Aguas y nazis

¡Uf, lo que me cuesta! Soy muy cartesiano y eso de que se me rompan las rutinas, me desorganiza la vida, de verdad. Cuando más tiempo tengo, menos lo aprovecho. Las épocas vacacionales son verdaderamente una ruptura con todo, pero no siempre cabe entender esa ruptura en un sentido positivo: soy -guardando las distancias- como un programa de ordenador y si me sale un bug en una línea, se va todo a hacer puñetas. Lo curioso es que nunca había tenido constancia clara de ello (percepción sí, pero constancia no) hasta que empecé con la bitácora y, sobre todo, con la obligación a piñón fijo -autoimpuesta, por supuesto- de las paellas de los jueves.

No sé si os habéis percatado, pero en épocas vacacionales es cuando menos produzco (y cuando menos cumplo con el pobre arroz), y no por falta de ganas o de capacidad de trabajo sino porque experimento una suerte de… indisciplina interior que no hay quien la sofoque, oye.

Bueno, pues ahí tenéis lo que me ha salido hoy -tarde y no muy bien- y espero que no me abucheéis demasiado.

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Llevo… ¡qué se yo! nueve o quizá diez meses, siguiendo el tema de la sequía en Catalunya. Lo que me ha llegado a inquietar ese problema lo sabéis bien los seguidores habituales de todos los jueves. Este seguimiento lo he venido realizando a través de una página muy clara, muy bien hecha, que la Generalitat puso en marcha por aquellas épocas (con dominio propio y todo, sequera.cat, que ya no funciona) y lo ha escondido porque ya no tenemos sequera, aunque sigue ahí y sigue actualizándose.

Si tenéis la curiosidad de pinchar el enlace y verlo, os daréis cuenta de que la situación en Catalunya roza, en estos momentos, lo óptimo, aunque hay un pantano todavía escasito (no obstante, ha más que duplicado su reserva en los últimos días). Reservas embalsadas de un 76 por 100 de la capacidad total a fecha de hoy, la tierra empapada, las montañas abarrotadas de nieve y sigue lloviendo y sigue nevando en la práctica totalidad del territorio catalán. Si esto sigue así -y parece que seguirá- habrá que desembalsar agua y aún quizá antes del deshielo de primavera.

He seguido este tema desde que esa gota, ahora lozanamente llena en un 76 por 100, señalaba un 22 por 100 avanzada ya la primavera pasada y todas las alarmas sonaban estrepitosamente con sus luces rojas encendidas. «Si no llueve -nos decían- después del verano Barcelona y su conurbación estarán en una situación comprometidísima». Pero vino mayo y trajo agua, agua de mayo, nunca mejor dicho; mucha agua y bastante bien repartida -salvo en la provincia de Girona- con lo cual la situación en Barcelona y Tarragona quedó salvada; y como siguió lloviendo más que razonablemente, el plazo de tranquilidad se fue ampliando hasta llegar a hoy en que, como digo, estamos no muy lejos de colmar la capacidad de nuestras reservas.

Bien, cuando les vimos las orejas al lobo, nuestros políticos, presas del pánico -y no lo digo peyorativamente, sino literalmente, que es aún más horrendo- se lanzaron a las mayores gilipolleces. Como la famosa desaladora que nos ha de salvar el futuro llueva, nieve o haga sol, estaba a medio hacer -todo parece a medio hacer, aquí- se les ocurrió, por ejemplo, traer agua de Tarragona en barcos. Toda la hostelería barcelonesa se echó las manos a la cabeza por la mala fama que nos iba a dar el invento de los barquitos (como si el agua brotara dando una patada en el suelo); al final, llovió sobre mojado y, cuando llegó el primer barquito, en medio de la rechifla ciudadana, ya habían caído las primeras reparadoras lluvias. Y si sólo hubiera sido lo de los barquitos (por cierto: ¿cuánto nos costó la historia de los barquitos?) aún tendría la cosa un pase, pero es que, mientras tanto, se había emprendido el trasvase que no era un trasvase sino agua que sale de allá y llega hasta aquí por un tubito, seamos precisos y no jodamos con palabras conflictivas. Cuando ya no hizo falta con urgencia el trasvase que no era un trasvase sino agua que va de acá para allá o al revés, se dijo que, no obstante, las obras del trasvase que no era trasvase sino etcétera, seguirían hasta cierto punto, punto definido más o menos como aquel en que pudiera ser utilizado cuando hiciera falta.

Si a mi padre, aparejador, le dijéramos que una obra iba a realizarse hasta cierto punto, es decir, ni acabada ni sin acabar, igual lo matábamos de un infarto de risacardio, que ya es viejecito, el pobre.

Pero el caso es que no sabemos gran cosa -como llueve, no es noticiable- ni de la desaladora (sorprendentemente inobjetada por los ecologistas, y eso que esos inventos son la mar de insostenibles y tragan petróleo que se las pelan) ni del trasvase que etcétera y que iba a acabarse sin acabarse en sí y si Santa Teresa lo entiende, cojonudo.

Como soy tan mal pensado, se me ocurre que ese silencio ominoso respecto de tan transitoriamente innecesarias obras, asociado todo ello (silencio y transitoriedad, que no falta de necesidad) a la crisis y a sus ineludibles efectos presupuestarios, podría hacer que a alguien se le ocurriera… bueno, detraer esos dinerillos para dedicarlos a cosas más útiles: por ejemplo, propaganda institucional, tuneo interior de vehículos oficiales, recitales cuando la $GAE o su beautiful necesiten pasta, festejos calzoncilleros diversos, festivales transversales y multiculturales, etc. Total, tenemos agua para un año -aún suponiendo que no lloviera ni una sola gota más de aquí a Reyes de 2010, y eso parece difícil- y, oye, dentro de un año todos calvos, tú.

El agua es noticia hoy por su abundancia, y eso le alegra el cuerpo a cualquier persona honrada. Pero cualquier ciudadano conocedor de esa peña que tenemos en el joder… ¡ay! ¡perdón!… en el poder (¿en qué estaría yo pensando?) debería estar escamado por esa falta de noticias sobre lo que será noticia el día que la falta de agua vuelva a ser noticia.

Yo estoy escamado. Porque, tarde o temprano, la falta de agua volverá a ser noticia de portadas y más portadas (al menos, mientras no se celebren campeonatos mundiales o europeos de algo del calzoncillo).

Porque esto es el Mediterráneo y esto es de cajón.

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«La aldea irreductible, una bitácora a la que me voy a ir aficionando, porque los primeros -y hasta ahora únicos- tres o cuatro pinchazos que le he dado son verdaderos pelotazos de buen bitacorismo, con mucho valor cultural y científico añadido, ha publicado una serie de fotografías sobre los actos de masas del III Reich.

Se pregunta el autor, Javi Peláez, si en nuestros días sería posible que se repitiera algo así en un país democrático.

Lo primero que se me ocurre es matizar esto de en nuestros días, porque los días de la Alemania nazi no están tan lejanos; vamos, no tanto, al menos, como para considerar que podamos estar vacunados contra sus lacras. ¡Pero si aún tenemos encima el virus de las guerras de religión, y mira que ha llovido desde las que lo fueron formalmente!

Tengo en casa varias revistas de la época de la Alemania nazi. A mi padre le encantaba la divulgación científica (como a mí: de casta le viene al galgo) y en los primeros años 40 las únicas que circulaban -o, como mínimo, las únicas asequibles, porque Goebbels en estas cosas se gastaba la pela- eran las alemanas. Desde luego, acojona ver los avances de la ciencia alemana en aquellos años (y no siempre, ni siquiera la mayoría, directamente aplicables al ámbito militar); dejando aparte otras connotaciones, lo cierto es que los nazis vieron muy claro que lo que ahora denominamos con la pejiguera esta del I+D+i era la única manera seria de llegar a la preeminencia política, económica y, subsiguientemente, militar; a beneficio de algún petardo en el joder (bueno, no, en lo otro) advierto, por cierto, que una política de serio impulso a la inversión pública y privada en investigación científica y tecnológica no es algo inherente al nazismo: puede hacerse desde cualquier ideología y postura política; no vaya a ser que ahora digan que el canon de la $GAE lo han impuesto porque son antinazis a machamartillo. No: va a ser que no.

Estas revistas -propaganda aparte- y la propia historia, demostraron bien a las claras que Hitler supo organizar un verdadero «estado del bienestar» para su gente. Su gente, también conviene aclararlo, estaba constituida por la mayoría alemana de raza oficial aria, y no de otras minorías que, como es notorio, no sólo no gozaron de bienestar alguno sino de todo lo contrario. Sin perjuicio de que posteriormente se cargara ese estado del bienestar con el feo asunto este de liar una guerra y tal…

Veamos… Súmense los siguientes datos: bienestar económico (ninguno otra dictadura, ni blanca, ni negra, ni roja, llegó a la pujanza económica de la Alemania nazi ni a su grado de reparto de beneficios); escenificación de primer orden (las fotos de la entrada citada y muchas otras más que podrían añadirse, más la ya mítica película de Leni Riefenstahl, «El triunfo de la voluntad», hablan por sí solas); grave crisis económica, política, militar y, en definitiva, moral, en la época inmediatamente anterior, que contrasta con la estudiada como el negro sobre el blanco; y, sobre todo, sobre todo, el hecho de que la disciplina resulta a la postre cómoda. Es cómoda porque ya hay alguien que se preocupa de tomar las decisiones y todo eso que nos ahorramos; y es cómoda porque, al haber un tercero que toma las decisiones, hay un tercero que asume los errores y la responsabilidad. Toda la responsabilidad.

Sólo por esta vía puede entenderse -si cabe entenderlo- que, al final de la guerra, caído el régimen, todos los alemanes juraran por sus muertos, como un sólo hombre, que ellos no sabían nada ¡ni siquiera sospechaban! del mal rollo que quedó a la vista.

A la propia sociedad española le sucedió algo parecido, salvando la cuestión luctuosa. Vivíamos todos tan tranquilos. La consigna era: «Trabaja -o estudia- no te metas en líos y vivirás feliz y tranquilo, porque esto está dando de sobra para que quienes no se metan en líos vivan felices y tranquilos». Lo demás, lo arreglaba todo el tío aquel que trabajaba hasta altísimas horas, idealizado en la lucecita del Pardo (ahora dicen que no daba golpe y que se pasaba el día pescando y jugando al golf; no, si al final ya verás cómo resultará que le suspendieron el examen de cabo).

Pero, un día, la lucecita del Pardo se apagó, el tío aquel se fue a criar malvas y entonces viva el rey y, nada, la lucecita de la Zarzuela que provea. Pero la lucecita de la Zarzuela no proveyó o no proveyó del todo -afortunadamente, por demás- y los españoles tuvimos, en primer lugar, que tomar nuestras propias decisiones; y, en segundo -y doloroso- lugar, apencar con ellas. Yo creo que de ese trauma aún no hemos salido y que, en parte, ese trauma es el que tiene congelada la Constitución e idealizada la Transición, que fue un timo de los gordos (aunque no por la razón ni en el sentido que pretenden los pirados de la memoria histérica): no reconocer los errores equivale a no ser culpable de ellos y a no pagar por los mismos. O eso nos creemos, porque pagar, se paga igual: mira la clase política que hemos permitido, si no…

Es posible que unas estéticas hitlerianas no puedan hoy reproducirse miméticamente iguales, pero todo son ceremoniales, rituales. Un concierto rock pueder ser perfectamente -y, de hecho, lo es en muchos casos- una ceremonia de la alienación más abyecta. Del fútbol ni hablemos: no creamos que por socialmente cotidiano es menos pernicioso. Yo no veo diferencias sustanciales entre las fotografías que inducen este comentario y muchos conciertos o la mayoría de los estadios calzoncilleros.

No, el peligro no está conjurado y las circunstancias objetivas como decía la dialéctica marxista, se reproducen periódicamente, cuando no son incluso una constante. Y las dictaduras -de todos los colores- siguen existiendo y siguen batiendo récords de crimen y de obscenidad.

El peor de los marrones está siempre a la vuelta de la esquina. Y esto vale para el aquí y el ahora, no hace falta que nos vayamos lejos ni en el espacio ni en el tiempo.

Y el que lo quiere entender, ya lo entiende.

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Bueno, pues hasta aquí. El próximo jueves será 15, ya volveré a estar en activo, todas mis actividades -las obligatorias y las voluntarias- estarán de nuevo encajadas en su lugar y hora exactos, sin que bailen por ahí desmelenadas como posesas, y a ver si vuelvo a escribir con el mínimo de decencia que -creo- me caracteriza.

Porque, por ir, ha ido a trompicones hasta Linux-GUAI.

Nos vemos.

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Comentarios

  • Monsignoren  On 09/01/2009 at .

    Años ha hablaba con una amiga de mis padres, teutona ella, y me contaba que me dejara de hostias; que en Alemania, en los años treinta, era nazi hasta el gato. Y la prueba es que, acabada la guerra, en Italia hubo purga de ex-fascisti (sólo se salvó Curzio Malaparte, que de squadrista se pasó al PCI y no dio explicaciones a nadie), en Francia hubo purga de colabos (aunque esto solía ser la versión parisina del “quién se ha peído, que yo no he sido”), pero en Alemania, una vez depurados los capitostes – algún día se estudiará a conciencia el Juicio de Nurenberg, que esa es otra – se aplicó la norma del “pisa la oreja, que no la vea aquel tío”, porque, de haber depurado a los simpatizantes del nazismo, el país se hubiera quedado vacío. Que es lo que pretendía el amigo Morgenthau, asesor de Roosevelt para estas cosas (léete “El mito de Roosevelt”, que es divertidísimo).

    Lo realmente aterrador, no del régimen nazi sino de todos los regímenes por el estilo, es que cualquiera puede instaurarlos y cualquiera puede apoyarlos. Lo que da miedo es que Himmler – sí, el de las eseeses y la “Solución Final”, la Ahnenerbe y los campos de exterminio, era en los años veinte un señor muy normal que dedicaba sus ratos libres a leer novelas a los ancianitos del asilo. Así, como suena. Lo realmente jodido es que, como decía Pratchett, la peor de las monstruosidades puede ser hecha, perfectamente, por un honrado padre de familia que trabaje de nueve a cinco. Y que los monstruos no tienen una etiqueta en la frente.

  • Ryouga  On 09/01/2009 at .

    Impresionantes las imagenes y deslumbrantes sus analisis y comparaciones.

    Esa arquitectura megalómana, enormes banderas,altísimas columnas y esos estandartes claramente inspirados en los romanos casan perfectamente con una multitud de aficionados calzoncilleros con sus banderas,himnos y vestimentas.
    Bueno podriamos distinguirlos porque los nazis no se pintaban las caras y no acudían borrachos a sus eventos XD

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