que se llega con una facilidad de la que no todo el mundo es consciente- porque hay muchísimos métodos que cumplirían una función perfectamente disuasoria sin tratar como delincuentes a padres de familia, que eso constituye una atrocidad, se pongan los directores generales de Tráfico (o de Trànsit) como se pongan. La alcoholemia cero se conseguiría, por ejemplo, asociando a la retirada de permiso el precinto del vehículo -por meses o incluso por años, mano dura en este caso- con su almacenamiento prescriptivo en depósitos públicos bajo custodia, con pago de costes -tasados con largueza- a cargo del infractor (algo así como la grúa, pero de larga duración) y aunque el vehículo fuera ajeno (allá el infractor con el pleito que le interpondría, por daños y perjuicios, el dueño del vehículo); eso escarmienta lo que no está escrito y no es una cafrada como coger a un señor normal que se ha pasado con el alpiste -que, desde luego, constituye un peligro que hay que apartar de la vía pública- y meterlo en un calabozo y luego en un juzgado como a un vulgar mangui. Eso es una barbaridad que aterroriza al que lo sufre y a su familia y no disuade tanto como se creen a los demás porque es algo que siempre se ve muy lejano. Además, los que lo sufren no lo divulgan, de forma que es fácil que conozcamos a algún delincuente de esos y no lo sepamos ni sus amigos o parientes más próximos. En cambio, hacer caer el puño represivo sobre san coche, contenedor por antonomasia de gónadas y sobrancias tan propias de la raza, sería de una eficacia radical.

Volviendo al tema originario, encuentro, no obstante, que celebrar el dato -sin duda positivo, no me cansaré de decirlo- de los coches, con más de dos decenas de motoristas y una más de peatones muertos, es ir algo lejos. Los motociclistas tienen una importante tasa de patente de corso en esta ciudad -sobre todo los menores con ciclomotor, que hacen materialmente lo que les da la gana en una anarquía de hecho que indigna- y no sorprende su mortalidad; y en una ciudad donde los derechos de los peatones -que debieran ser los verdaderos señores de la urbe- se pisotean constante e impunemente por parte de todos, con o sin motor, con dos o con cuatro ruedas, con pasos de cebra y semáforos ámbar intermitente de precaución que parecen estar sólo de adorno, sorprende que no haya más que diez muertos; claro que habría que conocer también la cifra de heridos y las secuelas de sus lesiones, que cabe suponer importantes.

La fuente citada, «El Periódico», se congratula, asimismo, de que no hay ni un sólo muerto entre los ciclistas. Me alegro, por supuesto, de ello, pero no veo cómo podría haber muertos entre los ciclistas, toda vez que sus calzadas favoritas son las aceras y por ahí no circulan -todavía- ni motos, ni coches, ni autobuses. Sí circulan, en cambio, los peatones, sobre los cuales parece no haber cifras de lesionados a manos -a ruedas- de los incívicos del pedal, que son legión, empezando por la práctica totalidad de los que circulan por las aceras que, sobre hacerlo ilegalmente (no creo que en Barcelona haya cincuenta metros seguidos de acera que cumplan los requisitos para la legal circulación de ciclistas), lo hacen de forma temeraria -velocidad inadecuada, zig-zag entre transeúntes, etc.- y, encima, son broncas, conflictivos, reivindicativos -de lo que no cabe, en absoluto reivindicar- y, en definitiva, gamberros.

Nadie desea que haya muertos ni heridos en ninguna circunstancia, ni de tráfico ni de cualquier otra manifestación de la vida urbana; está bien constatar que, en un determinado y muy puntual ámbito, no los ha habido en el transcurso de un año; pero que nadie eche las campanas al vuelo en oculta pretensión de loar una eficiencia municipal que está lejos de existir. En Barcelona los dueños de vehículos -de todo tipo de vehículos- son los amos absolutos, contra todo fuero y contra todo derecho, mientras que quienes deberíamos ser soberanos, los peatones, sufrimos los abusos constantes de la dictadura de la rueda, al tiempo que la Guardia Urbana sólo se dedica a labores recaudatorias. No le veo a eso ningún éxito -al contrario- de la gestión municipal.

Menos alharacas.

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Iba a dedicar este tercer tema a las agresiones en el ámbito doméstico, un problema ciertamente preocupante, pero que se está encarando de forma demagógica y, en definitiva, mal. Anteayer me hice cruces sobre el hecho de que, con 70 muertas este año -que ya está bien-, los juzgados especiales para este asunto ascendían a 90 en toda España. Si hubiera juzgados de este tipo para temas de tráfico… ¿cuántos miles, o por lo menos centenares, de juzgados debieran habilitarse con esa proporción? Ya sé, ya sé: la cosa tiene más variables. Pero, como iba diciendo, habrá que dejar este tema para otra ulterior paella. No importa: el año es largo y, desgraciadamente, el tema no dejará de estar de actualidad.

Manel Loosveldt, al que temporibus illis conocí cuando el achuntamén se tomaba en serio el software libre a través de aquella concejalía -hoy en paradero desconocido- de Ciutat del Coneixement, ha publicado en su muro de Facebook un artículo de Joan B. Culla en «El Periódico», que expone un análisis muy certero y muy equilibrado sobre el problema de Oriente Medio en su situación actual. Recomiendo su atenta lectura muy calurosamente, porque no le he encontrado un pero.

Y lo cierto es que, si cabalgamos sobre realidades y ponemos los pies en el suelo, la solución del problema de Oriente Medio es, enunciativamente, muy fácil: establecimiento de un Estado palestino en Cisjordania y en la franja de Gaza y aseguramiento por parte del mundo árabe, garantizado por la comunidad internacional, de la libre y pacífica existencia del Estado de Israel en las fronteras resultantes. Y, sobre estas bases, negociar el status de la ciudad de Jerusalén, que también tiene su miga.

Pero, claro, esto es muy fácil decirlo. Llevarlo a cabo en condiciones es mucho más complicado, sobre todo por la radicalización del mundo islámico que ya no disimula para nada su pretensión de borrar a Israel de la faz de la tierra. En este sentido, Culla es claro y acertado: a Hamas le importa un pimiento la soberanía palestina, al contrario, le viene cuesta arriba; lo que quiere Hamas es la desaparición de Israel. Y es también cierto progresías gilipollescas aparte, que es tan criminal el bombardeo de población civil por parte de Israel como el bombardeo de población civil por parte de Hamas. Los civiles israelíes son tan civiles como el que más, y los niños israelíes son igual de niños que los niños palestinos. Lanzarles cohetes, como hace Hamas, es un asesinato y un crimen contra la Humanidad.

La solución, pues, de Oriente Medio pasa por la solución del radicalismo islámico. Pero es que el radicalismo islámico tiene una solución muy difícil. Enunciativamente sencilla también, ojo: déjalos vivir, déjalos ser dueños de su cultura y, sobre todo, déjalos ser dueños de sus tierras, de sus soberanías y de sus recursos económicos. Y ahí le duele. Porque el problema, entonces, no está en Oriente Medio sino en Occidente. El problema, la raíz del mal, somos nosotros.

Si nos damos cuenta, el fundamentalismo islámico se expande por todo el mundo musulmán -y sobre todo por el mundo árabe- a raíz de la caída del régimen soviético y de la desaparición del marxismo-leninismo como alternativa redentora. La resistencia palestina, en los años setenta y ochenta, destacaba más por marxista que por árabe; eran musulmanes en la misma medida y modo en que en Occidente somos cristianos (cuando menos, culturalmente). Cuando el marxismo se desinfló como promesa de redención, se necesitó algo con qué suplirlo y ahí estaban los ayatollahs con los brazos abiertos.

La única forma, por tanto, de erradicar el fundamentalismo islámico, implantado como un recurso redentorista, es que no necesiten redención de ningún tipo; pasa porque Occidente les deje vivir. Liquidado el fundamentalismo islámico, lo que llevaría años, tensiones y, probablemente, guerras civiles (las religiones no sueltan fácilmente la presa una vez la han agarrado), el conflicto árabe-israelí podría encauzarse hacia una solución fructífera y satisfactoria. Lo malo es que mientras estén ahí con mando en plaza las zarpas de nuestras multinacionales, todo eso es utópico en el más lamentable sentido de la palabra.

Antes de llamar asesino al israelí o al palestino, piénsatelo un poco mientras llenas el depósito del todoterreno con el que te vas a ir a esquiar.

Y si te pica, te rascas.

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Bueno, queridos, pues yo he cumplido largamente mis promesas de antes de fiestas, no tendréis queja. A pesar de dos jueves seguidos tan señalados, la paella ha permanecido firme en su puesto de combate.

Empieza un nuevo año y se adivina difícil. Seguramente van a intentar -y probablemente conseguir- metérnosla doblada en muchos ámbitos, en muchas cosas. La bronca de cincuenta paellas -el número aproximado de las que, si no se rompe nada, verán la luz en 2009- va a estar, desgraciadamente, más que justificada.

No quiero cerrar sin dedicaros mis mejores deseos para este año, un año importante para mí como blogger, porque «El Incordio», mediada la primavera, cumplirá cinco años, un hito importante en una bitácora. Y también alcanzará su artículo número 1.000, del que, ahora mismo, ya no estamos lejos. Importantes acontecimientos que espero compartir con todos vosotros.

La próxima paella será el día 8 de enero, fecha de rentrée escolar y en no pocos casos laboral también. Va a ser durilla la cosa para más de uno.

Hasta entonces.

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Comentarios

  • Jordi  On 01/01/2009 at .

    Excelente paella la de hoy, independientemente de que, a estas alturas, a mi estómago ya no le caben más ágapes. Vayamos por partes:

    1.- Yo también tengo un conocido militar, veterano de Afganistán, que me dibujó ya hace tiempo un cuadro bastante tremebundo. Él tuvo suerte, ya que su campamento “sólo” fue bombardeado con proyectiles de mortero. Afortunadamente, no hubo heridos pero el acojone no creo que lo olvide nadie. Los 700 y pico soldados españoles podrían volver a casa. Total, Afganistán seguirá siendo un estercolero con presencia militar española o sin ella.

    2.- Tengo entendido que en el Reino Unido existe una sanción consistente en el desguaze del vehículo. No sé si sería efectivo en España pero reirnos nos reiríamos un rato.

    3.- Ayer leí el artículo de Culla y me pareció excelente. No en vano este historiador tiene publicado un libro sobre este conflicto que recomiendo a todos.

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