Reds

De la serie: Correo ordinario

El señor este que años ha declaró como quien se tira un pedo que es marxista en fase de descompresión anarquista (y quien entienda ese lío que lo compre), acaba de declarar en ABC, con similar incontinencia de gas propano, que los activistas del conocimiento libre somos comunistas. Todo eso es «co-mu-nis-mo». Y basa tan esperpéntica afirmación en que reclamamos el conocimiento libre pero no reclamamos la vivienda libre, el agua libre, la electricidad libre, y todo el largo etcétera de libertades y gratuidades con las que él gusta de comparar ad nauseam la pretensión de cepillarnos la propiedad intelectual.

La respuesta a tan cansina, reiterativa, demagógica y disparatada comparación es clara (y ya reiterada, qué remedio): los bienes materiales son susceptibles de apropiación, es decir de dominio con exclusión de terceros y lo son por su propia naturaleza; la propiedad material, por tanto, existe, está ahí, sin perjuicio de que determinadas ideologías o regímenes políticos puedan rechazarla considerándola asocial o cosa parecida, pero ello no elimina su realidad, simplemente la convierte en antijurídica, como el asesinato o la violación, considerados perversos y, por tanto, delictivos, pero sin que esa antijuridicidad sea suficiente -por desgracia- para determinar la irrealidad de esas lacras. Para entendernos: si yo soy el dueño de mi coche o de mi bolígrafo, no lo eres tú, querido lector; y si tú te apropias de ese coche o de ese bolígrafo -por las buenas o por las malas- me excluyes a mí de los mismos. La estúpidamente llamada propiedad intelectual, en cambio, no existe, no es real, no está en la naturaleza. Es lo que se llama una fictio iuris, una ficción legal, como fictio iuris es la que considera persona a una entidad (una empresa, una asociación, etc.), cosa que se justifica en la pretensión del legislador de agilizar la gestión interna y externa de la propia entidad. Gracias a una fictio iuris -del género de las más estúpidas, por cierto- es posible menoscabar el honor de la $GAE, por ejemplo.

Por tanto, la propiedad intelectual no está la naturaleza, no está en la esencia de las cosas, porque nadie puede materialmente apropiarse de las ideas como nadie puede materialmente apropiarse del aire libre: existe simplemente por imperio de unos textos escritos denominados leyes que… no son inmutables y que, sobre no ser inmutables, no establecen ética ni moral alguna sino que, precisamente derivan -o deberían derivar y no siempre lo hacen y ahí está el problema- de la ética y de la moral… o, lo que en democracia es lo mismo, del interés cívico, general.

Pretender, por tanto, la derogación o modificación de los textos que dan vida -virtual, que no real, cabe repetir- a la falacia de la propiedad intelectual y preconizar otros modos de gestionar la circulación con y sin ánimo de lucro de las obras de creación artística es algo que, primero, no está necesariamente adscrito a ideología alguna, y, segundo, podría muy bien responder no solamente y no necesariamente a un planteamiento político sino a una pura necesidad técnica, económica o comercial. Señores, esta regulación no sirve, no responde a las necesidades de los tiempos ni a los intereses de los ciudadanos tal y como éstos se plantean actualmente y, por lo tanto, vamos a hacer otra que disponga las cosas de otra manera. Y ya está.

Pero ¿qué es lo que pasa? Lo que pasa es que el anarquista descomprimido este (anda que no lo han descomprimido a gusto precisamente los de la CNT, mira por dónde) ve redondamente impugnado su chiringuito y el de los cuatro guaperas que le secundan y eso, amigo, se hace duro. El viejo marxista (él sí: es confesión propia) se debate como gato panza arriba defendiendo lo que no tiene defensa alguna y que, en suma -por no hacer relaciones farragosas e interminables: su chiringuito recaudatorio- se sustenta en el invento prácticamente medieval de la propiedad intelectual.

El triste recurso de llamar comunistas a sus enemigos no es, por demás, ni siquiera imaginativo: antes que él ya lo utilizó Edgar Hoover, aquel señor tan benéfico y de tan buen rollito que una vez fue amo del FBI, y en un caso mucho más reciente -y, además, en paralelo, también contra los activistas del conocimiento libre, sector software- por Bill Gates, otra buena pieza. Así que el presunto líder de los creadores, de imaginación, más bien poca.

Lo que ocurre es que puede que crea que el discurso este de comunistas quizá espante a los incautos: efectivamente, si nos asocia con tendencias ideológicas (o con tribus más o menos urbanas) que pretenden colectivizar la propiedad material («¡ojo, que te quitan tu pisito, con lo que te ha costado pagar la hispoteca!»), quizá logre crear un estado de alarma ciudadana: estos empiezan dándote música gratis y terminan dejándote en la calle después de haber confiscado el piso para el partido.

No es mala táctica o, mejor dicho, no lo hubiera sido al principio, pero ya no cuela. Al principio quizá sí, cuando éramos cuatro y el cabo, unos tíos raros, geeks, pirados de los ordenadores, frikis, chateadores y arriesgadores de su dinero, que decía el otro. Pero nuestro héroe se equivocó: prefirió ignorarnos, hacer como que no existíamos, no darnos la menor importancia. Cometió el clásico error de los media del siglo analógico: lo que no sale en los papeles, no existe. Y como los papeles los dominaba él -o eso creía- se permitió incluso algún chascarrillo (aquello tan diver de los pendejos electrónicos) y siguió a lo suyo como si tal cosa: nosotros estábamos muertos. Pero este es el siglo digital y ahí, en la red, mandamos nosotros. ¡Ah! ¿Y quiénes somos nosotros? Pues nosotros somos todos, la entera ciudadanía, que hemos declarado al elemento este como uno de los principales enemigos de la sociedad -apartando del debate el tema terrorista, claro está- si no el principal. Por tanto… ¿a quién se cree que está llamando «co-mu-nis-tas»? ¿Y a quién cree que va a asustar llamando «co-mu-nis-tas» a los «co-mu-nis-tas»? ¿A los «co-mu-nis-tas»? No, ya no cuela. La ciudadanía entera ya sabe quién la está esquilmando, ya sabe de quién es la sombra siniestra que acecha cualquier actividad cívica, por inusitada que sea, que cometa el error de utilizar cualquier aparato que haga ruido, sobre cualquiera que tome una guitarra, se siente en una silla y rasguee una canción, suya o de otro, qué más da, que sintonice la radio en una mercería para ayudar a pasar las horas o que ponga los «Pajaritos» en una boda. Eso, señor marxista, la gente, toda la gente, lo sabe ya perfectamente. Cuando usted habla de comunistas lo hace con la pretensión de señalar, de señalar a alguien concreto y distinto y con ello la caga estrepitosamente. Cuando usted habla de comunistas, unos señores normales -empleados de banca, encofradores, reponedoras de supermercado, amas de casa, médicos, aparejadores y demás- levantan la ceja y preguntan para sus adentros: «¿Me está llamando a mí comunista el tío ese? ¿No te jode?». Salvo, naturalmente, los comunistas de verdad, que después de decir «Y a mí ¿qué?», quizá se pregunten por qué considera usted malo ser comunista, por qué utiliza ese término en tono peyorativo.

Y es que, señor descomprimido, sus desplantes, a estas alturas de la película, sólo nos sirven de cachondeo.

Ni siquiera me cabrea usted ya, fíjese…

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Comentarios

  • Ángel Bacaicoa  On 22/01/2009 at .

    Si no fuera por gente (Buena) como usted que se revuelve con fiereza contra esa caterva de infraseres este asunto aburriría ya, de pura tontería.
    Gracias por estar dispuesto siempre a repartir leña en beneficio de los que nos lo tomamos con cierto desdén.

  • Starblank  On 23/01/2009 at .

    Nada, que diga lo que quiera, si se está cavando su propia tumba social (y ya lleva la obra muy avanzada).

  • Teodoro  On 25/01/2009 at .

    Es que el pobre Teddy aún no se ha dado cuenta de que Franco ha muerto. Creo que es hora que alguien se lo diga, aunque se lleve un disgusto.

    Buena explicación sobre la mal llamada propiedad intelectual. Lo mejor del artículo.

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