Encendiendo hogueras

De la serie: Pequeños bocaditos

El próximo lunes día 5 (yo pensaba que sería el siguiente, el 12, pero no, es el día 5) comienza la campaña atea (ateísta, le dicen) en Barcelona, consistente en dos autobuses que circularán hasta el día 18 con la inscripción «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida».

Esta campaña tiene su génesis en otra que empezó en Londres, a raíz de la inversión publicitaria de un grupo de ateos que logró recaudar 10.000 euros para la iniciativa. Su éxito fue tal que se extendió a Birmingham, Edimburgo y Manchester y ha saltado ahora a Barcelona de donde, si tiene éxito, saltará a Madrid y no cabe descartar otras ciudades españolas.

Lo más gracioso no es la campaña en sí -que, bueno, que vale-, que, bien mirado, tampoco es cuantitativamente nada del otro jueves (dos únicos autobuses representan una difusión bien modesta, aunque auguro que muy probablemente vayan a constituir el anuncio más fotografiado de 2009), sino el rebote que han pillado los elementos creyentes, especialmente los católicos.

Primero, el cardenalísimo de Barcelona, que larga un comunicado del que se deduce claramente su cabreo ante la iniciativa. Todo un signo, porque casi nunca -o nunca absolutamente- las sedes episcopales hacen comunicados por fruslerías, o sea que o esto no lo es tanto o parece que el ateísmo español les ha metido un impacto directo en las reverendísimas almorranas.

Y, segundo, los comentarios en los medios, sobre todo, obviamente, en los más conservadores. En «Libertad Digital», los comentaristas chorrean sulfúrico puro, se revuelven desaforadamente con las peores injurias que se les ocurren; algo más moderados -pero no mucho más- el sector diumenge, tortellet i cava de «La Vanguardia» donde también las sueltan gruesas (puede verse en el propio enlace de la noticia).

De donde cabe deducir que el sector católico cree poseer en exclusiva los derechos de divulgación ideológica. Rouco puede montar su show en la vía pública, pero unos señores particulares no deberían poder contratar un anuncio pagando de su bolsillo. Un anuncio que, además, no es ofensivo salvo para quien quiere ofenderse por cualquier cosa porque, de hecho, sólo pone en tela de juicio una tesis religiosa: la que propugna -sin prueba alguna- la existencia de Dios. De esta deducción cabe llegar a una conclusión: el anuncio es democráticamente necesario porque es democráticamente necesario que unos señores seguidores de una ideología, mayoritaria o no, se den cuenta de que la libertad de expresión es para todos y no sólo para ellos.

Este es el tipo de cosas que induce a mantener un cierto activismo en esta materia -y que, como digo, justifica plenamente el anuncio- para parar los pies a un colectivo que no tiene escrúpulos en cuanto pilla una parcela, grande o pequeña, de poder, tal como ha demostrado a lo largo de la Historia, y que no renuncia a continuar imponiendo omnímodamente su ideología.

Pues no: eso se acabó. O debería haberse acabado: espera a que el intento llegue al Madrid de la Espe.

Veremos qué pasa.

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